Jóvenes y ausencia de interrogantes religiosos – Pedro J. Gómez

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Últimamente suelo comentar que, cada vez que nos juntamos los cristianos y, sobre todo, la gente que estamos en el mundo de la pastoral, parecemos una reunión de tuertos. Y lo digo porque nadie ve claras las cosas: ni somos capaces de hacer un diagnóstico certero de la situación religiosa juvenil ni, menos aún, acertar con las acciones evangelizadoras que puedan permitir el encuentro de los jóvenes con la Buena Noticia de Jesús. Quiero partir de este reconocimiento honesto: ninguno sabemos exactamente lo que pasa entre los jóvenes. Pero con un poco de lo que vemos unos y otro poco de lo que ven otros, a lo mejor podemos hacernos una mejor composición de lugar.

1. ¿Qué queremos decir con “jóvenes sin preguntas religiosas”?

La primera ponencia de las Jornadas JIF lleva por título “La ausencia de interrogantes religiosos en los jóvenes”, e intentaremos ahondar en las causas de esa situación. En la segunda ponencia, realizaré alguna sugerencia para ver si podemos provocar alguno de esos interrogantes o no.

Como aparece al inicio de este texto, en el metro de Nueva York hace mucho tiempo un joven pintó “Cristo es la respuesta”. Pasado un tiempo otro pintó debajo “¿Y cuál era la pregunta?”. Esta conocida anécdota refleja muy bien lo que nos ocurre ahora: una especie de desajuste comunicativo entre la falta de preguntas formalmente religiosas de los jóvenes y nuestras contestaciones o nuestras respuestas habituales. Vamos a intentar profundizar en este hecho.

Una consideración previa: todo lo que voy a decir a partir de ahora no es una descripción completa del mundo de los jóvenes, que es mucho más rico, complejo, interesante y positivo. Voy a referirme, exclusivamente, a algunas dificultades de nuestra acción pastoral, pero el mundo de los jóvenes excede con mucho esas dificultades. Por otra parte, cuando hablamos del mundo de los jóvenes, no nos referimos a un mundo que ellos hayan configurado, y del que sean responsables moralmente, sino del mundo que respiran y que les configura. Los jóvenes son mucho más producto del ambiente que les rodea que generadores de ese ambiente. Y por lo tanto, ninguna de las cosas que voy a decir aquí tiene una intención moralista o de enjuiciamiento a las nuevas generaciones, sino que, más bien, intentan describir un clima cultural o espiritual determinado que es en el que surgen o no surgen las preguntas.

Por eso conviene empezar por preguntarnos: ¿qué queremos decir con esto de jóvenes sin preguntas religiosas o sin interrogantes religiosos? Decimos esto porque los adolescentes y los jóvenes, con mucha frecuencia, no preguntan explícitamente por los asuntos que les preocupan, sino que lo hacen de manera implícita. Muchos padres sabrán que suele ser raro que el adolescente se levante por la mañana diciendo “te quiero mucho” pero, aunque no lo hagan, sabemos que, en la inmensa mayoría de los casos, existe una realidad de cariño familiar que subyace realmente. Que los adolescentes y jóvenes no hablen de ciertos temas, ¿quiere eso decir que no preguntan? Más bien quiere decir que preguntan de una manera en la que no se ve –a la primera de cambio– la pregunta.
La mayor parte de las actitudes juveniles o adolescentes que a veces suponen cierto rechazo u oposición a los adultos –y que solemos interpretar como rebeldía– son, en el fondo, una forma de ponernos a prueba para ver si eso que afirmamos es verdaderamente cierto y estamos convencidos de ello. Cuando un adulto le dice a un joven algo y este reacciona, con frecuencia lo que persigue es ver hasta qué punto lo que le dice el adulto se sostiene o vale de verdad. Ese ponernos a prueba no es rechazar lo que le decimos, sino someterlo a contraste. Por eso no es tan fácil saber si los jóvenes tienen o no tienen preguntas religiosas. Tienden a ser poco comunicadores de su intimidad.

Por otra parte, cuando hablamos de preguntas religiosas tendríamos que diferenciar tres tipos de preguntas diferentes:

1) Las etéreas preguntas espirituales.
La espiritualidad en un sentido amplio se da en todo género de personas. Hace unos años aparecía en los diarios de El Mundo y en El País un manifiesto para la recuperación del espíritu firmada por muchos intelectuales agnósticos o ateos. Impulsado por Javier Ruiz Portella y avalado por Álvaro Mutis se titulaba: “Manifiesto contra la muerte del espíritu”.
A veces, cuando hablamos de lo espiritual, a lo que nos estamos refiriendo es a esa capacidad universal que se da en los seres humanos de preguntar por la vida a fondo, de taladrar la superficialidad de los fenómenos empíricos, de hacer preguntas radicales. Y eso es común a todos los seres humanos. Nos diferenciamos quizás en la repuestas, pero no tanto en esas preguntas básicas que la vida nos plantea.
¿A qué llamo yo que haya una dimensión o una actitud espiritual en una persona? A que pueda hacerse la pregunta global por la vida, por el fundamento de la vida, por el valor de la vida, por el horizonte de la vida, por la meta de la vida, por la orientación de la vida, por el sentido de la vida. Esto, que es lo nuclear de lo que luego vamos a hablar, se da en «todo hijo de vecino», con más o menos profundidad, de una manera o de otra, en uno u otro momento de la existencia. Hay individuos que se lo plantean con frecuencia porque tienen un talante de búsqueda y otros no lo hacen casi nunca por miedo o por superficialidad. Pero interrogarse no es solo cuestión de voluntad. La vida nos obliga, en ocasiones, a preguntarnos con radicalidad por su valor y significado. Una ruptura afectiva, el fracaso escolar, la pérdida de un ser querido, el paro, el rechazo social, la falta de autoestima… hacen que, aunque no queramos, nos acabemos preguntando por la vida. Y ésta -en su compleja ambigüedad- puede acabar siendo percibida por algunos como un regalo maravilloso, pero otros pueden pensar que es una tomadura de pelo.
La vida concreta y su valor son el punto de partida de cualquier tipo de pregunta religiosa. Nadie pregunta por Dios en primera instancia. Por Dios preguntamos cuando preguntamos por la vida y no encontramos fácilmente las respuestas en lo obvio. Interrogarse a fondo por la vida es a lo que llamo hacerse preguntas espirituales. Creo que se las hace todo el mundo en toda época y cultura. Es cierto que no se las hace uno todos los días, ni todo el mundo de la misma manera, ni siempre. Pero creo que el ser humano –a poco que dure– antes o después, va topándose con la cuestión fundamental: ¿qué pinto yo aquí?, ¿qué pintamos colectivamente? Este pequeño planeta, que tiene estos bichos tan raros que piensan y sienten, ¿es resultado de la pura casualidad o tendrá algún fundamento? Estas preguntas nos ponen en comunión con los demás, en igualdad con todos los seres humanos. Y eso es muy bueno, para que no empecemos ya segregándonos, separándonos en guetos; haciendo de la espiritualidad una frontera.
2) Las esporádicas preguntas religiosas.
Las preguntas religiosas son aquellas que relacionan las preguntas por la vida a las que nos acabamos de referir con la posibilidad de que la respuesta no esté en nosotros mismos, sino en otro. Uno empieza a hacerse preguntas religiosas cuando se dan tres experiencias: la de la profundidad, la de la confianza y la del descentramiento.
1. Sin capacidad para entrar en el fondo de nuestro corazón y nuestra conciencia es difícil acceder a la experiencia religiosa. Si uno está permanentemente ocupado o entretenido con los problemas prácticos y ordinarios de la vida, carecerá de sensibilidad espiritual para captar su hilo conductor.
2. Por otra parte, debemos sentir que, al menos potencialmente, las preguntas que nos hacemos -y que se refieren precisamente a la cuestión más importante de la existencia- pueden tener respuesta; que no son preguntas absurdas o que carecen de contestación.
3. Por último, hemos de percibir que la respuesta que buscamos no la tenemos exclusivamente en nosotros y que, por ello, necesitamos dirigir la mirada afuera y taladrar la realidad para buscarla.
Es decir, la actitud religiosa tiene que partir, en primer lugar, de la inquietud intelectual, del asombro ante la realidad, pero también de una confianza o esperanza mínimas. Lo que ocurre cuando no estamos desesperados pensando que “esto es absurdo”. Sin una cierta experiencia de que la realidad tiene un sentido –por misterioso, oculto o problemático que este sea–, pocas preguntas religiosas se producirán. La pregunta religiosa aflora cuando uno cree que la vida puede tener un valor y un sentido profundos y, al mismo tiempo, uno percibe su fragilidad, su limitación, su radical menesterosidad: «yo no puedo alcanzar la salvación a la que aspiro». Desde la autosuficiencia tampoco hay acceso a la experiencia religiosa. Pero recordemos que, en la vida corriente, hay muchas cosas que nos las tienen que dar los otros o que recibidas de otro adquieren otro valor: no tiene el mismo efecto un piropo dirigido a uno mismo que el que le da otro; no tiene el mismo valor.
Así como la espiritualidad se encuentra en relativo ascenso –la ingente proliferación de títulos sobre espiritualidad indica que esta temática es de plena actualidad, hasta de moda–, las religiones atraviesan horas bajas entre la juventud que ve en ellas encorsetamientos institucionales y valores trasnochados que no les atraen.

3) Las preguntas dirigidas a las Iglesias cristianas.
Por último no hay que confundir las preguntas espirituales o, incluso, las preguntas religiosas, con las preguntas específicamente dirigidas a la religión cristiana o a las iglesias. Estas preguntas surgen al plantearse la vida, cuando se intentan contestar desde el acontecimiento de Jesucristo tal y como aparece en los Evangelios y se vive en la Iglesia. Estos interrogantes aparecen cuando quiero dar a mi vida un valor, un sentido, una plenitud, una densidad y una mayor consistencia, y me aproximo a la persona de Jesús para ver si en él encuentro algún tipo de respuesta a esas inquietudes. Estas son las preguntas específicamente cristianas. ¿Tiene Jesús alguna posibilidad de orientar mi vida, de iluminar mi vida, de enriquecer mi vida?, ¿puede ser una referencia que me ayude a mí a vivir más y mejor?
La cuestión es que este tipo de preguntas no llegan fácilmente a aparecer en la mayor parte de los jóvenes. Porque la sociedad en la que vivimos ha cambiado de un modo radical y porque la Iglesia no sabe provocarlas. Hace cierto tiempo la inquietud de cualquier persona encontraba un horizonte eclesial de respuesta al alcance de la mano y un ambiente donde «ser cristiano» era normal y positivo, no algo rarísimo o sospechoso de tener efectos secundarios negativos. Este cambio hace que las búsquedas expresamente dirigidas a lo cristiano no afloren habitualmente. Cuando un joven experimenta una sed de felicidad que no puede satisfacer con un estilo de vida convencional, raramente dirige su mirada a una institución que percibe obsoleta.

2. Del calentamiento global, al enfriamiento global
Hablamos constantemente del calentamiento global porque el mundo en que vivimos, merced a las emisiones de CO2 y a la contaminación se está recalentando, lo que constituye una gran amenaza para los ecosistemas, para la vida humana y para el conjunto de la naturaleza. Análogamente, en Europa Occidental, y en particular en España, hay un enfriamiento global de la experiencia religiosa cristiana, que se ha ido erosionando, desertizando, poco a poco. Hay también un cambio climático espiritual y, lo que eran vergeles y selvas de la fe hace pocas décadas, son ahora, muchas veces, áridos desiertos. El fervor y el entusiasmo religioso de la mayoría de la población se ha ido enfriando. Algo que ha ocurrido, especialmente, entre los jóvenes.

Vamos a dar un segundo paso en nuestra reflexión. ¿Qué es eso de ser religioso hoy en día? De entrada diríamos que no está nada claro. Por eso, recordando a Jarabe de Palo, podemos repetir: “Depende”… Pero, ¿de qué depende? Si os preguntara si sois religiosos, vosotros, con razón, me diríais: “depende de lo que quieras tú decir con religioso”. Y es que la experiencia religiosa posee como varias capas o niveles con distinta profundidad. Intentemos clarificarlos un poco, porque de esta confusión emanan multitud de radiografías religiosas contradictorias.

Hay un primer significado de cristiano que podríamos calificar de cultural. En este sentido en nuestro país somos culturalmente cristianos y así lo manifiestan en las encuestas la inmensa mayoría de nuestros compatriotas. Lo somos porque el conjunto de valores, actitudes y cosmovisiones que compartimos no se entenderían sin la impronta que ha dejado en ellos la tradición cristiana. Julio Anguita (anterior Coordinador General de Izquierda Unida) en una entrevista televisiva reconocía esta herencia en sí mismo, sin necesidad de tener que afirmar ningún tipo de fe en Dios. También lo han afirmado en el pasado Miguel de Unamuno (protagonista de una agónica lucha interior entre la fe y la increencia) o el mismo José Ortega y Gasset quien expresamente manifestaba su falta de oído para lo religioso, pero que consideraba el hecho religioso de una importancia capital.

Ser culturalmente cristiano es una cosa, pero eso es distinto, por ejemplo, a tener creencias. Hay personas que tienen creencias: “creo en Dios”, “creo en el más allá”, “creo en que puede haber una justicia divina”… Algunos lo expresan de forma muy genérica: «algo tiene que haber».

Si pasamos de la primera acepción a la segunda ya hay una cierta caída significativa del porcentaje de los que se califican creyentes. Además, una cosa es tener creencias, religiosas e incluso cristianas, y otra es participar de los actos religiosos o de culto organizados por la Iglesia. Cuando se mide el número de «cristianos practicantes», se da otra caída muy importante. Todos sabemos que buena parte de los cristianos practicantes son personas que no tienen una experiencia personal de encuentro con Dios, que no tienen una experiencia creyente intensa o que llevan un género de vida muy poco influido por el espíritu de las Bienaventuranzas. Y así las cifras de los que son cristianos practicantes son sensiblemente inferiores a los de las denominaciones anteriores.

Ciertamente, hay personas que culturalmente son cristianas, que incluso tienen ciertas creencias en el más allá, que realizan algunas prácticas religiosas y que «sienten algo» en relación a la trascendencia…pero, en definitiva, ¿cuántas personas de la plantilla de la Iglesia católica organizan su vida siguiendo a Jesús? ¿Cuántas personas toman las decisiones fundamentales de su existencia a partir de esa experiencia?, ¿cuáles deciden su profesión, organizan su familia, gastan el dinero, emplean el tiempo, votan políticamente a partir de lo que descubren en esa experiencia? Como veis, si aplicáramos este criterio selectivo –que tampoco pretende ser elitista o puritano– el número de los cristianos de nuestro país descendería radicalmente. Por lo tanto, ¿quiénes son religiosos? Depende.

Por otra parte, podría parecer entonces que la pregunta religiosa tiene que estar situada necesariamente en el ámbito de lo piadoso, en lo oficialmente establecido. Pero si la pregunta religiosa se refiere a encontrarse con Dios, a buscar a Dios, a añorar a Dios… entonces Dios, de hecho, se encuentra con la gente muchas veces fuera de los lugares formalmente religiosos. ¿Dónde se encuentra la gente con Dios? A veces en los espacios eclesiales, en los grupos creyentes o en la Eucaristía. Pero lo que afirma el Evangelio es que Dios se encuentra con nosotros especialmente donde los pobres, los humildes y los sufrientes encuentran la mano amiga de la solidaridad. Dice el evangelista Juan: “Dios es Amor”. Y allí donde hay amor hay una presencia de Dios, reconocida o no reconocida, pero real.

Este dato elemental ha quedado plasmado de forma insuperable en el llamado «juicio de las naciones» que recoge el evangelista Mateo (Mt 25, 35-40) y cuyas palabras están inscritas en nuestra memoria colectiva:
-“Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis, anduve sin ropa y me vestisteis, caí enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y vinisteis a verme”. A lo que los justos contestaron:
-‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?, ¿o cuándo te vimos forastero y te recibimos, o falto de ropa y te vestimos?, ¿o cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?
-‘Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicisteis. Dijo el Rey.

Por consiguiente, desde un punto de vista teológico, la pregunta y la respuesta religiosa pueden darse explícita o también implícitamente. Incluso podríamos decir que se da soterrada e incipientemente cuando una persona se toma en serio a otra, cuando percibe la llamada del amor con una fuerza y una incondicionalidad que es la que nosotros atribuimos a Dios. Cuando yo me tomo a los demás y al mundo a la ligera o de manera meramente utilitaria, esa relación no puede convertirse en una relación religiosa. Pero cuando soy capaz de aceptar en mi conciencia un mandato, aunque vaya en contra de lo que me interesa, cuando trato al otro como si fuera sagrado y no lo utilizo, cuando percibo que me siento llamado a construir un mundo mejor…, cuando eso me pasa, a lo mejor yo no le pongo el nombre de pregunta religiosa, pero se está dando realmente. Es más, pudiera ocurrir que allí se estuviera produciendo una experiencia más religiosa que cuando expresamente soy piadoso. “No el que dice Señor, Señor, sino el que cumple la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21).

A pesar de estas necesarias matizaciones, es cierto que se ha dado un abrupto cambio climático en el ámbito religioso europeo. De una masiva presencia de lo cristiano en todas las edades –también en los jóvenes–, hemos pasado a una situación distinta. Es la impresión intuitiva que se saca en España al ir el domingo a cualquier parroquia y ver que casi todos los asistentes tienen más de 60 años. Hemos pasado, los cristianos en general, y los jóvenes en particular, de la normalidad a la anormalidad. Cuando yo era adolescente y joven el que tenía que justificarse y argumentar era el que no hacía la Primera Comunión, no iba a misa cada domingo o pasaba de confirmarse… Hoy, quien se tiene que justificar es el joven que se identifica públicamente como cristiano. Hace falta hacer tal cantidad de aclaraciones en muchos entornos juveniles para que no te confundan con vete tú a saber qué, que muchos jóvenes creyentes prefieren pasar desapercibidos. El comentario habitual es: “¿Cómo puedes estar tu metido en esa organización…?”

Más allá de las impresiones intuitivas, tenemos la suerte de tener información estadística respecto a cómo eran los jóvenes españoles en el año 1960 y también en 2010 y de 2014. Cuando uno las analiza queda perplejo. Sintetizo los datos:

Los jóvenes españoles de 2010:
creían en Dios: 52,8%
se denominaban católicos: 53,5%
los que consideraban importante o muy importante la religión: 27%
los que confiaban en la Iglesia: 23%
los que asistían a la iglesia mensualmente: 5%
los que iban frecuentemente a la eucaristía: 6 %
los que decían que en la Iglesia se decían cosas importantes para la vida: 3%

Siendo todos los datos preocupantes para quienes somos creyentes, el último resulta particularmente desolador. ¿Qué pintan la Iglesia, la fe y el Evangelio si no es para darle a la vida toda su plenitud? Pues resulta que el 97% de los jóvenes, incluyendo los más religiosos, no creen que en la Iglesia se diga algo importante para la vida. Vendrán a nosotros por las excursiones, los futbolines o las convivencias… Éste es el dato trágico que expresa con toda su crudeza la crisis religiosa actual. Cuando la gente quiere buscar luz para su vida, fuerza para su vida, no cree que lo vaya a encontrar entre nosotros. Nos hemos convertido –la Iglesia– en un objeto ornamental.

Esta situación es completamente opuesta a la que existía 50 años antes en nuestro país. En el año 60, ¿cómo eran los jóvenes españoles desde el punto de vista religioso? Los sociólogos preguntaban a los jóvenes y estos podían elegir entre cuatro categorías cuya sola denominación ya generaría hoy perplejidad («fervientes», «normales», «tibios» y «no practicantes»):
fervientes (7 % chicos y 17% chicas), no sé en vuestras parroquias cuántos hay de estos.
normales (69% chicos y 74% chicas)
tibios (16% chicos y 6% chicas),
no practicantes (7% chicos, y ninguna chica). ¡No había ni un 1% de chicas que se declarara no practicante!
Si no faltabas nunca a la misa eras “normal” de los de antes. Hoy en día un joven o adolescente que participe en la Eucaristía todos los domingos es sociológicamente “muy poco normal”. Pues bien, en 1960 no faltaban nunca a misa el 71% de las chicas y 40% chicos.

Sorprendentemente, al que faltaba una vez al mes al “precepto dominical” se le denominaba “practicante ocasional”. En mi barrio, hoy en día, pillamos a uno de éstos y le ponemos directamente un altar.

En este contexto de participación sacramental masiva, a quien faltaba varias veces al año a la Eucaristía se le denominaba “practicante rutinario”. Sobran las palabras.

Más aún, el asunto de la falta de preguntas religiosas no es de los alejados, sino de los mismos miembros cercanos de la Iglesia. Cuando yo estaba en los grupos de Confirmación todo el mundo estaba hablando; no dejábamos hablar al catequista o le acusábamos de dictador si nos interrumpía. Hoy hay una reunión del grupo de confirmandos y llega el catequista con el power-point, una canción, las fotocopias, varias preguntas… Hace las preguntas, espera, espera y acaba contestando él mismo a las preguntas planteadas. Hay realmente una situación de falta de familiaridad para preguntar, para comunicar, para hablar de la fe.

¿Posibles causas de esta situación? Repito la advertencia inicial, los jóvenes no tienen la culpa. La culpa no es de nadie; han cambiado las cosas. Al final, muchos de nuestros catequistas acaban hundidos o desmoralizados viendo que están trabajando con entusiasmo y buena voluntad, haciendo lo mismo que hacían antes y constatando que su faena no produce fruto alguno. No se dan cuenta que el asunto no es que la tierra sea mala, ni que ellos no pongan suficiente de su parte. Es que ha cambiado el clima y si seguimos haciendo lo de siempre, no funcionará. A tiempos nuevos, pastorales nuevas. No se pueden utilizar los odres antiguos con el vino nuevo. Por lo tanto, basta ya de culpabilizarnos, basta ya de poner a caldo a los jóvenes, vamos a darnos cuenta de que el mundo ha cambiado y de que hay que hacer las cosas de otra manera.

3. Cuatro aproximaciones simbólicas para situar la cuestión

Aunque no busquemos culpables, resulta imprescindible descubrir los motivos que nos han llevado a esta situación para buscar nuevas estrategias evangelizadoras. ¿Por qué se produce esta falta de preguntas religiosas? Sin pretender realizar una explicación exhaustiva del fenómeno voy a ofrecer cuatro acercamientos simbólicos –una viñeta, un cuento, una imagen y una parábola– que pueden proporcionarnos algunas pistas al respecto.

3.1 Una viñeta
En esta viñeta de Forges vemos que entre Dios y nuestros contemporáneos no hay buena comunicación. Pero, ¿a qué se debe este problema? La imagen sugiere cuatro explicaciones plausibles y a nosotros nos tocaría investigar cuál o cuáles son las más acertadas:
Llaman los jóvenes, pero Dios no contesta. No encuentran los jóvenes la manera de captar de alguna manera esa presencia de Dios. Los jóvenes tendrían inquietud, buscarían, pero Dios –en esta sociedad secularizada– no contesta. No hay forma de descubrir su presencia.
Puede que los jóvenes no marquen el número, y no llamen, por falta de lo que llamábamos la sed de Dios o el hambre de Dios. Puede que no conozcan su número personal y no esté disponible en las guías telefónicas más populares.
Cabe también imaginar que haya un problema de cobertura. La Iglesia no tiene cobertura hoy en muchos sitios. Estamos metidos en nuestros «quiosquillos» y ausentes de innumerables espacios sociales en los que los jóvenes no tienen contacto ninguno con la Iglesia. Además de tener poca sed hace falta el encuentro. No conozco a nadie que se convierta al cristianismo si no es en contacto con algún otro creyente. La Iglesia antes no tenía que preocuparse por la cobertura, porque todo el mundo frecuentaba nuestros espacios pero ahora no tenemos cobertura en los más concurridos.
Y una última explicación: ¿no será que hay interferencias? Hay veces que uno se pone al teléfono y hay unos ruidos que por mucho que uno quiera hablar y el otro escuchar no logran escucharse. Sin duda, el agobio, la prisa, las interrupciones… dificultan esa comunicación.

3.2 Un cuento

Por su parte, el monje argentino Mamerto Menapace ha retratado agudamente la situación religiosa actual en un cuento titulado “El pozo y los camellos” que paso a reproducir:

“En las ciudades de los hombres hay fuentes que alargan su chorro día y noche. Su misión no es abrevar a los seres humanos en la ciudad. Más bien cumplen con la función de alegrar la vista con su juego de agua en movimiento y los oídos con su despreocupado murmullo en medio del bullicio. Fuentes que son visitadas por los turistas, hombres que llegan hasta ellas sin sed y con la máquina de fotografiar en bandolera.
Abundancia de aguas inútiles, derrochadas frente a hombres y mujeres sin sed. Armonía de movimientos y colores para entretener a los humanos que necesitan gastar su tiempo, porque se han detenido en la vida al quedarse sin metas. Fuentes conocidas por todo el mundo.
En la Plaza de San Pedro compré una vez por noventa liras diez tarjetas postales con diez fuentes distintas que había visitado en una sola mañana de ésas en que no sabes qué hacer. En ninguna de ellas sentí necesidad de beber.
Pero en el país de los nómadas las cosas son diferentes. En la tierra de las personas en movimiento, con metas difíciles y lejanas, no hay fuentes, sino solamente pozos. Pozos del desierto, distantes y ocultos bajo la monotonía de los arenales. Abrevadas en un pozo, hay caravanas que a veces tienen que caminar con urgencia largo tiempo antes de encontrar el más próximo. Y, a veces, su presencia es tan irreconocible que no les queda más remedio a los camelleros que fiarse del instinto afiebrado de sus camellos sedientos, que buscan rumbos olfateando el viento.
Pero los camelleros también saben que, cuando la sed se agranda, comienzan los espejismos. En los cerebros recalentados despiertan también las tarjetas postales de fuentes exuberantes y tentadoras que llevan a las dunas donde sólo está la muerte. ¡Pobre del turista que se adentre en el desierto con postales de fuentes! Probablemente morirá de sed autoengañado, quizás a poco trecho del pozo que podría haberle devuelto la vida, pero que le permaneció oculto, simplemente porque su presencia no se manifestaba con los signos de las fuentes para turistas con las que había equipado su imaginación.
En este momento, los conductores de camellos deben aferrarse a dos convicciones: que los camellos con más sed son los mejor equipados para encontrar el pozo, y que la misión de los conductores es hacer lo imposible para mantener unida la caravana sin permitir la desbandada de los camellos sedientos, ni el rezagarse de los camellos satisfechos. De lo contrario, los camellos sedientos a lo mejor encuentran el pozo, pero, una vez abrevados, se habrán quedado sin caravana y, por ello, sin meta, condenados a morir junto a ese pozo agotado bien pronto. Y los otros, la caravana sin sedientos, habrán perdido con ellos la única posibilidad de dar con el pozo que les habría permitido continuar su marcha hacia la meta”.

Efectivamente, en los desiertos hay mucha sed y, en consecuencia, se valora mucho el agua. Por el contrario, en las grandes ciudades de los países desarrollados las fuentes están para que los turistas hagan fotos; no están para dar de beber; son ornamentales. Son bellísimas, pero nadie bebe ahí. Esto es lo que nos pasa en el mundo rico: no tenemos sed y, por lo tanto, las fuentes o las iglesias se han convertido en objeto de visita para hacer fotos. Muchos sacramentos son la ocasión de lucir vestidos. En “Las edades del hombre” cientos de miles de personas acuden cada año, pero no van buscando a Dios, buscan el románico, el gótico, el barroco… Cuando llega la Navidad se llenan los templos de los conciertos de góspel. En Semana Santa llenaremos los balcones para ver los pasos procesionales, pero muchos de los asistentes son espectadores; no están buscando a Dios. Ya es triste que lo religioso sobreviva turísticamente hablando.

3.3 Una imagen

Para que llegue a producirse el encuentro entre el ser humano y Dios en la fe, tienen que conjugarse adecuadamente cuatro elementos: la sed, el agua, la fuente y el manantial. Aclaremos un poco esta propuesta pastoral “hidráulica”:

Evidentemente, lo primero que hace falta es que exista sed de verdad en el ser humano. Sed de autenticidad, de alegría, de plenitud. Desde la instalación satisfecha no es posible iniciar el camino espiritual. Que no se haya perdido esa llama de inconformismo, esperanza y utopía que nos constituye. Y si, aparentemente, no existe la sed, habrá que preguntar si es posible suscitarla.

Pero, en segundo lugar, hace falta ver si el agua que estamos comunicando es el agua fresca y cristalina que genera vida en el sediento, o la gente percibe que el agua que le ofrecemos es un agua encharcada, turbia, muy poco fresca y que más vale no beberla porque seguro que tiene microbios y bacterias. Me refiero al mensaje que produce la Iglesia ante los de fuera: ¿se percibe como fresca, transparente y capaz de saciar nuestra sed más profunda, o como ‘rollo patatero’ que aburre a las ovejas y que tiene contraindicaciones médicas?

En tercer lugar, prestemos atención a la fuente. La fuente es la comunidad cristiana, la Iglesia. ¿Qué fuente es?, ¿una fuente sencilla y accesible como los pozos de agua del desierto o es una fuente maravillosa, bonita, pero a la que nadie se acerca a beber y que se protege cuando hay algún evento para que no se estropee?, ¿qué fuente somos hoy?, ¿una fuente de «mírame y no me toques» o una que sacia inmediatamente las necesidades efectivas de la gente?

Por último, todo esto tiene que ver, en último término, con el manantial que abastece a la fuente. Porque la fuente no produce el agua, la fuente acerca el agua al sediento. El manantial es Dios mismo. ¿Cuánto de lo que hacemos en nuestra acción pastoral orienta a la gente a encontrarse directamente con el manantial y ayuda a experimentar eso que llamamos Dios?, ¿y cuántos otros «rollos» tenemos montados que sólo sirven para marear la perdiz: una reunión tras otra, una actividad, un entretenimiento… (cosas que no son malas, pero que no llevan a ningún manantial)?

3.4 Una parábola

Hace tiempo se me ocurrió que como hacía Jesús en los evangelios, podemos imaginar una parábola de la sociedad actual que está marcada fundamentalmente por el consumo y el consumismo. ¿A qué se parecen las sociedades económicamente desarrolladas?, ¿con qué las compararé? Se parecen a un niño pequeño que se encapricha en que su madre le compre chucherías y se pega un atracón con ellas. ¿Qué pasa cuando el niño come las chucherías? Pues que luego no come lo que tendría que comer. Las chucherías producen dos efectos negativos: quitan el hambre y no alimentan bien. Si uno sólo come chucherías tiene la panza llena y pierde la sensación de hambre, pero no se está alimentando bien. El organismo está mal nutrido, pero se produce el efecto de saciedad.

Cuando la cultura actual plantea la felicidad en clave de disfrutar, pasarlo bien, buscar en cada momento lo más gratificante… se aleja de aquello que alimenta la vida. Lógicamente el agua corriente no atrae con sus conocidas propiedades (incolora, inodora, insípida y, para colmo, gratis). Atrae, por ejemplo, la coca-cola (dulce, con burbujas, publicitada y que además promete «la chispa de la vida»). Pero resulta que, para el cuerpo humano, el mejor líquido es el agua. Lo mismo ocurre con las chucherías. ¿Qué tienen? Son muy baratas frente a otros alimentos, aunque no haya sustancia nutritiva. Somos una sociedad que prefiere ofertas, oportunidades y rebajas. Preferimos lo barato a lo de calidad que, por regla general, es caro. Pensad en el evangelio: es carísimo; exige arriesgar la vida.

Esto es lo que nos pasa. Hemos confundido nivel de vida con calidad de vida. Los países económicamente más desarrollados a veces son los menos humanamente desarrollados. Los más ricos no tienen la mejor vida, ni las mejores relaciones, ni la mejor alegría. Si esto fuera cierto, entonces lo tremendo es que el bienestar se presenta como sucedáneo de la religión. Digo sucedáneo porque al final no te alimenta igual, pero por el camino se te ha quitado la gana de más.

Parece que la gente está convencida de que tiene razón un antiguo anuncio de Kit-Kat que afirmaba: “la vida es una sucesión de pequeños momentos de placer”. Los inteligentes publicistas añadieron un segundo anuncio que indicaba: “el placer no puede esperar”. Para quien asuma esta filosofía de la vida, lo del evangelio sonará a cuento chino. Porque, si el criterio fundamental es pasarlo bien, entonces lo del Evangelio no se entiende ya que sostiene que, para ganar la vida, hay que entregarla. Los creyentes tendremos que mostrar que el objetivo fundamental de la vida quizá no sea el que domina a la sociedad de consumo y que elegir ese camino puede constituir una miserable pérdida de tiempo.

Una escolapia amiga dijo el otro día que vivimos en la sociedad del “yo-yo, ya-ya”. Si esto es verdad, entonces es lógico que la pregunta por Dios no se dé ni por casualidad. Otra cosa es lo que puede ocurrir si, cuando uno se pega durante mucho tiempo el atracón de chucherías, puede llegar un momento en que necesite abrirse a otros alimentos. Pero ¿por qué entre los pobres la fraternidad es fácil?, ¿por qué los pobres descubren a Dios?, ¿por qué en el llamado ‘tercer mundo’? Puede que sea, entre otras cosas, porque no les han dado el placebo, porque la vida está en carne viva, porque las preguntas están brotando.

4. Un acercamiento un poco más sistemático

Si las imágenes que he utilizado pueden haber encontrado algún tipo de eco entre vosotros, voy a contar lo mismo un poco más ordenado. Me parece que hay cuatro asuntos que dificultan en los jóvenes las preguntas religiosas, o que hacen que, si las tienen, busquen en otras fuentes porque el imaginario actual de la Iglesia -especialmente antes de la llegada del Papa Francisco- les hace pensar: ¿es que de aquí puede venir algo bueno?

Predomina entre nosotros la filosofía de «La Gran Evasión» lo que dificulta que la pregunta por Dios pueda darse fácilmente. Para que alguien pueda entrar en la dinámica de la experiencia religiosa tiene que transcender la superficialidad. Blaise Pascal escribió hace varios siglos: “Quien no ve la vanidad del mundo, es bien vano el mismo… Pero también, ¿quién no la ve exceptuados los jóvenes que están todos dentro del ruido, de la diversión y en el pensamiento del porvenir? Pero quitadles su diversión, y los veréis secarse de tedio”.

Están ahí entretenidos y por eso no se dan cuenta del drama de la vida, del interrogante de la vida. “Pero quitadles su diversión y los veréis secarse de tedio”. No por casualidad los adolescentes sienten verdadero horror al aburrimiento.

Vivimos en una sociedad que anestesia los lugares en los que brotaba la pregunta religiosa, o la comunicación religiosa. Cuando uno rastrea la gente que ha sido profundamente religiosa en el Antiguo Testamento, en otras religiones y no digamos nada en el Nuevo o en la historia de la Iglesia, uno se da cuenta de que los creyentes más profundos se han encontrado con Dios en varios espacios o situaciones verdaderamente teológicos. Uno es el corazón, la interioridad, el silencio. Y resulta que vivimos en una sociedad en la que esto es imposible, hay personas que pasan un año y no han dedicado media hora de silencio. En el permanente ruido, en lo frenético, en lo urgente, es imposible que aflore lo de Dios.

Más aún, los niños, los adolescentes y los jóvenes tienen pánico al silencio. Creen que en cuanto buceen dentro de sí mismos van a descubrir sus propias debilidades, problemas y eso solo les va a complicar la vida. Fijaos en la expresión “No te comas el coco”. Llega la gente a casa derrengada del estudio, del trabajo, y dice “voy a desconectar” y conectan todos los aparatos que tiene a mano alejando toda posibilidad de meditar, contemplar u orar. Por no hablar de la permanente conexión al teléfono o el ordenador.

Primer problema, por tanto: la dificultad enorme de hacer silencio, de entrar en el corazón, de bucear en uno mismo, de hacerse preguntas, de descubrir deseos, de captar miedos, de orientarse. Vivimos teledirigidos en sentido etimológico del término, dirigidos desde fuera, por estímulos fugaces; de acá para allá. Así es imposible escuchar a Dios porque como dice el relato del Libro de los Reyes “Dios no estaba en el trueno, ni en la tormenta, Dios estaba en el susurro”. Con el follón que tenemos, afónico debe estar Dios. Dolores Alexandre traduce ese texto de un modo bellísimo: “Una voz de silencio”. Es decir una voz que sólo se oye si hay silencio.

Tony de Mello reflejó la actitud dominante en nuestra sociedad ante la interioridad en una hermosa narración de las que él recopilaba y que se titula “El día en que Dios quiso descansar”:

Cierto día, Dios estaba cansado de las personas. Ellas estaban siempre molestándole, pidiéndole cosas. Entonces dijo: “Voy a irme y a esconderme por un tiempo”.
Así que reunió a sus consejeros y les preguntó: “¿Dónde debo esconderme?
Algunos dijeron: “Escóndase en la cima de la montaña más alta de la Tierra”.
Otros opinaron: “No, escóndase en el fondo del mar. No van a hallarle nunca allí”.
Otros señalaron: “No, escóndase en el otro lado de la Luna; ese es el mejor lugar. ¿Cómo le encontrarían allí?”.
Entonces Dios se volvió hacia el más inteligente de sus ángeles y le inquirió: “¿Dónde me aconsejas que me esconda?”.
El ángel inteligente, sonriendo, respondió: “¡Escóndase en el corazón humano! ¡Es el único lugar donde ellos no van nunca!”

No se puede expresar de un modo más delicioso el género de vida en el que nos encontramos jóvenes y mayores.

Por otra parte, se produce entre nosotros “el éxito de los sucedáneos de la salvación”. Es decir frente a la salvación que Dios ofrece –gratuita, trascendente y desde el amor–, nuestra sociedad ofrece el bienestar a quien pueda pagarlo. La sociedad del bienestar nos entretiene como a un niño los juguetes el día de Reyes. En la medida en que adoptemos la idea de que lo más importante es pasarlo bien, entretenernos y divertirnos, en esa misma medida estaremos cada vez más sometidos a esa lógica, que puede ser satisfactoria pero no plena; que no colma la sed de felicidad y sentido que habita en todo ser humano. Confundir la «buena vida» con la «vida buena» acaba siendo peligroso.

A la gran evasión y el éxito de los sucedáneos añadiría otras dos cosas. Los grandes creyentes han descubierto la fe también en el encuentro interpersonal profundo. Así se comunica la fe, de corazón a corazón, cuando lo más hondo y genuino de uno conecta con lo profundo del otro.

La sociedad actual no facilita este tipo de encuentros. La gente tiene cada vez más conocidos y menos amigos. Hemos multiplicado los contactos, hemos reducido la comunicación. Hemos multiplicado las relaciones, pero la calidad y la solidez de esas relaciones es peor. Conocemos a mucha gente pero no sabemos de quién fiarnos, ni si los demás pueden hacerlo de nosotros por otra parte. Hemos sustituido la calidad por la cantidad. Y podemos encontrarnos rodeados de mucha gente, pero padeciendo una gran soledad (pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre en los grandes conciertos musicales). A muchas personas les cuesta mucho hablar de sí mismas. Tienen lo más íntimo, que es el lugar donde se ha hecho la experiencia de Dios tantas veces, sin explorar, sin comunicar, sin compartir.

Muchos jóvenes no entran en el corazón, tiene dificultades para la comunicación interpersonal y, además, tampoco se topan con los lugares donde la vida duele y asombra. Hemos tenido entre algodones a los niños, a los adolescentes y los jóvenes y ahora se están pegando de bruces con la crisis. Los súper-protegidos, los súper-mimados, a los que les hemos tolerado todo y hemos hecho incompetentes e incapaces de pelear con la vida, ahora son los que tienen el 55% de paro cuando terminan sus estudios y experimentan la carencia de «alimento sólido» para enfrentarse a los desafíos de la vida. Hemos pensado: que no vayan los niños al cementerio no sea que les pase algo; ni al centro de salud; ni a ver a los abuelos a la residencia, que no vean este programa de TV, no se impresionen…

Cuando en lugar de enfrentar a la gente con la realidad –en su maravilla y en su horror–, les protegemos, impedimos que crezcan y maduren. No nos extrañe que la gente no «espabile», porque la vida en su crudeza y belleza es la que nos acerca muchas veces a preguntarnos por Dios. ¿Cómo surgió el mundo de los profetas? Por la aparición de una colección de indignados.

Hemos tenido una época de indiferencia global, como dice el Papa Francisco, y no pensemos que las nuevas tecnologías y su acceso a la realidad resuelven automáticamente el problema, porque rellenan el silencio con música de fondo. Las nuevas tecnologías me permiten mandar whatsapp en la relación interpersonal, y las nuevas tecnologías me acercan al sufrimiento del mundo virtualmente, en mi casa y en mi sillón. Pero no es lo mismo aprender en un libro o en la wikipedia lo que es una enfermedad que tener un amigo enfermo. Si no te topas cara a cara con la realidad en toda su crudeza, los medios de comunicación actuales te emocionan una fracción de segundo, te impactan dos tercios de segundo y te entretienen el resto de las 24 horas, pero no provocan las preguntas por la vida a fondo que son el punto de partida de cualquier otra pregunta, también de la religiosa.

Si combinamos la filosofía de la gran evasión y el éxito de los sucedáneos, con el entretenimiento, el no complicarse la vida y la aspiración a pasarlo bien como criterio de la buena vida, entonces no es de extrañar que el discurso religioso pueda tener poco éxito y que la propuesta del Evangelio pueda parecer excéntrica a la sensibilidad actual.

Abordemos una última dificultad para la búsqueda de Dios y que radica en la existencia de un escepticismo y una desconfianza vital soterrados pero muy extendidos en las nuevas generaciones. El pensamiento crítico occidental de los dos o tres últimos siglos, más el pensamiento científico, más la crisis, nos ha hecho gente «de colmillo retorcido». Vivimos en una sociedad hipercrítica, crispada, que recela de todo, que no confía ni en los políticos, ni en estos, ni en los otros, ni en los de más allá; cada institución tiene su triste cruz y sus escándalos. Esa desconfianza hace muy difícil la pregunta por Dios. ¿Cómo voy a creer yo o interesarme por Dios, que es el que sostiene la vida, cuando percibo la vida como medio absurda, medio banal, medio amenazada?, ¿cómo voy a fiarme de Dios a quien no veo si no me puedo fiar de tantas personas a quienes veo?

En el último estudio sobre los jóvenes de la Fundación SM (del año 2010) se refleja esta desconfianza vital de un modo muy llamativo:
El 47% de los jóvenes cree que el futuro será peor que el presente y que les tocará vivir en unas condiciones peores que sus padres.
El 56% de los jóvenes está de acuerdo con esta frase: “Por lo general es mejor no confiar demasiado en la gente”.

Dos de cada tres jóvenes está de acuerdo con esta frase: “A la mayoría de la gente le preocupa poco lo que le pasa a los que están a su alrededor”.

Es muy difícil abrirse a la pregunta por Dios si uno tiene la impresión de que la vida es algo que no tiene consistencia, futuro, orientación. Antes, prefiere uno “ir de rebajas”, que es una cosa que está muy arraigada entre nosotros. Pero como señala Jorge Bucay: “en el terreno de lo humano nada bueno es barato”.

Esta actitud de ir a lo cómodo, a lo fácil, a lo barato… está unida a una gran desconfianza presente en la juventud actual; desconfianza también hacia ellos mismos, hacia los amigos e iguales, y una desconfianza en el futuro de la humanidad, en el futuro de España y del mercado de trabajo. Si uno está instalado en la crítica y en la desconfianza sistemáticas, difícilmente va a poder abrirse a la experiencia de fe que es, en el fondo, un acto brutal de confianza en que la vida está en buenas manos. Será así muy difícil que alguien se abra a la experiencia, a no ser que tenga un deseo profundo de salir de esa desconfianza, o a no ser que alguien le proporcione experiencias de confianza mayores.

Creo que no hay un nihilismo culto –a lo Nietzsche o a lo Sartre–, pero entre los jóvenes predomina un sentimiento suave y difuso de decepción, desconfianza y escepticismo. No son los jóvenes actuales esa generación optimista, utópica, esperanzada que se iba a comer el mundo, iba a hacer la revolución y que podría entender el Evangelio como la encarnación de esos sentimientos, esa es otra juventud. La actual es la de «ir tirando que ya tengo bastante», y sobreponerse a un entorno difícil.

Esta situación para nada es culpa de los jóvenes. La culpa la tendremos los que hemos hecho este mundo tan poco fiable, tan poco esperanzador, de tan poca confianza. Este escepticismo de fondo dificulta la inquietud religiosa, porque nadie pregunta si no sospecha que hay respuesta, igual que nadie pide perdón si no cree que puede haberlo. El que no cree que va a conseguir perdón, jamás reconocerá que tiene que pedir perdón, ni lo pedirá. Solo el que confía en que puede haber perdón, pide perdón.

Muchas veces los jóvenes no se hacen preguntas porque piensan que, si no va a haber contestación a las preguntas, sólo va a servir para comerse el coco, para que su cabeza se deprima. Entonces mejor mirar para otro lado. Es la filosofía del zapping: es una filosofía de la vida que consiste en que cuando la cosa se pone cruda, cambio de canal. Solamente uno se atreve a aguantar en el canal que te toca las tripas, si está arropado por la posibilidad de que la situación tenga remedio. Esto lo decía el Hermano Roger de Taizé con mucha frecuencia: “La crisis de los jóvenes en Europa es que no tienen confianza, y no pueden abandonarse confiadamente”.

Las tres cuestiones a las que me he referido hasta ahora –evasión, sucedáneos y escepticismo– no son ni mérito de la Iglesia ni culpa de la Iglesia; son resultado de la radical transformación de la cultura a la que estamos asistiendo. Pero también hay que decir que, aunque no seamos culpables de este «cambio climático», si somos responsables de no haberlo afrontado bien. No hemos sido capaces de acompañar al cambio sociocultural formulando de otra manera las preguntas y propuestas evangélicas y dirigiéndonos de otra manera a la gente.

He puesto en el esquema lo de «función lunar de la Iglesia» porque hay una imagen muy bonita de los padres de la Iglesia de los primeros siglos para referirse a la comunidad cristiana y que consiste en señalar que la Iglesia es como la luna. Ella no posee luz propia –como el sol– pero tiene la capacidad de reflejarla en la noche para nosotros. Cuando el hombre llegó a la luna, comprobó que es un pedrusco sin vida, inerte, un desierto. La luna no es fuente de luz o calor, pero es importante, porque tiene la capacidad de reflejar la luz del sol a los que vivimos en la tierra, lo que hace posible caminar sin tropiezo en medio de la noche. Es verdad, la Iglesia es pobre, a veces parece no tener vida o ser un arenal. Pero la gracia de la Iglesia no es ser ella misma la importante; es iluminar a todos los seres humanos con la luz que procede de Dios, el verdadero «sol que nace de lo alto». Lo importante es el evangelio, es Dios, es el Reino, no nosotros, desde luego.

Pero, ¿dónde está el problema de esta imagen estupenda? En que no sabemos en qué fase de la luna estamos. No es lo mismo estar en fase de luna llena, que aunque no tenga luz propia, refleja muy bien la luz solar, a estar en cuarto menguante o en cuarto creciente. Y tengo la impresión de que -respecto a los jóvenes- durante las últimas décadas- hemos estado en cuarto decreciente y casi en luna nueva, que es aquella que no vemos porque no refleja nada la luz. Peor aún, a veces la Iglesia española hemos llegado a estar en pleno eclipse lunar, que ya es el colmo de la situación astronómica: no solo no refleja la luz sino que interfiere el paso de la luz directa que viene del sol. La llegada del Papa Francisco está convirtiendo en cuarto creciente la función lunar de la Iglesia y aquí entra todo: una doctrina indigesta, una moral sexual completamente anquilosada, una distribución de las responsabilidades en la Iglesia a nivel de género que es tremebunda…

5. Para terminar: la crisis de esterilidad y sus salidas
Cuando la gente critica a la Iglesia desde fuera yo le suelo decir con cierto humor “Tú criticas a la Iglesia de este modo porque sabes poco; si supieras mucho más, sabrías que la cosa es mucho peor”. Podría poner infinidad de ejemplos que expresan un absurdo desajuste entre la Iglesia y la cultura actual: ha habido una discusión reciente en EE .UU –que en parte ha tenido eco en España– sobre si puede haber monaguillas o no. Esa misma Iglesia que durante tanto tiempo ha abierto caminos a la sociedad, en estos momentos parece haber cerrado en su seno caminos que deberían haber estado más que abiertos. ¿Dónde se inventó la democracia de verdad? La democracia la inventaron los monjes del desierto cuando se juntaron en grupo. La Iglesia abrió caminos de futuro tan fuertes como el de nombrar papa un esclavo. La Iglesia ha abierto enormes fronteras en el pasado y resulta que en las últimas décadas la sociedad nos ha sobrepasado de largo, por arriba, por abajo, por la derecha, por la izquierda. ¿Cómo podemos querer que estén los jóvenes normales con nosotros siendo tan raros?

Ésta es la famosa pregunta de la sopa: ¿La iglesia enriquece la vida o la cuece? Los jóvenes creyentes a veces padecen una especie de esquizofrenia “Yo estoy aquí porque quiero mucho a esta gente pero anda que no tenemos que comulgar con ruedas de molino en cosas…”. Tenemos que efectuar una verdadera reconversión cultural y renovación espiritual si queremos seguir convocando a los jóvenes.

Por último, querría referirme a una actitud eclesial que frena su dinamismo misionero y es el estrés y el desencanto que produce la sensación de incapacidad para llegar a las nuevas generaciones, para reproducirse como institución y que afecta a muchos agentes de pastoral. Paso a narrar la «parábola de la esterilidad» tal y como suelo contarla con frecuencia.

En cierta medida, la Iglesia actual se encuentra en una situación parecida a esas parejas que están deseando tener hijos pero que no son capaces de conseguir descendencia y que, por ello, comienzan a desanimarse, ven como languidece su amor, su ilusión se marchita e, incluso comienzan a enfadarse y a discutir buscando “quién es el culpable” de esa esterilidad. Al igual que a esos matrimonios, a la Iglesia se le presentan varias alternativas para afrontar el problema. Una de ellas es acudir a las “técnicas de reproducción asistida”. La experiencia señala que, quienes acuden a estos tratamientos, consiguen a veces el embarazo deseado, aunque después de haber realizado esfuerzos ímprobos y tras haber desembolsado grandes sumas de dinero. Trasponiendo esta imagen a la pastoral de juventud, algunos creen que el camino consiste en emplear mecanismos pastorales cada vez más sofisticados e invertir grandes recursos en lograr convocatorias llamativas y novedosas. No parece que esa alternativa vaya a tener demasiado éxito en unos jóvenes a quienes llegan múltiples ofertas de entretenimiento que parecen más atractivas y resultan, de hecho, menos exigentes.

Otra opción consistiría en utilizar la vía de la “clonación”. Desde luego, algunos sectores en la Iglesia parecen estar convencidos de que la solución a la crisis actual de la transmisión de la fe consiste en reproducir –en un ambiente estéril– los mismos modos de ser cristianos de la religiosidad tradicional. El conservadurismo está a la orden del día en muchas parroquias y movimientos. No obstante, la experiencia de la oveja Dolly –el primer mamífero clonado– debería prevenirnos: sufrió un proceso de envejecimiento acelerado y murió prematuramente. Yo creo que la pastoral neoconservadora tiene un riesgo real de caducar aceleradamente como experiencia creyente y evangelizadora, incapaz de abrirse a la acelerada novedad de la cultura actual, aunque pueda presentar hoy un balance no desdeñable de sus éxitos (vocaciones al ministerio ordenado y a la vida religiosa; grandes concentraciones de jóvenes, etc.). No obstante, ese tipo de cristianismo ha desconectado claramente con la sensibilidad de las nuevas generaciones y sólo podrá subsistir en un invernadero cultural.

Una alternativa a la estrategia anterior sería la de abrirse a las posibilidades de la “adopción” y la “acogida”. Se trataría, en este caso de acercarse a los jóvenes que no son “los nuestros de toda la vida” para ofrecerles el amor de Dios y el estilo de vida de Jesús como camino para salir adelante en la vida. Por ejemplo, ya hace varios años se detectaba que el 25% de los jóvenes españoles permanecía retraído en su domicilio carente de relaciones y estímulos. Los jóvenes sin referencias adultas, inmigrantes, con familias en dificultades, con problemas académicos, sin motivación o con baja autoestima son, por desgracia, demasiado numerosos. Hace falta mucha generosidad para acercarnos a ellos sin pretensiones, sólo con el afán gratuito de acompañarles con cariño y servir a su crecimiento en libertad. Pero, si no me equivoco, esto se parece mucho a lo que Jesús de Nazaret hacía habitualmente.

Con todo, lo más curioso de la experiencia que estamos describiendo es que, cuando un matrimonio llega a tener un hijo o hija por alguno de estos caminos extraordinarios, suele producirse, a continuación, un embarazo espontáneo. ¿A qué se debe este fenómeno? ¿No estaba la pareja incapacitada para tener hijos? Los médicos lo explican con facilidad. La alegría del primer hijo fortalece el amor de la pareja, aumentando sus muestras de cariño, reduce su nivel de estrés, elimina las tensiones y los enfrentamientos causados por la falta de fecundidad y, entonces, los cuerpos del varón y la mujer –eliminados estos obstáculos- se vuelven fecundos. También creo que esta experiencia puede enseñarnos algo a quienes estamos en la Iglesia preocupados por la escasez de jóvenes. No es bueno para la evangelización que nos agobiemos y amarguemos por la falta de jóvenes, al fin y al cabo esos sentimientos solo pueden generar rechazo en quienes pudieran acercarse a nosotros. Mejor es seguir un sano consejo médico: “¡Relajarnos y hacer el amor!”. Después de todo, si el “Mirad cómo se aman” no tiene capacidad de convocatoria entre los jóvenes, dudo mucho que cualquier otro anuncio lo tenga, por sofisticado o ingenioso que sea.

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