JESÚS, ¡QUÉ MARAVILLA HABERTE CONOCIDO! – Alicia Ruiz López de Soria

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Me aproximo a tres claves espirituales, amor – fe – conocimiento interno, con el objetivo de reflexionar sobre un itinerario espiritual que me habla de «magis» de sentido y profundidad: De la experiencia del amor a la experiencia de la fe por el conocimiento interno. Explico muy brevemente «conocimiento interno»”: es un término que pertenece al argot de la espiritualidad ignaciana y hace referencia a conocer desde dentro, íntimamente, sintiendo, dejándose afectar; amor y fe son términos que tienen amplias resonancias en la vida de todo cristian@.

Con el deseo de ser situada en coordenadas de sensibilidad de la cultura actual, pongo en Google una expresión coloquial que sintetiza la experiencia de Dios que me motiva a escribir esta reflexión: «Qué maravilla haberte conocido». He eludido el destinatario de la expresión porque no quería sesgar notoriamente la búsqueda. Me encuentro con 180.000 resultados en 0,37 segundos. Uno de los primeros enlaces deriva a «ejemplos gratis de frases de amor para Twitter», con lo cual observamos que la primera clave espiritual en aparecer es el amor.

Pensando un poco y sin rizar mucho el rizo… estos ejemplos gratis de frases de amor para Twitter se pueden aplicar a la experiencia de Dios. Veamos algunos:

  • «Yo nunca supe qué es el amor hasta que te conocí». Pablo de Tarso escribió el himno del amor tras haberse caído del caballo como consecuencia de haberse encontrado con el Resucitado (1 Cor 13,1-13). Sus palabras perduran con el paso del tiempo y a ellas acudimos aún hoy: «El amor es paciente, es amable, no es envidioso ni fanfarrón, no es orgulloso ni altanero, no busca su interés, no se irrita, no apunta las ofensas, no se alegra de la injusticia, se alegra de la verdad. Todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca acabará…» (1 Cor 4-8a).
  • «Estar contigo es un regalo, te amo». Pedro, en el Monte Tabor, ante la Transfiguración de Jesús, expresa el placer que siente al estar con Jesús: «Señor, más vale quedarnos aquí; si quieres, pondré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17,4). Y en la aparición del Maestro junto al lago Tiberíades le dice por tres veces: «Señor, tú sabes que te amo» (cf. Jn 21,15-19). Esta confesión, que supera la traición anterior, le mantendrá ya adherido a Jesús para siempre.
  • «Tu amor me da fuerza, tu amor me pone contento». ¿Qué creyente no se ha reconocido alguna vez en la expresión paulina: «Te basta mi gracia, mi fuerza se realiza en tu debilidad» (2 Cor 12,9)?
  • «Cualquier hora del día es buena para verte y decirte te amo». Dios, más que en recintos cerrados, se encuentra en la vida. Inmediatamente tras exhalar Jesús su espíritu en la cruz, se rompe el velo del templo de Jerusalén de arriba abajo (cf. Mt 27,51), con lo cual se nos dice que no habrá en adelante espacios profanos y espacios sagrados… Dios está en cuanto nos rodea. No hay horarios para Él. ¡Cualquier hora es buena para encontrarle y disfrutar de una relación afectiva!
  • «Nunca olvidaré cómo te conocí». Palabras que podrían repetir los propios discípulos de Jesús tal y como refleja el hecho de recordar la conversación y la hora exacta del primer encuentro: «“Maestro, ¿dónde vives?” Les dice: “Venid a ver”. Así que fueron a ver dónde vivía, y aquel día se quedaron con él. Era hacia la hora décima» (cf. Jn 1,38-39).
  • «Pensé que nada en este mundo me podría cambiar, pero tu amor me transformó». Podríamos traer a nuestra memoria conversiones como la de Zaqueo, aquel cobrador de impuestos que timaba a su propia gente (cf. Lc 19,1-10), o la vocación de Mateo, que pasó de estar sentado a levantarse y seguir al Maestro (cf. Mt 9,9-13).

Y es que buscar a Dios y encontrar el amor se da al unísono: «Nuestro objetivo humano más excelso es encontrar a Dios. Nacemos del amor, nos mantenemos con vida por amor, y la plenitud de vida llega cuando reconocemos este amor y lo abrazamos libremente. Pero, desgraciadamente, muchas personas hoy no pueden vislumbrar ni percibir esta llamada íntima» (Gaudium et Spes 19). El texto continúa haciendo referencia al ateísmo de raíces intelectuales como causa para no oír esta llamada íntima: «resentimiento» que envilece (Nietzsche), «opio» que aliena (Marx), «ilusión» que infantiliza (Freud); se llegó hasta el punto de decir que el cristianismo era incompatible con la plenitud humana (Feuerbach). Hoy en día este ateísmo de raíces intelectuales es un fenómeno minoritario frente a la indiferencia, pero sus especulaciones dejaron huella y sus reminiscencias impregnan la cultura actual.

Con más fuerza puja hoy la increencia gestada en el corazón por razones variadas. Se rechaza a Dios cuando se le percibe como una mirada escrutadora que está al acecho de nuestros errores y de nuestros pecados, como director de un estilo de vida que parece incompatible con la felicidad al presentar una moral represiva, como ser extraterrestre ajeno a la vida y los asuntos de cada día, y especialmente, como aquel ser supremo que permanece de brazos cruzados ante el dolor de los inocentes. Tal vez los creyentes tendríamos que transmitir mejor la integración que tratamos de vivir de la fe como sistema de creencias que asumimos y a las que nos adherimos en fidelidad (fides qua creditur) y la fe como experiencia confiada en el Dios de la Vida (fides quae creditur). En lo primero tal vez se perciba voluntarismo, intelectualismo, legalismo… mientras lo segundo apunta más a experiencia fundante, arraigo y profunda convicción. ¿Cómo hacer para pasar de la experiencia de amor tan comprensible en las claves culturales actuales a la experiencia de fe? ¡Por el «conocimiento interno»!

Pero ¿«conocimiento interno» de qué? Siguiendo las intuiciones de san Ignacio de Loyola verificadas en la experiencia de tantos creyentes, conocimiento interno de la propia negatividad, es decir, de aquello que nos mina actitudes vitales como la alegría o la esperanza (Ejercicios Espirituales 63); conocimiento interno de Jesús, hombre libre y liberador, a quien es posible tenerlo de referente personal (Ejercicios Espirituales 104); conocimiento interno de todo el bien recibido que me hace vivir desde un profundo agradecimiento (Ejercicios Espirituales 233). El conocimiento interno es algo que se tiene que «sentir», algo ligado a la sensibilidad. Se trata de un don, pero se puede pedir. ¡Hay que pedirlo! No nos podemos conformar ni a no sentirlo ni a sentirlo con la misma intensidad. Hay que buscar el «más». No hacerlo es, o bien cerrarse al don, o bien retroceder en una vida que, también en la vida espiritual, pide «más».

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