LA ESPERANZA CON MIRADA DE MUJERES – María Belén Brezmes Alonso

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LA ESPERANZA CON MIRADA DE MUJERES

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«Haznos vivir nuestra vida,

no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula, 

no como un partido en el que todo es difícil, 

no como un teorema que nos rompe la cabeza, 

sino como una fiesta sin fin 

donde se renueva el encuentro contigo, 

como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia, 

con la música universal del amor».

Madeleine Delbrêl

Es un hecho constatable en el Evangelio que las mujeres fueron invitadas por Jesús, Maestro y Señor, al seguimiento, dentro de una comunidad de iguales. Esta inclusión querida por Jesús estuvo en todo su itinerario. Y, en su resurrección, tuvo un encuentro muy personal con María Magdalena que la hizo destinataria del kerigma a la comunidad y, por tanto, la primera apóstol. Este título de apóstol se lo acuñó para sí Pablo (Ef 1,1), que no llegó a conocer a Jesús en vida ni a escuchar sus palabras, siendo una de las condiciones para ser tal (Hch 1,21). Y paradójicamente la Iglesia sí que ha reconocido este título a este y no a aquella, con todas las consecuencias.

Hacer preguntas a nuestra rica Tradición para que la igualdad se haga costumbre conlleva asomarnos a encontrar esos desvíos que han hecho posible esa desigualdad. La mutación de las imágenes y de los modelos de Iglesia, a lo largo de su historia, está muy lejos de la autoridad que Jesús inviste a los suyos, y vemos que no son ajenos a una concepción machista y patriarcal que les rodea. Hoy nos asomamos con esperanza a una nueva conexión entre comunión y servicio, carisma y ministerio que significa aceptar, en el reconocido señorío y libertad de la Ruah, que el don/servicio cualifica a todos indistintamente, en la diversidad propia de cada uno. Lo exige el crecimiento óptimo de la Iglesia.

Hay una testaruda ambigüedad a lo largo de la tradición cristiana que hay que rechazar, pues la realidad toda de las mujeres ha sido creada por Dios y bendecida con la identidad de ser a imagen y semejanza divinas. Reducir la totalidad de Cristo a la forma corporal de Jesús conduce a un fisicalismo ingenuo. Si Cristo queda reducido al individuo histórico Jesús de Nazaret, y si el rasgo sobresaliente de Jesús como Cristo es su sexo masculino, entonces las mujeres quedan obviamente excluidas de la plena participación en esa imagen y podríamos sospechar de salvación, pues Jesús no fue mujer. Las mujeres bautizadas, que forman una unidad en Cristo Jesús, son imago Christi precisamente en su existencia corporal femenina, y no aparte de ella.

La tradición martirial corrobora esta identificación de las mujeres con Cristo. Cuando Saulo se dirige a Damasco a perseguir a los cristianos, escucha en su caída: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hch 9,1-5). Es una respuesta muy instructiva porque tanto discípulos como discípulas son aquí identificados con Jesús sin distinción. Se les valora teológicamente por igual.

La capacidad fundamental de ser portadores de la imagen de Dios y de Cristo es un don, no condicionado por el sexo, y desvela actitudes androcéntricas que luchan por proteger el privilegio patriarcal, cayendo en un pecado de sexismo. Hay una igualdad de dignidad de origen con relación al Bautismo, pues los bautizados, mujeres y hombres, son recreados en todas las dimensiones de su existencia y toda barrera de raza, clase y sexo han sido transcendidas por una nueva forma de identidad (Gal 3,27-28). Y hay una igualdad en el martirio por el sufrimiento por la fe, pues el martirio transforma a un discípulo, hombre o mujer, en una intensa imagen de Cristo, pues el mártir hace perfecta esa imagen llegando al derramamiento de la sangre.

¿No sería el momento de plantear otro tipo de Iglesia y de organización de la misma que le ayude a crecer según empuja la Ruah, según los signos de los tiempos? ¿Qué ministerio y para qué Iglesia? No hay resurrección sin muerte de estructuras y hoy es claro que tenemos una crisis de mediaciones a la que tenemos que escuchar para ser fieles a Jesús de Nazaret y su sueño de Dios, lo que llamamos evangelización.

Abandonar el pensamiento de «inserción» de las mujeres es un requisito para superar un pensamiento machista y androcéntrico, que pone en el centro la visión masculina y monopoliza el poder. El papa Francisco ha posibilitado que las mujeres entren en el Vaticano con roles de alta responsabilidad. Dar un paso más para que estos repartos de poder obliguen a reformular las relaciones entre hombres y mujeres y posibiliten la reflexión teológica sobre el sacerdocio común de los y las creyentes. Es inevitable, dentro de ese sacerdocio común, plantear la participación de las mujeres en el Orden sagrado. Supone el cambio comunitario a un servicio vocacionado y coordinado.

La esperanza se percibe pequeña, como un susurro que hace temblar (1Re 19,12) y moviliza al cambio, como un grano de mostaza (Mt 13,31-23) que no puede sino desplegar su potencial y es inevitable.