Jovenes profetas, evangelizadores, influencers – Santi Casanova

En los últimos días del año 2017 la Conferencia Episcopal Española hacía públicas aportaciones de más de cinco mil jóvenes. Faltaban cerca de diez meses para el comienzo del Sínodo sobre jóvenes, fe y discernimiento vocacional que tendría lugar en Roma en el otoño de 2018. Era la contribución de los jóvenes españoles para la confección de la Instrumentum Laboris del Sínodo convocado por el papa Francisco.

Si uno las lee detenidamente, constata que hay inquietudes y mensajes claros que los jóvenes hacen llegar a la Iglesia:

  • Los jóvenes no se sienten escuchados suficientemente ni por la Iglesia ni por el resto de las instituciones de la sociedad en la que viven. Demandan tiempos, personas y espacios para ser acompañados y acogidos sin ser enjuiciados.
  • Los jóvenes ven como oportunidad la Doctrina Social de la Iglesia. Reclaman mayor formación sobre ella, ya que conecta con su sensibilidad acerca de la ecología, el compromiso social, la cultura de la paz, la igualdad, la inclusión, la justicia laboral…
  • Los jóvenes necesitan de personas y comunidades cristianas cercanas y acogedoras, vivas, donde poder escuchar, discernir su vocación y ganar en protagonismo dentro de la misma Iglesia.

 

Todos los que somos Iglesia tenemos la responsabilidad de dejarnos renovar por los jóvenes

Todos los que somos Iglesia tenemos la responsabilidad de dejarnos renovar por los jóvenes. Preciosas son las palabras del papa Francisco en su Exhortación apostólica postsinodal Christus Vivit, en su punto 37: «Son precisamente los jóvenes quienes pueden ayudarla [a la Iglesia] a mantenerse joven, a no caer en la corrupción, a no quedarse, a no enorgullecerse, a no convertirse en secta, a ser más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y descartados, a luchar por la justicia, a dejarse interpelar con humildad».

Y fuera de la Iglesia, las cosas pintan incluso peor. No es nada sencillo ser joven hoy. Son pocas las certezas, pocos los límites y las referencias. Tienen que crecer con pocas verdades y con una gran sensación de provisionalidad, ligereza y fragilidad. Los jóvenes, que son aquellos que tienen más futuro que pasado, miran hacia adelante con desconfianza y miedo ante el panorama desolador que les anunciamos y ofrecemos. Un planeta que se consume, un apocalipsis ecológico en ciernes, un mercado laboral lleno de incógnitas ante los nuevos trabajos de los que nada sabemos hoy, fake news que no les permiten confiar en nada ni en nadie… El papa Francisco lo denuncia alto y claro:

«Hemos creado una cultura que, por un lado, idolatra la juventud queriéndola hacer eterna pero, paradójicamente, hemos condenado a nuestros jóvenes a no tener un espacio de real inserción, ya que lentamente los hemos ido marginando de la vida pública obligándolos a emigrar o a mendigar por empleos que no existen o no les permiten proyectarse en un mañana… Esperamos y les exigimos que sean fermento de futuro, pero los discriminamos y “condenamos” a golpear puertas que en su gran mayoría están cerradas»[1].

Es momento de reflexionar juntos el cómo ayudar a nuestros jóvenes a ser auténticos profetas, evangelizadores e influencers. Profetas, porque traen al mundo la Palabra de Dios; una palabra de amor incondicional y también de denuncia ante el dolor de sus hijos. Evangelizadores, porque son capaces de dar testimonio de Jesucristo con sus propias vidas, aquí y ahora. Influencers, porque son creíbles, porque son la cara concreta de la Iglesia en sus entornos, porque actualizan los medios y el lenguaje a través de los cuales hacer llegar la Buena Noticia del Reino de Dios.

 

Es momento de reflexionar juntos el cómo ayudar a nuestros jóvenes a ser auténticos profetas, evangelizadores e influencers

 

¡YO SOY MUY JOVEN Y NO SÉ HABLAR! (JER 1,6)

IMAGEN Profeta Jeremías, Rembrandt, ALBUM alb3905183

Jeremías era solo un muchacho cuando recibió la llamada de Dios (Jer 1,4-6). La mayoría de los expertos y estudiosos lo sitúan alrededor de los 20-25 años. A Dios le gustan los jóvenes y Jeremías no es el único ejemplo bíblico de la normalidad con la que Dios confía en la energía, el vigor y la esperanza de la juventud. Así lo vemos también en José (Gn 37,2-3), en Gedeón (Jue 6,14), en Samuel (1 S 3,9-10), en David (1 S 16,6-13), en Salomón (1 R,3-7) y también, ya en el Nuevo Testamento, en María (Lc 1,26-27). Dios no tiene miedo de los jóvenes, más bien al contrario. Ve en la juventud una oportunidad de mostrarse al mundo, de hablar al mundo, de sanar al mundo.

Es precioso leer el libro del profeta Jeremías e ir descubriendo una serie de elementos que se dan en muchas de las llamadas vocacionales que encontramos en la Palabra. Porque ser profeta es una vocación, una llamada. Hoy, igual que entonces, Dios sigue necesitando de personas que digan sí a esta llamada. En este mundo occidental perdido, a la deriva, anestesiado, que ve en el hermano pobre o inmigrante una amenaza, cuyo dios supremo es el bienestar; se necesitan personas que traigan la voz de Dios a las plazas públicas y que con sus vidas sean auténticos símbolos del amor de Dios por la humanidad.

Para escuchar a Dios, hay que encontrarse con Él. El joven será profeta en la medida en que se encuentre con Dios y escuche su Palabra. El profeta es el hombre de la palabra[2], palabra recibida y palabra proclamada. Porque en esta sociedad nuestra, de redes sociales, tertulias televisivas y opinadores a sueldo, lo que menos se necesita es seguir alimentando el circo de «las opiniones propias». Un profeta nunca pronuncia palabras propias, sino la palabra que Dios pone en su boca para que la transmita a la gente de su tiempo. Por eso es importantísimo acercar a nuestros jóvenes a la Palabra de Dios, ofrecerles lugares donde la Palabra sea proclamada, sea escuchada, sea compartida, sea estudiada. No es difícil constatar hoy la buena conservación de las Biblias que, en algún momento de su historia, nuestros jóvenes, antes niños, han recibido. Biblias que están casi nuevas por el poco uso. Acostumbrados ya a los teléfonos móviles, a los folios sueltos, a las oraciones preparadas por otros, la Biblia ya no se toca, no se conoce. Si a esto le añadimos la poca participación de muchos jóvenes en la Eucaristía dominical, la conclusión es que aquí podemos avanzar. Hagamos de la Palabra el lugar de encuentro privilegiado con Dios. Ayudemos a nuestros jóvenes a saborearla. La vida del joven cambia cuando un día experimenta que esa palabra, conocida y leída muchas veces, se hace vida y llega con toda su fuerza como Palabra de Dios para él, aquí y ahora.

Un profeta nunca pronuncia palabras propias, sino la palabra que Dios pone en su boca para que la transmita a la gente de su tiempo

Jeremías no recibe la palabra de Dios encerrada para sí mismo, estática y de corto alcance. El encuentro con Dios y su Palabra nos abre irremediablemente a los otros. El profeta nunca es elegido para disfrutar del privilegio de saberse elegido y cerquita de Dios. El profeta es elegido siempre para entregarse a los demás. ¡Cuántas veces nuestros grupos de fe y de catequesis se han acabado convirtiendo en ecosistemas de «jóvenes elegidos», de «jóvenes diferentes»! ¡Cuántas veces, sin darnos cuenta, hemos alentado esa especie de «aura», conscientes de lo difícil que es muchas veces encontrar jóvenes sensibles a lo religioso! ¡Cuántas veces hemos sostenido y mantenido grupos sin ninguna trascendencia más allá de sus propias fronteras! Grupos de reflexión, de oración, de formación… sin más; grupos acomodados, pero poco proféticos.

Cuando la palabra recibida nos acaricia el corazón, es fácil sentirse a gusto con Dios (Jr 15,16) y encontrar en ella un lugar donde descansar, disfrutar y ser restaurado. Muchos jóvenes encuentran en nuestros espacios la sanación que necesita su corazón herido. Pero otras muchas veces la palabra recibida es dura y exigente. Muchas veces nos limpia la mirada y nos hace ver los graves fallos de la sociedad a la que pertenecemos, los graves fallos de nuestra propia vida. No tendamos a edulcorarla. No se la demos masticadita a nuestros jóvenes para que no se indigesten. Ellos ya son hijos de una sociedad que los ha protegido sin medida, que les ha escondido el fracaso, la muerte y la pérdida. No manipulemos también nosotros la Palabra de Dios. Acompañémoslos. Estemos a su lado. Hagamos vida la promesa de Dios a Jeremías: «No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra» (Jr 1,8).

Es normal que el joven sienta miedo. Ellos piden ser escuchados porque intuyen que Dios les habla también a ellos. Pero cuando miran frente a frente la misión que se les puede estar encomendando, aparece el pánico y, muchas veces, las excusas. ¡Siempre ha sido así! Y es algo significativo en la mayoría de las llamadas vocacionales proféticas. «¿Yo, Señor? ¿Cómo puede ser? ¡Pero si yo…!». Discernir con ellos y ayudarles a escuchar y a obedecer es una tarea que puede ser maravillosa.

Lo que no podemos es ser justamente inhibidores de profetas. Lo que no podemos es acallar esa palabra fresca, turbadora, molesta, que denuncia, que advierte. Cuando los jóvenes son capaces de denunciar al mundo, no les vemos objeción. Cuando los jóvenes son capaces de denunciar el pecado de la propia Iglesia… ¿cuál es nuestra actitud? La historia de los profetas está plagada de duras palabras a los sacerdotes, a la corrupción de las instituciones religiosas. Hoy no puede ser diferente. Tal vez su voz, que será la de Dios muchas veces, será la que salve a la Iglesia de hoy de sus propios demonios.

[1] Homilía del Santo Padre Francisco, primeras vísperas de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios y Te Deum de acción de gracias, en línea, https://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2016/documents/papa-francesco_20161231_te-deum.html

[2] Bretón, Vocación y misión…, Roma, 1987, página 31.

¡AY DE MÍ SI NO ANUNCIO EL EVANGELIO! (1 COR 9,16)

«Enamorados de Cristo, los jóvenes están llamados a dar testimonio del Evangelio en todas partes, con su propia vida». Más claro no puede ser el papa Francisco en el punto 175 de la Christus Vivit. Hay una llamada a todo joven creyente: dar testimonio con la vida. Y es que los jóvenes, en la Iglesia, no son solo receptores de mensajes, de campañas, de actividades, de testimonios. La Iglesia los necesita. Necesita que abran las puertas y sean valientes. La Iglesia necesita que los jóvenes sean los principales evangelizadores de otros jóvenes.

¿Cómo hacer esto? Es la pregunta que muchos nos lanzan cuando se lo comentamos. ¿Por dónde empezar? En el año 2013, en el Congreso Internacional sobre la Catequesis que se celebró en Roma[1], el Santo Padre se dirigió a los catequistas en un discurso, el sábado, y en la homilía del domingo, para recordarles un mismo mensaje, que vale no solo para los responsables de la catequesis, sino para cualquier joven que hoy quiera seguir a Jesús, hablar de Jesús, ser como Jesús.

  • Ser, no hacer de. Porque ser es más importante que hacer. Volvemos a tiempos donde lo más importante es ser. Atrás quedaron momentos de la historia llenos de planes pastorales, con innumerables actividades, propuestas, campañas, procesos… Nuestros jóvenes nos piden tiempos, compañía, palabra, buena noticia… Los jóvenes pueden ayudar mucho en esto y también podemos ayudarles. No se trata de que «hagan de cristianos», de que «hagan de catequistas», de que «hagan de comprometidos». Se trata de que lo sean. Con frescura, con naturalidad, con libertad, desde lo mejor de sí mismos. Pero también con verdad, sin postureos, sin filtros.
  • Primero, el testimonio. La Iglesia vive necesitada de testigos, más que de maestros. Y este es un auténtico reto de altura para nuestros jóvenes, que crecen en una sociedad llena de fake news, de imágenes filtradas y mejoradas, de redes sociales que actúan de escaparates para atraer likes. Una vida coherente es la mejor de las catequesis.
  • Partir de Cristo. No se trata de hablar de uno mismo ni de atraer a la gente por el carisma propio. No se debe buscar en la Iglesia un camino de propia realización o de compensación afectiva que uno no encuentra afuera. Es de Cristo del que tenemos que hablar. Es a Cristo a quien deben seguir. La tentación del éxito, de los seguidores, está ahí hoy para todos, y en especial para los jóvenes. Es importante que conozcan a Jesús. Tenemos que ayudarles a que la figura de Jesús de Nazaret, y su Palabra, sea vista con familiaridad. Sino… ¿de quién van a hablar?
  • Ante el sagrario. Qué importante es hacer silencio en el imperio del ruido, de la prisa, de la distracción permanente, de los efectos especiales, de la continua estimulación. Hace falta silencio, presentarse ante Jesús y dedicar un poquito del día a la oración tranquila. Ayudemos a nuestros jóvenes en esta tarea, también ardua y compleja. Lo agradecen. Lo necesitan.
  • Al encuentro del otro. Cuando Jesús forma parte de mi vida, cuando le sigo y le escucho y le entiendo… el corazón me pide salir, darse, no quedarse encerrado en uno mismo. La Iglesia en salida que quiere el papa Francisco necesita jóvenes con experiencia misionera, dispuestos a perder seguridades y a entregarse a los demás. El voluntariado se está demostrando una de las vías de mayor acercamiento de los jóvenes a Dios. Porque tienen esa llama dentro, la llama de la justicia, del compromiso, del otro.

 

La Iglesia en salida necesita jóvenes con experiencia misionera, dispuestos a perder seguridades y a entregarse a los demás

  • Sin miedo. La juventud se caracteriza por su impulsividad, su valentía, su capacidad para perseguir sueños con pasión, sin cálculos innecesarios. Hay que aprovechar esto. El miedo llega, siempre, cuando la vida se pone en juego. Pero un joven sabe que está en el momento de tomar decisiones importantes. Ayudémosle a descubrir que no está solo. Que el miedo, con Jesús, nunca vence.
  • Con creatividad. El Evangelio es siempre novedad, y sorpresa. Jesús siempre fue capaz de aportar una mirada nueva, una noticia nueva, nuevo aliento a quiénes le seguían. Y supo hacerlo además atendiendo a cada uno según su historia y sus necesidades. Esa es la auténtica creatividad. Hablar un lenguaje nuevo, con una alegría renovada, con un mensaje para la gente de hoy. La Iglesia necesita a los jóvenes para ser capaz de adaptarse, de abajarse, de escuchar a aquellos que son hijos de su mundo, y no de un mundo vivido por otros.
  • Ante el riesgo de acomodarse. Nuestros jóvenes viven en una sociedad claramente acomodada. El bienestar forma parte de su ser. Han nacido en tiempos de paz, de progreso, de adelantos tecnológicos. Están acostumbrados a disfrutar de la oportunidad de estudiar, de viajar, de tiempo libre, de actividades sin fin, de televisión a la carta… Muchos han crecido en ambientes, también dentro de nuestras propias instituciones católicas, que se lo han dado casi todo hecho y mascado. Ellos han crecido siendo, en su mayoría, receptores, «clientes». Toca cambiar el paso. Toca arriesgar. Toca salir. Toca hablar. Toca moverse. Toca despertar y proponer y denunciar y promover y buscar. Toca mancharse las manos y gastarse los pies. Es tiempo de que les demos paso, responsabilidades de forma graduada, acompañados, pero sin temor. Es tiempo de ayudarles a exponerles, a no tener miedo a fallar, a seguir su intuición. Es su tiempo. Y va a costar adecuarse a él.

La Iglesia sigue leyendo los signos de los tiempos y buscando a Cristo en cada momento de la Historia

  • Sin quitar ni añadir. Todos tenemos la experiencia de hablar con jóvenes sobre la Iglesia. Y escucharles hablar de muchas de las polémicas que forman parte de sus días. Homosexualidad, relaciones sexuales prematrimoniales, la situación de la mujer, abusos por parte del clero… Ciertamente los jóvenes están llamados a hacer avanzar a la Iglesia en muchos de estos caminos. Pero para avanzar no nos podemos quedar con los titulares y los argumentos de brocha gorda. Hemos de acercar a los jóvenes al Magisterio y proveerles de una buena formación doctrinal. La Iglesia sigue leyendo los signos de los tiempos y buscando a Cristo en cada momento de la Historia. La Iglesia avanza no por hacerse permeable al argumentario vacío de cada momento histórico sino, al revés, por la convicción y la determinación en ser más verdadera y más de Cristo. Los grandes avances eclesiales no suelen venir acompañados de grandes cambios doctrinales sino más bien de ir poniendo los focos en los aspectos que, en cada época, son más necesarios para el mundo. Y cuando los focos cambian de lugar, los matices van buscando nuevos rincones donde profundizar, rincones iluminados por teólogos y pastores y por todo el pueblo de Dios. Por tanto, no se trata de quitar y poner sino más bien de buscar permanentemente a Cristo y de hacer que la Iglesia sea fiel a la única razón por la que existe: responder a la misión de llevar la Buena Noticia del Reino a todos los lugares de la Tierra; proclamar que Jesucristo nació, murió y resucitó por cada hombre y mujer.

 

… Y QUE SU LUZ LLEGUE HASTA MUY LEJOS (ECLO 24,32B)

Qué abandonados tenemos los libros de la Sabiduría. Qué desconocidos son entre nuestros jóvenes. ¡Y cuántas sorpresas esconden! ¡Y con qué claridad y frescura hablan! «Dije: Regaré mi jardín, empaparé mis prados. Y mi canal se convirtió en río, y mi río se convirtió en mar. Haré que mi instrucción resplandezca como la aurora y que su luz llegue hasta muy lejos; daré mi enseñanza como los profetas y la dejaré a las generaciones venideras» (Eclo 24,31-33). ¿A qué no deja indiferente?

Las redes sociales son lugares donde los jóvenes hoy están, viven, se relacionan, aprenden, se divierten, buscan, encuentran, comparten, hablan y escuchan. Internet es un don de Dios. Así lo afirma la Iglesia desde hace tiempo y así nos lo ha recordado recientemente el papa Francisco[2]. Un don y también una responsabilidad. Los jóvenes lo saben bien. Un lugar que merece ser un jardín, como nos decía la palabra antes citada, necesitado del riego constante de la sabiduría divina.

El término influencer no es un término procedente de la propia Iglesia, incluso se ve con recelo en muchos ambientes católicos. Aun así, su acepción no deja de ser algo que conocemos bien: persona con cierto reconocimiento y capacidad de influencia que es seguida por muchas personas, al suscitar su interés, y que provoca en ellas un cambio. ¡Pues eso! ¡Testigos de la fe con mayúsculas! Evidentemente, estamos llevando el término a nuestro terreno, pero siendo un término tan cercano a la juventud, sería una pena que lo estigmatizáramos en lugar de aprovecharlo y dotarlo de contenido positivo.

Un influencer joven y católico está llamado a poner rostro a la Buena Noticia del Evangelio. Esto no es una tontería. Las redes sociales permiten poner cara, encarnar, aunque sea en el ámbito digital, el mensaje de amor y fraternidad que trajo Jesucristo al mundo. No es solo una palabra de puertas del templo hacia adentro, caduca y anticuada, inentendible para los más jóvenes. ¡No! Un joven creyente es el mejor testigo ante sus iguales. Es la manera de decirle a otros que Jesús me importa a mí, y a mí, y al otro, con sus nombres y apellidos, con sus realidades concretas. Jesús es también cosa de jóvenes y de jóvenes de su tiempo.

Las redes sociales permiten poner cara, encarnar, aunque sea en el ámbito digital, el mensaje de amor y fraternidad que trajo Jesucristo al mundo

La repercusión que cualquier voz joven puede tener en las redes sociales es tremenda. Todos conocemos la ventaja que estas ofrecen para llegar a un público inmenso y para viralizar fotografías, vídeos, mensajes… Ciertamente hay que conocer las particularidades de un medio, el digital, que tiene sus ventajas y sus inconvenientes a la hora de hablar de la fe y de Jesús. Lo que sí permite es hacer llegar a Jesús de muchas maneras, con el estilo propio de cada uno. Un Jesús diverso y con muchos rostros, que cruza fronteras y que es capaz de ser tendencia no solo de un día. Esto también requiere trabajo y constancia y apuestas valientes por parte de todos. Pueden ser canales concretos en las redes sociales, pertenecientes a instituciones, movimientos, iniciativas juveniles. Pueden ser también perfiles personales que hablan de vidas felices, no exentas de dificultades, donde el Señor tiene parte y está presente con naturalidad.

¿Y qué decir de la comunión y de la relación? Algo tan propio en nuestra fe católica, es algo que marca la diferencia de unos influencers a otros. Ya no se llevan los francotiradores. Personas capaces, bien dotadas, interesantes y convincentes, que no han sabido adaptarse a la nueva realidad de un mundo en red. Los católicos deberíamos ser auténticos expertos en esto. Por eso la manera en la que nuestros jóvenes pueden ser perfectos influencers es por su capacidad de ser personas conectadas, relacionadas con otras, que siguen a quienes piensan como ellos y también a quienes divergen de sus creencias. Jóvenes capaces de comentar e interesarse por otros perfiles, que unen sus fuerzas con otros que, como ellos, siguen al Señor aportando sus dones en la red. Jóvenes que no solo buscan sus followers sino que son capaces de dar voz y visibilizar a los que no tienen voz, a los invisibles del mundo. Jóvenes que saben escuchar y promueven encuentros fuera de la red porque saben que al final, hay que encarnar las relaciones digitales. Jóvenes que buscan lo esencial y que llevan a la red la síntesis de lo más importante: el amor. Jóvenes que no tienen miedo de hablar con unos y con otros, que saben enriquecerse de unos y otros. Jóvenes que transparentan la acción de Dios en sus vidas a través de sus stories, de sus tweets o de sus estados.

«¿Quieren ser influencer al estilo de María? Ella se animó a decir “hágase”. Solo el amor nos vuelve más humanos» dijo el papa Francisco a los jóvenes en la reciente JMJ de Panamá. Una frase que recoge, sin duda, el reto de hoy, el reto de toda época y edad: ser capaces de cambiarlo todo sabiendo que es Él quién lo cambia, no nosotros; mostrando que es a Él a quién hay que seguir, y no a nosotros.

Ojalá sepamos acompañar a los jóvenes en este momento histórico en el que la Iglesia los necesita más que nunca. Ojalá les ayudemos a ser auténticos profetas, evangelizadores e influencers del mundo actual. Amén.

[1] Discurso del papa Francisco, extraído de la versión digital de la publicación Alfa y Omega: https://alfayomega.es/29713/los-10-secretos-del-papa-para-ser-un-buen-evangelizador

[2] Las redes sociales, vídeo del papa, junio 201:, https://youtu.be/vtSyKhP7QIE

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