Jóvenes, el ahora de Dios – Oscar Alonso

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JÓVENES, EL AHORA DE DIOS

REFLEXIONES POSTSINODALES PARA UNA IGLESIA NECESITADA DE TRANSFORMACIÓN

Óscar Alonso

oscar.alonso@colegiosfec.com

Escribo estas líneas al regresar de la vigilia de Pentecostés en la que el Señor presente en la Eucaristía nos ha presidido. Y ante él me ha venido a la memoria mis años de pastoral juvenil en los que esta noche santa era una de las noches más esperadas y celebradas. Una solemnidad con la que concluíamos el tiempo pascual. Una noche en la que el Señor nos recordaba, por medio de su Espíritu, la riqueza inagotable de sus dones regalados por doquier y presentes en la vida y milagros de la comunidad.

Recuerdo aquellos cantos, aquella cantidad de jóvenes, aquella alegría en el ambiente… Todo ello nos hacía crecer y sentirnos Iglesia. Y aquel mismo Espíritu es el que hoy nos dice que a esta Iglesia nuestra le hace falta dejarse guiar por el Espíritu, dejarse guiar más, mucho más por el Espíritu. El Padre y el Hijo tienen muy buena prensa y son siempre protagonistas. Pero creo que el Espíritu sale siempre un poco mal parado en la estadística. A veces creo que es el gran olvidado y, sin embargo, sin él no es posible ni la Iglesia ni llevar adelante la misión a nosotros encomendada.

El trabajo antes del sínodo, el sínodo y el momento postsinodal que vivimos deja muchos momentos, muchos titulares, muchos temas para trabajar y, sobre todo, nos sitúa ante la necesidad de seguir soñando una Iglesia transformada y transformadora en la que los jóvenes tengan más palabra, más sitio y más responsabilidad. Porque a esta Iglesia nuestra le hace falta una transformación. Y esta debe ser colegiada, conversada, construida conjuntamente, sin dejar a nadie fuera, sin dejar que los miedos y el peso de la tradición (o simplemente de las costumbres) impidan dar los pasos necesarios para esa Iglesia que necesitamos y que va a necesitar el futuro próximo que viene.

Como bien dicen todos los expertos y todos los que de un modo u otro participamos en el sínodo y ahora seguimos caminando para dar vida a lo soñado juntos, la sinodalidad ha sido la palabra estrella. En ese término están contenidos todos los anhelos de la Iglesia comunión, toda esa fraternidad hecha de hechos de la que nos habla el papa Francisco en la Fratelli tutti, todas las necesidades de encuentro y de intercambio de diferentes modos de pertenecer, participar y poner a la Iglesia en salida. Y el tema de la sinodalidad, después del sínodo del año 2016, aparece con fuerza en las intervenciones del papa Francisco. En el año 2017 decía que «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio». Un año más tarde aprobaba el documento La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia del año 2018, en el que, nuevamente, es abordada como uno de los temas más relevantes para la Iglesia de los próximos años.

De hecho, en estos últimos años se ha celebrado un sínodo sobre la familia, otro sobre los jóvenes bajo el título Jóvenes, fe y discernimiento vocacional y otro sobre la Amazonía. Es evidente que no es una moda, sino un estilo y un modo de ser y de seguir construyendo Iglesia. De hecho, creo que una de las cuestiones que el sínodo de jóvenes puso sobre la mesa de manera oficial (animada por el mismo papa Francisco) es que la pastoral juvenil no es una especie de extraescolar pastoral de la Iglesia, que la pastoral juvenil no es una oferta de entretenimiento eclesial, sino que la pastoral juvenil y los jóvenes forman parte indisoluble de la vida, de la estructura y de la misión de la Iglesia.

Esto me ha hecho pensar en los siguientes cinco acentos (cinco sin) que creo son importantes para entender el tándem pastoral juvenil – sinodalidad eclesial:

  1. Sin jóvenes en la Iglesia, no habrá Iglesia. Igual que ya sabemos que en 2050 en España habrá 800.000 estudiantes menos entre los 3 y los 15 años, podemos imaginar que en ese mismo año también habrá 800.000 posibles niños y jóvenes menos en la Iglesia. El lugar de los jóvenes en la Iglesia es verdad que no solo es una cuestión de número, pero también es una cuestión de número. Sin jóvenes ¿qué asamblea celebrará, qué asamblea servirá, qué asamblea vivirá en comunidad, qué asamblea anunciará el Evangelio y a quién?
  2. Sin jóvenes formados la misión se verá amenazada y seguramente descafeinada. El lugar de los jóvenes en la Iglesia es esencial, pero la Iglesia necesita jóvenes en proceso de crecimiento en la fe, con formación, dispuestos a crecer también por dentro, con capacidad para participar sinodalmente no solo desde las entrañas, sino desde el conocimiento y la experiencia de fe bien fundamentada.
  3. Sin jóvenes con experiencias perdurables y significativas de fe, no habrá comunión. La pastoral juvenil está compuesta por mil elementos y dinámicas, pero sabemos que sin la propuesta de experiencias explícitas de fe, la desembocadura de dicha pastoral ya sabemos cuál es. Necesitamos jóvenes cuya experiencia creyente sea personal y en comunidad. Cuya vida de fe se mantenga fresca, conectada con la fuente, abierta siempre a la novedad del Espíritu.
  4. Sin jóvenes acompañados no habrá procesos vocacionados serios. El acompañamiento, del que todo el mundo habla, ha de hacerse efectivo, hay que formar a los responsables de la pastoral juvenil para ser buenos acompañantes. La buena voluntad no es suficiente. El diálogo pastoral tampoco. Necesitamos jóvenes que crecen gracias a un acompañamiento que permite discernir, optar, elegir y tener a Dios en medio de todos estos procesos.
  5. Sin jóvenes comprometidos no habrá testimonio transformador. La pastoral juvenil necesita proveer a los jóvenes de herramientas y escenarios en los que poder experimentar en profundidad el compromiso por la justicia, el espíritu de las bienaventuranzas y lo que significa vivir hasta las últimas consecuencias el mandamiento de amar al prójimo.

Estos «sin», en el marco de la necesaria y solicitada sinodalidad, nos hablan de presencia, de formación, de experiencias de fe, de acompañamiento y de compromiso por la justicia. Se convierten, por tanto, en los «con» que necesita nuestra pastoral juvenil para seguir avanzando en esta nueva etapa de trabajo en red, de reflexión comunitaria y de sinodalidad ya estrenada, siendo conscientes de que, si esto no se da o no se atiende prioritariamente, la Iglesia que conocemos será cada vez más insignificante para ellos (y para todos, diría yo). Y como afirma mi querido profesor Ricardo Tonelli «proceder a golpes de ciego o a impulsos de entusiasmo resulta realmente peligroso en un ámbito en el que está en medio la persona, su vida y su sentido (…) siendo indispensable, para hacer algo juntos, construir juntos y compartir intensamente un mapa de intentos».

Y es en ese mapa de intentos en el que debemos aproximarnos a esa necesaria y ansiada transformación eclesial, que tanto miedo provoca y tanta paralización genera, si queremos que dicha transformación lo sea de espacios, de estilos, de mensajes, de comunicación, de gestos, de presencia, de modernidad, de fidelidad a Jesús, de acercamiento, de inclusión y de igualdad. Una transformación que haga que nuestra Iglesia se parezca cada vez más al Reino y a su justicia que a otras estructuras.

Creo que los jóvenes son el ahora de Dios, como bien ha afirmado el papa Francisco echándose sobre las espaldas todas las críticas y los intentos de acallar algunas de sus voces, de sus sugerencias y reivindicaciones. Y creo que, en nuestro trabajo con ellos, en el marco de la sinodalidad, deberíamos ser capaces de obtener una hoja de ruta, obtenida de lo que la parábola del sembrador, la parábola del buen pastor y la parábola del buen samaritano nos sugieren.

Los jóvenes y la sinodalidad requieren de nosotros dejar caer semillas en lugares insospechados donde nadie dejaría caer jamás una semilla con la esperanza de la cosecha. Requieren de nosotros escuchar la voz del Señor, ir delante, reconocer y ser reconocidos por los jóvenes, llamarles por el nombre, con su historia y sus historias, dar la vida por ellos, ser pastores de todos, también de los que no nos buscan ni les importa nada de lo nuestro (que no es nuestro, ni solo por nosotros, sino del Señor). Requieren de nosotros hacernos cargo, cargarnos, y encargarnos de su realidad desde el cuidado, desde la misericordia, desde el sabernos en camino, juntos, llamados a ser y construir la fraternidad universal para la que la Iglesia nació y por la que la Iglesia sigue en camino y en salida. Una Iglesia necesitada de transformación.

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