Joven, científico y creyente – Jorge Sierra

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Jorge A. Sierra    Hermano de La Salle    @lucienlegrey

Una de las cosas que más me gusta hacer es romper estereotipos y prejuicios. Basta navegar un poco parar encontrar varios canales de YouTube que intentan demostrar que no se puede «creer» en la ciencia y «creer» en Dios, ya que son totalmente incompatibles. La fe es algo arcaico, primitivo, superado. La ciencia, en cambio, es progreso, es actual y es infalible. Pues lo siento: es otra fake news. Sí, se puede ser científico y creyente. Yo mismo lo soy y no estoy diagnosticado de ninguna neurosis, de momento. De hecho, la mayor parte de los grandes de la ciencia a lo largo de la historia lo han sido, y lo siguen siendo.

Lo que sí es cierto es que es incompatible ser fundamentalista, sea de la fe o de la ciencia. Y ojo, que no caer en el fundamentalismo tampoco significa quedarse en el «todo vale». No: un verdadero científico tiene que hacerse preguntas y buscar sinceramente las respuestas y un creyente tiene que… hacerse preguntas y buscar sinceramente las respuestas. Es decir, buscar la Verdad, con mayúscula.

Esa es, al menos, mi experiencia: como estudiante de ciencias «de toda la vida» y dedicado durante años a la investigación en el campo de la cuántica, estudiando las leyes de lo más pequeño de la materia y también como creyente comprometido en el seguimiento de Jesús, a través de la vida consagrada. Quizás algunas de las preguntas que me sigo haciendo, y de las respuestas que voy atisbando, os sirvan a algunos más.

Cómo busca la ciencia la verdad

Partimos del principio de que cuando hablemos de «científico» nos vamos a referir a alguien que, desde la aplicación del método científico, busca la Verdad sin prejuicios ni limitaciones. Del mismo modo, cuando hablemos del creyente, nos referiremos a quien busca, sincera y humildemente, la Verdad, dentro de una tradición religiosa.

Pues bien, cualquier científico que sea buen conocedor del método y límites de la ciencia, jamás podrá afirmar que esta puede llegar a conocerlo todo. Es un disparate. El método científico, basado en lo empírico, es decir, lo que se puede medir y la aplicación del pensamiento, sujeto a principios específicos, es un camino excepcional para avanzar en el conocimiento, pero no puede reducirse todo el conocimiento a solo lo aprehensible mediante la experimentación y el razonamiento. Es decir, la ciencia no puede explicarlo todo… ¡menos mal! Afortunadamente no todo puede ser medido, pesado y reproducido en un laboratorio.

La ciencia no es el único camino del conocimiento. De hecho, como método humano puede caer en errores (la historia, incluso reciente, nos da muchos ejemplos de esto), pero eso no invalida su increíble capacidad transformadora. Pongamos el ejemplo de la pandemia que ahora nos tiene acongojados: el qué, el cómo, el cuándo del virus, de los contagios, de la prevención y de las vacunas vendrán por la aplicación del método científico. El por qué y el qué podemos aprender no pueden ser explicados solo con la ciencia.

La propia filosofía de la ciencia es consciente de este hecho. En primer lugar, no existe un único método científico, como es natural para la consecución de los objetivos de las diferentes ciencias. En segundo lugar, para describir la realidad, el científico debe usar métodos definitorios, clasificatorios, estadísticos, hipotético–deductivos, mediciones, etc., que, por definición, dividen la realidad describiendo de forma parcial diferentes aspectos de la realidad, sin pretensión de quererlos abarcar todos. En tercer lugar, el método científico no puede ser aplicado a todos los aspectos de la realidad: dos de sus pilares fundamentales (la reproducibilidad o capacidad de repetir un determinado experimento, en cualquier lugar y por cualquier persona y la refutabilidad, es decir, que toda proposición científica tiene que ser susceptible de ser demostrada como falsa o refutada por métodos equivalentes) no pueden utilizarse para describir todos los aspectos de la realidad, puesto que algunos de ellos no se pueden someter a un filtro experimental ni siquiera racional. Por ejemplo, la ciencia no puede probar o refutar la existencia de Dios o de ninguna otra entidad sobrenatural.

La pretensión de la ciencia, que tantos avances ha facilitado, se basa en tres axiomas: que la realidad existe de manera independiente de la mente humana, que esta es regular, al menos en alguna medida y, por último, que el ser humano es capaz de comprender la naturaleza. Desde estos principios, se pueden describir, por ejemplo, las grandes leyes de la física, donde muy pronto nos encontramos con algunos límites. Por ejemplo, en mecánica cuántica, el principio de indeterminación de Heinsenberg establece la imposibilidad de que determinados pares de magnitudes físicas sean conocidas con precisión (algo que se produce también a nivel macroscópico, pero con una influencia ínfima, mientras que a nivel cuántico su influencia es enorme). Nos encontramos también con un límite en el propio método por la imposibilidad de la mente humana y de la tecnología de abarcar toda la realidad: por ejemplo, la famosa ecuación de Schrödinger, aunque describe con exactitud el movimiento de un electrón, no puede aplicarse en su totalidad más que al átomo más sencillo, el hidrógeno. No disponemos de métodos físico–matemáticos de resolución de la ecuación con más electrones o con más variables. Ya solo podemos hacer aproximaciones, simulaciones y conjeturas, por no hablar de cuando el propio observador varía lo que está observando, que daría para muchas películas de ciencia–ficción.

Este límite de inteligibilidad es especialmente claro cuando los sistemas son complejos, como ocurre por ejemplo con sistemas biológicos. El método científico, para poder describirlo, debe «trocear» esa realidad, haciendo que ya no podamos identificar de forma integral la descripción con la realidad. Si hay problemas para ilustrar y prever el comportamiento de un átomo de litio (con solo tres electrones y protones), podemos intuir cuál es el problema a la hora de describir al ser humano o su comportamiento, aún más complicado si nos adentramos en lo más intangible de su persona: motivaciones, creencias, valores, etc., es decir, la cuestión antropológica.

Aún podemos plantear más límites, que para nada refutan la utilidad de la ciencia y su importancia fundamental para el género humano, pero que sí evitan el triunfalismo y el determinismo que reduce toda la realidad solo a lo experimentable o aplican el método científico a aspectos de la existencia donde no se ajusta a la realidad. Podemos describir la ciencia como un camino zigzagueante de progresivo autoperfeccionamiento, de corrección continua del error, pero sin llegar nunca a abarcar toda la realidad. En palabras de Juan Pablo II:

«Nuestra cultura está impregnada en todos sus sectores de una ciencia que procede de una perspectiva funcional. Esto vale también para el sector de los valores, de las normas y, sobre todo, de la orientación espiritual. Precisamente aquí la ciencia topa con sus propias limitaciones. Se habla de una crisis de legitimación de la ciencia, de una crisis de orientación en toda nuestra cultura científica. ¿Dónde está el núcleo de la ciencia? La ciencia misma no puede dar una respuesta completa a la pregunta suscitada en esta crisis, a la pregunta por el sentido. Las afirmaciones científicas son siempre particulares. Solo llegan a ser adecuadas si reciben un determinado perfeccionamiento. Están en un proceso de desarrollo y en este proceso son corregibles y perfeccionares».

No en vano, decía Louis Pasteur que «la poca ciencia aleja de Dios, mientras que la mucha ciencia devuelve a Él».

Cómo busca la fe la verdad

Si es incompatible ser científico y ser fundamentalista, me atrevo a decir lo mismo respecto a ser creyente. Es así tanto porque un científico sabe que no tiene todas las respuestas como porque un creyente solo puede confiar en que hay respuesta y que en que esta es buena. Eso es la fe, moverse no con todas las seguridades del mundo, sino más bien «como en un espejo, confusamente» (1Cor 13,12). Siguiendo la misma comparación que hemos recogido antes, con la fe podremos acercarnos al por qué y al por quién, pero nos dará poca información sobre el cómo, el cuándo o el cuánto. Un creyente que no sea capaz de «dar razones de su esperanza» (1Pe 3,15) corre el grave peligro de convertirse en un ignorante o, peor aún, en un «cuñado fundamentalista».

En el cristianismo, la fe es una actitud vital de adhesión radical de toda la persona a Dios, como respuesta libre y voluntaria a la revelación de Jesús, que se refleja en obras pero que no puede ser transmitida con simples palabras. Como consecuencia, se produce una nueva cosmovisión cristiana, un nuevo tipo de comportamiento ético, nuevas instituciones religiosas y un nuevo lenguaje religioso, heredero del judaísmo y enriquecido con nuevos significados. Por eso es tan urgente que los cristianos sepamos «un poco de teología», para no «apagar la razón» a la hora de responder a Dios y para colaborar a un verdadero diálogo entre disciplinas. Esto es algo especialmente importante si eres joven: ¡por definición no te pueden valer las respuestas simples!

Para Newton o Kepler la investigación científica era una forma de acercarse a Dios, de comprender su voluntad y su plan. Así lo es también para algunos científicos creyentes en la actualidad. Incluso algunos pensamos que, ya que Dios es el autor de todo, conocer cómo lo ha hecho, qué leyes gobiernan lo que existe y qué conclusiones se pueden extraer —un trabajo meramente científico— es un proceso de fe, de acercamiento a Dios. Me siento identificado con las siguientes palabras de Max Planck (1858-1947), el padre de la mecánica cuántica:

«Podemos concluir que, a partir de lo que ciencia nos enseña, en la naturaleza hay un orden independiente de la existencia del hombre, un fin al que la naturaleza y el hombre están subordinados. Tanto la religión como la ciencia requieren la fe en Dios. Para los creyentes, Dios está al principio y para los científicos al final de todas las consideraciones. Entre Dios y la ciencia no encontramos jamás una contradicción. No se excluyen: se complementan y se condicionan mutuamente».

Planteados estos principios, podríamos empezar un auténtico diálogo acerca de la ciencia, la fe, cómo ser joven científico creyente y no morir en el intento y cómo responder al presunto conflicto creación–evolución (spoiler: no hay conflicto), al comienzo del universo (spoiler: la teoría del Big Bang fue propuesta originalmente por un sacerdote católico, G. Lemaître), los milagros, la neurociencia, la resurrección o el punto omega del Cosmos. Sería todo un regalo.

Termino afirmando que quizás solo desde la fe o, mejor dicho, desde la experiencia personal de Dios, se pueda avanzar en este límite de la ciencia. Dicen los ortodoxos que Dios es como el sol: cuanto más nos acercamos a Él, más inabarcable parece. G. K. Chesterton, maestro de las comparaciones, decía que del mismo modo que el sol es tan potente que no podemos mirarlo directamente y, sin embargo, posee luz propia que la irradia, de modo que vemos todo lo demás gracias a esa luz. De modo semejante, Dios nos resulta misterioso, pero todo resulta inteligible a su luz.

«Cualquier persona seria y reflexiva se da cuenta, creo yo, de la necesidad de reconocer y cultivar el aspecto religioso presente en su propia naturaleza», sigue diciendo Planck. Si nos acercamos a la realidad descartando otros puntos de vista, nos quedaremos siempre cortos. Un científico no podrá menos que «estar en camino» para descubrir el verdadero fundamento de la realidad. Un creyente no podrá menos que «estar en camino» para seguir profundizando en ese fundamento, que algunos hemos tenido la suerte de experimentar, de forma personal y difícilmente transmisible, como el Dios de Jesús de Nazaret.

 

Para saber más

  • Un interesante y completo curso on line de diálogo ciencia–fe, https://www.scienceandfaithonline.com
  • BROOKE, Ciencia y religión. Perspectivas históricas, Santander: J. H., Sal Terrae, 2016.
  • COLLINS, F. S., ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe, Madrid: Temas de hoy, 2007.
  • DE FELIPE, P. (ed), Ciencia y fe en diálogo (volúmenes I y II), Madrid: Fliedner, 2011.
  • SOLER GIL, F. J. y ALFONSECA, M. (ed), 60 preguntas sobre ciencia y fe respondidas por 26 profesores de universidad. Barcelona: Stella Maris, 2014.

POLKINGHORNE, J., Ciencia y teología. Una introducción, Santander: Sal Terrae, 2000.

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