Jesús 500 revistas después – Vicente Botella OP

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El número 500 de la Revista de Pastoral Juvenil se enmarca en el horizonte de las celebraciones en torno a los 50 años del Concilio Vaticano II. Para nosotros, ambas efemérides se inscriben en el terreno peculiar de la sociedad española que, en muy pocos años, ha evolucionado sorprendentemente en todos los terrenos, incluido el religioso. Teniendo en cuenta esta realidad, se nos pide que respondamos a la pregunta por la imagen de Jesús en la pastoral juvenil española de este tiempo. No es sencillo.
No quisiera excusarme, pero es de justicia decir la verdad. No soy pastoralista y, por ello, mi percepción de las cosas puede que sea sesgada. Soy teólogo y enseño teología. Mi visión sobre Jesús se ubica más en el campo de la cristología académica que en el día a día de los grupos juveniles. Con todo, he de confesar que algo de contacto con la pastoral con jóvenes he tenido, sobre todo a través del Movimiento Juvenil Dominicano (MJD). Desde luego la perspectiva es limitada, pero al menos me permite pensar con un mínimo de realismo la totalidad del terreno que deseamos roturar. Además, otro hecho me anima a afrontar el reto. La pastoral correlaciona con la evolución de la realidad en la que se intenta hacer presente el mensaje evangélico y, en este intento, tampoco es ajena al servicio que la teología presta a la fe. Así las cosas, espero que el discurso que ofrezco no desentone demasiado.
El Vaticano II es el acontecimiento más relevante de la historia contemporánea de la Iglesia Católica. Más allá de otras consideraciones, supuso un esfuerzo por poner al día el inmenso bagaje de la doctrina evangélica custodiada por la Iglesia de acuerdo al reconocimiento explícito del ser histórico de su formulación. La Tradición eclesial es una Tradición viva y su vitalidad se muestra, sobre todo, en la capacidad de penetrar en las diversas culturas a lo largo del tiempo. El Concilio, de este modo, impulsó un cambio no sólo en la presentación de la doctrina sino en la misma ubicación de la Iglesia frente a la realidad y a la sociedad; y esto porque, en el citado proceso de actualización, varió la propia comprensión que la Iglesia tenía sobre sí misma. Aquí es pertinente recordar los dos ejes mayores que vertebran la inmensa obra conciliar: la Iglesia en sí misma (Lumen Gentium) y la misión de esta Iglesia en el mundo (Gaudium et Spes). Por eso, se ha dicho que el Vaticano II es un Concilio fundamentalmente eclesiológico, aunque es mucho más que eso…
El Vaticano II no posee ningún documento en torno a Jesucristo. Por el contrario, hallamos en él una Constitución denominada “pastoral” (GS) que plantea cómo la Iglesia ha de realizar hoy su misión. En la GS encontramos algunos textos que han influido enormemente en la renovación de la cristología y de la teología pastoral. En concreto, estamos pensando en su número 22 que, con sencillez, recuerda cosas de trascendental relevancia. Por ejemplo, cuando afirma que el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado; cuando sostiene que Jesús no sólo revela Dios a los hombres, sino el hombre al propio ser humano; cuando subraya que, por su encarnación, el Hijo de Dios se unió en cierto modo con toda la humanidad o, finalmente, cuando puntualiza: “(Jesús) trabajó con sus manos de hombre, pensó con su entendimiento de hombre, actuó con su voluntad de hombre, amó con su corazón de hombre”. Esta insistencia en el lado humano de Jesucristo constituye un dato que ha marcado la cristología contemporánea y que ha tenido consecuencias en la presentación del mensaje cristiano.
En efecto, el convencimiento de que la realidad humana de Jesús es la clave de la transparencia de la comunicación divina, avalado para el catolicismo por el Concilio, supuso una gran renovación metodológica en todos los ámbitos de la fe y, singularmente, en la catequesis posconciliar; por esta vía, una nueva imagen de Jesús entró en la actividad misionera y en la pastoral juvenil. La fuerza del valor sacramental, salvífico y revelador de la humanidad de Jesús se tradujo pastoralmente en la introducción del método de la experiencia en los procesos creyentes. Ahora, no se trataba tanto de insistir en los contenidos teóricos del catecismo cuanto en provocar en la experiencia de los que se iniciaban en la fe un contacto con la vida y la vivencia suscitada por Jesús de Nazaret. La experiencia se postulaba como pedagogía directa del aprendizaje de lo cristiano; era el campo en el que se había de modelar la identidad del verdadero discípulo.
De manera consecuente, en la pastoral en general y en particular con jóvenes, el hombre Jesús ganaba enteros. Después de mucho tiempo en el que la integridad de su humanidad había quedado diluida frente al nítido perfil divino del Verbo, ahora, la presentación de la fe destacaba su identificación con nosotros. La humanidad, por así decirlo, era el trazo revelador de la divinidad y, estaba claro, que “tan humano como Jesús solo Dios” (L. Boff). Por eso, en la pastoral impulsada por el Concilio iban a encontrar su cabida “no sólo las ciencias teológicas, sino también las ciencias profanas como la psicología o la sociología”, que ayudarían a entender mejor el comportamiento humano concreto (GS 62). De esta manera, todo lo relacionado con el ser humano interesaba a la fe que, poco a poco, salía, al menos en España, de un cierto aislamiento espiritualista y clerical para llegar, sin exclusiones, a rincones de la realidad humana poco transitados hasta entonces…
La cercanía humana del Hijo de Dios, de este modo, estimuló el nacimiento de diversas imágenes del Nazareno. Imágenes que resaltaban la perspectiva de su redescubierta humanidad en todas sus perspectivas, incluso, en la del aspecto físico externo: la imagen de un Jesús desgreñado y barbudo, que algunos carteles ofrecían, parecía ser el icono estético que el joven cristiano debía reproducir; se trataba de un Jesús joven para los jóvenes y para nada clerical. Este hecho, en España, dada la situación de cambio político y por el influjo del contexto de las Iglesias latinoamericanas, adquirió matices singulares. Así, por ejemplo, el Jesús amigo o el Jesús pacifista (hippie) de otras latitudes, se combinó sin problemas con el Jesús contestatario, revolucionario y libertador. A decir verdad, estas renovadas imágenes destacaban un aspecto verdadero de la fe cristológica. Jesús es totalmente humano y seguirle implica una manera de entender la vida que no casa bien con los intereses de los grandes de este mundo y que, por ello, sitúa a sus seguidores en los márgenes de la sociedad. Jesús tenía un proyecto que hacer presente de parte de Dios, su Padre: el reino. El reino plantea lo que podríamos llamar “un mundo al revés”; es decir, otra percepción del otro, de la realidad y de los valores sociales…
Esta imagen de Jesús se hizo cercana a muchos jóvenes al terminar el Concilio. A ello contribuyó, sin duda, la época de la transición española. La dimensión política de la fe estuvo muy presente en aquellas generaciones de jóvenes que hallaron en la fuerza y en la autenticidad de la humanidad de Jesús un acicate para la reivindicación de un cambio político y social, aurora del nacimiento de un nuevo mundo. Pero en estos terrenos del seguimiento de Jesús, “la política no es todo” (E. Schillebeeckx). La fe ilumina cada parcela humana. También la acción política. Pero la fe no se reduce a la política.
Esta imagen humanista de Jesús en la pastoral juvenil estuvo acompañada por cierto desapego en relación con la Iglesia, sobre todo la oficial. Afirmaciones como “Jesús sí, la Iglesia no” reflejan este singular momento de la vida cristiana entre los jóvenes españoles, aunque situaciones similares se estaban viviendo también en otros lugares. El tiempo fue transcurriendo y el proceso se fue desarrollando; la desafección frente a la Iglesia, finalmente, se iba a convertir en nítida deserción. Progresivamente, la lejanía con respecto a la Iglesia y la lejanía con respecto a la fe se irían convirtiendo en los signos identitarios de la juventud en estas tierras.
Habría que matizar que los entendidos recuerdan que este proceso se vivió sin que la Iglesia española tuviese un proyecto de pastoral juvenil claro o definido. Los grandes cambios de finales de los setenta e inicios de los ochenta pillaron a la Iglesia superada por los acontecimientos. En aquellos momentos, la pastoral juvenil de algunas congregaciones religiosas fue referencial (Salesianos y Escolapios); después, a su rebufo, nacieron las diocesanas. El proceso fue lento. El trabajo pastoral con jóvenes debía desgajarse de la pastoral del Apostolado Seglar. Aunque parezca sorprendente, los primeros proyectos de pastoral juvenil emanados de la Conferencia Episcopal Española son de 1991-1992. Los jóvenes, como hemos indicado, cada vez estaban más lejanos a la fe y a la Iglesia.
Poco después, y tras la etapa de la primera recepción del Concilio a la que hemos aludido, algunos acontecimientos iban a provocar cambios en la orientación pastoral con los jóvenes. La posmodernidad, el relativismo axiológico, el choque cultural e interreligioso, además del fenómeno de la globalización, hacían su aparición en un escenario mundial cada vez más complejo. Los jóvenes, como es lógico, eran los más afectados por la nueva situación. Ahora, el desencanto posmoderno frente a la política y los grandes compromisos hacían del joven un amante de los encuentros cálidos y gozosos en el presente, pero poco interesado por el futuro. Frente a estas nuevas circunstancias, la Iglesia entendió que, además de un Jesús amigo y libertador, debía de presentarse a los jóvenes a un Jesús Salvador, “rostro vivo de Dios”, poseedor de unos valores diferentes a los imperantes en la evolución mercantalista, laicista y posmoderna del mundo. Para lograrlo, en la labor juvenil, junto al valor de la experiencia, era necesaria la insistencia en algunos puntos doctrinales de la fe cristológica que habían quedado en la penumbra. El Catecismo de la Iglesia (1992) iba a ser el instrumento apropiado en esta tarea. Los signos identitarios de la fe católica debían de estar muy claros en este nuevo proceso. Al mismo tiempo, este trabajo pastoral de mayor calado mistagógico (de introducción en el misterio de la fe cristiana en su totalidad) debía de hacerse claramente en el espacio de la comunión eclesial: la distancia entre los jóvenes y la Iglesia debía de acortarse.
En este contexto, las grandes concentraciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud, promovidas por Juan Pablo II, se convirtieron en un importante acicate para la pastoral juvenil; fundamentalmente, para visibilizar que, a pesar de todo, los jóvenes continuaban interesados por Jesús y estaban cercanos a la Iglesia. En estos eventos la intensidad afectiva alcanzada tanto en lo personal como en lo comunitario, así como la globalización real de la experiencia creyente fueron valores de gran impacto para los jóvenes. Estas concentraciones, luego, se reproducirán, en niveles inferiores, como momentos señeros de toda pastoral con jóvenes. Igualmente, en esta etapa quedó muy claro un principio que luego se repetirá como un estribillo en todo proyecto pastoral: “los jóvenes llaman a los jóvenes, ellos son los mejores evangelizadores de la juventud”.
Las imágenes de Jesús en la pastoral juvenil en este período, sin abandonar los matices de su humanidad y sin dejar atrás el valor de la experiencia, vuelven a destacar la dimensión divina presente en su existencia, pero en consonancia con los rasgos identitarios del momento. Por tanto, el horizonte de relativismo cultural y la deriva de sentido provocada por el arraigo del pensamiento débil y del presentismo de la posmodernidad iban a tener también su parte de responsabilidad en el proceso. Por este camino, Jesús se iba a presentar entre los jóvenes como “el dador de sentido”. Este “Jesús sentido” era la respuesta de Dios a los cuestionamientos de la gente y la garantía de una orientación cabal e integradora de lo humano a partir de la experiencia de fe. Asociada a esta imagen, otras iban a proliferar: Jesús razón, Jesús respuesta, Jesús proyecto, traducciones coherentes con el perfil del Jesús humano-divino, adaptadas a los desafíos que el joven vivía y debía afrontar en su mundo.
Igualmente, es de justicia recordar que la pastoral juvenil de los últimos tiempos, además de lo ya señalado, ha empleado otras imágenes de Jesús ajustadas a la verdad evangélica y a las preocupaciones de los tiempos. Nos referimos, por ejemplo, al Jesús solidario-cercano a los pobres o al Jesús ecologista, en comunión con la creación, que han inspirado e inspiran tantas experiencias de voluntariado y campos de trabajo asociadas a la pastoral con jóvenes entre nosotros. Estas imágenes siguen recordando, de una manera precisa, que la fe en Jesucristo no ha de recluirse en el espacio de la interioridad sino que, por su propia lógica, ha de salir al encuentro de los otros y de toda la realidad. Y es que la opción por lo pobres, la justicia, la paz y la integridad de la creación no son apéndices exóticos del cristianismo, sino exigencias connaturales a la vivencia del evangelio. No cabe duda que estas presentaciones pastorales de Jesús están encaminadas a suscitar entre los jóvenes “experiencias fuertes” de sentido y de contraste frente al mundo que les envuelve. Experiencias que propicien o ahonden la posibilidad del encuentro con el Señor Jesús.
“El encuentro con Jesús”. De eso se trata en la evangelización y en todo proceso pastoral. Es el matiz en el que ahora más insiste la pastoral juvenil. Benedicto XVI lo dejó muy claro en la JMJ de Madrid (2011). La fe tiene una dimensión relacional y personal que se vive con sentido en el seno de la comunidad eclesial. Sin la personalización de la fe, sin respuesta a la pregunta “quién es Jesús” en el contexto del seguimiento compartido con otros, no hay madurez creyente ni discipulado. Este encuentro estará propiciado por el testimonio de otros, por las experiencias fuertes, por la Palabra, por la oración y la belleza de la celebración, por la acertada presentación del mensaje… pero será siempre personal y, por eso, único e intransferible. En la maravilla de ese encuentro es posible descubrir a Jesús, el Hijo de Dios, como Señor, Salvador, Amigo, Libertador, Sentido, Proyecto, Solidario… La vivencia del encuentro con Jesús es la base firme de la fe y el cimiento sólido que permite sostener y encajar todas las imágenes que sobre él nos podamos hacer y ofrecer. Sin esa base, la pastoral, da igual que sea juvenil o de otro tipo, será una pastoral fallida.
Terminamos. Nuestro discurso, no cabe duda, es incompleto y susceptible de mejora. En este sentido es un discurso abierto. Asumiéndolo, no queríamos finalizar sin hacer caer en la cuenta de un detalle importante. La imagen de Jesús en la pastoral juvenil de los últimos 50 años y “500 RPJ después”, asentada en el cambio general de perspectiva propiciado por el Vaticano II, ha intentado adecuarse al perfil de la realidad de los jóvenes a los que se ha dirigido. Ello demuestra que el esfuerzo evangelizador de la Iglesia ha estado dirigido por lo que el Vaticano II llamó “la ley de la adaptación” (GS 44); ley emanada del carácter encarnado (histórico) de la fe cristológica. Por lo tanto, dos principios tendrán que ir siempre hermanados en estas cuestiones pastorales: a) la fe neotestamentaria y eclesial normativa y b) los contextos, con sus rasgos singulares, en los que dicha fe se ha de acoger y vivir. En este sentido, todo discurso pastoral también es necesariamente abierto. Si no, ¿por qué parecen estar en auge las iniciativas que ponen en contacto al joven con el Jesús eucarístico y las dinámicas de adoración? Algo parece estar cambiando de nuevo.

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