LA RAÍZ DE LA ESPERANZA – Pilar Yuste

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Pilar Yuste

pilaryuste@gmail.com

«Por razones técnicas se suspende hasta nuevo aviso el servicio entre las estaciones…». Javier García sabe lo que en muchas ocasiones hay detrás de este aviso. Era conductor de metro hasta que, tras presenciar ocho intentos de suicidio («solo» fallece un 20% de quienes lo intentan por esa vía), decidió dejar su trabajo. Sobrecoge.

El caso más llamativo fue el de una joven de 16 años que en su carta suicida pedía perdón a su padre por sus resultados académicos… Esas cartas suelen ir dirigidas a alguien y a algo. Considero un error llamarlas notas. Tienen sentido. Y pretenden dar sentido a la trágica desnudez de quien acaba con su vida porque considera que ya no lo tiene, y que no soporta ese peso por más tiempo. Los estados depresivos son el motivo mayoritario del suicidio. Y el origen principal de ellos son la llamada «indefensión aprendida», un estado psicológico que se produce cuando una persona siente la imposibilidad de cambiar ciertas situaciones, comportamientos y/o estados mediante su conducta básicamente por repetidos intentos fallidos de cambio o evasión. Es como si la esperanza se hubiera desvanecido de forma empírica y reiterada. La desesperanza más atroz.

He dudado incluso en comenzar hablando del suicidio y la depresión. Puede tener efecto mimético, pero como educadores, profesionales de la salud integral y como cristianos considero imprescindible abordarlo. Y más hoy. La enfermedad mental y emocional está afectando a cada vez más jóvenes de países ricos. Los orientadores escolares y los agentes de salud mental están desbordados. Y por otro lado los innumerables podcasts y gurús de la psicología positiva nos ofrecen recetas de felicidad en algunos casos útiles, pero en otros considero que incluso peligrosas. Suelen poner el foco en la actitud de cada persona y en los recursos cognitivos, biológicos, neurológicos y actitudinales que nos pueden ayudar a ser felices, pero con ello no solo obvian los componentes estructurales, genéticos, familiares, culturales y económicos de la vida, sino que, en definitiva, acaban culpabilizándonos de nuestra propia infelicidad. Y parece que el que haya personas resilientes, capaces de superar con nota los peores obstáculos imaginables, lejos de considerarse meritorio se convierte en un objetivo para todos. Y hay que dejar claro que la resiliencia se cultiva, pero no es universal.

No nos ha dado tiempo a tipificar adecuadamente los nuevos estados emocionales, pero estos son tan reales como lo son los cambios sociales que los provocan. Especialmente para la gente joven: ecoansiedad (miedo crónico a la destrucción mediambiental), solastalgia (psicopatología por el duelo de la destrucción ambiental, desde un incendio a la crisis climática), metatesiofobia (miedo a los cambios…). A ello sumamos la falta de horizonte de trabajo adecuado a la capacitación académica, la crisis de vivienda, los cambios en política, sexualidad e identidad, redes sociales, inteligencia artificial, etc.

El futuro incierto quiebra la Esperanza.

Y, por otro lado, una esperanza sin raíz firme hará tambalear cualquier futuro personal y social. 

UNA ESPERANZA DE RAÍZ

La esperanza no es un filtro para editar tu perspectiva, y menos aún unas gafas de realidad virtual. No es siquiera una actitud que eliges ante la vida (hay casos en los que por elegir ya no queda gran alternativa). No es algo que te ayudará a endulzar, maquillar, engañarnos y «seguir tirando». Es mucho más que el optimismo. No es el punto de partida necesario para la resistencia y la resiliencia. A mi modo de ver, es la consecuencia de ellas. Es la única interpretación con la que cabe leer la vida de cada persona, la Historia, la Belleza, la Iglesia, el Mundo. A pesar del dolor y la muerte, somos prueba de que la Esperanza tiene fundamento: la dignidad de cada ser humano como imagen viva de Dios, los signos evangélicos de los tiempos. La Resurrección, la Buena Nueva del Evangelio, las semillas de Dios en la Historia. ¡Claro que hay Esperanza! Y una Esperanza que habita en lo profundo, con fundamento, con raíz. La Esperanza no es una actitud, es un Don, una Virtud que nos transforma y transforma la Historia. Es proactiva (no reactiva). Y fecunda (no pasiva). Por eso he querido titular este texto recordando la obra del maestro Olegario González de Cardedal, Raíz de la esperanza. Brota de lo más profundo, nos ubica en tierra firme, y de ese modo nos permite dar fruto, y fruto en abundancia.

Don Olegario plantea que la Ilustración, la Evolución y la Revolución son tres marcadores que secularizan la esperanza de nuestro tiempo. Un tiempo marcado por tres ejes, Libertad, Soledad y Esperanza.

El cristianismo en su diversidad es una religión de Esperanza. Lo es el Evangelio a pesar de sus acentos de condenación y castigo. Lo es la Escatología. Y tendríamos que aplicar la criba de las tres Virtudes teologales (no solo la Fe y el Amor) para que también lo fueran nuestra reflexión teológica y nuestro quehacer cristiano y educador.

Este año jubilar está siendo una magnífica ocasión para ello. El Sábado Santo es vacío y oscuridad. Estamos llamados con Jesús a descender a los infiernos y acompañarlo en su rescate del Mal. Hay mucho dolor, demasiado mal y demasiada muerte ante los que no podemos ser indiferentes. La Cruz. En una sociedad anestesiada ante lo que no interesa, nuestro compromiso profético sabemos muy bien dónde nos sitúa. Y esa noche del alma se verá sobrepasada por la Luz Pascual de Cristo Resucitado. El Amor transforma la Muerte en Vida. 

¿CÓMO CULTIVAR LA ESPERANZA?

No manejo estudios empíricos para ello, pero sin duda estamos llamados y llamadas a acompañar (no estamos solos), a sostener (y no con redes virtuales sino con redes tan reales como las que se tejen con nuestro tiempo, dinero, abrazo, compromiso profesional y vital), a denunciar, a construir, a enseñar a leer los signos de esperanza de cada persona, de cada situación histórica, de cada experiencia de la vida y de Dios. Hay que sembrar.

La Esperanza no es consecuencia de los cambios empíricos (aunque ayude el leerlos en esa clave). Los provoca. Nos pone en camino, nos hace abrir corazón y ojos, enciende la llama de nuestra Fe y de nuestro Amor. Nos cambia personal, eclesial e históricamente.

Enseñar a leer los signos de esperanza implica comenzar dando testimonio y vivirnos en esa clave. En primera persona…

  • Tenemos que sanarnos y sanar, espiritual, corporal y emocionalmente. Con profesionales cuando es preciso. 
  • Tenemos que participar proféticamente en nuestro Sistema y Cultura.
  • Tenemos que vivir nuestra Fe como el regalo que es, con la Buena Noticia del Evangelio que nos contagia su alegría Pascual 

Olegario González de Cardedal decía que en la Historia de la Iglesia ha habido numerosos mártires de la Fe y de la Caridad, pero pocos de la Esperanza. Francisco ha sido un papa «pascual», carismático, profético y hasta simpático. Murió el lunes de Pascua, y lo hizo dentro del año jubilar que proclamó, de la Esperanza. Esperanza anclada en Dios y encarnada en cada uno de nosotros, en la Iglesia, en el Mundo, en la Tierra. Es imposible dar un mejor testimonio de la Esperanza. Aunque su muerte no ha sido violenta, me atrevo a decir que muere como auténtico mártir/testigo en Cristo de la Esperanza. Propongo que las últimas palabras de su bula nos sirvan de oración y semilla de la Esperanza que habita en lo profundo:

El próximo Jubileo, por tanto, será un año santo caracterizado por la esperanza que no declina, la esperanza en Dios. Que nos ayude también a recuperar la confianza necesaria —tanto en la Iglesia como en la sociedad— en los vínculos interpersonales, en las relaciones internacionales, en la promoción de la dignidad de toda persona y en el respeto de la creación. Que el testimonio creyente pueda ser en el mundo levadura de genuina esperanza, anuncio de cielos nuevos y tierra nueva (cf. 2P 3,13), donde habite la justicia y la concordia entre los pueblos, orientados hacia el cumplimiento de la promesa del Señor.

Dejémonos atraer desde ahora por la esperanza y permitamos que a través de nosotros sea contagiosa para cuantos la desean. Que nuestra vida pueda decirles: «Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor» (Sal 27,14).