LA ESPERANZA EN TIEMPOS DE CRISIS aquí el artículo en PDF
Álvaro Lobo
Crisis es una palabra que escuchamos con frecuencia en nuestra sociedad. La pronuncian los políticos, los medios de comunicación e incluso las autoridades religiosas. Esa crisis la vivimos en el ámbito económico, ahora mismo con la guerra de los aranceles y las dificultades de tantos jóvenes —y no tan jóvenes— para encontrar una vivienda, por no hablar de la creciente desigualdad económica de la que pocos hablan tanto como deberían. No es exagerado afirmar que también vivimos una crisis moral, en la que la dignidad del ser humano se ve dañada, en el olvido de tantos inmigrantes que perecen en el mar o en una bioética al servicio del capital. En el caso de España, la crisis política dura décadas y, si me apuras, siglos. ¿Qué decir de la crisis sanitaria, con el aumento de los problemas de salud mental y el consumo exponencial de medicamentos? A nivel global, sufrimos una crisis climática que acelera procesos y, por tanto, desgracias. En esa misma línea, atravesamos una crisis energética en la que la tecnología debe situarse en un nuevo escenario de sostenibilidad. Y, en el ámbito social, la polarización es creciente, sin visos de mejora.
Y como estas, cada uno podría hablar de infinitas crisis que amenazan nuestra sociedad. Sin embargo, debemos reconocer que, si nos dejáramos llevar por muchos medios de comunicación —gobierne quien gobierne y sean de la ideología que sean—, habríamos llegado al colapso hace ya tiempo. Por tanto, no temamos reconocer que el catastrofismo que a veces nos invade tiene una gran dosis de ateísmo, porque, sencillamente, prescinde de la esperanza.
El año pasado, en un encuentro de delegados de pastoral juvenil y colegial, un obispo utilizó el siguiente texto, que corresponde al inicio de La historia de dos ciudades, de Charles Dickens:
«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo.»
Más allá de la belleza y sabiduría de este texto, debemos reconocer que cada momento de la Historia se caracteriza por la lucha contra algún reto particular. En ocasiones, fueron la hambruna, las guerras o las epidemias —o todas a la vez—. Otras veces, los totalitarismos, el analfabetismo o la intolerancia religiosa. Y es que en la Iglesia siempre ha habido un camino difícil por el que transitar. Lejos del adanismo que a menudo nos caracteriza, nuestra época también tiene sus desafíos. Esto no podemos negarlo.
Un «cambio de época»
Uno de los conceptos que nos ha regalado el papa Francisco es el de «cambio de época»: un tiempo distinto, en el que todo se redimensiona, incluidos algunos conceptos. Si nos trasladamos a otro cambio de época, como el siglo XVI, descubrimos sorprendentes paralelismos. Si ahora vemos cómo el transhumanismo transforma la concepción de la persona, en 1555 se producía la «Controversia de Valladolid», en la que Sepúlveda y Bartolomé de las Casas debatían si los indios de América Latina tenían alma. Si ahora sufrimos una guerra en el este de Europa y en Tierra Santa, en Lepanto los reinos cristianos frenaban al turco en el Mediterráneo. Si la llegada del hombre a Marte es cuestión de décadas, en el Renacimiento leían con fascinación las noticias que llegaban en barco del nuevo mundo. Y si ahora contemplamos con temor y temblor el uso de la inteligencia artificial, en aquel entonces el humanismo clásico enriquecía el conocimiento de la vieja Europa. O, por qué no, si hoy seguimos empeñados en dividirnos entre «progres» y «carcas», entonces Lutero dividió la cristiandad en fieles al papa o protestantes —aunque dicho con otras palabras—. Por no hablar de la crisis de los abusos, sabiendo que en aquella época los papas tenían incluso nietos. La polarización política de hoy que vemos en las redes, también estaba presente en la rivalidad entre Francisco I y Carlos V que dividía Europa a sangre y fuego sin muchos miramientos.
En estos tiempos, conviene ir más allá de la sucesión de hechos y analizar cómo cambia el concepto de persona y su relación con la realidad. De algún modo, hemos incorporado a nuestro modo de vivir las lógicas del consumo, como si fuéramos grandes plataformas. Lo vemos en nuestra forma de organizarnos, cuando calculamos beneficios, tiempo y placer; y si los planes se cruzan, nuestro «algoritmo vital» parece colapsar. Si estamos sin hacer nada un sábado por la mañana, nos sentimos mal. Vivimos en un continuo multitask, como lo muestran nuestros escritorios. Quizá nuestros alumnos nos enseñan algo, cuando viven en esa delgada línea del «me renta» o «no me renta».
También podemos observar cómo los vínculos se disuelven con mayor facilidad. Las familias se rompen con más frecuencia y pocas personas permanecen toda su vida en una misma empresa. Hay gente con vidas fragmentadas y muchas caras para una misma vida. Lo vemos en la política y hasta en los conceptos, que necesitan más palabras para explicarse. Y así con tantas cosas, donde la modernidad líquida se ha convertido en norma, y el paradigma de la deconstrucción es el que prima. Esto rompe con la cosmovisión católica, que tiende a armonizar, crear vínculos e integrar la realidad.
Vivimos en un mundo cada vez más complejo e impredecible. Algunos expertos en liderazgo hablan del concepto VUCA —volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad—. Referentes como el papa Francisco o Edgar Morin insisten en la necesidad de comprender esa complejidad, en un mundo en el que ya no controlamos muchas dimensiones y donde la percepción del tiempo y el espacio cambian por la tecnología que acelera procesos y acontecimientos. El virus de la COVID-19, hace cien años, habría tenido un impacto distinto. La guerra de Ucrania fue casi imposible de predecir. Hoy, en un mismo día, podemos estar en puntos distantes del país y la IA nos hace informes con una precisión impensable hace poco tiempo.
Y este es el tiempo que nos toca vivir. Curiosamente, este escenario nos dificulta aún más mirar hacia el futuro y relacionarnos con el tiempo. Sirva de ejemplo el mundo de las series: cada vez nos cuesta más imaginar el futuro —diez, veinte o treinta años adelante—. Lo único que encontramos son distopías, que no son más que hipérboles de nuestro tiempo. Una de las más relevantes, 1984, de George Orwell, muestra cómo las máquinas y las ideologías deshumanizan al ser humano y le roban la esperanza. Y es ahí donde debemos estar atentos.
La inestabilidad como constante
Aunque el mundo nos muestre lo contrario, estamos llamados a vivir en el desequilibrio constante. La historia así lo demuestra. Me atrevería a decir que la estabilidad es una ficción. ¿Quién no ha acabado cansado de las vacaciones, por más que estas se hicieran de rogar? Estamos abocados a vivir en la inestabilidad constante. Dicho de otro modo, la estabilidad constante es una ficción. Un anhelo irrealizable. Quizás el referente más claro sea el nacimiento de Jesús, en un contexto VUCA sin precedentes. No había seguro médico ni bajas, pero sí había esperanza. Para ello necesitamos raíces que nos sostengan frente a tanta incertidumbre y que nos permitan preguntarnos: ¿qué hacemos para sobrevivir en la incertidumbre?
Uno de los últimos regalos que nos ha dejado el papa Francisco es su libro La esperanza no defrauda. En el prólogo, se distingue entre la esperanza y el optimismo, y subraya que la primera tiene un sentido más profundo que el mero deseo de que las cosas salgan bien. La esperanza auténtica se enraíza en la confianza de que, más allá del sufrimiento, Dios sostiene la realidad. Este matiz es clave: en nuestro tiempo se han sustituido conceptos y categorías religiosas por otras de menor profundidad y alcance. Por eso, el problema de la secularización es más grave de lo que parece.
La esperanza, aunque el mundo diga lo contrario, es una virtud y, como toda virtud, requiere hábito. La ausencia de Dios nos hace perder perspectiva. Nos aleja del Alfa y el Omega que dan sentido a nuestra existencia. Y, al hacerlo, el presente nos pesa más, el pasado se oscurece y el futuro se vuelve casi inalcanzable. Este, quizá, es uno de los grandes retos de nuestro tiempo: aprender a ubicarnos en el tiempo.
El ser humano en este cambio de época
En esa relación con el tiempo, no podemos olvidar que somos seres en relación. Si el mundo cambia, también nosotros cambiamos. En este caso, la ciencia y la tecnología son los grandes actores que determinan nuestra forma de relacionarnos con la realidad y, por tanto, con el tiempo.
En primer lugar, porque han transformado nuestra cosmovisión. Ya no interpretamos la realidad con las mismas categorías de hace una o dos generaciones. Los niños ya no vienen de París, la leche sale de las neveras del supermercado y una pantalla parece tener todas las respuestas. Este imaginario nos endiosa. Vivimos bajo el paradigma del «querer es poder», donde los deseos se confunden con derechos, como rezaba la campaña de algún partido político hace pocos años.
Esto tiene consecuencias en la forma en que nos comprendemos a nosotros mismos. Hablamos de gestionar emociones, de productividad, de autorrealización. Nos sentimos bien si somos útiles. Y lo contrario. Entramos en una dinámica ascendente que nos convierte en máquinas. Esto ya fue denunciado en la encíclica Laudato Si’.
Este modelo «maquinal» está ligado a nuestra relación con la tecnología. Asumimos que la ciencia y los números solucionan todos nuestros problemas. Que no hay límites. Y, entonces, desaparece la cruz de nuestro horizonte. Esta idea —de que la tecnología nos salva de todo— ya estaba presente en la antigua URSS. Hoy, nosotros mismos caemos a veces en ella. El ego se acrecienta en las redes sociales, en las pantallas que alimentan nuestra voluntad. Es la epidemia de la autorreferencialidad.
Por otro lado, este nuevo mundo virtual crea las condiciones para un gnosticismo del siglo XXI, donde la materia se separa de la idea. Por eso, Francisco insiste en que la realidad está por encima de la idea. Y es que las ideologías, impulsadas por intereses políticos o económicos, se presentan como soluciones definitivas, pero rara vez cumplen lo que prometen.
Aunque tengamos una visión positiva de la tecnología, no podemos olvidar que no es neutral. Tiende a relegar la dimensión trascendente. Nos mete en una dinámica cuantitativa: cuanto más, mejor. ¿Quién quiere un iPad 8 pudiendo tener un iPad10? ¿Quién no se compra un coche mejor cada vez? ¿No nos ofrece la tecnología más información, pero no necesariamente más sabiduría o profundidad? ¿No confundimos a veces abundancia de información con verdad?
El olvido de Dios
En el fondo, lo que está en juego es el olvido del misterio. Nuestro tiempo es, alegóricamente, el tiempo de la pornografía: del verlo todo. Y, sin embargo, el verdadero deseo humano es el del misterio que se revela sin agotarse, que tiene que ver con el erotismo, curiosamente. Eso es lo que atrae profundamente al ser humano y lo que lo mueve hacia adelante. La Biblia no nos dice que tengamos que saberlo todo. Nuestra verdad se encuentra en relación con Dios. Y la tecnología, a menudo, nos lanza hacia nuestra propia mismidad, a querer saberlo todo. Es el triunfo del nihilismo, como decía Nietzsche: ya no es necesario buscar la verdad, porque creemos que es imposible porque está entrelazada con la falsedad.
Este olvido de Dios nos hace olvidar también el sentido del tiempo. Nos lleva a creer que las catástrofes no pueden acontecer y, entonces, nos preguntamos ¿cómo puede ocurrir semejante hecho? ¿Cómo no lo predijimos? O que solo el pueblo salva al pueblo —como oímos en la DANA de Valencia—, lo cual no es del todo cierto. O que una ideología, o una tarjeta de crédito, nos salvará. Pero la realidad es que «nadie se salva solo». Y por muchas cosas buenas que tenga la tecnología, el ser humano necesita de Dios.
La resurrección: clave de nuestra esperanza
Por todo lo anterior, no debe sorprendernos la cantidad de personas —católicas incluidas— que creen en la reencarnación. Sin embargo, todos sabemos que el punto crucial está en la resurrección de Jesucristo.
Ya el pueblo judío había intuido que el bien, la verdad y la belleza, si eran auténticos, no podían concluir con la muerte. La resurrección de Jesús es ese punto de fuga que nos permite comprender la realidad, y que nos ayuda a ubicar nuestro eje espacio-temporal. Es una novedad radical: para los griegos, el tiempo era circular —algo que no se ha cumplido—, mientras que, en la cosmovisión tribal africana, por ejemplo, el tiempo se comprende de forma diferente.
Sin la resurrección, la vida de alguien que agoniza en un hospital estaría condenada al recuerdo, pasado mañana al olvido, y al día siguiente a la nada. Imaginemos morir y pensar que mañana todo será un game over. O pensemos, por pura justicia, cómo el manido es una crueldad para una mujer maltratada, un niño que sufre acoso o una familia que vive bajo las bombas en Gaza. La resurrección de Jesús nos permite creer que el mañana es bueno, sencillamente, porque viene de Dios. De lo contrario, nadie firmaría una hipoteca, trabajaría en un colegio o construiría un hospital si no creyera en el futuro.
Si olvidamos la resurrección, acabamos recurrentemente, en el carpe diem. Y si uno es joven y guapo, puede parecer fácil, pero cuando llegan los problemas, la vida se vuelve mucho más difícil. Sin resurrección, corremos el riesgo de obsesionarnos con el presente, sin soportar las tormentas. O tratamos de repetir algo que ya pasó. O vivimos en mundos paralelos, y las utopías se convierten en fuente de frustración porque no son reales. En definitiva, necesitamos recuperar nuestro ser vectorial, que nos ayuda a ubicarnos en el tiempo.
Puede que ese sea nuestro gran reto: aprender a ubicarnos en el tiempo, en el Alfa y el Omega. Para ello, la paciencia puede ser un buen camino, aunque nuestro paradigma tecnológico no nos enseñe a cultivarla. ¿Quién espera hoy una carta, cuando puede recibir un mensaje instantáneo?
La resurrección nos permite mirar el futuro con esperanza, sencillamente porque es de Dios. Incluso la idea de progreso tiene su raíz en esta mirada positiva del futuro.
Francisco ha señalado cómo las sociedades con hijos tienen más confianza en el porvenir. Y viceversa: aquellas con más recursos pueden caer, paradójicamente, en la desesperanza. En el fondo, esta es la tarea de los profetas: denunciar la injusticia, pero sobre todo anunciar la esperanza. Así lo hicieron los grandes santos: san Francisco Javier, cuando buscaba nuevos horizontes para evangelizar; san Ignacio y los reformadores del siglo XVI, cuando soñaban con recrear la Iglesia. La esperanza, no lo olvidemos, siempre se asienta en lo real.
¿Cómo hacer emerger la esperanza?
En una de las frases más duras de la saga de El Señor de los Anillos, Frodo Bolsón dice: «Ojalá nada de esto hubiera sucedido». A lo que Gandalf responde: «Así piensan todos los que viven tiempos difíciles, pero eso no les corresponde decidir. Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado».
No elegimos las circunstancias en las que nos toca vivir, pero sí podemos decidir en qué elementos nos apoyamos. Por eso es tan importante anclar nuestra vida en la realidad, por mucho que las ideas y discursos nos digan lo contrario. Porque la esperanza no es una evasión, ni una ilusión paralela. También es importante mirar al pasado, no para repetirlo, sino para aprender de su esencia. Cuando el pueblo de Israel miraba hacia atrás, veía cómo Dios nunca lo había abandonado. Pero también miraba al futuro. Soñaba. Así lo hacía san José, que interpretaba sus sueños desde Dios, o san Ignacio, cuando discernía los espíritus al mirar su vida.
No podemos olvidar que el presente está impregnado de esperanza. Por eso debemos desconfiar tanto del que piensa que todo está mal como del que cree que todo va bien. Tampoco son válidos los catastrofismos, que en el fondo son otra forma de ateísmo. Ni las angustias innecesarias que convierten todo en un problema.
Apoyarse en la esperanza es reconocer que nuestra visión no es un optimismo ingenuo, sino que el futuro será bueno porque viene de Dios. Y esto es lo más hermoso: no depende de nosotros. Pero esto, si no se riega con la fe, es difícil de sostener, porque implica mirar más allá. Y debe regarse también con el amor y con la belleza, que nos sacan de nosotros mismos, que generan vida —y, por tanto, futuro y generosidad— y que aspiran a lo eterno en cada instante. La esperanza nos lleva a amar más, como María. Nos ayuda a recuperar el sentido, a reenfocar nuestra propia vida. A vivir desde una vocación que nos llama a amar y a dar vida.
¿Cómo ser agentes de esperanza?
Sé que es una pregunta osada, pero quizá en nuestra Iglesia y nuestras comunidades conviene mirarnos con misericordia desde fuera. Y ver, más allá de la rutina y de los problemas, cuántas cosas se hacen bien. Cuánta Iglesia viva participa y crea proyectos. Cuántos jóvenes desean hablar de Dios y transmitir la fe. Cuánto bien se hace en los colegios. Y que el mundo, a pesar de todo, no es tan malo como a veces lo pintan.
Sobre todo, hay que asumir el reto de la profundidad en nuestro tiempo. Porque la esperanza también es racional, no solo emoción. Es recordar que el Evangelio pasa por la vida, muerte y resurrección de Jesús. Y que, hoy por hoy, el Evangelio sigue siendo una novedad en este mundo. También es cuidar espacios que nos ayuden a ubicarnos en el tiempo, en el discurrir suave y vertiginoso de los días, de los años. En convivir con un silencio que nos permita contemplar, asumiendo que Dios está en todas las cosas, que late en la realidad. En maravillarnos de cómo Dios habita en el «nosotros» que alza los ojos al cielo. Porque la esperanza es un estado del alma, que busca en el mañana un descanso y una sana confianza sabiendo que Dios sostiene la Historia.
Marcel Proust, buceador del paso del tiempo, asoció la esperanza a la verdad. Ojalá nosotros seamos capaces de encontrar espacios para aferrarnos a la esperanza que viene de Dios, y de transmitirla a un mundo que —hoy igual que siempre— tiene sed de Dios.







