Iñaki Otano
En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la ley?, ¿qué lees en ella?”. El letrado contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”.Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó adonde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a un posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más yo lo pagaré a la vuelta’.
Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. El letrado contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Díjole Jesús: “Anda, haz tú lo mismo”. (Lc 10,25-37)
Jesús no cae en la trampa de solo teorizar sobre el amor al prójimo. Al letrado le pone el ejemplo del buen samaritano, un extranjero, que hace todo lo posible por curar y salvar a aquel hombre molido a palos por unos bandoleros.
El sacerdote y el levita, al ver al hombre malherido, dieron un rodeo para no tropezar con él. Probablemente lo creyeron muerto y existía la norma de que no se podía dirigir el culto después de tocar un cadáver. Jesús subraya aquí la incoherencia de este sacerdote y de su ayudante por olvidarse de lo fundamental y prioritario en toda relación con Dios: la misericordia.
El samaritano, en cambio, se compadece de aquel hombre medio muerto, lo atiende y hace todo lo posible para que se recupere. A la pregunta de Jesús: ¿Cuál de estos tres se portó como prójimo?, la respuesta es evidente: El que practicó la misericordia con él.
Esta parábola pone de manifiesto que muchas veces el prójimo no es el que nosotros buscamos sino el que aparece de improviso: una persona, de dentro de la familia o de fuera, a quien se le declara una enfermedad y necesita cuidados; otro quizá olvidado que necesita que alguien la haga caso; un vecino o una vecina que necesita que le echen una mano; los hijos o los padres que, en determinados momentos, necesitan que los suyos estén cerca. En una palabra, “prójimo” es todo el que necesita de mí. Y yo puedo o bien esquivar el compromiso o bien afrontarlo poniendo los medios a mi alcance.
Jesús dice al letrado y a cada uno de nosotros: Anda, haz tú lo mismo. Es decir, sé misericordioso con aquel que está a tu lado o encuentras en tu camino. A veces, el modo de ejercer de buen samaritano será unir mi ayuda a otras ayudas: yo solo podría muy poco pero me asocio a otros y, juntos, somos más eficaces. Así llego también a quienes pueden estar más o menos lejos, pero que son “mi prójimo” porque son seres humanos apaleados por la vida.







