La sinodalidad con jóvenes como oportunidad – Cristina Cons

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LA SINODALIDAD CON JÓVENES COMO OPORTUNIDAD

Cristina Cons

https://www.criscons.com/cristinaconsrodriguez

Una de las jóvenes que fueron seleccionadas para participar en el pre–sínodo de Roma fue Cristina Cons. Ella es una persona comprometida con su archidiócesis de Santiago, estudiante de Teología en la actualidad, comprometida en tareas de evangelización y dispuesta a hacer realidad la llamada al protagonismo juvenil en nuestra pastoral. Le abordamos virtualmente con una batería de preguntas para que nos hable de su experiencia de participación en la vida de la Iglesia.

¿Te animas a contarnos qué es para ti sinodalidad con jóvenes?

Para mí la sinodalidad con jóvenes es una oportunidad para que la Iglesia, en su conjunto de fieles, vuelva a su fundamento en los tiempos actuales. Que escuche al Espíritu Santo que habla a través de tantos jóvenes para que sea lo que está llamada a ser de forma más plena, con muchísima pasión, fuerza y efectividad.

¿Cómo recuerdas el seminario en Valladolid y el presínodo de Roma? ¿Qué te aportó a nivel personal? 

Lo recuerdo como una experiencia muy fuerte de encuentro. Encuentro con otros jóvenes de realidades muy diferentes y encuentro con la Iglesia. En Valladolid descubrí la oportunidad evangelizadora que tenemos en nuestro país a través de mantener la unidad y la conexión de tantos jóvenes sedientos por que otros conozcan a Dios. En Roma entendí lo limitada que era mi experiencia, cuántas necesidades diferentes hay en el mundo y cómo el Espíritu Santo responde a cada una de ellas valiéndose de la Iglesia.

¿Qué crees que aportaron los y las jóvenes al conjunto de la Iglesia en estos encuentros? 

Creo que aportaron visión, pasión, fidelidad al Evangelio y fuerzas renovadas. También creo que pueden aportar mucho más si se abren los canales adecuados no solo de escucha, sino de puesta en práctica. El Espíritu Santo está hablando con fuerza y autoridad en la Iglesia a través de muchos jóvenes y creo que es necesario no solo escuchar sino darles el protagonismo que deben tener para que sean los agentes de cambio que lleven a cabo aquello que solo nosotros podemos hacer. Los jóvenes deben evangelizar jóvenes y hacer que la Iglesia sea cada vez más fiel a Dios y al Evangelio, y si nosotros no asumimos nuestra responsabilidad (o no se nos permite asumirla) será una gran pérdida para la Iglesia.

¿Has tenido otras experiencias de trabajo sinodal en tu diócesis, en tu Iglesia local?

El obispo de mi diócesis supo responder rápidamente a la llamada del papa, así que, una vez finalizado el Sínodo de los Obispos sobre los Jóvenes en Roma iniciamos nuestro propio Sínodo de los Jóvenes. Don Julián quería oír de primera mano qué demandas teníamos, así que programamos tres encuentros con diferentes jóvenes de la diócesis de Santiago de Compostela. Tras el primer encuentro sobrevino el confinamiento por lo que tuvimos que posponerlo, aunque tuvimos un encuentro virtual; estamos pendientes de retomar los dos encuentros que nos quedan cuando la situación mejore.

¿Te sientes escuchada por la Iglesia? ¿Te sientes incluida en los procesos de discernimiento y planificación pastoral?

Yo a nivel personal me siento escuchadísima en la Iglesia y, desde luego, soy Iglesia y estoy inmersa en los procesos pastorales en los que me siento llamada a estar. Con todo, creo que no se trata de que a los jóvenes se nos incluya, sino que nosotros mismos asumamos nuestra responsabilidad en ser iniciadores y protagonistas de esos procesos de discernimiento y planificación pastoral. Creo que no solo es importante que la Iglesia nos dé el espacio de ser lo que Dios nos está llamando a ser sino que nosotros tengamos la valentía de asumir responsabilidades, equivocarnos, enfrentar conflictos, cansarnos, entregarnos y ser protagonistas de nuestro tiempo. Ninguno sabemos cuánto tiempo vamos a estar en la tierra, pero está claro que el tiempo que estemos tenemos que petarlo y marcar una diferencia profunda.

¿Cómo abrir más caminos de participación para la juventud?

A nivel de parroquias, grupos o comunidades concretas (que yo creo que es a partir de ahí donde se producen los cambios en la Iglesia y no tanto a nivel de jerarquías como muchas veces se piensa) tener jóvenes reales y auténticos debe ser una molestia. Si los jóvenes no son molestos para la comunidad no están siendo jóvenes ni asumiendo el papel que deben tener. Cuando un joven es levanta muchos dolores de cabeza porque quiere cambiar las cosas que siempre se han hecho así, los horarios, a qué se destinan los fondos, las estructuras y los espacios. Pone muchas cosas en cuestión, inician cosas nuevas y nos desafían constantemente.

Muchos sacerdotes cabezas de parroquias o personas en los movimientos o diferentes comunidades se quejan de que no hay jóvenes en su grupo, pero yo les preguntaría… Si ahora aparecen diez jóvenes diciéndote que quieren ser parte, ¿qué les ofreces? ¿Has preguntado a los jóvenes de tu grupo qué hacer? ¿Les dejas libertad o vas tras ellos protegiéndolos como polluelos? ¿Les invitas a salir y vivir experiencias de fe diferentes o por miedo a que se vayan no quieres que vean más allá de vuestro grupo? ¿Haces cosas para jóvenes o dejas a los jóvenes que hagan cosas? ¿Pasas el testigo a las nuevas generaciones o necesitas ese título para sentirte bien contigo y te aferras a una responsabilidad? ¿Bendices a las nuevas generaciones o las maldices hablando mal de ellos o no confiando?

Lo natural de la Iglesia es que haya jóvenes y lo natural de los jóvenes es tener una relación personal con Dios, lo necesitamos para ser felices. Así que si esto no está sucediendo en nuestra comunidad debemos realizar un buen análisis crítico y ver en qué nos estamos confundiendo. Como dice James Mallon en Una renovación Divina (libro de obligada lectura), antes de iniciar el cambio es necesario lamentarse, llorar y dejarse afectar por nuestra realidad. Y que nadie se piense que, para tener más jóvenes en la Iglesia hay que tener un discurso más «progre», facilitar las cosas o poner globos en la Iglesia, esto sería un tremendo error. Si no sabemos qué hacer, busquemos ayuda en quien sí sabe, llamemos a personas que nos puedan capacitar, asumamos métodos nuevos y efectivos como Alpha Jóvenes o LifeTeen, preguntemos a líderes de jóvenes que sepamos que son efectivos. Dejemos de esconder el talento que tenemos en la tierra por miedo a perderlo e invirtamos aquello que Dios nos ha dado para que se multiplique.

¿Qué puede aportar la nueva generación joven a los modos de anunciar el Evangelio entre los jóvenes?

Lo puede aportar todo. Hace un tiempo estaba en un curso de evangelización en un pueblo de Castilla en el que nos invitaron evangelizar de dos en dos por las calles. Yo tenía experiencia de hacer esto con jóvenes, me encantaba y me sentía muy a gusto, así que salí con mi compañera a evangelizar animada. Ella era mayor que yo, me conocía y precisamente por eso quiso venir conmigo, porque en teoría tenía más soltura haciendo eso. En el pueblo solo había gente mayor (de 45–60 años) y yo nunca me había sentido tan absurda y perdida evangelizando. De repente, mi testimonio que solía ser tan efectivo al contarlo me parecía una chorrada, no tenía las palabras ni sabía cómo llegar a ellos, me sentía ridícula. Por suerte mi compañera asumió más las riendas y me sorprendió cuánto ayudaba su historia y su experiencia en contraste con la mía.

Para que una persona se arrodille ante Jesús se necesitan dos cosas. La primera, importante, aunque no imprescindible, es la oración (que podemos hacer todos). La otra es el mensaje del Evangelio que se resumen en Juan 3,16 «Porque de tal manera amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo aquel que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna». Esta buena noticia se debe transmitir de forma que se entienda, conectando con quien nos va a escuchar. Lo que se hacía hace 50 años ya no vale (de hecho, a mi parecer, ya no vale lo que se hacía antes de la pandemia). Estamos en la generación más cambiante de la historia, cada semana hay una nueva moda, forma de hablar o necesidad. Más allá de que esto sea bueno o malo, es lo que hay y tenemos que asumirlo. Son los jóvenes los que evangelizan a los jóvenes porque son los que conocen su realidad mejor que nadie y hablan en su mismo idioma. Me gusta mucho el pasaje de Hechos en el que san Pablo va a evangelizar Atenas. Él llega allí, se pasa unos días hablando con la gente y conociendo el entorno y por fin, cuando ya los conoce, evangeliza en público diciendo: «Mientras paseaba y observaba los objetos de vuestra adoración, hallé también un altar con esta inscripción: AL DIOS DESCONOCIDO. Pues lo que vosotros adoráis sin conocer, eso os anuncio yo» (Hechos 17,23). Desde ahí, desde su realidad y de forma positiva (aunque en realidad los ídolos le hacían hervir la sangre), Pablo empieza a anunciar el Evangelio.

El mensaje no ha cambiado, han cambiado las formas. Cada uno tiene su función en la Iglesia, somos un cuerpo con diferentes partes, todas imprescindibles. Hay diversidad de dones y un mismo Espíritu que actúa en todos. La Iglesia es una riqueza en la que cada uno tiene su sitio y esto es muy bueno. En la eternidad la diversidad no se va a terminar, se va a celebrar. Celebremos nosotros ahora mismo que no todos estamos llamados a lo mismo, que cada uno debe estar donde Dios lo quiere y que el llamado que tenemos es único y especial.

Dejémonos asombrar y maravillar por lo impresionantes que son nuestros jóvenes y dejémosles ser y hacer en Dios.

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