Jóvenes seducidos por la vida monástica – Josp Miquel Bausset OSB

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Cuando en el siglo VI San Benito escribió su Regla, nos propuso un camino plenamente evangélico para que, identificados con Cristo, avancemos en la construcción de una fraternidad, al estilo de las primeras comunidades cristianas. A partir de los 30 años, que es cuando aproximadamente ingresan a los monasterios, los “jóvenes” que quieren iniciar el camino de la vida monástica, piensan y anhelan compartir una vida, con un estilo nuevo, y a la vez anclado en la tradición, para darse a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.

En una entrevista del pasado mes de diciembre, el hermano Alois Loeser, Prior de la comunidad de Taizé, explicaba que, en medio de un mundo tan individualista, los jóvenes buscan en esa comunidad una experiencia de comunión. Es eso también lo que buscan los jóvenes que vienen a Montserrat. De hecho la vida comunitaria, a pesar de las dificultades innatas y de los tiempos cambiantes, nos ayuda a comprender al otro en una “escuela del servicio del Señor”, para así amarlo, mientras avanzamos por un camino de liberación. Es la comunidad aquel espacio que permite a los candidatos a la vida monástica hacer una experiencia de Dios. Y es que en medio de tanto individualismo, la comunidad ofrece a los que buscan a Dios un camino de liberación y de plenitud, a base de la oración, el servicio y la acogida.

Para los jóvenes que llaman a la puerta de nuestro monasterio, la vida monástica es el fruto de una inquietud, que se traduce en una búsqueda y que lleva consigo una transformación. Y tal y como pedía san Benito a los jóvenes de su tiempo que querían entregarse a Dios en la vida monástica, también hoy, la única condición para iniciar el camino monástico es una auténtica, una sincera búsqueda de Dios. Una búsqueda que sea deseo y anhelo. Un seguimiento radical (y conviene recordar que radical viene de raíz) a partir del Evangelio de Jesús, como respuesta al amor de Dios.

Los jóvenes buscan también en el monacato, una experiencia de Dios a través de la oración. La oración personal con Jesús que ayuda a unificar el corazón y también la oración comunitaria, que no sólo no aíslan al monje, sino que lo mantiene en comunión con nuestro mundo, sobretodo con las personas que sufren. Los candidatos a la vida monástica también buscan hacer presente el amor de Dios a todos aquéllos con los cuales se entra en relación. Un amor que no es, ni puede ser, algo para guardarlo, sino algo para compartir. Un amor que, por otra parte, ayuda a conocerse más a uno mismo, y por eso también ayuda a conocer (y a aceptar) a los otros, tal y como son. No como quisiéramos que fuesen. Eso ayuda a unificar interiormente cada persona, no huyendo de la realidad, sino aceptándola y asumiéndola. Por eso no se ha de idealizar la vida monástica en el sentido de soñar algo irreal o engañoso. Al candidato, como pide san Benito en el capítulo 58 de la Regla, se le ha de decir con naturalidad y sinceridad, aquello duro y áspero que conlleva el seguimiento de Jesús de Nazaret en el seno de una comunidad.

Una última característica de los “jóvenes” que llaman a nuestro monasterio, es que buscan ser testigos de otra manera de vivir, donde el amor, y no el dinero, el poder o la fama, sea la base de la vida comunitaria y, por lo tanto, la base de las relaciones fraternas. Por eso aquellos que llaman a las puertas de Montserrat, valoran más el “ser” que el “hacer”. De aquí que la vida monástica nos ayude a valorar a cada persona, no tanto por lo que hace, sino por lo que es.

Cuando el Concilio Vaticano II, en el decreto “Perfectae caritatis”, habla de la “venerable institución de la vida monástica” (9) nos exhorta a renovar “las antiguas tradiciones benéficas” para adaptarlas “a las actuales necesidades”, para que de esta manera “los monasterios sean como semilleros de edificación del pueblo cristiano”. Es esto lo que pretendemos que sean las comunidades monásticas: experiencia de fraternidad y de encuentro con Dios, con los hermanos y con uno mismo. Y todo esto a la luz de la Palabra de Dios.

Por eso, como decía el P. Josep Mª Soler, abad de Montserrat, en la entrada al noviciado de los últimos tres postulantes, “es esencial que os abráis a la Palabra del Evangelio, para que transforme cada día más vuestras vidas, a través de la oración, el acompañamiento espiritual y el servicio a los hermanos”. En esto creo que está el secreto que anhelan los “jóvenes” que quieren ser monjes: una vida de fraternidad y de comunión, de oración y de servicio atento y diligente a los hermanos de comunidad y a todos los que se acercan a los monasterios.

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