Jueves santo ciclo A: mística del servicio – Iñaki Otano

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llega a Simón Pedro y este le dice: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. Jesús le replicó: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dice: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. Simón Pedro le dice: “Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dice: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos”. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”).

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘El Maestro’ y ‘El Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. (Jn 13, 1-15)

San Cipriano, en el siglo III, decía de los propios cristianos: “Nosotros no hablamos de cosas sublimes sino que las ponemos en práctica”.

            Pero los cristianos también hablamos o escuchamos cosas sublimes, aunque es verdad que ser cristiano es tratar de ponerlas en práctica.

            Eso es lo que nos enseñan la fiesta del Jueves santo y el evangelio que leemos: poder adorar a Dios en el pan y el vino de la Eucaristía es sublime, y tratar de hacer de nuestra vida un servicio es practicar lo que celebramos.

            Hoy se suele recordar a menudo lo que el gran teólogo Karl Rahner dijo hace más de cincuenta años: “el cristiano del futuro será un ‘místico’, es decir, una persona que ha experimentado algo, o no será cristiano”.

            Ser místico no significa sentir arrebatos o efluvios celestiales. Sí significa, por una parte, tener “una relación personal e inmediata con Dios”, que se expresa, en la mayoría de los casos, en escenarios y términos sencillos.

Por otra parte, ser “mistico cristiano” significa practicar la mística del servicio. Jesús en la última cena se pone a servir y quiere que lo que él ha hecho con los discípulos, ellos también lo hagan y conviertan su vida en un constante servicio.

El gesto de lavar los pies de los comensales invitados era propio del servidor de la casa. Por eso, realizado por Jesús, es la visibilización significativa de lo que ha sido su vida, empleada no en ser servido sino en servir. Contiene una clara recomendación explícita para sus discípulos: lo que yo he hecho con vosotros, hacedlo también vosotros.

Ese es el encargo que nos deja Jesús: celebrad la Cena del Señor y servid a las personas.