LA ORACIÓN COMO REVOLUCIÓN DE LA ESPERANZA – Enrique Fraga Sierra

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Enrique Fraga Sierra

enrique.fr.si@gmail.com

LA ESPERANZA COMO RESPUESTA A LA EXISTENCIA

¿Qué es lo que esperamos? ¿Qué esperanza? La que responde a la herida que deja en nosotros la constante desproporción en la que vivimos como seres humanos (M. Blondel, La Acción). Porque compartida es la experiencia de que nada nos sacia por completo ¿Qué capacidad tiene algo novedoso y ansiado de calmar tu deseo? Tal vez un coche nuevo para el que has estado ahorrando, tal vez ese nuevo vestido, tal vez el acceso a tu deporte favorito. Nada de eso. Algo inaudito ocurre cuando alcanzamos lo que anhelamos: al poco, lo normalizamos, asumimos y nos vuelve la sed de más. Lo que logramos pasa a engrosar la lista de objetos que nos dolería perder —en el mejor de los casos— y, sin embargo, entramos en la fase de buscar más, de esperar más, de desear más. El ser humano vive en la tensión (dialéctica) entre la voluntad que quiere y la voluntad querida —realizada—, relación en la que la voluntad que quiere —la sed de infinito del ser humano— va siempre por delante de la voluntad querida por más que esta voluntad se precipite en la carrera de nuevas cotas y metas. Es la constatación de esta desproporción en lo profundo de lo que es substancialmente el ser humano la herida, la apertura, a la trascendencia. Solo la trascendencia del Misterio, Dios, es capaz de dar sentido a esa voluntad que quiere infinitamente (M. Blondel). Como decía en el anterior artículo de esta serie sobre la esperanza, se puede vivir sin Dios, pero difícilmente entonces se puede encontrar sentido a la experiencia humana de estar constantemente arrojados a más. ¿Sin Dios, qué sol prende nuestras llamas que arden sin consumirse? ¿Qué infinito nos atrae en nuestra finitud? La esperanza nos abre al encuentro con Dios.

EL ENCUENTRO QUE ALUMBRA (A) LA ESPERANZA

¿Qué papel tiene la esperanza en el encuentro con la revelación? El primero es alumbrar el propio encuentro. Nuestra esencia esperanzada apunta como un faro hacia Dios. Pero es que, además, el encuentro hace manar la esperanza, de modo que la esperanza abre la posibilidad de la fe en el sentido de nuestra existencia y este sentido nos llena de Esperanza.

¿Dónde hallaremos a quien es el sustento de nuestra Esperanza, a quien deja la huella de la que somos portadores? Paradójicamente en el encuentro. Sí, estoy diciendo que el encuentro con Dios, reconocer el Misterio, se logra en el propio encuentro, que no tiene por interlocutor necesariamente a Dios, sino que a Dios lo hallamos en el subversivo acto de encontrarnos y dejarnos encontrar, porque Dios es la acción misma del encuentro. Porque como dice Ortega —corrigiendo a Descartes— la esencia de lo que hay (todo, el mundo, la existencia) no es ni sujeto ni objeto, sino la coexistencia de sujeto y objeto en íntima relación (¿Qué es filosofía?); del mismo modo, a Dios no lo podemos tener delante, sino que lo hallamos en lo esencial de lo que somos, en nuestro ser en relación (con el mundo, con los hermanos e, incluso, con nosotros mismos).

El Dios cristiano se rebela, con b, tanto contra la absoluta disolución del yo como contra el ensimismamiento propio del individualismo que ensalza y entrona al yo tragándose el mundo, porque en su esencia es relación. Frente al énstasis de muchas religiones orientales, nosotros, por medio de la experiencia de Cristo afirmamos que Dios se revela «como la experiencia fruto de un suceso, no de un profundizar en lo propio. Lo no propio, lo que no acontece en lo propio, llega hasta mí y me arranca de mí mismo, me eleva sobre mí, crea lo nuevo» (J. Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia). Dios es aquel que nos alcanza en nuestra interioridad y extiende nuestro mundo, pues es constitutivamente encuentro.

LA INTERIORIDAD ESPACIO DE ENCUENTRO

La interioridad, frente a la superficialidad, nos permite vivir con hondura y se constituye, de esta forma, en un espacio privilegiado en el que caer en la cuenta del Dios que fundamenta y funda todo encuentro. La interioridad no es ensimismamiento ni vaciamiento absoluto que diluye totalmente al yo, una elimina el objeto y la otra el yo, por tanto, ambas se cierran a la relación. La interioridad nos anima a tener espacios y tiempos en los que descender a lo profundo, a apreciar una dimensión más de la realidad en la que vivimos, de modo que sea posible contemplar nuestra vida inundada de Dios. No consiste en encerrarnos, sino en serenarnos para poder apreciar los detalles de cuanto acontece, nos da nuevos ojos.

¿Por qué es necesaria la interioridad y el silencio? Porque, aunque Dios se revele de forma constante y gratuita y desborde toda la realidad con su presencia generosa, el ruido nos puede impedir caer en la cuenta de su presencia. Incluso, nuestros intentos de aplacar la sed de infinito, que llevamos impresa como huella del Creador, pueden dirigirse a realidades finitas e insuficientes que no nos calman, sino que solo nos distraen. Ahí entra la interioridad, como privilegiado espacio en el que desprendernos de lo innecesario para descubrir a Dios saliéndonos al encuentro, amándonos y sosteniendo nuestra Esperanza.

EL REVOLUCIONARIO ACTO DE REZAR

En la serenidad de la interioridad adoptamos la actitud fundamental de la oración, que es prestar atención al Dios que nos sale al encuentro continuamente. La oración es, al mismo tiempo, revolución y lo propio del ser humano. Pues, en tanto que vivimos habitualmente como si fuéramos nuestro propio fin, al rezar hacemos patente nuestro ser fundamentalmente dependiente. Somos por otros, somos para otros. La oración acaba con el sueño del superhombre por el que nos pensamos radicalmente autónomos y autosuficientes cuando no es más que un espejismo que nos arrebata la vida. La oración es reconocer la gratuidad y el don en nuestra vida. Y, desde esta experiencia, la oración nos empuja a la relación como forma de ser y estar en el mundo. La oración no cambia nada, pero sí cambia todo, porque la oración, ante todo, cambia a quien reza. El mundo necesita que la humanidad rece, que vuelva a lo esencial de lo que es: ser en relación.

Rezar es un revolucionario acto de esperanza. Quien al rezar pide a Dios por alguien o por una realidad está alineando su ser con tres modos. En primer lugar, afirma su limitación, su necesidad, su incapacidad de poderlo todo, es una cura contra la hibris (deseo o arrogancia de creerse Dios). En segundo lugar, pone la realidad por la que pide por delante de sus propias necesidades, es un ejercicio de donación y abajamiento. Y, en tercer lugar, afirma su esperanza, en tanto confía en el sentido de lo que ocurra. En lo profundo nos encontramos tanto con Dios como con quienes somos en realidad, pues Él nos hizo a su imagen y semejanza. Que la esperanza te lleve a rezar y esta te llene de Esperanza.