LA BELLEZA QUE ABRE CAMINOS AL ALMA Descarga aquí el artículo en PDF
Rosa Villar
rosavillar@escolapiosbetania.es
Empieza el cole… preparamos clases… lecciones, libros, cuadernos… y en esta marabunta de actividades y materiales la pregunta que discurre entre mis preparativos es: ¿cómo puedo acercar a mis niños a Dios?
Me siento afortunada en esta misión… he descubierto que hay una puerta privilegiada hacia el corazón de mis alumnos que muchas veces se abre antes que con las palabras, antes que con las lecciones… Esa puerta es la belleza. Esa experiencia de asombro que, sin pedir permiso, toca algo en lo profundo dentro de nosotros y nos invita a mirar más allá, nos invita al encuentro con Dios.
Tengo guardadas tantas clases de plástica en las que, al poner el color sobre la hoja, uno se quedaba en silencio mirando cómo la acuarela se expandía, como si estuviera asistiendo a un milagro en medio de la rutina escolar: un instante de quietud, como si el alma reconociera algo que llevaba tiempo buscando. Son momentos, instantes pequeños, frágiles, pero que revelan el poder transformador de la belleza.
Educar en la contemplación es más que enseñar técnicas o transmitir contenidos, es ofrecer espacios donde el alumno pueda detenerse, encontrarse, desmoronarse, emocionarse y, con todo ello, ser capaz de mirar con ojos nuevos. En un mundo que corre y consume todo con prisa, educar en el asombro es casi un acto de resistencia. Es enseñar que no todo debe producirse ni explicarse de inmediato, que hay realidades —como el misterio, el arte, la vida— que necesitan tiempo, silencio, paciencia… apertura a lo trascendente…
Tengo la suerte de ser, también, profesora de religión, y son dos facetas que en mí van de la mano, no puedo separar la experiencia estética de la fe. No consiste en «utilizar» el arte como un pretexto para hablar de Dios, sino que estoy convencida de que en lo bello ya resuena algo divino.
La belleza no es un adorno, es una huella de lo Eterno.
La creación de la belleza es un acto de amor, es un acto de confianza, es un salto al vacío (a veces literal en el encuentro con la hoja en blanco) y dejarse invadir por el Espíritu que es quien guía tu mirada, tus manos… Es aceptar que tiene una dimensión más honda, que no estamos hechos solo para consumir y producir, sino para trascendernos.
El papa Francisco, en su encuentro con artistas en la Capilla Sixtina, recordaba precisamente este poder de la belleza como un puente hacia Dios. Decía que los artistas son «guardianes de la belleza», y que su misión no es solo crear, sino custodiar aquello que permite al ser humano elevarse, abrirse, no resignarse a la mediocridad ni al sinsentido. Esa llamada resuena profundamente en mí como educadora; en cierto modo, también los maestros estamos invitados a ser «artistas» que despiertan en otros el sentido de la belleza, de la trascendencia, de lo que da verdadero sentido a la vida.
El arte, cuando se vive de verdad, no se queda en la superficie: educa la sensibilidad, enseña a percibir lo invisible en lo visible.
Como profesora de plástica y religión, me gusta pensar que cada ejercicio creativo es también un ejercicio espiritual: aprender a mirar, a descubrir armonías, a valorar la luz y la sombra, a reconocer que de lo imperfecto puede nacer algo bello. Y esa pedagogía estética prepara, sin saberlo, el terreno para lo religioso. Porque quien aprende a admirar la belleza de una obra, de un paisaje, de un rostro, está también más cerca de admirar al Creador.
Por eso creo que educar en la belleza no es algo opcional, es urgente y necesario. Hay que acompañar a cada alumno en el camino hacia lo más profundo de sí mismo, hacia esa zona interior donde todos intuimos que hay algo más grande que nos sostiene. La belleza nos descentra y nos eleva: nos saca de la superficialidad, del individualismo, del ruido, y nos abre a lo trascendente.
En mi experiencia, los momentos más fecundos como educadora no han sido los dibujos bien ejecutados, sino las creaciones que han tocado el corazón, y es aquí donde me descubro mi verdadera misión: no solo formar mentes, sino tocar almas.
Quizás por eso san Agustín decía: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva». Porque el encuentro con Dios, muchas veces, comienza como un flechazo estético: algo nos conmueve, nos atrae, nos saca de la indiferencia, y poco a poco descubrimos que en esa belleza late el Espíritu.
El papa insiste en que la Iglesia necesita de los artistas para seguir mostrando un rostro bello del Evangelio. Me atrevería a decir que también necesita de educadores capaces de ser cómplices en esta misión: ayudar a los niños a desarrollar la capacidad de maravillarse, de contemplar, de descubrir en la belleza una vía hacia Dios.
Esta es mi misión… no tanto dar todas las respuestas, sino crear las condiciones para que el asombro ocurra, para que la contemplación sea posible. Porque el arte enseña a mirar aquello que escapa a lo inmediato. Y esa mirada, refinada, atenta, se abre también al misterio de Dios.
Herman Hesse decía: «El arte hace visible lo invisible, dentro de cada cosa está la belleza, la luz de Dios». Confío en que, en medio de colores y trazos, mis alumnos puedan ver un reflejo de esa Belleza mayor que no pasa, y que es capaz de transformar toda la vida. Esa Belleza, que es una sacudida, que hace salir de uno mismo y nos arranca de la resignación y del acomodamiento del día a día.







