Iglesia más andamio que edificio – Juan Carlos de la Riva

¿Será correcta la imagen de la desembocadura para hablar de las propuestas finales a los jóvenes en sus aterrizajes vitales y sus inserciones eclesiales y sociales?

Lo digo porque no cambia mucho un río el color del mar, ni su volumen de agua; ni siquiera consigue endulzar su sal, y en demasiadas ocasiones son los ríos quienes contaminan océanos turquesas o añiles, fruto del descuido de nuestros intereses y desganas. No, no parece que así se pueda hablar de la aportación de los jóvenes a la Iglesia y al mundo. No es así como la Christus Vivit nos invita a recibir el regalo que la juventud nos trae a la Iglesia.

Tampoco los ríos de nuestras pastorales son como los de verdad, que nacen tímidamente para ir creciendo con el paso de sus tiempos y riberas. Los nuestros nacen con entusiasmo infantil, pierden efectivos en la adolescencia en lugar de ganar aguas de otros torrentes, y terminan secándose por agotamiento en la juventud adulta, siendo muy pocos ríos pastorales los que consiguen llevar algunas pocas gotas a los lagos antiguos de la comunidad que, con frecuencia, muestra poco vigor y capacidad de atraer esos tímidos caudales.

Menos todavía ayudan los que se creen capaces de abrir de repente grandes caudales a base de experiencias multitudinarias con fuertes emociones: son capaces de derribar diques y presas y de dar al cauce seco, por un tiempo. Pero generan un agua difícil de manejar y de aprovechar, espirituosa, incapaz de regar los sembrados que esperan, y con ínfulas de autoridad que les dan permiso de romper y rasgar, entrar y saquear la viña que otros cuidaron.

No voy a seguir la vía del desánimo. Este número de RPJ quiere hablar con optimismo realista de cómo acompañar esos momentos de la juventud adulta en los que la persona toma sus mejores decisiones y apuesta sus riquezas vitales en unas pocas jugadas. Este número quiere ser una invitación para estar ahí, para no abandonar esta etapa, sino más bien especializarse en ella y ser así las hermosas ciudades por las que a los grandes ríos les gusta pasar y llenarlas de su belleza, o las bahías inmensas que con agradecimiento reciben vida joven y recrean la costa en marismas y arenales.

Lo primero que se propone es que esa etapa exista, y que inventemos las maneras de que la comunidad se haga presente en esas edades que no por alargarse más cada vez son más difíciles o ingratas.

Si queríamos que los adolescentes se hicieran preguntas y no atinábamos a provocarlas, quizá por su inmadurez y falta de experiencia, tendremos que estar ahí cuando sí surjan de un modo menos artificioso, fruto de la vida misma: las dificultades de una relación afectiva, los vericuetos del mundo laboral, los discernimientos a hacer entre los pocos políticos que compran nuestro voto, los pobres que conocieron ayudando, los cansancios en los voluntariados, las ilusiones de los proyectos profesionales, los posicionamientos públicos éticos, ecológicos, feministas… La alegría que se escapa o la que sorprende a la vuelta de la esquina… La vida misma, toda la vida, nos ayudará a provocar preguntas y a saber ahí ser testigos de una verdad que nos salvó ya hace algún tiempo y podrá seguir salvando a otros. Pero habrá que estar cerca de todo esto.

Obviamente estos espacios de encuentro de la comunidad con los jóvenes serán espacios más suyos que nuestros, más flexibles que estructurados, más sinceros que aparentes, más renovadores que conformistas. Será una pastoral juvenil popular. Habrá que articular espacios de comunicación profunda, habrá que generar experiencias de choque ante el dolor ajeno y la injusticia tan habitual, habrá que acompañar los primeros pasos y caídas de oraciones titubeantes que no saben con qué lenguaje religioso nombrar lo profundo y espiritual, habrá que señalar los laboratorios del Reino que lo anticipan, y los infiernos que lo alejan, habrá que poner palabras a las opciones, y calor de familia a la falta de referentes, habrá que acercar modelos y hacer propuestas locas a nivel vocacional, habrá que montar una Iglesia más andamio que edificio, para que con pocas estructuras se puedan colgar muchas experiencias, habrá que cantar más alegre y ver más series, habrá que… 

Os invitamos a acompañar estas edades de la juventud adulta haciéndonos la pregunta sobre nuestra capacidad comunitaria para acoger este don del joven del siglo XXI que quiere, como siempre hemos querido, una vida plena, y que intuye que la entrega de la vida en compromiso, apoyada en esos lugares comunitarios de perdón y de fiesta, sentados a la mesa del Jesús más amigo, podría ser su gran apuesta.