LA BELLEZA DE LA CREACIÓN – Antonio Garrido

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Antonio Garrido

antonio.g@laudatosimovement.org

Las cosas importantes de la vida, tenemos que desengañarnos, no las vemos, no responden ni a la lógica ni a la razón: el amor, la verdad, la belleza… Difícilmente podemos describirlos desde una concepción objetiva, lo cual no quiere decir que existan o sean menos importantes.

Puede que la belleza sea uno de los elementos más discutidos y discutibles, sobre todo desde la llegada del arte conceptual en los años veinte del siglo pasado, de la mano de Marcel Duchamp a los mejores salones de Nueva York. Cuando el arte empezó a coquetear con la fealdad e impregnó en toda la sociedad. Pero remontemos la historia de Occidente hasta Platón: la belleza se consideraba una llamada de otro mundo, una de esas luces que permitían al hombre salir de la caverna y las tinieblas. Una belleza que excita en el alma el recuerdo de una perfección, un amor trascendente, que nos reconforta y nos eleva.

Una concepción parecida tenía Kant, padre del idealismo alemán: la experiencia de la belleza nos conecta con el último misterio del ser y nos ponen en presencia de lo sagrado. Músicos, pintores, poetas, arquitectos… a lo largo de la Historia pusieron sus mejores dotes y cualidades en busca de esa belleza perdida y anhelada. Pero siempre teniendo presente ese concepto trascendente que eleva el espíritu del ser humano hacia una nueva dimensión que lo conecta con el Amor y la Perfección; y que fue la gran búsqueda de Richard Wagner, el Gessamtkunstwerk, la obra de arte total.

¿No es acaso en los momentos más difíciles y oscuros de la Humanidad cuando han surgido las grandes obras de arte? Es aquí cuando el espíritu creador y redentor de la belleza, con su resplandor, se ha impuesto sobre guerras, enfermedades y desastres, dejándonos algunas de las obras cumbre surgidas de la mano del hombre.

En la vida diaria estamos rodeados de innumerables elementos que requieren de nuestra constante atención, nos mantienen ocupados, pero hay un breve destello, inesperado, sublime y brillante, en el que la belleza se hace presente en nuestra vida, nos transporta más allá del espacio físico y del tiempo.

Esta belleza suele hacerse visible a través del arte, un arte que nos cambia, nos hace ser distintos de lo que éramos antes, nos invita a crecer y, sobre todo, nos hace sentir vivos. ¿No son acaso estos momentos, los que penetran en nuestro espíritu, volviéndose inolvidables? Mientras que aquellas ideas y conceptos que hemos repetido hasta la saciedad, gracias a nuestro intelecto, fácilmente se desvanecen.

La Iglesia ha sabido acoger, entender y potenciar a lo largo de su extensa historia la importancia de la belleza, como el camino para llegar a Dios, un camino al que todos estamos llamados; porque todos somos sensibles a la belleza. En el texto Via pulchritudinis del Pontificio Consejo para la Cultura en el año 2006 se recogen tres caminos a seguir: la belleza de Cristo, la belleza de las artes y la belleza de la Creación.

La Escritura resalta la importancia del simbolismo de la belleza en el mundo que nos rodea, pues a través de la grandeza y la hermosura, por analogía, el ser humano puede llegar hasta su Autor. Siendo necesario superar las formas visibles de las cosas naturales para elevarse a lo invisible, tal y como profesamos en el Credo: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra».

La contemplación de la belleza de la creación despierta la paz interior, afinando la armonía y el deseo de una vida hermosa, que alaba y da gracias al autor de tal belleza. Se puede destacar aquí la importancia de la tradición franciscana que reconoce una dimensión «sacramental» en la creación, que lleva en sí las huellas de su origen, y una plasmación alegórica de su Creador. Por ejemplo, san Francisco pedía que en el convento siempre se dejara una parte del huerto sin cultivar, para que crecieran las hierbas silvestres, de manera que quienes las admiraran pudieran elevar su pensamiento a Dios, autor de tanta belleza

Igualmente, entre todas las criaturas, hay una que tiene una mayor cercanía con Dios: el ser humano, creado «a su imagen y semejanza». Siendo portador de la semilla de la eternidad, que se ve empañada por el pecado original. El mal, la fealdad entran en contacto con el individuo y desvirtúan su camino a seguir.

En la actualidad la naturaleza y el cosmos son entendidas desde una perspectiva de materialidad visible, un universo que se ve regido por las leyes de la física, sin evocar ninguna otra belleza, y que no contempla al Creador. Una visión y una cultura basadas en la lógica y el racionalismo científico, reducido a una serie de fórmulas y teoremas fríos e inertes. En una cultura en la que el cientificismo impone los límites de su modo de observación hasta hacer de ellos el criterio exclusivo de conocimiento, el cosmos se ve reducido a un simple depósito gigantesco del que el hombre extrae a placer, hasta agotarlo, en función de sus necesidades crecientes y desmedidas; además, la precisión del universo al menos hace lógico concluir que hay un Creador. Sin embargo, la naturaleza no se puede convertir en un absoluto, menos aún en un ídolo, un homo climaticus, como señaló Benedicto XVI: su valor no puede sobrepasar la dignidad del hombre llamado a ser su custodio.

Muchas son las vías que dentro de nuestra fe nos marcan el camino a seguir, para reconocer la belleza de la Creación de Dios, en el arte, la imaginería, la música o la liturgia… con la aprobación de la Eucaristía Pro Creationis que busca fomentar una mayor conciencia ecológica y un compromiso con el cuidado del medio ambiente dentro de la comunidad católica.

Abramos nuestra mente, corazón y espíritu para acoger la radiante belleza de la creación, viendo la mano de su autor, como una llamada a la trascendencia desde lo más sencillo. Un lugar donde la belleza se plasma y el Amor del Padre se hace presente.