La esperanza lo hizo posible Descarga aquí el artículo en PDF
Antonio Garrido Salcedo
antonio.g@laudatosimovement.org
Si hay un término que debemos destacar durante este año jubilar, que está aunando todas las celebraciones que están teniendo lugar en Roma y que debe resonar en toda la Iglesia, es la palabra esperanza. Resulta paradójico en un mundo donde los titulares de los medios de comunicación, así como las redes sociales, no paran de avasallarnos con titulares que causan un gran desaliento y desánimo.
Han pasado diez años desde la promulgación de la encíclica Laudato Si´ (2015), que ha inspirado y aunado la profunda espiritualidad de la Iglesia a favor del cuidado de nuestra Casa Común, reconociendo el papel primordial del ser humano como custodio y protector de toda la Creación. Debemos reconocer desde luego, cierta suspicacia y reticencia ante la que fuera la primera encíclica del papa Francisco, tanto por su tema, aún hoy en el debate público con gran carga política e ideológica, como por el fondo. Era bastante difícil proyectar cuál sería su trascendencia y acogida para muchos católicos.
En aquel entonces, parecía casi imposible imaginar la magnitud del trabajo que hoy hemos visto florecer: redes de instituciones que no existían, movimientos eclesiales que han unido espiritualidad y compromiso social, procesos formativos que han despertado una nueva conciencia ecológica, una mayor protección de los derechos humanos vinculados a la explotación del entorno natural, y un creciente impulso hacia una conversión ecológica auténtica. La semilla de la esperanza sembrada con esta encíclica, podemos decir, que finalmente ha brotado y sus frutos pueden empezar a recogerse.
La figura inspiradora del papa Francisco supuso un nuevo aliento, tanto dentro como fuera de la Iglesia, un referente moral y político, que fue capaz de alzar la voz, ante el clamor de la tierra y el grito de los más pobres. Que intentó hacerse oír en las diferentes cumbres políticas mundiales, que marcan el devenir de todo el planeta. Inspirado por la figura de san Francisco de Asís, con un legado de más de ocho siglos, nos recordó que todo está conectado, conformando una gran crisis socioambiental, y no varias crisis independientes.
Hoy podemos ver materializados estos frutos: redes de universidades, movimientos populares, diócesis enteras comprometidas, iniciativas juveniles que integran la espiritualidad con la acción, pueblos indígenas que han encontrado aliados inesperados en su lucha por la defensa del territorio. La educación y la formación han sido claves, pues solo quien conoce, valora y ama la creación como regalo de Dios, lo puede defender.
Sabemos que aún queda mucho por hacer. Los desafíos son enormes y no se limitan a la imagen estereotipada de la Amazonía o los casquetes polares. El daño ambiental está en nuestras ciudades, en los ríos contaminados, en el ambiente irrespirable por la contaminación, los incendios forestales, en los migrantes desplazados por los efectos del cambio climático. Por eso, necesitamos continuar trabajando con esperanza: esperanza de que se escuche la voz de quienes luchan; esperanza de que se fortalezca la unión entre redes diversas que, juntas, pueden tener un mayor impacto; esperanza de que la denuncia profética siga incomodando a quienes buscan el poder sin límites, y esperanza de que cada uno, en lo más íntimo de su conciencia, se pregunte: ¿Estoy construyendo o destruyendo este mundo en el que habito?
Ahora se inicia un nuevo periodo en la vida de la Iglesia: si Francisco supo interpretar los signos de este siglo y ofrecer un mensaje que nos interpelase a todos —creyentes y no creyentes— a vivir con responsabilidad, justicia y ternura, la Doctrina Social de la Iglesia adquiere bajo el inicio del nuevo pontificado de León XIV una mayor vigencia, que nos invita a seguir soñando y trabajando por el bien común.
Diversos son los mensajes en los que el papa León ha reiterado la importancia de la Laduato Si´, por ejemplo; durante el Regina Coeli del 25 de mayo, donde invitaba «a renovar el diálogo sobre cómo estamos construyendo el futuro del planeta, para unirnos en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral y proteger la casa común que Dios nos ha confiado».
O durante el primer videomensaje de León XIV, destinado a un encuentro de rectores universitario de Hispanoamérica en la que los emplazó a «trabajar por una justicia ecológica, social y ambiental».
Durante este año jubilar, debemos recordar que la esperanza no es ingenuidad, sino una decisión consciente de no rendirse al desánimo, de sembrar pequeños gestos de amor, justicia y alegría, sabiendo que el fruto muchas veces se da en silencio. Sí, ha valido la pena el trabajo realizado. Y por eso mismo, debemos seguir. Una gran alegría nos espera si no bajamos los brazos.
A diez años de Laudato Si’, sigamos siendo parte de este movimiento que no se detiene. Que cada acción, por pequeña que parezca, sea una respuesta al llamado de Dios a cuidar, amar y transformar este mundo que aún puede ser hogar para todos.
En la vigilia de Pentecostés el pasado mes de junio, el papa León, recordó que en un mundo quebrantado y sin paz el Espíritu Santo nos educa a caminar juntos. La tierra descansará, la justicia se afirmará, los pobres se alegrarán y la paz volverá si dejamos de movernos como depredadores y comenzamos a hacerlo como peregrinos. Y no cada uno por su cuenta, sino armonizando nuestros pasos con los pasos de los demás. No consumiendo el mundo con voracidad, sino cultivándolo y custodiándolo, como nos enseña la encíclica Laudato si’.
O, como también señaló el pontífice durante el transcurso de una audiencia; los caminos hacia la paz requieren corazones y mentes entrenados y formados en la atención al otro y capaces de reconocer el bien común en el contexto actual. El camino que conduce a la paz es comunitario, pasa por el cuidado de las relaciones de justicia entre todos los seres vivos. La paz, afirmó recordando a san Juan Pablo II, es un bien indivisible, o es de todos o no es de nadie. Solo se activa en las conciencias «una determinación firme y perseverante de comprometerse por el bien común», puede realmente conquistarse y disfrutarse como calidad de vida y como desarrollo integral.







