LA PERLA ESCONDIDA, LA PARÁBOLA QUE TRATA DE LOS COLEGIOS – Fernando Bueno Teomiro

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La relación de la Iglesia y la educación tiene hoy en día una importancia relevante en la sociedad pues los colegios se convierten, muchas veces, en los únicos lugares donde los alumnos oyen hablar de Dios. Muchos alumnos han entrado en nuestros colegios afirmando que no venían buscando ni la fe ni a Dios. Pero de repente, un día, dicen: «Anda, pues hasta que no experimenté a Dios no me di cuenta de que esto era lo que necesitaba en mi vida». Así pues, trabajar en un colegio es un privilegio: por poder hablar bien de un Dios bueno a unos alumnos necesitados de esta noticia y por poder ayudar a nuestros alumnos a que se planteen la pregunta vocacional de qué quiere el Señor para mi vida.

No obstante, conseguir que la pregunta vocacional aparezca con fuerza en los alumnos es complicado. Desde nuestra Pastoral Juvenil y Vocacional (PJV) de los Sagrados Corazones creemos que algunas claves son importantes tenerlas en cuenta:

En primer lugar, creemos que es importante plantear la PJV como un proceso y no como experiencias sueltas. Los alumnos que tenemos en los colegios se encuentran bombardeados por experiencias que les incitan a vivir en el momento sin pensar más allá del placer momentáneo. Por eso, es crucial pensar bien una propuesta de sentido que ayude a proyectar la vida entera y no solo el momento actual. A las familias les llama mucho la atención que cuando tenemos las entrevistas de acceso a primero de infantil les presentamos el proyecto pastoral y de PJV que le vamos a ofrecer a su hijo desde tres años hasta que estén en la universidad. Esto ayuda a estructurar la vida, a plantear las preguntas que orienten las decisiones importantes del futuro y a entender que Dios no es algo momentáneo, sino que se erige como susurro que acompaña toda nuestra vida.

En esta propuesta de proceso es importante que los cimientos estén bien asentados. Los cimientos empiezan con la experiencia de Dios en los niños de tres años. Una de las propuestas más fuertes que ofrecemos en nuestros colegios es la experiencia del oratorio. Desde primero de infantil hasta segundo de primaria todas las clases pasan por unos pequeños oratorios que tenemos para este fin. Cada clase se divide en dos grupos y cada grupo va al oratorio con el profesor y un religioso. El objetivo es ayudar a la interioridad (por eso la clase se divide en dos), a la sistematicidad de la oración (es semanal) y a asimilar la presencia del religioso como un referente en sus vidas (por eso va la profesora y el religioso). La experiencia semanal dura 20 minutos, es muy sencilla, y coloca en el centro la Palabra de Dios y lo que los niños escuchan que Jesús les ha dicho a través de su Palabra. Cuando estos niños crecen y empiezan en los grupos de catequesis tienen una mayor facilidad, sensibilidad y predisposición hacia la oración.

La figura del religioso no solo se presenta en infantil y primaria en el oratorio, sino que creemos que debe ser un referente en el colegio. Nuestra presencia intentamos que sea de tal forma que abarquemos todos los ámbitos de la educación: desde la presencia en la dirección hasta la «pastoral de pasillos y de patios» que hacen los hermanos mayores. Ahora bien, hay un ámbito muy importante en donde creemos que los religiosos debemos estar que es en las clases y en las tutorías, pues son los espacios donde se tiene relación directa con los alumnos y en donde ellos te abren las puertas de sus vidas y de sus corazones.

Desde mi experiencia en el colegio como profesor, tutor, acompañante y sacerdote he podido descubrir dos realidades que cuestionan a los jóvenes. La primera es la falta de sentido y de proyecto de vida que muchas veces tienen y, por otro lado, el sufrimiento con el que viven muchos jóvenes. De ahí que aparezca otro elemento a cuidar que es el acompañamiento personal. Acompañar porque lo necesitamos (jóvenes y adultos), porque hace falta poner orden en el corazón, porque hay que iluminar situaciones complejas ante las cuales nos vemos indefensos, porque creemos que Dios tiene algo que decir en nuestra vida y el modo en el que Dios habla no es fácil de entender… Acompañar por muchos motivos. Pero hay que hacerlo. En el colegio donde trabajo es de las cosas más potentes que tenemos. El acompañante ante todo escucha, escucha mucho y luego hace de espejo, contrasta, pregunta, cuestiona…y deja libertad para que el otro decida. El acompañante es el medio que Dios usa para hablar al corazón del joven, para acariciar las heridas y los dolores de las personas… Es un privilegio poder realizar esta tarea, pero es una responsabilidad para la cual hay que formarse y estar preparados.

Este acompañamiento se hace más necesario en momentos claves donde surgen crisis de identidad o en momento donde la elección se hace más difícil. En esos cursos ofrecemos los proyectos de elección. Son itinerarios que abarcan un año con cuatro o cinco encuentros a lo largo del curso. En cada encuentro se presenta una temática, se ofrece un cuadernillo de trabajo y se habla con el acompañante antes del siguiente encuentro. Son experiencias fuertes, potentes y que ayudan a propiciar la pregunta vocacional.

Por último, también consideramos importante las experiencias de contraste, de entrega y de servicio. Estas experiencias de entrega a los más necesitados nos enseñan los valores del Reino de Dios, nos descubren la lógica ilógica de Dios, nos invitan a amar al que más lo necesita, a amar en la abnegación, a reparar el corazón herido, a reconocer la belleza oculta en los rostros desfigurados por el dolor… Son realidades que enseñan a confiar plenamente en la Providencia de Dios y a entregarse por entero al otro.

Para finalizar, creo que los colegios tienen que ser, en primer lugar, casas abiertas. Es decir, lugares en donde sé que hay personas que me quieren, me esperan y se preocupan por mí, personas que van a gastar tiempo conmigo. Y esto creo que es de las cosas más importante: casas abiertas y acogedoras. En segundo lugar, tienen que ser casas abiertas que contrasten las vidas de las personas que entran en ella. Los jóvenes necesitan (al igual que los mayores) que se les contraste. Contrastar no es decir lo que tienen que hacer sino hacer de espejo, devolverles a los jóvenes lo que vemos de ellos para que se pregunten. Creo que tenemos que ser casas que cuestionen mucho. Lo propio de la fe no es dar respuestas sino ayudar a plantearnos las preguntas adecuadas, preguntas que a veces son incómodas por lo que remueven por dentro, pero son preguntas sanadoras. Y, en tercer lugar, estamos llamados a ser casas que ofrezcan una propuesta de sentido desde la fe. Cuando los jóvenes se acercan a nosotros es porque buscan algo diferente que el mundo no les da, y eso que buscan es la fe. Lo mejor que tenemos para ofrecerles es a Dios, al Señor, es nuestro mayor tesoro y nuestro mejor regalo.

No olvidemos, trabajar en un colegio es un privilegio, nuestra peculiar perla escondida.

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