LA BELLEZA DE LA QUE NO SE HABLA – Almudena Colorado

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Almudena Colorado

almucoles74@hotmail.com

Hace unos años tuve la inmensa suerte de visitar Petra. Tengo un vídeo en el que aparezco caminando entre rocas como quien va sorteando un laberinto. Una curva, otra curva, rocas rosadas a ambos lados… hasta que, de repente, el espacio se ensancha ante mí y aparece El Tesoro (como así se llama el monumento más importante de Petra, una de las siete maravillas del mundo). No lo voy a describir, bueno, más bien diría que no lo puedo describir, porque me falta talento y vocabulario para detallar tanta maravilla. Sí diré que dentro de mí surgió una sensación de pequeñez, de asombro y también de esperanza al pensar que, si el ser humano fue capaz alguna vez de hacer tal maravilla, no todo está perdido.

Esa contemplación silenciosa del Tesoro de Petra fue otro pasito más para comprender el verdadero significado de la belleza. No solo es un concepto relativo a la estética o a la apariencia. Es algo más profundo, más conectado con el espíritu, con trascender. A mi entender, la belleza está relacionada con la armonía, el equilibrio, la serenidad, el regocijo y el placer para los sentidos. Todo ello provoca una especie de clic interior, el cual indica que hay algo en este ajetreado mundo que, por fin, encaja. Puede ser un monumento, una ecuación matemática, un amanecer, una música concreta, la imagen de un árbol, una caricia en su justo momento, la voz del amado o amada, una lectura sabrosa, un suculento plato de comida hecho por tu madre… Por el hecho de que la belleza va más allá de lo externo, podemos enamorarnos de personas que no encajan con nuestro prototipo de guapura (ni con el de los demás). Es porque encienden en nosotros algo mucho más hondo y valioso, que te despierta a amar. Los ojos ya no se han quedado en el rostro o la complexión de quien se ama. Lo atraviesan, pueden ver su verdadera belleza, una que, como dice el cuento de La bella y la bestia (¡qué verdades nos desvelan los cuentos!) está en el interior. 

La belleza es calma. Las pequeñas cosas de cada día esconden una belleza sutil y delicada que, si somos capaces de descubrirla, nos proporcionan alivio. Mueven el mundo, dan sentido, nos ayudan a confiar en que todo irá bien. Por eso son hermosas.

Y la belleza es también esperanza. Cuando el ser humano es capaz de hacer obras de arte maravillosas, una llega creer que no hemos perdido la capacidad de hacer algo bueno por pura generosidad, por el deseo de dar al mundo la oportunidad de contemplar algo hermoso y confortador.

Por todo esto (y seguro que por mucho más), también podemos decir que Dios es belleza. 

La religión ha tenido presente la belleza como el lenguaje del Misterio. Quizás no hablan directamente de ella, pero sí de aquellos elementos o imágenes evocadoras que provocan en nosotros ese clic del que hablé antes: el de que ahí está la perfección única y verdadera y, por tanto, la belleza. Aquí pongo algunos ejemplos:

  • Los pitagóricos (miembros de una sociedad o comunidad religiosa fundada por Pitágoras) creían que «la práctica del silencio, la influencia de la música y el estudio de las matemáticas se consideraban valiosas ayudas para la formación del alma». Silencio (calma), música (armonía) y matemáticas (orden) son parte del lenguaje de la belleza (aunque a muchos las matemáticas les provoquen precisamente lo contrario…).
  • En el budismo existe un escrito llamado El camino de la Perfección, donde encontramos un curioso relato acerca de un místico, Pindola, y cómo su profunda concentración mientras meditaba provocó atracción en las esposas del rey, con el consecuente enfado de este: «El rey, que tenía el alma impura por la lujuria, sintió que las llamas de los celos le quemaban e insultó a Pindola: “Es imperdonable que tú, un hombre que predica el bien, te entretengas rodeado de mujeres en conversaciones vanas”. Pindola cerró los ojos con tranquilidad y guardó silencio. El rey, loco de furor, desenvainó su espada y la acercó amenazante a la cara de Pindola, pero este no abrió la boca y permaneció como una roca, sin moverse. Fuera de sí, el rey destrozó un hormiguero y desparramó las hormigas en torno a él, pero aun así Pindola se mantuvo firmemente sentado. Llegado a tal extremo, el rey sintió vergüenza de su feroz conducta y le suplicó que le perdonase. Desde ese momento, las enseñanzas de Buda fueron aceptadas en la familia real y pudieron extenderse por toda la nación». Aquí, la forma de actuar de Pindola desentona con el enojo del rey. No se puede dejar de ver el contraste entre lo bonito (la quietud) y lo feo (la violencia). Resulta más atractiva la actitud de Pindola, por eso las esposas del rey se rindieron ante él.
  • Para los hinduistas, «es bello todo aquello que provoca en aquel que lo mira o escucha un movimiento hacia lo Absoluto». La belleza está más relacionada con lo espiritual que con lo estético. Es más: es el camino hacia el Misterio, la Divinidad, lo Absoluto.
  • El judaísmo utiliza también la belleza para hablar de Dios y de su amor hacia las personas. Nada más hay que leer el relato de la Creación, donde todo lo que Dios crea es bello y bueno («…y vio Dios que todo era bueno»). Esa belleza también se exalta en los Salmos, en el libro de los Proverbios o el Cantar de los Cantares: «Mi amado es para mí como un ramito de azahar de las viñas de Engadi».
  • En el islam hay «99 hermosos nombres de Alá». 99 nombres escritos con una caligrafía preciosa, porque Alá merece que con ese esmero se escriban sus nombres. 99 es el número de nombres que un musulmán debe aprender para entrar en el Jardín, esa eternidad con Alá que, de hermosa que es, solo puede ser descrita como un jardín.

Por supuesto, en el cristianismo también está muy presente la belleza para hablar de Dios. No solo tomamos todos los términos y comparaciones sublimes sobre Dios que ya aparecen en el Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento hallamos maneras muy bonitas para hablar de Dios: en las parábolas (los lirios del campo, las aves del cielo, la oveja perdida, las novias con sus candiles, el padre bueno del hijo pródigo, cuya vida se describe como espantosa lejos del padre), en el Padrenuestro, en las bienaventuranzas, en los gestos llenos de ternura de Jesús… Hay belleza en el relato del anuncio del ángel a María, en el nacimiento de Jesús (aunque naciera en un triste pesebre), en los relatos de la Resurrección… 

La belleza es un rasgo de Dios: Dios, que es bondad, verdad y amor, no puede dejar de ser también bello. De ahí que el arte haya sido una excelente manera de enseñarlo y, a través de él, alabar a Dios: «Estas (las bellas artes), por su naturaleza, están relacionadas con la infinita belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios y contribuir a su alabanza y a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente a los hombres» (SC 122).

Sin embargo, ¿qué hemos hecho hoy con la belleza? La hemos convertido en una banalidad sujeta a modas, dinero, rostros y cuerpos falsos, filtros, discursos baratos, imágenes de aparente felicidad… Hemos hecho de ella algo cansino, ruidoso, empalagoso, aburrido, que no sacia, no llena, porque, al final, no permanece. 

Reconozco que frecuento Instagram. Lo uso y también veo lo que ponen otros, conocidos y desconocidos. Y me he dado cuenta de que tengo una extraña tendencia a ver publicaciones de influencers o personajes famosos. No es deseo de copiar ni surge en mí el más mínimo resquicio de envidia. Es una especie de morbo por ver esa continua referencia a una belleza fugaz detrás de trucos de maquillaje, personas que lucen ropa bonita y piden a sus seguidores opinión sobre cuál le queda mejor, o que se apropian de la belleza de determinados lugares para convertirse ellas en el centro de la foto (por cierto, en Petra vi a una, sentada a las puertas del Tesoro, con un vestido blanco muy inapropiado para el desierto y con su fotógrafo particular). Al final, después de mucho mirar publicaciones de este tipo, termino frunciendo los labios, decepcionada, dándome cuenta de que no, ahí no es donde voy a encontrar la belleza, pues me deja tal cual estaba antes de mirarla. Y la contemplación de la verdadera belleza no te deja indiferente.

De esta belleza de las redes y las publicaciones es de la que beben nuestros jóvenes. Y es nuestra misión (entre otras) hablarles de otro tipo de belleza, una que ayuda a trascender, que esconde espiritualidad y hondura, que está en las palabras de la Biblia, en los ritos, en las imágenes, en los símbolos y los gestos. Una belleza que es medio para llegar a Dios, para comprender y sentir su grandeza y su majestad, su lenguaje amoroso, su armoniosa presencia, su suave sutilidad en cada detalle, su universalidad: «La Iglesia nunca consideró como propio ningún estilo artístico, sino que, acomodándose al carácter y condiciones de los pueblos y a las necesidades de los diversos ritos, aceptó las formas de cada tiempo, creando en el curso de los siglos un tesoro artístico digno de ser conservado cuidadosamente» (SC 123).

Recuerdo una vez que les pedí a mis alumnos de 2º de Bachillerato, en clase de Religión, que hicieran un dibujo en el que mostraran qué imagen tienen de Dios. Fue muy curioso lo que recibí: Dios representado en la naturaleza (bosques, mar, sol…), Dios «asomado» a una nube mirando el mundo, Dios como compañero de escalada o como compañero de juego, Dios como un miembro más de la pandilla, Dios como manos unidas… Aquellos dibujos (unos más afortunados que otros) fueron de una riqueza extraordinaria que nunca olvidaré, porque cada cual se mostró a sí mismo y mostró su experiencia de Dios, más o menos madura, a través de su propia expresión artística. 

Deberíamos contarles a nuestros jóvenes que toda la estética de nuestra liturgia (imágenes, gestos, símbolos…) pasa como con los dibujos de mis alumnos: dice mucho de lo que somos (cristianos), de cómo celebramos lo que somos y de cómo presentamos a Dios en lo que celebramos (la luz, el agua, el abrazo, la reverencia, un color determinado…). Toda esta simbología acerca a nuestros sentidos lo que va más allá de ellos, tal y como hace el arte. Si así se lo contamos a los chicos y chicas a los que acompañamos en su proceso de fe, quizás dejen de ver la obligatoriedad o la mecanicidad de los ritos, y alcancen a contemplar la riqueza del lenguaje de nuestras celebraciones y la belleza detrás de ellas, reflejo de la belleza que es Dios.

Nos queda un reto por delante: evangelizar desde la belleza, enseñar a nuestros jóvenes a tocar lo intrascendente a través de ella, a ver lo intangible escondido en lo tangible, lo invisible en lo visible, y guiarles en la distinción entre lo banal y lo profundo, la pose y lo auténtico, lo caduco y lo eterno. 

Por cierto, ¿sabéis que el Tesoro de Petra es una tumba? Y yo pensando que era un palacio o un templo… pero no, es una tumba. Para reyes, de ahí su majestuosidad, supongo, pero una tumba a final de cuentas. Ahí está representada la muerte, como también se representa en la cruz, mucho más humilde y sobria. Dios hace bello lo que toca, ¿verdad? Hasta los dos palos de madera cruzados. Porque no son solo dos palos: es la maravilla de una vida entregada por los demás. ¡Qué bonito habla Dios cuando lo hace a través de la belleza!