JÓVENES CON CRITERIO – Jesús Sastre

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Introducción: clarificando algunos términos

El contenido del artículo consiste en dar pistas sobre cómo proponer y trabajar pastoralmente con jóvenes cristianos para que tengan criterios morales propios, libres, creadores de fraternidad y justicia. Empecemos por clarificar algunos términos:

Criterio. La palabra criterio etimológicamente significa «juzgar». El criterio permite a una persona emitir un juicio de valor a través del discernimiento concreto. El criterio, por tanto, nos permite juzgar un determinado asunto, distinguir lo verdadero de lo falso, la bueno de lo malo y, en consecuencia, tomar una decisión. Por lo tanto, el criterio se aplica a la capacidad que la persona tiene para emitir un juicio o tomar una decisión. Una misma situación puede verse de maneras distintas según el criterio que tenga la persona, pues el criterio sustenta el juicio de valor. En la formación del criterio influyen las vivencias y las enseñanzas que van fraguando la formación de la persona. Los actos concretos de una persona nos permiten ver desde qué criterios actúa y qué inteligencia moral tiene.

Inteligencia moral (R. Coles). La inteligencia es «la capacidad de resolver problemas y de adaptarse y aprender de las experiencias de la vida» (Santrock, 2006). Se forma a partir de las relaciones y la preocupación por los que nos rodean; por lo mismo, no se queda en un nivel teórico, sino que se refiere a la capacidad de actuar conforme a lo que pensamos que debemos hacer. No es suficiente con entender las emociones que nos mueven y las ideas morales que tenemos, sino que hay que llegar a la guía moral que se ha ido conformando en la familia y en los ámbitos socializadores de la persona. La inteligencia moral consiste en poner en práctica la «regla de oro» de comportarse con los demás como nos gustaría que ellos se comportaran con nosotros.

Valores. El criterio moral y la inteligencia moral se forman a través de los valores que se van interiorizando, pues los valores se entienden en la medida que son vividos, es decir, practicados en la vida cotidiana. Para tener buen corazón necesitamos encontrarnos con comportamientos ejemplares por parte de las personas que nos quieren y sabemos que buscan nuestro bien. Los valores para que puedan ser aprendidos necesitan ser descubiertos en las relaciones interpersonales como algo que nos hace más humanos y apreciamos como positivos para la persona o la colectividad. Los valores forman y expresan las convicciones de las personas, motivan la toma de decisiones y apuntan a la manera de realizarse y ser feliz en la vida. Los valores humanos más importantes son los que se relacionan con la ética: el amor, la libertad, la justicia, la solidaridad, la paz, la honestidad, la honradez, el respeto, etc. Los valores se organizan según una escala o jerarquía que prioriza unos valores sobre otros.

Un paradigma es un conjunto relacionado de costumbres, ideas, valores, comportamientos, ideales, motivaciones, etc. que forman un referente desde el que analizamos la realidad y respondemos a sus retos.

  1. Un cambio de paradigma

No cabe duda de que estamos en una crisis global que afecta a las dimensiones importantes de nuestra vida y nos obliga a replantear algunas cuestiones básicas de la educación de nuestros jóvenes. Solo si hacemos un buen diagnóstico de lo que está sucediendo podemos encontrar caminos de solución. Un paradigma es un conjunto relacionado de costumbres, ideas, valores, comportamientos, ideales, motivaciones, etc. que forman un referente desde el que analizamos la realidad y respondemos a sus retos. Venimos de una tradición cultural que, en un primer momento, ha primado la razón en perjuicio del sentimiento, para después absolutizar de tal manera lo subjetivo que se ha puesto el deseo en el centro de la vida y ha desplazado toda pretensión de absoluto y universalidad. En esta situación no suele haber correspondencia entre las preguntas del hombre de la calle y las respuestas que damos desde las instituciones sociales, políticas, educativas y religiosas. Más aún, la ética se ha subjetivizado y lo religioso ha sido marginado, pues no hay nada objetivo ni referencias absolutas, solo interpretaciones distintas y válidas para cada persona. Si la verdad es plural lo que se impone es el diálogo en sí mismo sin pretender llegar a algo con pretensión de universalidad. Se rechaza cualquier referencia común a la naturaleza, así como la posibilidad de llegar a la verdad en lo que tiene de absoluto y normativo de la vida. Las éticas que dominan son las utilitaristas y las de carácter procedimental que subrayan lo subjetivo e individual. Como mucho se llega a propuestas éticas sin una visión trascendente que dé sentido a todo; con lo cual la trascendencia se busca en la inmanencia. El cardenal G, Ravasi apunta «el fenómeno del yo fragmentado, unido al primado de las emociones, a lo que es más inmediato y gratificante, a la acumulación lineal de cosas, más que a la profundización de los significados. La sociedad trata de satisfacer todas las necesidades, pero apaga los grandes deseos y elude los proyectos más amplios, creando así un estado de frustración y desconfianza hacia el futuro»[i]. Este vacío interior puede llevar al consumo de drogas, a la violencia y al suicidio. En palabras de Paul Ricoeur: «Vivimos en una época en la que a la bulimia de los medios corresponde la atrofia de los fines». Estos desafíos a la cultura y a la fe son grandes, pero también son una posibilidad de replantear de otra manera la formación de las nuevas generaciones.

En palabras de Paul Ricoeur: «Vivimos en una época en la que a la bulimia de los medios corresponde la atrofia de los fines».

  1. Algunos rasgos de los jóvenes

El título de este artículo nos remite a un tema más amplio, la maduración global de la persona que, aunque se da en contextos sociales muy variados, también tiene una serie de elementos comunes. En el contexto europeo los jóvenes entre 16 – 29 años viven en una sociedad compleja, multicultural y multireligiosa que cambia constantemente. El pluralismo y el cambio generan incertidumbre ante el futuro próximo. En este contexto las búsquedas, problemas, valores, sensibilidades, relaciones y necesidades de los jóvenes coinciden poco con la generación de sus padres y educadores. Como bien subraya el documento preparatorio del Sínodo Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional: «la discrepancia entre los jóvenes pasivos y desanidados y los emprendedores y vitales es el fruto de las oportunidades ofrecidas concretamente a cada uno en el contexto social y familiar en el que crece, además de las experiencias de sentido, relación y valor adquiridas incluso antes del inicio de la juventud. La falta de confianza en sí mismos y en sus capacidades puede manifestarse, además de en la pasividad, en una excesiva preocupación por la propia imagen y en un dócil conformismo a los modos del momento». Ante este panorama hemos de afirmar que los jóvenes necesitan, de una u otra manera, personas cercanas y ámbitos que los ayuden a afrontar su mundo interior en verdad y libertad. La generación joven vive hiperconectada; esto al mismo tiempo que supone una gran riqueza, también influye no siempre positivamente en su modo de ver la realidad y de relacionarse. ¿Cómo ayudar a que el joven llegue a tener «criterio propio» que le ubique en su realidad y le ayude a tomar las decisiones más importantes de su vida?

En el fondo de este panorama está la crisis antropológica que impide plantearse las grandes cuestiones que dan sustento y sentido a la vida: ¿qué es el hombre?, ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, ¿dónde se asienta la responsabilidad?, ¿cómo ser feliz y hacer el bien a los demás?

La crisis en las creencias y prácticas religiosas ha tenido como consecuencia una crisis ética que se constata en el subjetivismo moral, la no distinción entre el bien y el mal, la quiebra entre lo que dice y lo que se hace, etc. En el fondo de este panorama está la crisis antropológica que impide plantearse las grandes cuestiones que dan sustento y sentido a la vida: ¿qué es el hombre?, ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, ¿dónde se asienta la responsabilidad?, ¿cómo ser feliz y hacer el bien a los demás? No podemos olvidar que las cuestiones cotidianas menores dependen de las preguntas anteriores. «Muchos jóvenes ni siquiera conocen la “gramática elemental” de la existencia, son nómadas, circulan sin pararse a nivel geográfico, afectivo, cultural, religioso, van tirando. En medio de la gran cantidad de informaciones, pero faltos de formación, aparecen distraídos, con pocas referencias y pocos modelos»[ii] Un aspecto más: el discurso predominante a nivel social y político presenta la moral personal y la moral social como dos ámbitos separados, olvidando que lo personal y lo social son dos elementos constitutivos de la persona que radican en la unidad del yo y que no se pueden vivir como si no hubiera relación entre uno y otro.

Hace algunos años E. Rojas acuñó la expresión el hombre light. Definía su perfil psicológico con estas palabras: «Se trata de un hombre relativamente bien informado, pero con escasa formación humanística, muy entregado al pragmatismo por una parte y a bastantes tópicos por otra. Todo le interesa, pero en un tono epidérmico. No es capaz de hacer la síntesis de todo lo que le llega, y, en consecuencia, se ha convertido en un sujeto trivial, ligero, con poca consistencia, frívolo, que lo acepta todo, pero sin tener unos criterios sólidos en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil…, banal, permisivo. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que empieza a no saber a qué atenerse, o lo que es lo mismo, se instala en la afirmación de que “todo vale” o “qué más da” o “las cosas han cambiado”». El mismo autor apunta que en esta situación «muchos de estos hombres necesitarán un sufrimiento de cierta hondura para iniciar el cambio. No olvidemos que “el sufrimiento es la forma suprema de aprendizaje”. Otros, que no estén en tan malas condiciones, necesitarán hacer “balance personal” e iniciar una andadura más digna, de más categoría humana”». Y concluye diciendo que tenemos que conseguir que «vaya saliendo un ser humano más consistente, que vuelve a los valores y se comprometa con ellos»[iii]. Todo un programa para padres, educadores y pastoralistas. El Sínodo sobre los jóvenes pretende «encontrar, acompañar y cuidar» de todos los jóvenes. Esta pretensión nos lleva a transitar por algunas periferias en que están los jóvenes: la incertidumbre del futuro, la afectividad y la indiferencia religiosa[iv].

«¿Cómo podemos despertar la grandeza y la valentía de elecciones de gran calado, de impulsos del corazón para afrontar desafíos educativos y afectivos? La palabra la he dado muchas veces, ¡arriesga! Arriesga. Quien no arriesga no camina. ¿Y si me equivoco? ¡Bendito sea el Señor! Más te equivocarás si te quedas quieto»

  1. Clave de la respuesta educativa: la integración emocional de las virtudes

La clave para acertar en la propuesta educativa a los jóvenes la ha dado el Papa Francisco: «¿Cómo podemos despertar la grandeza y la valentía de elecciones de gran calado, de impulsos del corazón para afrontar desafíos educativos y afectivos? La palabra la he dado muchas veces, ¡arriesga! Arriesga. Quien no arriesga no camina. ¿Y si me equivoco? ¡Bendito sea el Señor! Más te equivocarás si te quedas quieto»[v]. Esta es la clave: para que los criterios estén claros, sean correctos y firmes, hay algo que primero tiene que ser descubierto, tiene que seducir el corazón y hay que practicarlo. Por eso los cristianos decimos que lo fundamental para acoger y vivir el Evangelio es que la persona de Jesús deslumbre y enamore el corazón del joven. «Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia…El anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante» (EG 35).

Cuando nos referimos a principios morales y valores no podemos obviar la pregunta que se hacía el filósofo Sócrates: ¿La virtud puede enseñarse? ¿Cómo adquirir algo valioso que no se puede enseñar? Según Aristóteles, la virtud tiene tres características propias: una conducta virtuosa, el sentimiento de sentirse bien al actuar así y unos motivos razonables para juzgar la bondad o maldad de los actos. «De poco sirve adoctrinar sin la práctica y la integración emocional de la virtud: no es la razón, sino el sentimiento, el que nos mueva a actuar»[vi]. Haríamos bien en tomar en serio a los filósofos antiguos que se preguntaban cómo tengo que vivir para ser feliz. En la modernidad hemos educado más en la ética de los deberes que en la ética de las virtudes y de la felicidad. Con la postmodernidad lo subjetivo y el deseo, con lo que comportan de inmediatez, se han constituido como criterio moral básico. Y los resultados los tenemos a la vista: no somos felices. ¿Cómo recuperar la sensibilidad moral? Nos referimos a un conjunto de «sensores» que tenemos los humanos y que nos ayudan a cuidar nuestra vida y la de los demás a través de las relaciones interpersonales, los sentimientos nobles, la solidaridad, las causas justas, etc. La capacidad está, pero tiene que aflorar y desarrollarse en la vida de los jóvenes a través de la educación moral formal e informal.

  1. Formación de la personalidad moral

Decía Piaget que la meta de la educación moral es la formación de «personas autónomas aptas para la cooperación»[vii]. A esta meta se llega a través de un proceso lento relacionado con la evolución psicológica de la persona y la formación recibida en la familia, el aula y el contexto social. La experiencia de confianza existencial en la que el niño va creciendo pone las bases del desarrollo de actitudes positivas ante la vida y las dificultades que se van presentando. Superadas las etapas de heteronomía y socionomía, en la adolescencia empieza el desarrollo de la autonomía moral: interiorización de las normas que regulan las relaciones, descubrimiento y asunción de valores, identificación con modelos referenciales, necesidad de tomar decisiones, responsabilización por los comportamientos, etc.

El objeto de la moral no son los actos, dice J.L. López Aranguren, sino la «personalidad moral unitaria que se va fraguando en el día a día en lo que tengo que hacer (se va definiendo) mi vocación o tarea, lo que tengo que hacer porque nuestro ser resulta de nuestro hacer y nos hacemos a través de lo que hacemos»[viii]. De alguna manera podemos decir que somos lo que los demás nos han aportado. «En la Ética, entendida como responsabilidad, es donde se anuda el nudo de lo subjetivo. Soy, porque soy para otros» (E. Lévinas). Todo lo que nos lleva a contar con el otro, a superar nuestros egoísmos y a fortalecer la sociedad hace que se acreciente la moralidad. El hombre por el hecho de tener libertad es un ser moral, abierto al futuro y obligado a tomar decisiones en medio de condicionamientos interiores y exteriores. Los elementos de la moralidad son la libertad, el desinterés y la universalidad. «Todos los intereses de mi razón (tanto los especulativos como los prácticos) se resumen en las tres cuestiones siguientes: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo saber? ¿Qué puedo esperar?» (Kant). En estas preguntas está implícita la relación entre virtud y felicidad que hemos comentado anteriormente.

La propuesta cristiana siempre será una alternativa a la moral prevalente. Esto no significa que el cristiano deba separarse del mundo, sino todo lo contrario, debe aportar lo propio para una mejor realización de lo humano. La conciencia moral «tiene necesidad de crecer, de ser formada, de ejercitarse en un proceso que avance gradualmente en la búsqueda de la verdad y de la progresiva interacción de valores y normas morales» (VhL 39). Veamos algunos aspectos concretos

  • Los criterios morales se descubren en las relaciones. Las relaciones son el ámbito más adecuado para descubrir e incorporar los valores, Ahora bien, para que alguien pueda entablar relaciones interpersonales ha tenido que tener la experiencia de que otros le han tratado como persona con respeto, interés y cariño. El potencial de humanización que llevamos dentro se despierta y desarrolla a través de encuentros que nos ayudan a confiar en nosotros mismos y a sentirnos valiosos y generosos. Los valores y los criterios no son algo abstracto, sino algo concreto que se visibiliza en las relaciones con personas que nos quieren, que sabemos buscan lo mejor para nosotros y a las que admiramos. En este contexto, los hechos de vida de la otra persona, sus posicionamientos ante los problemas, las opiniones que expresa, sus motivaciones, etc., manifiestan lo que hay de valioso en su existencia. Una mirada global a estas vidas nos deja la impresión de coherencia y de ejemplo que, si seducen el corazón, nos lleva a recrear ese estilo de vida en nuestras circunstancias.

¿Qué hacer? «La convicción es la réplica a la crisis: la jerarquización de las preferencias nos obliga. No soy un fugitivo ni un espectador desinteresado» (P. Ricoeur)

  • Las motivaciones profundas. La cualidad que define a las motivaciones profundas consiste en que más que activarlas el sujeto, son ellas las que dinamizan a la persona en la toma de decisiones. De alguna manera podemos decir que las motivaciones profundas poseen al sujeto, le sostienen moralmente y mantienen la esperanza de que aquello por lo que se apueste se conseguirá. El Vaticano II afirmó que el futuro será de los que sepan dar a las nuevas generaciones «razones para vivir y motivos para esperar» (GS 31). La sociedad actual se caracteriza por la «cultura del fragmento»; los saberes, los ámbitos de la vida, las relaciones, etc., se viven como compartimentos estancos sin una visión global y motivación común. Al perder la unidad del yo se pierde el sentido de continuidad en la existencia y el sentimiento de felicidad. Cuando el yo está roto y fragmentado difícilmente la persona puede tener criterios morales sólidos y estables. ¿Qué hacer? «La convicción es la réplica a la crisis: la jerarquización de las preferencias nos obliga. No soy un fugitivo ni un espectador desinteresado» (P. Ricoeur). La unidad interior del yo es fruto de un proceso debidamente articulado y motivado. Para conectar con el mundo interior del joven y llegar a abordar cuestiones personales o temas críticos tiene que darse una relación interpersonal marcada por el diálogo y la confianza. Solo si se consigue modificar las motivaciones profundas se modificarán los comportamientos y la orientación de la vida. «Ahora bien, las motivaciones no se adquieren a través de procesos cognitivos de tipo deductivo, sino a través de la lectura de la realidad, el sentirse afectado por lo que se ve, y la implicación en acciones transformadoras de la realidad. En este proceso interior hay un elemento claro: el pasar los acontecimientos por el corazón, sentirse afectado por ellos y el percibir en estos signos la llamada de Dios a comprometerse con la mejora de la realidad. Las acciones empeñativo–transformadoras de la realidad ayudan a la formación de las motivaciones interiorizadas»[ix].
  • Incorporación de los valores. Para que incorporemos un valor a nuestra vida lo tenemos que haber descubierto y percibido como positivo. A partir de aquí comienza un proceso de interiorización que pasa por los siguientes estadios: lo elijo libremente, soy consciente del valor y el contravalor, lo llevo a la vida cotidiana, hago propaganda del mismo, me comprometo en su expansión social y lo recreo desde mis circunstancias concretas. Ahora bien, la experiencia que mantiene el hilo conductor de este proceso es el sentimiento de que un determinado valor, al incorporarlo y vivirlo, me hace feliz, más humano y es algo positivo para la sociedad. Los valores no se incorporan de manera aditiva, sino estructurada o jerarquizada; esta jerarquización de los valores es lo que configura el estilo de vida de la persona y los compromisos que asume.
  • Educar la estimativa moral. Por estimativa moral entendemos la capacidad que tenemos los seres humanos de aplicar nuestra jerarquía de valores a los hechos y comportamientos propios o ajenos. La estimativa es el resultado de la conjunción de inteligencia (darnos cuenta), conciencia (actuación coherente) y voluntad (deseo sincero de hacer el bien). La estimativa moral nos permite distinguir lo moral de lo inmoral, formar un juicio crítico sobre los comportamientos y apuntalar las convicciones morales. Las sensibilidades morales de una persona son las que posibilitan la formación de los criterios y las convicciones personales. «La moral surge cuando los principios nos parecen tan elevados, tan “sagrados”, que empezamos a considerar que valdría la pena arriesgar o incluso sacrificar nuestra vida para defenderlos» (L. Ferry). De esta manera de proceder tenemos abundantes ejemplos en el pasado y en el presente de la historia de la humanidad y de la Iglesia.

«La moral surge cuando los principios nos parecen tan elevados, tan “sagrados”, que empezamos a considerar que valdría la pena arriesgar o incluso sacrificar nuestra vida para defenderlos» (L. Ferry)

  • La pedagogía moral. Kay[x] trata el desarrollo moral como la evolución de las actitudes morales en el desarrollo psicoevolutivo: evitar el daño y los castigos, obedecer las reglas impuestas, practicar las reglas que facilitan la integración el grupo y las elecciones personales. Las actitudes personales más significativas son: la racionalidad, la responsabilidad, el altruismo y libre elección moral.
  • Los actos morales son actos voluntarios que valoramos según las normas y criterios morales que tengamos. Lo primero que aparece es el motivo (¿por qué?) y la finalidad (¿para qué?) de la decisión. Además, lo que se busca necesita de medios para llegar a término (¿cómo?). Y los actos tienen consecuencias para uno mismo y para los demás (responsabilidad). Ahora bien, las decisiones morales se soportan en la estructura personal que se va fraguando a través de las siguientes cuestiones existenciales:
  1. «¿Quién soy yo?». Consiste en la búsqueda de la propia identidad con los rasgos específicos que la persona tiene y en los contextos sociales en que se encuentra. El hilo conductor para poder responder a esta pregunta consiste en descubrir la relación intrínseca entre ontología y ética. Esta relación está rota en la cultura actual. Al romperse la relación entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser, el deber ser queda referido a la impresión subjetiva sin referencias objetivas y presa, muchas veces, de los deseos e intereses inmediatos. Esta ruptura hace que muchos jóvenes pierdan la conexión con la fuente de la experiencia moral, que es la antropología humana.
  2. «¿Cómo soy realmente?». La respuesta conlleva el conocimiento y asunción de la historia personal. Ayudar al joven a reconocer los afectos que la vida, personas y relaciones van dejando en su interioridad es tarea fundamental del acompañamiento educativo. Releer la historia no es solo narrar hechos, sino poner nombre a lo vivido e interpretarlo. Solo lo que se asume se convierte en elemento funcional de crecimiento y formación de la personalidad. No es fácil esta tarea en un contexto juvenil dominado por el consumo de experiencias y la ausencia de reflexión.
  3. «¿Cómo debo comportarme?». Este interrogante apunta al «deber ser», a lo que uno se obliga interiormente para que aflore lo mejor de sí mismo. Las decisiones concretas se toman a través de modelos de identificación, de las motivaciones personales y de las metas propuestas. Siempre se ha dicho que la persona debe seguir el dictamen de su conciencia, pero esta tiene que estar informada, formada y contrastada. Solo así la conciencia buscará la verdad y el bien que están intrínsecamente relacionados. Una vez conocido lo bueno hay que preguntarse qué tengo que hacer, pues no puede haber contradicción entre lo que se descubre como bueno y lo que en la práctica se hace.
  4. «¿Qué es lo que está bien hacer?». Supone que la persona tiene una disposición a buscar y hacer el bien y que se han interiorizado las normas morales propias de la etapa de heteronomía y socionomía. Esta preocupación por el bien es propia de personas que están en la autonomía moral y que se rigen por principios universales. La relación entre verdad, conciencia y decisión concreta no nos exime del discernimiento que tiene su propio método: analizar la realidad, pasar los acontecimientos por el corazón, escuchar en lo íntimo de la conciencia y ver lo que nos hace más humanos a nosotros y a los demás para poder tomar las decisiones adecuadas.
  5. «¿Cómo me va?». Consiste en pulsar el poso afectivo que va dejando el vivir moralmente. Si el joven constata que las exigencias éticas que vive le ayudan a ser más libre, solidario y feliz, entonces se reforzará el comportamiento virtuoso. Las decisiones morales tienen consecuencias positivas o negativas que hay que tener en cuenta, ya sea para evitar lo que nos deshumaniza o para reforzar lo que nos hace mejores. La conciencia es «el núcleo más secreto y sagrado del hombre, en el que se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella» (GS 16). Ahí es donde se pueden reconocer las incoherencias, arrepentirse del mal hecho, reparar el daño causado y proponerse un cambio de vida una y otra vez. De esta manera el joven puede llegar a hacer la «opción fundamental» que da unidad a todas las facetas de la vida e influye en los criterios, decisiones y comportamientos con una orientación determinada. Consiste en «decir sí a Dios en Cristo, poniendo el hombre en esta respuesta toda su persona en fe–caridad–esperanza y, por consiguiente, centrando en la humanidad resucitada de Cristo todas las realidades que forman su existencia concreta»(D. Herráez, La opción fundamental).

La conciencia es «el núcleo más secreto y sagrado del hombre, en el que se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella» (GS 16). Ahí es donde se pueden reconocer las incoherencias, arrepentirse del mal hecho, reparar el daño causado y proponerse un cambio de vida una y otra vez.

  • Los métodos en la formación de la conciencia moral. Nacemos con la capacidad de desarrollar la conciencia moral, pero necesitamos un proceso de descubrimiento y aprendizaje. No confundir nunca la educación moral con el adoctrinamiento, pues las relaciones, las acciones y las valoraciones son el ámbito fundamental donde los criterios se descubren, se aquilata la sensibilidad moral y se aprenden los comportamientos. Además, hay que formar el sentido crítico para ponderar las opciones y tomar las decisiones correctas, aunque conlleven exigencia, austeridad y sacrificio. En este cometido hay cuatro medios que recordamos: el análisis de casos morales, la discusión moral (dilemas morales), los ejercicios sobre los niveles del juicio moral (Kohlberg) y el manejo de las situaciones conflictivas que viven los jóvenes. El análisis de historias, así como películas con valores pueden ayudar a tomar conciencia de los problemas morales, las diferentes actitudes de los protagonistas, las consecuencias de los actos y la valoración moral de los mismos. De todo esto hay abundante material que, en general, es poco utilizado.

El cristiano vive su experiencia moral desde la vida teologal (fe, esperanza y caridad), sin que se puedan identificar lo teologal y lo moral, aunque se influyen mutuamente.

  1. Lo que aporta la moral cristiana

La fe cristiana, al afirmar que el ser humano es «imagen y semejanza de Dios», fundamenta y abre lo humano, por naturaleza y gracia, a un horizonte nuevo que encarna Jesús de Nazaret. En consecuencia, nos sentimos hijos de un mismo Padre y hermanos llamados a construir un mundo más justo y fraterno. Al vivir de esta manera, estamos anticipando (gustando) los bienes definitivos. «Para el cristiano no puede dejar de estar clara la conciencia de que el hecho de creer en Jesucristo interesa a la vida de la persona en su totalidad, afecta a su entera responsabilidad en los diversos niveles de sus decisiones libres. Es más, el comportamiento moral se presenta justamente como el lugar de verificación de la sinceridad de la adhesión de fe. La exigencia de precisar lo específico cristiano de la moral de los cristianos es así exigencia de identidad: ¿qué novedad cristiana se deriva de la fe para la vida moral y para la comprensión moral de los cristianos?»[xi]. La especificidad de la moral cristiana supone ver cómo el mensaje evangélico se comprende y vive en la realidad personal y social y comprobar cómo la vida de los cristianos colabora a la mejora de la humanidad. La novedad de la moral cristiana radica en la persona de Jesucristo y en la relación del creyente con Él; esto tiene consecuencias evidentes para la orientación de la vida y para aspectos concretos que solo desde la fe llegan a comprenderse y valorarse. Incluso en los comportamientos morales comunes a todos, los cristianos aportan una intencionalidad y motivación específica. El cristiano vive su experiencia moral desde la vida teologal (fe, esperanza y caridad), sin que se puedan identificar lo teologal y lo moral, aunque se influyen mutuamente. «No es simplemente cuestión de coherencia, como puede juzgarla alguien mirando desde fuera; es cuestión de verdad interior; vivir con el Señor y en el Señor la libre responsabilidad personal es dejar que Él viva en la vida propia, es reconocerlo como Señor»[xii]. Además, el creyente como miembro la Iglesia recibe un «plus interpretativo» en problemas morales importantes que va evolucionando con el paso del tiempo por el diálogo entre fe y razón. Esta relación conlleva dificultades, limitaciones y contradicciones. Por eso no se pude identificar la moral cristiana con un modelo cultural; ahora bien, la antropología cristiana necesita modelos culturales para expresarse y encarnarse en diálogo con otras visiones; la búsqueda del bien común nos exige escuchar antes de aportar la riqueza del Evangelio. En este diálogo nos sentimos interpelados a ser más coherentes y a situar adecuadamente el mensaje cristiano en la sociedad.

En la formación de la personalidad moral cristiana la categoría del Reino contiene el dinamismo de la moral evangélica. Jesús de Nazaret se posiciona ante la realidad, la cuestiona radicalmente, abre un horizonte nuevo, y pone la caridad como el elemento estructurante de todo. El Sermón del Monte proclama lo que todo ser humano busca directa o indirectamente, acertada o equivocadamente, la felicidad propia y la de los demás. Por eso las Bienaventuranzas nos ofrecen los medios para ser «dichosos»: la solidaridad con los descartados, la confianza en la posibilidad de un orden social alternativo (utopía), la misericordia entrañable, el trabajo por la justicia y la paz, y la confianza en Dios que en los pequeños hace cosas grandes. Si podemos amar de esta manera es porque Dios nos ha amado primero (1Jn 4,12). El cristiano trata de vivir desde el amor fundante (ágape) que todo lo penetra y que se nos ha revelado en la persona e historia de Jesús de Nazaret. ¿Cómo dejar que este amor fraternal, universal e incondicional transforme el corazón, llegue a los otros y renueve la humanidad? «Para la Escritura y la tradición la relación y tensión fundamental no es alma – cuerpo, hombre – mundo, espíritu – materia, sino Dios – hombre, Dios – mundo, creador – creatura. La integración de los dos polos de tensión dentro de la antropología y el mundo es posible únicamente, si el hombre como totalidad se supera en dirección a Dios, pues solo Él como creador aborda todas estas dimensiones como su unidad unificante. Pues si se rompe la comunión entre Dios y el hombre, entonces se llega como consecuencia a la desintegración en el hombre, entre los hombres, así como entre el mundo y el hombre»[xiii]. Dicho de otra manera, Jesús de Nazaret, como revelación de Dios y del hombre, nos ofrece la posibilidad de una vida nueva y plena para todos. Ahora bien, el camino es el de las paradojas del Evangelio: el que da la vida la encuentra, en la debilidad se manifiesta la fuerza, el que se niega a sí mismo recupera lo mejor de sí, la felicidad está en la entrega, etc.

¿Cuáles son los rasgos del seguidor de Jesús?

  • La adhesión afectiva a la persona de Jesucristo para experimentar en la propia vida los aspectos humanizadores de la salvación cristiana.
  • Sentir que todo lo que se tiene como persona es don de Dios llamado a fructificar con la ayuda de la gracia.
  • Entender la propia libertad, desde el amor incondicional de Dios, como disponibilidad para hacer la voluntad de Dios en la ayuda al hermano necesitado.
  • La participación en la comunidad cristiana como ámbito para compartir, celebrar y alimentar la vida recibida.
  • Vivir el día a día con tensión escatológica, es decir, en esperanza, vigilancia, intensidad de amor y respuesta comprometida.
  • Compartir con otros los esfuerzos por la libertad, la justicia y la dignidad humana para todos, especialmente para los pobres y excluidos.

«Hay cosas que solo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos» (EG 42)

Conclusión: «Hacer arder los corazones»

Esta expresión del papa Francisco bien podría resumir lo que hemos pretendido comunicar: «Hay cosas que solo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos» (EG 42). Esto sígnica que hay que educar con una pedagogía que ayude a descubrir la belleza de una vida virtuosa al estilo de Jesús de Nazaret. Lo temas morales concretos se esclarecen a la luz de la seducción del amor de Dios manifestado en Jesucristo y su Evangelio y en los testigos que lo han encarnado en sus vidas. Todas las demás verdades tienen una u otra relación y distancia de este núcleo; no todas son igualmente importantes «por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana» (UR 11). Para un cristiano, el fin de la pastoral y la catequesis es poner al joven «no solo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo» (CT 5). Desde este encuentro todo lo humano se entiende de otra manera y se vive con un dinamismo que desborda nuestras posibilidades en términos de generosidad y entrega.

Notas

i Vida Nueva, nº 3097, 50.

ii Obra Pontificia de las Vocaciones, «Nuevas vocaciones para una nueva Europa», Cuadernos Confer, 1997, 20–21.

iii El hombre light. Una vida sin valores, Temas de Hoy, 1993, 13–14.

iv Cf. J. G. Rodríguez, «Acompañar a jóvenes: una prioridad pastoral», Quaderns de Pastoral CTP, nº 242, 2018, 91–109.

v Cf. Discurso en Villa Nazaret, 18 de junio 2016.

vi Cf. X. Guix, «Necesitamos conciencia moral», El País Semanal, 2–06–2013.

vii Cf. El criterio moral en el niño, Barcelona, 1971.

viii  Ética, Madrid, 1983, 224.

ix  J. Sastre, «Conciencia moral como proceso de maduración de la persona», Sinite 124 (2000), 25

x  Cf. El desarrollo moral, Buenos aires, 1976

xi Cf. S. Bastianel, «Especificidad (de la moral cristiana) en la Teología moral», Nuevo diccionario de teología moral, Madrid, 1992, 600–609.

xii  Cf. S. Bastinel, a.c.

xiii  W. Kasper, Jesús el Cristo, Salamanca, 1992, 249–250.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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