Jesús, ¿dónde estás? – Chema Pérez-Soba

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En una sociedad como la nuestra, donde las ofertas de sentido son múltiples, es normal que, como señalaba el último estudio de la Fundación Santamaría (2017), los jóvenes se fíen de propuestas de vida concretas, claras, de las que sientan que se pueden fiar.

Por ello, hoy más que nunca debemos concretar qué es lo que queremos decir cuando hablamos de Jesús. Frente a la enorme variedad de imágenes que pueden encontrar sobre él en los medios de comunicación (e infinitamente más en internet), la pregunta es dónde encontrar una imagen que tenga base cierta, en la que merezca la pena confiar. Si la clave de nuestro ser cristiano es, sin duda, la adhesión a Jesús y su mensaje, esta cuestión no solo es relevante: es decisiva.

La respuesta a esta búsqueda de verdad es, sin duda, volver a los textos más antiguos, a las fuentes históricas más cercanas a Él: los evangelios canónicos. No podemos contestar en este artículo a la relevancia de los apócrifos sobre Jesús, pero valga la constatación que, salvo partes del evangelio de Tomás de Nag Hammadi poco relevantes, son los canónicos las fuentes principales para comprender al Jesús histórico[1].

¿Y qué nos dicen los evangelios para encontrarnos, hoy, con Jesús? Pues tenemos dos constataciones:

  • Jesús mismo. El mensaje de Jesús es, sin duda, que el Reino de Dios, los últimos días, los días de Dios con nosotros, ya ha llegado. Por ello, debemos rezar así: «Padre nuestro…» (Mt 6, y Lc 11, ). No «Padre mío», sino «nuestro». Esto es decisivo. La relación con Dios del Reino no es solo yo-con-Dios sino que descubro a Dios (al Dios de Jesús) cuando yo-con-Dios es, inmediatamente, yo-con-vosotros=nosotros. Dios es mi Padre en la medida que lo es de todos los demás que, son, por tanto, mis hermanos. Es decir, la experiencia básica del Reino, del mensaje de Jesús, es la fraternidad universal. Por ello, el signo final de Jesús, sabiendo el riesgo evidente de morir, no es un signo individual… No es «toma y come» sino «tomad y comed», «tomad y bebed». Un banquete de uno solo no es un banquete, es una tristeza. El signo donde se hace presente, en verdad, Jesús el Cristo, es el signo de la mesa compartida. Por eso, «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Si queremos encontrarnos a Jesús, vivo y vivo para siempre, vivamos el Reino: vivamos la fraternidad de los hijos e hijas de Dios. ¿Cómo? Partid y compartid el pan y el vino, vivid la mesa compartida.
  • La experiencia original de los discípulos. En efecto, ¿dónde se encontraron con Jesús resucitado los discípulos? ¿Dónde vieron, tocaron, ellos a Jesús? Porque no todos le ven: ni los sacerdotes ni la mayoría de los habitantes de Jerusalén le ven. ¿Qué había que tener en los ojos, cuál es la clave –ayer y hoy– para ver a Jesús?

El testimonio de los evangelios es claro: los primeros testigos de Jesús, Cristo vivo y vivo para siempre, son testigas. No es una persona… es un grupo, el grupo de mujeres que, en el crucificado, ven al bendito de Dios, al Mesías de los nuevos tiempos. Juan personifica el grupo en su líder, María Magdalena, usando un recurso literario, pero no hay duda de que es el grupo de mujeres el primer testigo de la resurrección.

Lucas, siempre narrativo lo explica de un modo inigualable en el relato de Emaús (Lc 24,13-35): caminan dos discípulos cabizbajos de vuelta a casa, con la desilusión del fracaso en la espalda. Se les aparece Jesús, pero, como hoy, no le reconocen, pese al testimonio de las mujeres, pese a que les explica las escrituras. Todavía falta algo, como en nuestros procesos pastorales: ni nuestro testimonio ni nuestras explicaciones logran el encuentro… hasta que, conmovidos, dicen «quédate con nosotros» y, al partir el pan, le ven. El relato de Emaús es el esquema definitivo del encuentro con Jesús.

Por eso, Juan recoge el episodio de Tomás (Jn 20,24-29): reunidos los demás, ven al crucificado (y no a otro, inmaculado y celestial, sino al crucificado) vivo y vivo para siempre. Pero Tomás, que no estaba con ellos, no los cree. Normal. Sin la experiencia fraterna, ¿cómo creer al que nos hace hermanos? Y cuando está con todos, cuando asume esa fraternidad inicial, se le abren los ojos. Ahora puede exclamar: «Señor mío y Dios mío». ¿Cómo creer en el Dios de Jesús, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Amor, Amante, Amado, Uno y Trino? Aceptando participar en su mismo amor… Saliendo de sí, abriendo los ojos y el corazón a la fraternidad, haciéndome prójimo del otro (Lc 10,25-37), dando de comer al hambriento y de beber al sediento (Mt 25,31-46).

En una época en los que un número importante de propuestas espirituales parecen señalar al «yo-mí-me-conmigo», a volverse solo hacia uno mismo para encontrarse a sí mismo como divino, los evangelios dan testimonio del camino cristiano: sal de ti, parte y comparte el pan, vive la mesa compartida, hazte prójimo, da de comer al hambriento… Y se te abrirán los ojos al Cristo crucificado, que vive y vive para siempre.

[1] Para saber algún detalle extra-evangélico fiable, W. Morris, Dichos desconocidos de Jesús, Santander, 2002. Y de la fiabilidad de los apócrifos, H.-J. Klauck, Los evangelios apócrifos. Una Introducción, Santander, 2006. Una síntesis de fácil lectura sobre la información sobre el Jesús histórico: R. Aguirre, C. Bernabé y C. Gil, Qué se sabe de Jesús de Nazaret, Estella, 2015.

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