LA MIRADA: EDUCAR Y EDUCARNOS Descarga aquí el artículo en PDF
Encarna Fernández
encafernandez@escolapiosemaus.org
«El anciano pintor Wang-fó y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han. Avanzaban lentamente, pues Wang-fó se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas».
Así empieza el cuento «De cómo se salvó Wang-fó» (Marguerite Yourcenar, Cuentos orientales). Un cuento en el que el arte y la vida se confunden; un cuento en el que el protagonista y su discípulo logran salvarse a través del arte.
«Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano».
Este cuento nos habla de que casi todo en esta vida depende de la mirada. Ling, cuando conoce a Wang-fó y decide ser su discípulo, empieza a ver las cosas de manera distinta.
«Observó en el pasillo el andar vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sentía por los insectos se desvaneció; entonces comprendió que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nueva».
Estimular a los niños y niñas a mirar de una manera diferente todo lo que les rodea es educarlos desde el punto de vista estético y también ético.
Por una parte, es importante educar en la sensibilización y afectación de lo que miramos, no pasar por las imágenes dolorosas sin conmovernos, anestesiados y sin empatizar. Por otra parte, descubrir y sentirse conmovido por lo bello y también por lo bueno.
La unión de estos dos términos nos lleva a la expresión boniteza, acuñada por Paulo Freire. Un concepto que supera lo bello e incluye la bondad, la verdad, el respeto, la democracia, la libertad y el diálogo como pilares de la práctica educativa y de la existencia humana. Se da en la diversidad de miradas, en el pensamiento divergente y en lo que nos une ante una determinada obra de arte. (J. M. Mesías-Lema, Boniteza, la experiencia estética en arte y educación, 2004).
Sin embargo, el arte está generalmente infravalorado en los programas educativos y, aunque todos reconocen su importancia, los tiempos y los recursos que se destinan a estos aprendizajes cada vez son menores, puesto que el saber más valorado es el relacionado directamente con la producción, el más rentable, el que responde más a las necesidades del mercado.
Pero el arte nos cambia la vida, enriquece nuestro aprendizaje, estimula nuestra creatividad, nos ayuda a reflexionar y a comprometernos.
Especialmente en entornos con carencias culturales, es obligación de los educadores ofrecer la posibilidad de esta experiencia.
Podemos abordar este tema desde varios puntos de vista en los que valdría la pena profundizar:
La creación del ambiente, la experiencia sensorial, el lenguaje expresivo de los niños y niñas, la educación de la interioridad y la educación emocional, el contacto directo con el arte, la estimulación de la creatividad personal y colaborativa…
Poner a los niños y niñas en contacto con el arte significa llenar de poesía los espacios de aprendizaje y convivencia. De poesía con palabras, con sonidos y con imágenes.
Hagámoslo, enseñemos a cambiar esa mirada. Reivindiquemos esta experiencia en la escuela y en los entornos educativos no formales.
Ante tanto estereotipo estético que se nos cuela por todos los medios y que acuna a la infancia desde su nacimiento, los niños y niñas se merecen la belleza.







