LOS RITOS SON NECESARIOS Descarga aquí el artículo en PDF
Óscar Alonso Peno
LA IMPORTANCIA DE LA FORMACIÓN LITÚRGICA DE NUESTROS JÓVENES
Llevamos meses asistiendo minuto a minuto a extraordinarias celebraciones litúrgicas celebradas en el Vaticano: el funeral del papa Francisco, la misa de inicio de pontificado de León XIV, multitud de liturgias jubilares, la eucaristía que clausuraba el Jubileo de los jóvenes en Tor Vergata, la canonización de Carlo Acutis… si uno es un poco observador coincidirá con un servidor en que cada gesto, cada movimiento, cada procesión, cada persona que interviene, cada saludo, cada detalle… está milimétricamente cuidado y acompañado. Hay en todo ello una belleza incontestable y difícilmente igualable. La liturgia católica, cuando se cuida y se acompaña es espectacular. La belleza de los ritos es trascendente y nos ayuda, como pocas cosas, a celebrar con toda la profundidad, en verdad, el misterio de nuestra fe. En la liturgia se vive y se siente la fe.
Saint-Exúpery, en su libro El Principito, escribía:
«Al día siguiente el principito regresó.
— Hubiese sido mejor regresar a la misma hora —dijo el zorro—. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡Descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
— ¿Qué es un rito? —dijo el principito.
— Es algo también demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Mis cazadores, por ejemplo, tienen un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. ¡Entonces el jueves es un día maravilloso! Me voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones».
Es cierto que según el texto que manejemos, en unos encontramos que la traducción es «los ritos son necesarios», en otros «es bueno que haya ritos» y en otros «los ritos son importantes». Sea cual fuere la traducción que tengamos, lo que me gustaría subrayar es la centralidad de los ritos en nuestra vida y, por supuesto, en nuestro modo de celebrar la fe. Los cristianos contamos con la liturgia, en la que hay celebraciones, ritos, signos, símbolos, gestos, palabras, acciones, saludos, cantos, aclamaciones, alabanzas, multitud de objetos litúrgicos, tiempos, espacios, silencios…
De hecho, la liturgia es el conjunto de signos y símbolos con los que la Iglesia rinde culto a Dios y se santifica. Todas las acciones litúrgicas están dirigidas, por tanto, a dar culto a Dios Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo, y a la santificación de cada uno de los fieles que forman esta Iglesia de Cristo. Y la liturgia, lejos de ser algo «exterior», «superficial» y «vistoso», como decía el papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei, «la liturgia no es solamente la parte exterior y sensible del culto, ni mucho menos el aparato de ceremonias o conjunto de leyes y reglas, es el ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo». Esto mismo es recogido en la Constitución Sacrosanctum Concilium, en la que se afirma que la liturgia «es el ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo, por medio de signos sensibles, que realizan de una manera propia la santificación del hombre».
La liturgia es, por tanto, central en la vida de la Iglesia y en la vida de nuestras comunidades cristianas. «En la liturgia se escucha cómo late el corazón de la Iglesia», afirmaba el liturgista alemán Anton Baumstark a principios del siglo XX. Como el mismo Concilio Vaticano II afirma, «la liturgia es “la cumbre y fuente de la vida, de la misión de la actividad de la Iglesia», una liturgia que no agota toda la actividad de la Iglesia, pero es su corazón, su parte más esencial.
Hace unas semanas compartía conmigo un amigo sacerdote que en el lugar en el que ha sido destinado se ha encontrado con un erial, en todos los ámbitos: pastoral con jóvenes casi inexistente, ausencia de ofertas atractivas para ellos y una liturgia alternativa vaciada de casi todo como respuesta setentera a lo oficial. Una liturgia del libre albedrio, en la que se justifica casi todo sin más argumento que el de «la gente no entiende nada de lo que se hace, es mejor no hacerlo y hacer solo lo que la gente entiende». Me explicaba que una de las cosas que ha comenzado a hacer es a volver a llenar la liturgia de significado e intentar hacer comprender, sin muchas palabras, que cuando celebramos nuestra fe se da comunión, participación y misión, que la liturgia es el corazón de la Iglesia porque en ella está Dios mismo y cada celebración nos hace participar de la vida de Cristo.
Durante años la liturgia ha sido algo secundario y a la carta en no pocas comunidades cristianas. El post concilio abrió las puertas a una cierta interpretación y adaptación de casi todo en la liturgia, llegando esta a perder muchos de sus elementos fundamentales y necesarios para poder vivir y entender lo que se celebra. El papa Francisco llegó a enumerar algunos «modelos» de presidencia inadecuada, como por ejemplo la «rigidez austera o creatividad exasperada, el misticismo espiritualizante o funcionalismo práctico, la prisa precipitada o lentitud acentuada, el descuido desaliñado o refinamiento excesivo, la afabilidad sobreabundante o impasibilidad hierática».
Y es que una cosa es la pedagogía que todo necesita para ser asumido, entendido, practicado, creído… y otra muy diferente hacer de la liturgia una herramienta alternativa con la que mostrar nuestros posicionamientos teológicos y eclesiales.
El papa Francisco en la carta apostólica Desiderio desideravi nos invitaba a la formación litúrgica y, posteriormente, en el motu proprio Traditionis custodes, nos recordaba la importancia de la comunión eclesial en torno al rito surgido de la reforma litúrgica postconciliar, con una meditación para comprender la belleza de la celebración litúrgica y su papel en la evangelización. Él mismo nos decía «abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, mantengamos la comunión, sigamos asombrándonos por la belleza de la Liturgia».
Francisco insiste en que hay que cuidar todos los aspectos de la celebración (espacio, tiempo, gestos, palabras, objetos, vestiduras, cantos, música…) y observar todas las rúbricas, si bien subraya que todo ello es importante pero no suficiente ya que es necesario que se dé el asombro por el misterio pascual (admiración ante el hecho de que el plan salvífico de Dios nos haya sido revelado en la Pascua de Jesús) que se hace presente en la concreción de los signos sacramentales; de lo contrario podríamos correr el riesgo de ser realmente impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración.
Y es que, sin formación litúrgica, «las reformas en el rito y en el texto no sirven de mucho» afirma el papa Francisco. Es importante educar en la comprensión de los símbolos, lo que resulta cada vez más difícil para el hombre moderno. Una forma de hacerlo «es, sin duda, cuidar el arte de la celebración», que «no puede reducirse a la mera observancia de un aparato de rúbricas, ni tampoco puede pensarse en una fantasiosa —a veces salvaje— creatividad sin reglas. El rito es en sí mismo una norma, y la norma nunca es un fin en sí misma, sino que siempre está al servicio de la realidad superior que quiere custodiar».
Y es que los ritos son necesarios, pero no de cualquier manera y, desde luego, no desvinculados de la tradición, de las reformas y de las adaptaciones propias de cada época llevadas a cabo por la Iglesia. Nuestra pastoral juvenil ha de cuidar de manera especial la formación litúrgica de los jóvenes.
Recuerdo aquí un artículo de una de las mejores teólogas que tenemos, Dolores Aleixandre, en el que habla precisamente de lo incomprensible que resulta para muchos la liturgia y los objetos asociados tradicionalmente a ella. Decía así:
«A la hermana sacristana, ya anciana, ha empezado a ayudarle una empleada joven que trabaja en la casa. Como es de esperar, no tiene ni idea de los aparejos litúrgicos, se hace un lío con los nombres que les da la monja y no sabe qué le está pidiendo que traiga, prepare, ponga o guarde. Menos mal que es muy espabilada y ha discurrido una solución: hace una foto con el móvil a cada utensilio o vestimenta de la sacristía y escribe, junto al nombre “oficial”, su propia descripción para aclararse. Por ejemplo: Alba: bata. Roquete: camisón con puntillas. Casulla: abrigo. Cíngulo: cordón. Estola: corbata. Purificador: pañito alargado. Cáliz: copa. Patena: plato. Corporal: mantelito cuadrado… Animada por su inspiración, añado yo otros posibles: Palia: cuadrado de tela tiesa almidonada para tapar la copa y que no caigan moscas. Credencia: mesita. Portaviático: cajita redonda. Incensario: braserito con cadenas para echar el humo. Acetre: cubo pequeño con asa. Hisopo: varita con bola y agujeros. Le queda mucho por aprender a esta chica, y eso que ha tenido la suerte de que estén ya en desuso (y bien que les pesa a algunos…) la dalmática, la capa pluvial, el amito, el manípulo, el conopeo y el paño humeral…, a más de otras vestimentas y capisayos con sus diferentes botonaduras, ribetes, tonos y texturas» (Cfr. Dolores Aleixandre, Metamorfosis).
Si preguntáramos a muchos de nuestros jóvenes (y a muchos de nuestros catequistas y monitores) sobre temas de liturgia, seguramente quedaríamos estupefactos. Como afirmaba Dolores en su artículo, tenemos pendiente como Iglesia que la liturgia sea un instrumento para hacerlo todo nuevo, que sea un instrumento del Resucitado en su tarea de hacerlo todo nuevo (Ap 21,5).
En este querer dedicarle tiempo a la formación litúrgica en nuestra pastoral juvenil no hay un deseo oculto de querer ser más papistas que el papa, ni de regresar a otros tiempos (que dicen que fueron mejores), ni de tener a todo el mundo controlado, ni de que quede claro quién es el presbítero y quiénes somos el resto. No son esos los objetivos. La liturgia no es una norma que pretende ahogar la creatividad y hacer que todo lo que se haga sea lo que pone en las rúbricas de un libro. La liturgia debe ayudarnos a celebrar nuestra fe y a que esta, una vez celebrada, sea vivida. Como afirma el Catecismo, «la sagrada liturgia no agota toda la acción de la Iglesia: debe ser precedida por la evangelización, la fe y la conversión; solo así puede dar sus frutos en la vida de los fieles: la Vida nueva según el Espíritu, el compromiso en la misión de la Iglesia y el servicio de su unidad». Si la liturgia no nos ayuda a nutrir y a celebrar nuestra fe, y no nos vierte a la vida, será estéril todo cumplimiento de normas, rúbricas y ritos. Los ritos son necesarios e importantes si se hacen por algo.
Los modos, las formas, la «puesta en escena»… son importantes. Más, si cabe, en un mundo en el que la imagen, lo que se ve, es tan determinante. Pero vacío de significado todo puede terminar resultando anecdótico y pintoresco, parafernalia anacrónica, ritos vintage en un contexto en el que todo vale y en el que se lleva mezclar lo más simplista y extravagante con lo más rococó y barroco. Es urgente y necesaria una formación litúrgica de nuestros jóvenes que no se quede solo en la invitación a la participación y el respeto a lo que se celebra, sino que desentrañe los por qué y los para qué de los gestos, ritos, utensilios, tiempos, silencios y demás elementos celebrativos. Es esencial dedicarle tiempo a la liturgia y al lugar de esta en nuestra vida de fe.
Da gusto entrar en una iglesia, participar en una celebración litúrgica y ver que todo «habla», que cada cosa está en su lugar, que los ritos se cuidan porque son necesarios y determinantes. Se me antoja hacer el subrayado sobre cuatro elementos que están presentes, que configuran nuestras celebraciones litúrgicas y que han de ser objeto de formación y catequesis con nuestros jóvenes:
- Gestos que hablan más que las palabras. Es esencial que nuestros jóvenes aprendan a contemplar la belleza y el significado de cada gesto, de cada saludo, de cada silencio, de cada rito. Porque la liturgia es rica en palabras, pero, fundamentalmente, en gestos que hablan más que las palabras. Muchos elementos litúrgicos contienen un sinfín de significados y de mensajes para nosotros. Los tiempos litúrgicos, por ejemplo, van educándonos con la sabiduría y la pedagogía que la Iglesia ha ido (y sigue) desarrollando durante siglos. Los actos litúrgicos se realizan por medio de gestos sencillos y de palabras, utilizando algún elemento creado por Dios: el agua, el pan, el vino, el aceite… que son usados en la liturgia, a los que acompañan las palabras concretas que la Iglesia ha establecido.
- Un latido que nos une. Debemos acompañar a nuestros jóvenes en su formación, aproximación, conocimiento y participación litúrgica, de modo que ellos mismos sientan que en ella se escucha y se siente cómo late el corazón de la Iglesia. Un latido que nos reúne y nos une como hijos e hijas de Dios, que nos aúna como Pueblo de Dios y que nos invita, por el solo hecho de participar en ella y dejarnos seducir por ella, a alabar a Dios en ese doble sentido ascendente y descendente: nosotros alabamos a Dios y él nos bendice, nos da su gracia y nos da una vida nueva en la persona de Jesucristo.
- Un amor que se hace presente. Es importante que invitemos a los jóvenes a vivir en el amor de Dios, un amor que se hace presente en cada celebración. Cada gesto, cada palabra, cada silencio, cada espacio… es un modo de hablarnos de ese amor de Dios que no tiene límites y que se muestra de mil modos diferentes. En la liturgia está Dios mismo, en ella celebramos el acontecimiento pascual de Jesucristo, muerto y resucitado. Acontecimiento que se hace real, vivo para cada uno de los creyentes, y que se actualiza en la celebración litúrgica. En cada celebración somos invitados a participar de la vida de Cristo.
- Un anticipo del cielo. Es importante que los jóvenes se incorporen paulatinamente a las diferentes celebraciones litúrgicas. No por participar en todo se es mejor o más santo. Todo tiene, como ya hemos dicho, una pedagogía y requiere sus tiempos, su formación y su acompañamiento. Es por eso determinante que ayudemos a nuestros jóvenes a entender (sentir y gustar internamente) que la liturgia es un anticipo del cielo. A través de las celebraciones litúrgicas, la Iglesia experimenta y participa de la vida eterna y la comunión con Dios que se vivirá plenamente en el cielo. Las celebraciones como la Eucaristía son un «encuentro vivo con Dios» y actualizan los misterios de la salvación, haciéndonos experimentar ya el Reino de Dios en la tierra.
Toda celebración litúrgica en nuestras comunidades es una «anticipación» y una «promesa» de la liturgia del cielo. A través de ella, la Iglesia no solo recuerda los acontecimientos de la salvación, sino que hace memoria de ellos y los hace presentes, invitándonos a vivir ya un anticipo de la gloria que se manifestará plenamente cuando »Dios sea todo en todos» en el cielo.
El Magisterio de la Iglesia nos recuerda que en nuestra liturgia pregustamos lo que se realiza, ya sin velos, en la liturgia celestial y que en ella y en sus signos no solo pregustamos proféticamente lo que se celebra, a plena luz, en la liturgia celestial sino que tomamos ya parte en la misma. En nuestra liturgia, además de pregustar la celestial nos hace participar también en ella.
Creo que estas cuatro propuestas vinculadas a la liturgia y a la formación en ella son importantes para que nuestros jóvenes gusten lo que en la liturgia celebramos. No se trata en ningún caso de que imiten sin criterio alguno lo que otros hacen o dicen que hay que hacer, a veces bajo amenazas de faltas graves (olvidando que la falta más grave es siempre no amar), sino de que en la medida de lo posible entiendan lo que se celebra y se aproximen a la hondura y profundidad lo que la liturgia atesora.
Todo ello ha de ir acompañado de una formación bien estructurada y ofrecida en torno a los libros y objetos litúrgicos, los espacios, los ritos, los silencios, la música litúrgica, etc.
La belleza de la liturgia y de todos los elementos que la componen es un anticipo de la belleza total, de la vida con mayúsculas, de la fiesta de la resurrección, de la alabanza que no conoce fin. No nos quedemos en lo litúrgicamente humano, sino que invitemos a nuestros jóvenes a vivir la liturgia y a disfrutar de toda su belleza como anticipo de lo que se nos ha prometido. Los ritos son necesarios para poder aproximarnos poco a poco al misterio de nuestra fe, a ese Dios todo misericordia que nos pide vivir subversivamente su Evangelio y celebrar desde lo que somos a su Hijo, vida y esperanza nuestra.







