LO PROPIO DE LA ESPERANZA ES CONFIAR – Marita Osés

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Marita Osés

mos@mentor.es

N. ha finalizado una relación de más de cinco años con su pareja. Al renunciar a un proyecto de vida largamente deseado, se siente como perdida, sin sentido. Una noche se lía con un desconocido. Al día siguiente se siente vacía y frustrada.

«¿Por qué no te fuiste a casa si estabas tan cansada?» , le pregunto. «Es que me hacía vibrar mucho —me responde—. Había una voz que me decía, “no tienes nada que hacer con este individuo”, pero el contacto con él me hacía sentir otra vez muy viva y no pude resistirme». La conozco y no me explico qué podía tener en común con el hombre que me describe. Su alma buscaba sentido y ella le dio una dosis intensa de sentir. A veces la necesidad de sentir intensamente indica y compensa una falta de sentido.

Ahogamos anhelos profundos, sin permitir siquiera que acaben de expresarse para no experimentar el vacío, y los llenamos de personas, actividades que nos hacen vibrar brevemente, a veces por unos instantes, pero que no nos ayudan a encontrar sentido.

Se ha sofisticado tanto la vida que hemos olvidado el placer de las cosas sencillas. Ya no somos capaces de saborear un vaso de agua fresca o un zumo recién exprimido para sentir en el cuerpo la gratitud de recibir ese regalo. Rizamos tanto el rizo que nos alejamos de lo esencial, cuando es precisamente la esencia lo que nos da sentido. Cuando solo logramos sentirnos vivos o felices haciendo cosas extraordinarias sin parar, es que la vida que llevamos no está cubriendo esta necesidad.

La hiperestimulación de los sentidos que promueve nuestra sociedad, y a la que podemos hacernos adictos, puede ser una señal de que vivimos sin rumbo.

Una cosa es el sentido y otra muy distinta, los sentidos. Ambos contribuyen a nuestra felicidad. Los sentidos nos dan placeres y el sentido… el sentido nos arraiga y nos da esperanza.

Para quien ha sido criada, como yo, en un entorno cristiano, la esperanza es tan connatural a la existencia que una se olvida de ella, como te olvidas del aire que respiras. Pero ahí está, determinando tu forma de ver la vida, tus decisiones, tus actos, tu forma de amar.

¿Cuándo constato que existe la esperanza? Cuando la pierdo. Al darme cuenta de que las cosas no son como había deseado, tengo dos opciones: aceptarlo («esta persona no me quiere», «no he logrado el trabajo que pretendía», «esto no es para mí») o no («¿por qué yo no y ella si»”…). La no aceptación me impide ver las posibles salidas. Si no acepto, cierro puertas. Por el contrario, la aceptación de lo evidente me da la serenidad necesaria para, dentro del dolor, hacer una transformación. Y lo que parecía un callejón sin salida, se convierte en un punto de partida.

¿Es posible aceptar sin más que las cosas no son como habría deseado? ¿Cómo abrazar radicalmente este «no» que me está imponiendo la vida? Creyendo que atesora un «sí» que aún no soy capaz de ver. Yo lo decido en dialogo con Dios: «¿qué quieres hacer conmigo?, ¿qué significa esto en mi vida?, ¿qué puerta me estás abriendo donde yo solo veo oscuridad?». Cuando estoy sin energía y acudo a esa fuerza superior que me habita, entonces esta fuerza amorosa, serena, benevolente, paciente y poderosa, esa fuerza me resucita, me devuelve a un lugar de poder, de confianza, de serenidad. Es un poder humilde porque es recibido y es agradecido porque es recibido.

No me libra del sufrimiento, no me lo alivia ni un ápice, me ayuda a transitarlo de otro modo. A darle la vuelta. Cuando le das la vuelta, te das cuenta de que eso que te afecta, eso que te duele tanto, eso que te cambia todos los planes, no es solo el fin de algo, es el principio de todo lo demás. La muerte de Jesús fue para algunos el fin de una amistad, para otros el fin de un sueño político, de una esperanza religiosa. Para los discípulos y para nosotros, a los que nos ha llegado su testimonio, fue el principio de una nueva forma de vivir y entender la vida y transcenderla, una nueva forma de ver al ser humano no como esclavo de sus circunstancias sino como ser capaz de comprenderlas desde otro lugar. Jesús viene a decirnos quiénes somos más allá de nuestra humanidad, a veces maravillosa, a veces miserable. Tanto más miserable cuanto más nos alejamos de nuestra esencia, y tanto más maravillosa cuanto más nos acercamos a ella. Y nuestra esencia, como la suya, es Dios. Es amor.

Para tener esperanza se requiere humildad. Y ver más allá. Confiar en que la realidad, por adversa que pueda parecer, tiene otra cara, carga elementos de otro signo que pueden ser beneficiosos para nosotros, a veces contra toda evidencia. Si no tenemos miedo de experimentar la desesperanza y aceptamos la vulnerabilidad que conlleva, conectamos con un poder interno que nos capacita para responder a ese momento vital que nos da acceso a partes de nosotros mismos que ignorábamos, que nos revelan nuestro poder y nos empujan a ejercerlo.

Es en la desolación cuándo y dónde descubro que puede haber una mirada más amplia, una perspectiva diferente de la que me ha llevado a la oscuridad. Y es ahí donde decido darle —o no— una oportunidad a la luz. La luz está siempre, como está el sol, indefectiblemente, detrás de las nubes.

En el silencio de la contemplación, descubro que la vida es mucho más de lo que creía, que mi perspectiva era muy estrecha. Que las oportunidades, lejos de haberse esfumado como parece, son todavía infinitas si soy capaz de soltar mi visión limitada de lo que está ocurriendo. Basta abrir la mente: lo que me parecía lo más real del mundo —lo único real— es una mera construcción. Un espejismo. Y toda su aparente complejidad no es más que una forma concreta de mirar. Hay muchas más.

Renacer a la esperanza es encontrar sentido a lo que vivo y soy aunque no sea lo que de entrada deseaba vivir o ser. Y descubrir que esta segunda lectura puede reservarme horizontes infinitamente más ricos.

Lo propio de la esperanza es confiar en la sabiduría interna y en la bondad última del universo habitado y sostenido por el Dios Amor. Apuesta radicalmente por la vida, traiga lo que traiga, y me hace ir hacia aquello que me sale al encuentro, convencida de que siempre hay algo más allá de lo aparente. El que dice que tener esperanza es una ingenuidad, desconoce el poder de nuestros pensamientos. Cuando creo en lo que no veo, estoy generando oportunidades, esbozando ya una realidad distinta. Al imaginar nuevas posibilidades, empezamos a crearlas. Ponemos en marcha unas energías diferentes, que nos hacen salir de la situación de parálisis.

El campesino sabe cuál es su trabajo, pero acepta con humildad que esa es solo parte de la ecuación para recolectar cuando llegue el tiempo de la cosecha. Conoce, acepta y valora los factores que no están en su mano y que tendrán su participación en aquello que persigue. Cree en ellos. Pero, sobre todo, cree en el poder intrínseco de la semilla, para germinar y dar fruto. Y aunque todos los elementos se le pongan en contra y pierda la cosecha, al año siguiente, volverá a sembrar. En lo profundo de la semilla que somos cada uno está nuestra esperanza porque allí está Dios.