JUNTOS MEJOR-IDENTIDAD Y PERFIL DEL ANIMADOR CRISTIANO – Carlos Sánchez Camacho

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La intención de estos bits formativos, como ya se señaló anteriormente, es crear un espacio para enriquecer nuestra labor de propuesta de la fe. Por esa razón, no podemos comenzar esta aventura sin detenernos para reflexionar sobre nuestro perfil e identidad como animadores en la fe. Y es que muchas veces nos preocupamos más por el «hacer» que por el ser. Todo animador cristiano debe regalarse tiempos personales de silencio, oración y discernimiento. ¿Quién soy yo? Esta es la pregunta que todos deberíamos hacernos. De hecho, es la pregunta que el propio Jesús hizo a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15). ¿Qué decimos de Jesús? ¿Qué decimos de nosotros mismos?

El animador cristiano ha optado por una opción de vida concreta: ha apostado por vivir el Evangelio y transmitirlo a otros, niños y jóvenes, desde la donación. Hablamos de personas comprometidas con su fe, cristianos que, sin esperar nada a cambio, quieren llevar la propuesta del Reino a los chicos y chicas de sus grupos. Podríamos dibujar el perfil del animador con una serie de características que le identifican. Eso sí, tenemos que ser conscientes que estas no son criterios a poseer, sino metas a alcanzar:

  • Se sabe hijo e hija de un Dios que ante todo es Abba (papá) y que, por eso mismo, es miembro de una gran familia: la Iglesia.
  • Es testigo de la Buena Noticia, un testimonio que nace de la experiencia de encuentro con Aquel que le ama radicalmente, con Jesús. Y no se queda ahí, sino que de ese acontecimiento nace un seguimiento desde toda su persona. Y no podemos olvidar que el encuentro con Jesús también será comunitario. Como recordaba san Pablo, en él nos movemos, vivimos y existimos.
  • Es apóstol y, como tal, se siente llamado a transmitir la Buena Noticia allá donde esté. Es más, no puede entender su día a día sin la intención de convertirse en sembrador de esperanza en su entorno. Es, en definitiva, un evangelizador.
  • Es profeta. No puede quedarse impasible ante las injusticias de esta realidad. Y desde la experiencia de ese Dios de Jesús que es un Dios libertador, denuncia y anuncia que existe otra manera de vivir, otra forma de relacionarnos entre los seres humanos.
  • Se siente y siente con Iglesia. No puede olvidar que el seguimiento de la persona de Jesús genera comunidad. Un Iglesia que, en su amor fraterno, hace visible el Reino de Dios entre nosotros, donde podemos encontrar la plenitud del destino del ser humano.
  • Es un animador, no un mero monitor. Los conceptos que utilizamos importan más de lo que pensamos. El animador cristiano es consciente de que Dios ha puesto en sus manos unos dones privilegiados que utiliza para ayudar a los jóvenes y niños en su crecimiento personal y en la fe. Por lo tanto, es también un educador que cree que su misión entre los más jóvenes debe dirigirse de un modo integral a su maduración personal, académica y trascendente.
  • Y, por último, vive su fe de un modo activo y comprometido. Desde una vocación que nace con el Bautismo. Todo cristiano está llamado a ser imagen de Cristo en el mundo y asume libremente una forma de vida basada en el Amor o, lo que es lo mismo, responde a la acción del Espíritu, que le plenifica.

El animador cristiano está al servicio del Evangelio. Debe ser consciente de que la experiencia de Dios debe ser explicitada de forma provocadora en una síntesis entre fe, vida y cultura. Porque no podemos olvidar que una vida cristiana integrada tiene que ser una vida integradora. Somos relación: ser con los demás y para los demás pertenece al núcleo mismo de la existencia humana. Siempre estamos orientados y vinculados a otros. Jesús nos enseñó que el Reino de Dios ya está aquí.

Yo me dedico desde hace mucho tiempo a acompañar a grupos de fe, grupos de niños y jóvenes a los que intento trasmitir la experiencia evangélica. Cuanto más tiempo pasa, más soy consciente de que para educar en la fe hay que preguntarse primero a uno mismo: ¿cómo vivo yo mi fe para poder darla a los demás? Para responder a esta cuestión no valen discursos programados o plantear experiencias de consumo. El papel del animador es fundamental para potenciar en nuestros grupos preguntas de sentido, para provocar verdaderas experiencias de fe. Y es que esto de la fe, como sabemos bien, se contagia por ósmosis vital. Si no invertimos tiempo en ello, si no nos damos con los que somos y con lo que vivimos, va a ser difícil que los chicos y chicas que animamos, vean en nosotros a unos verdaderos testigos del Evangelio.

¿Os parece terminar con un pequeño cuento? Con esta historia suelo empezar mis clases de «Mensaje Cristiano». Se titula «Fiesta en el castillo»:

El pueblo que rodeaba la colina del castillo se despertó al oír al mensajero del rey que leía un bando en medio de la plaza.

– Se hace saber a todos, que nuestro bienamado rey invita a todos sus buenos y fieles súbditos a participar en la fiesta de su cumpleaños. Cada uno de los que asistan recibirá una agradable sorpresa. Os pide a todos un pequeño favor: cada uno de los participantes a la fiesta tenga la cortesía de llevar un poco de agua para llenar el pozo del castillo que está vacío…

El mensajero repitió varias veces la proclama, luego dio marcha atrás y escoltado por los guardias volvió al castillo.

En el pueblo se levantaron los comentarios más diversos.

– ¡Bah! El tirano de siempre. Le sobran criados para llenar el pozo… Le llevaré un vaso de agua y ¡basta!

– ¡Qué va! ¡Siempre ha sido muy bueno y generoso! Yo le llevaré un barril.

– Yo… un dedal y ¡sobra!

– ¡Yo un tonel!

Llegó el día de la fiesta. Aquella mañana un extraño cortejo subía la colina hacia el castillo. Algunos llevaban al hombro pesados toneles o jadeaban en la encuesta cargados con grandes cubos llenos de agua. Otros mofándose de sus compañeros, llevaban pequeñas garrafas, botellines o incluso un vaso en una bandeja.

La procesión entró en el patio del castillo. Cada uno, después de vaciar su recipiente en el gran pozo, lo dejaba en un rincón y, luego, se dirigía contento hacia la sala del banquete.

Asados y vino, frutas y tartas, bailes y cantos se sucedieron hasta bien entrada la tarde. Al anochecer, el rey dio las gracias a todos y se retiró a sus aposentos.

– ¿Y la sorpresa prometida?– reprocharon algunos, contrariados y desilusionados.

Otros se mostraban alegres y satisfechos:

– El rey nos ha obsequiado con una fiesta estupenda ¿qué más queremos? ¡Hemos comido por un mes!

Cada uno, antes de marchar, pasó a coger sus vasijas, vasos, toneles. Estallaron, entonces, gritos cada vez más fuertes. Gritos de júbilo y rabia ¡Las vasijas habían sido colmadas hasta el borde de monedas de oro!

– ¡Ay, si hubiera traído un poco más de agua…!

Para la reflexión como animador cristiano

Uno no da lo que no tiene. Como animadores, nos invitan también a nosotros a una fiesta, la de hacer presente en nuestro día a día el Reino de Dios, pero… ¿cómo es nuestra actitud ante esa invitación? ¿Qué sentimientos nos surgen ante esta propuesta?

Solo se transmite lo que se vive. ¿Cómo es nuestro recipiente? ¿De qué está lleno?

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