Hacia una pastoral de la misericordia – Silvia Cano

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Introducción: una invitación que es una oportunidad
Y, antes de comenzar la reflexión, no puedo dejar de pensar en la cantidad de imágenes y noticias que nos llegan a diario: epidemias, guerras y éxodos, violencia de género, asesinatos, pateras que llegan a nuestras costas, inmigrantes que resisten y esperan en las fronteras… De todo ello tenemos noticia casi al mismo tiempo que los hechos están sucediendo, en ocasiones con imágenes transmitidas en tiempo real. Somos tele-espectadores de programas que nos acercan a las condiciones espeluznantes de tantas cárceles por el mundo; de documentales que nos acercan a las situaciones de hambruna y de pobreza extrema en países, pueblos y aldeas.
No puedo dejar de recordar también cómo, recién llegada a Málaga, el último miércoles de julio, me llamaron para participar en una manifestación contra la violencia de género: “una mujer muerta más, ya van 32 en lo que va de año”.
Tengo también presentes los efectos de la crisis en tantas familias. Tras seis años de crisis –tal como advierte el último informe Foessa– las personas que no padecen ningún problema de exclusión social se han convertido en una estricta minoría. Sea cierto o no que estemos iniciando la recuperación, o que hayamos tocado fondo o que la crisis haya terminado, lo cierto es que el desempleo y los recortes sociales han hecho que las distintas manifestaciones de la pobreza aumenten a nuestro alrededor en extensión, en intensidad y en severidad. Hay en España, por dar algún dato, cinco millones de personas afectadas por situaciones de “exclusión severa”. Dice el citado informe que la tendencia de la sociedad española puede resumirse sintéticamente como de “Pobreza creciente y derechos menguantes”, y señala también cómo esta crisis ha afectado especialmente a los jóvenes, también a la infancia y a la población extranjera.
Con todo ese trasfondo bullendo tras de mí, lo primero que me surgen son preguntas. Preguntas que aparecen a modo de sospecha, que es mejor mirar de frente, y que se pueden resumir así: con la que está cayendo, ¿es lo más oportuno hablar hoy de misericordia en Pastoral Juvenil? Ante la situación descrita anteriormente, ¿no sería mejor hablar de justicia?
Es verdad que Dios es misericordioso, pero ¿no corremos el peligro de banalizar a Dios y de convertirlo en una especie de colega benevolente, en una especie de “papá blandiblú” que todo lo consiente, que hace la vista gorda, y que –finalmente– puede incluso servirnos de justificación para evadirnos del compromiso? ¿Hablar de una pastoral de la misericordia no puede hacernos derivar hacia una pastoral sentimentalista, blandita y suave?
Y por otra parte: la misericordia o la compasión, ¿son algo más que un sentimiento o una emoción? ¿Y no haríamos bien en protegernos de ese sentimiento que aflora en nosotros –en todos nosotros– para no “rayarnos” y “deprimirnos”?
Sin embargo, adelanto ya una convicción: no sólo es oportuno el tema, sino que es toda una oportunidad. Porque hacer de la misericordia objeto de nuestra reflexión es como ir a la fuente, al núcleo de nuestra fe. Y, en este sentido, recuerdo aquí la invitación que se intuye en la exhortación Evangelii Gaudium del Papa Francisco, que nos anima a recuperar la frescura del Evangelio y a concentrar el anuncio en lo esencial, en el núcleo, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo, y al mismo tiempo lo más necesario.
Así pues, este tema es no sólo oportuno: es toda una oportunidad que nos sitúa en el centro de nuestra fe, y que nos invita a preguntarnos qué consecuencias tiene para nuestra vida creyente en general, y para nuestro quehacer pastoral en particular, el anuncio del amor misericordioso de Dios que se nos ha revelado en Jesucristo.
Pero antes de entrar en la reflexión propiamente pastoral, conviene recordar cómo es Jesús transparencia de la misericordia de Dios, cómo Él nos desvela a un Dios que se ha ido dando a conocer no como un ser impasible o estático, sino como Alguien que-se-conmueve y nos-conmueve.
1. El Dios que se/nos conmueve: “He visto la aflicción… he oído el clamor”
Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia nos narra la historia de la misericordia entrañable de Dios que se nos desvela definitivamente en Jesús de Nazaret, en su vida, muerte y resurrección.
En las páginas del Antiguo Testamento, descubrimos la experiencia de fe que ha tenido el pueblo de Israel: que Dios es Alguien –con mayúscula–, un Dios trascendente, a quien nadie puede ver y de quien el ser humano no puede hacer imagen alguna, pero que, empeñado en comunicarse y darse a conocer, va haciendo posible que los hombres le conozcan y reconozcan en lo profundo de los acontecimientos que viven.
¿Y qué es lo que fue descubriendo y aprendiendo Israel de Dios? Muchas cosas, es verdad, pero de todo lo que el pueblo recuerda de su historia –larguísima historia–, hay una experiencia fundante y central que encontramos narrada en el libro de Éxodo: la experiencia de que ellos fueron esclavos en Egipto, que Dios se conmovió y los liberó de la esclavitud. Merece la pena leer el texto y prestar atención a los verbos, porque ahí encontramos ya, aunque no aparezcan las palabras “misericordia o compasión”, cómo Israel ha descubierto al Dios que-se- conmueve.
En Ex 2, 23-24 dice que los israelitas esclavizados “gemían y clamaban, y sus gritos de socorro llegaron hasta Dios desde su esclavitud”; y un poco más tarde se narra cómo Dios se hace presente al oír ese clamor, un clamor que está hecho de gritos de dolor por el sufrimiento y por la explotación a la que el pueblo está sometido.
Ex 3, 7-10: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias. Voy a bajar para librarlo del poder de los egipcios. Lo sacaré de este país y lo llevaré a una tierra nueva y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel (…) El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí, he visto también la opresión a que los egipcios los someten. Ve, pues, yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas”.
A Dios le conmueve el clamor y la aflicción del pueblo: conoce sus angustias, ha visto el sufrimiento, ha escuchado su clamor, y quiere implicarse en la liberación de su pueblo, para lo cual elige a Moisés.
Este acontecimiento liberador condensa la experiencia de Israel: el Dios que lo eligió como pueblo suyo, que hizo con él una Alianza, que lo libró de la esclavitud; es, sobre todo, un Dios afectado por la suerte de su pueblo, es un Dios misericordioso y compasivo. Y su misericordia tiene una dimensión encarnadamente concreta: es una apuesta por la vida, por la vida digna y libre, buena y feliz para todos; por eso se vuelve especialmente hacia aquéllos cuya dignidad y felicidad están más amenazadas.
El pueblo también aprendió que responder a ese proyecto de Dios para ellos, como personas y como pueblo, entrañaba un compromiso. ¿Qué hay que hacer para estar en relación con Dios?, ¿de qué manera tiene sentido darle culto? Pues comportándose como Dios se comportó con ellos cuando eran esclavos. De ahí el estribillo que se repite incansablemente en las páginas del Antiguo Testamento, de la atención al “pobre, al huérfano, a la viuda”, los más débiles y vulnerables de la sociedad en aquellos tiempos. De ahí también, la voz de los profetas que denuncian el que se dé culto a Dios mientras se silencia la voz de aquéllos por quien Dios se preocupa especialmente.
Son también los profetas los que no dudan en acudir a imágenes para explicar y reflejar que el Dios en quien creen y en el que se apoyan no puede dejar de amar entrañablemente. Ante el desvarío, las infidelidades o el pecado de su pueblo, Dios no puede abandonarlo a su suerte porque su corazón se conmueve como el corazón de una madre por su hijo: “Cuando Israel era un niño, yo lo amé (…) yo enseñé a andar a Efraím (…) con cuerdas de ternura, con lazos de amor, los atraía; fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas y se inclina hasta él para darle de comer (…) El corazón me da un vuelco, todas mis entrañas se estremecen” (Os 11, 1-8). Dios –así lo experimentaron los profetas– siempre ofrece su perdón y la posibilidad de un nuevo comienzo.
Israel experimentó muchas veces que este Dios, le desconcertaba y que no encajaba en sus esquemas. En este pueblo tenemos que situar a Jesús de Nazaret quien desvela y hace transparente de forma plena y definitiva esta imagen del Dios compasivo y misericordioso presentida por Israel.
2. Jesús, transparencia del Dios que se/nos conmueve
Cuando van a presentar a Jesús iniciando su andadura por los caminos de Galilea, los evangelistas se detienen en señalar de dónde brotaba su modo de ser y de actuar: recuerdan que Jesús tuvo una experiencia absolutamente única y singular de Dios, descubierto ante todo como amor incondicional, y recuerdan también que Él se entendió a sí mismo, sobre todo, como Hijo amado por ese Dios entrañable. Esta experiencia será la que configure su vida y su proyecto: transparentar la presencia actuante y salvadora de Dios, descubierto como misericordia.
¿Y cómo es Jesús-transparencia del Dios misericordioso? Podemos decir, para empezar, que ese anunciar y desvelar a Dios no lo hace Jesús ofreciendo grandes discursos sobre quién o cómo es Dios, ni con grandes teorías sobre la misericordia, sino siendo y haciéndose él mismo “misericordia en acción”: en su modo de ser y actuar, en sus palabras y en sus gestos, en su modo de relacionarse y en los lugares a los que se dirige.
Un Dios que se mueve
Y lo primero que Jesús transparenta es un Dios-que-se-mueve. La itinerancia –así lo presentan los evangelistas– es un rasgo fundamental de Jesús: Él se mueve entre los lugares cotidianos de las personas, llega a sus pueblos, a sus casas, camina junto al lago, recorre los caminos de Galilea, se desplaza hacia Judea… Así pues, el Dios que Jesús hace presente no está atado ni encerrado: no está atado a condiciones para salir al encuentro de la gente, ni está encerrado en los límites cerrados y sagrados de determinados lugares. Y esto, que nos puede parecer un dato elemental, sorprendió a los fariseos y a los saduceos de su tiempo: los unos –maestros e intérpretes de la Ley– por considerarse cumplidores de aquellas condiciones que garantizaban el encuentro con Dios; los otros –autoridades del Templo– porque creían ser representantes del lugar por excelencia a donde uno tenía que ir para encontrarse con Dios.
Un Dios que sale al encuentro
En estos desplazamientos, Jesús se encuentra y entra en relación con todo tipo de personas: con pobres y con ricos, con sanos y enfermos, con justos y pecadores, con gente considerada pura y con gente considerada impura. A todos, sin excepción, les ofrece y anuncia la buena noticia del Reino de Dios, de ese Dios-Abbá, experimentado por Él como amor, experimentado como Padre que ofrece a todos una vida digna y feliz, buena y justa; y todo esto, especialmente, a quienes más lo necesitan.
¿Y por qué especialmente a quienes más lo necesitan? Pues justamente por eso: porque son los que más lo necesitan y así es la bondad de Dios; porque Dios es amor y el amor nunca es imparcial; porque Dios es como un Padre bueno a quien se le va el corazón detrás de sus hijos más necesitados De ahí que esa Buena Noticia de Jesús, ofrecida a todos, tiene unos destinatarios privilegiados, y Jesús hace de ellos el distintivo de su misión: “El espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos…” (Lc 4, 18).
Los destinatarios privilegiados
Estos destinatarios privilegiados del anuncio de Jesús son –usando la expresión del Papa Francisco– los hombres y las mujeres de las periferias, de las periferias de su tiempo que son, a la vez, sociales y religiosas. Hombres y mujeres que son víctimas de una sociedad injusta y desigual, que viven en la desesperanza de la pobreza, que viven en la marginación social, y que sienten que no cumplen ni pueden cumplir las condiciones para encontrarse con Dios.
Para todos ellos el anuncio del Reino consiste en la afirmación de que Dios no tolera ni justifica su situación, que ellos tienen un lugar privilegiado en su corazón de Padre y que Dios quiere revertir su situación. Porque el proyecto de Dios se parece mucho a un banquete donde todos se sientan a la mesa como iguales, como hermanos, sin que nadie falte.
Se conmueven las entrañas
Este anuncio se hace visible, especialmente, en la calidad de los encuentros de Jesús, en el tipo de relaciones que establece y en las consecuencias que el encuentro tiene para la vida de aquellas personas.
Los encuentros de Jesús –basta asomarnos a las páginas del Evangelio para descubrirlo– están cargados de una profunda humanidad y marcados por la gratuidad y la cercanía: Jesús se detiene, mira a los ojos, escucha, pregunta, toca y se deja tocar… Y los evangelios, parcos en detalles cuando se trata de los sentimientos de Jesús, se detienen en señalar como característica su capacidad de dejarse conmover cuando descubre el sufrimiento y el dolor en el rostro de las personas que se le acercan y a las que Él se acerca. En concreto, señalan los evangelios que a Jesús se le conmueven las entrañas, una expresión que sólo aparece referida a Jesús (o a personajes de parábolas que hacen referencia a Él), y que resultaría empobrecida si la tradujéramos sólo por “lástima” o “pena”. Ese conmoverse las entrañas hace referencia a una reacción que abarca a la persona entera, que se experimenta incluso físicamente y que tiene que ver con sentimientos de ternura, de compasión, de pena; que tiene que ver con la experiencia de un ponerse en la piel del otro y sentir con él. Jesús se hace cargo del sufrimiento y del dolor, y, en ese hacerse cargo, se expone, se deja tocar por la realidad vulnerable, no se protege frente a la limitación, frente al dolor, frente al pecado… y, por eso, sus entrañas se conmueven.
La compasión se hace gesto
Y porque Dios quiere revertir esa situación sufriente y dolorida, de las entrañas conmovidas de Jesús surgen siempre gestos concretos que son signos del Reino: gestos de sanación de lo que enferma y paraliza, gestos de liberación de lo que aísla y excluye, gestos que no sólo no generan servidumbre sino que devuelven y restituyen la dignidad, e incluso, en muchas ocasiones, incluyen la invitación al seguimiento, la invitación a formar parte del grupo de seguidores.
Signo del Reino es también la comunión de mesa que Jesús ofrece a los pecadores, como gesto del perdón incondicional que hace posible la conversión, que dinamiza la transformación personal, que permite a las personas movilizar sus mejores energías y comenzar de nuevo.
La misericordia en Jesús, es siempre una misericordia generadora de vida: genera acogida, sanación y liberación. Una misericordia que se moviliza ante todo aquello que ata y oprime al ser humano: el pecado y el dolor, la injusticia y la mentira, la opresión y la muerte.
A causa de estos gestos y de esos encuentros, Jesús entrará en conflicto, sobre todo, con las autoridades religiosas de su tiempo. En este sentido, también nos han dejado los evangelistas el recuerdo de cómo la compasión de Jesús se hermana muchas veces con la indignación, una indignación que surge al descubrir la distancia y la oposición que existen entre el proyecto del Reino y un sistema social y religioso que excluye a las personas. De ahí la crítica durísima que dirige Jesús a fariseos y saduceos y a la imagen de Dios que ellos han construido, con la que justifican aquella situación. Fariseos y saduceos murmuran y se escandalizan ante esos encuentros y estos signos con los que Jesús muestra y visibiliza a Dios. Precisamente en este contexto conflictivo, Jesús tratará de explicar con narraciones sencillas que Él actúa así, porque así es Dios.
Lucas –el evangelista de la misericordia– ha recogido magistralmente tres parábolas que constituyen una síntesis apretada del mensaje de Jesús sobre el amor compasivo de Dios. No hace falta recordarlas porque las conocemos bien. Dios se comporta como ese pastor y aquella mujer que ponen sus ojos y sus pies en la búsqueda de lo perdido justamente porque está perdido. Así es Dios cuando siente que alguien le falta: se pone a buscar y, cuando lo encuentra, no sólo no hay reproches sino que lo que hace es convocar una fiesta. Así es Dios: como ese padre a quien se le conmueven las entrañas (de nuevo, aquí, esta expresión) cuando adivina en el camino al hijo que se había marchado, un padre que echa a correr para salir al encuentro de aquel que volvía humillado, que lo restituye en su dignidad de hijo y lo declara valioso y preciado. Y, de nuevo, la alegría se convierte en fiesta y la fiesta en invitación.
Con estas y otras parábolas, Jesús “da la vuelta” a la imagen de Dios: Dios es un Padre al que se le conmueven las entrañas, que encuentra su alegría en buscar y encontrar a aquéllos que se han ido o que se han perdido, y que, además, invita a entrar en la lógica de un perdón y una acogida que no sabe de méritos ni de condiciones.
La cruz desvela la compasión de Dios.
Sabemos que las autoridades religiosas consideraron que el modo como Jesús presentaba a Dios era una blasfemia. Sabemos que la conjunción de intereses políticos y religiosos terminó con la condena y la muerte de Jesús en cruz. Una cruz que los discípulos que le habían seguido pudieron entender –a la luz de la resurrección– como el lugar donde se muestra de forma radical hasta dónde llega la compasión de Dios y su misericordia: un amor que hace suyo el sufrimiento, el dolor, el pecado y la muerte hasta el final… y lo vence con el amor.
3. La Iglesia, sacramento de la misericordia
Después de este breve recorrido, toca ahora ofrecer algunas intuiciones acerca de qué implica para nosotros vivir la misericordia y, después, dar algunas pistas concretas que puedan iluminar nuestro quehacer pastoral. Un quehacer que –si está centrada en lo nuclear de la fe y de ahí brota– estará atravesado y tendrá el sabor de la misericordia. Comencemos por unas cuantas intuiciones.
Hacer una pastoral de la misericordia implica –antes que nada– dos cosas. Primera: tomar conciencia de que estamos llamados a ser expertos en misericordia. Y probablemente podemos decir que lo somos. Pero dicho esto, hay que decir también que no somos expertos porque hayamos leído muchísimo, ni por saber mucha teología, ni porque nos hayamos empeñado en ello. No somos expertos ni siquiera por nuestra práctica de la misericordia.
La iglesia, una comunidad de expertos y aprendices
Lo que nos hace expertos es el don que nos ha sido regalado: Dios mismo que ha salido a nuestro encuentro como amor compasivo y misericordioso. Lo que nos hace expertos no lo hemos adquirido nosotros, no depende de nuestros méritos ni de nuestros esfuerzos, sino todo lo contrario. Justamente cuando nos vemos sin méritos que presentar, cuando sentimos nuestras torpezas e infidelidades, cuando nos perdemos o estamos paralizados… justamente ahí se da la experiencia del amor misericordioso de Dios.
Y de esto tenemos experiencia personalmente y como comunidad creyente; por eso la Iglesia puede decir de sí misma que es experta en misericordia.
(Un paréntesis: Conviene recordar aquí que Jesús tuvo que vérselas una y otra vez con los que se consideraban “expertos” en Dios, y no dudó en mostrarles que lo que les fallaba estaba en la raíz. Experto se creía el fariseo de la parábola (Lc 18, 9-14) que subió al templo a orar junto al publicano. Allí exhibe la lista de sus buenas –buenísimas– acciones y cree que sus méritos le garantizan la cercanía de Dios. No parece necesitar nada, no hay “hueco” en él para que la compasión y la misericordia puedan hacerse presente y llenar su corazón. El publicano, sin embargo, se presenta desarmado ante Dios: se sabe sin méritos y sin nada que ofrecer, se reconoce necesitado de perdón y pide ser alcanzado por el amor de Dios. Pues bien, ése es quien, contra todo pronóstico y sin hacer aparentemente nada, vuelve a su casa “justificado”. Este publicano, sí puede hablar de la misericordia de Dios).
La Iglesia sabe que se desvía de su ser auténtico cuando piensa que en ella sólo deberían tener cabida la gente buena y perfecta. Así pues, si queremos que nuestra pastoral sea una pastoral de la misericordia lo primero que se nos pide es ser –como ese publicano– expertos, es decir, experimentados en la misericordia de Dios. Esta experiencia es la que nos capacita para ir hacia otros y anunciar lo que “hemos visto y oído”.
Y como esta experiencia no es algo que se posee como “una cosa”, sino que está hecha de encuentro y de relación, habría que decir –en segundo lugar– que estamos llamados también a ser aprendices permanentes de la misericordia. Estar con otros nos puede introducir en ese aprendizaje. En la acogida incondicional y samaritana a los otros en general –a los jóvenes en particular–, nos convertimos en aprendices porque descubrimos que Dios se hace presente justamente como misericordia en la fragilidad que muchas veces experimentamos, y también en la carencia, en la vulnerabilidad, en las búsquedas y preguntas de aquellos con quienes nos encontramos o salimos al encuentro.
Somos aprendices cuando nuestro modo de estar y mirar a los demás es entrañado y entrañable, cuando está hecho de empatía, servicio, escucha y aceptación. Un modo de estar que no nos sitúa “desde fuera” –ni desde nuestros tópicos, ni desde nuestras expectativas, ni desde nuestros “excesos de diagnóstico”– sino desde el adentro del otro. Situarnos como aprendices implica comenzar no tanto por la pregunta acerca de qué debemos decir o qué debemos hacer, sino por la pregunta acerca de qué vemos y qué escuchamos cuando miramos y escuchamos a los demás.
Somos expertos y aprendices cuando dejamos que nuestros pies, nuestros ojos, nuestras entrañas, nuestras manos y nuestra boca… todo nuestro ser, en definitiva, vaya siendo signo e instrumento de la misericordia de Dios.
Unos pies compasivos: salir al encuentro como Jesús
Ya hemos dicho antes que Jesús no habló de la misericordia con grandes discursos, sino transparentando ese ser compasivo desde y junto a los últimos, hacia los que Él se dirigía y con los que se encontraba.
Es verdad que el mundo del sufrimiento y el dolor nos llega todos los días a la mesa del comedor si encendemos el televisor. Tenemos muchas posibilidades hoy de aproximarnos a las periferias, con distintos grados de distancia y de implicación. El problema es que de las imágenes nos podemos escapar “zappineando” y el riesgo es quedarnos en ellas sin pensar en lo que implica mirarlas.
Ser testigos de la misericordia tiene que ver con salir, salir a las periferias sociales para vivir ahí la experiencia de encuentro. Para eso hay que atreverse a cruzar fronteras hacia el que es distinto y distante de mí (fronteras que a veces son físicas y a veces son mentales) y abrir espacios donde tejer relaciones gratuitas, donde aprender a mirar la vida desde esos otros distintos, muchas veces excluidos.
Para ello tal vez haya que salir de los territorios, barrios y lugares conocidos donde estamos instalados. O tal vez nos haga falta descubrir a los pobres y a los excluidos de los barrios y lugares donde estamos. Y es posible también que tengamos que afinar la mirada a los muchos rostros que puede tener la pobreza en nuestro entorno e incluso a nuestro lado: la soledad, la falta de sentido, el aislamiento social…
Y es importante este salir porque no desde todos los sitios se ve lo mismo. Creo que se debe a Ramón de Campoamor ese verso que dice “en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. La frase apunta a algo que es cierto: nuestro acceso a la realidad está necesariamente condicionado por la perspectiva y el lugar que adoptemos al mirar. A Mario Benedetti se debe la afirmación que “todo es según el dolor con que se mira”.
Y este elegir desde dónde mirar no nace primariamente de una decisión ética o moral, sino que la relación con Jesús va imprimiendo en nosotros preferencias, de Él aprendemos que existen espacios privilegiados desde dónde mirar y a dónde mirar.
Unos ojos compasivos: mirar al modo de Jesús
De Jesús aprendemos también que ejercitar la compasión y la misericordia tiene que ver con la mirada, con un modo de mirar y un desde dónde mirar.
Todos sabemos aquello de que “hay miradas que matan”. Matan las miradas apresuradas que nos llevan a conclusiones precipitadas (“Fíjate cómo son”), las que juzgan o condenan (“éste… no hay más que verlo…”), miradas que desprecian porque miran desde arriba, miradas que instrumentalizan. Nos matan –de alguna manera– cuando al mirarnos nos reducen a lo que tenemos, a lo que sabemos o a los méritos que acumulamos, por buenos que éstos sean. También hay miradas aparentemente pseudo-compasivas que nos dejan mal (“no me compadezcas” –decimos a veces–, tal vez porque nos resistimos a ser el “objeto” de la compasión de alguien).
Pero al hablar aquí de una mirada compasiva, no me refiero a esto. Jesús explicó bien en qué consiste el mirar compasivo cuando contó la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37). En ella se despliega un juego de miradas: el sacerdote, el levita y el samaritano, los tres, claro está, tienen ojos. El sacerdote y el levita ven al herido al borde del camino, pero no se detienen a mirar. Ven, pero no miran. El samaritano es aquél que tiene ojos compasivos y, por eso, su mirada se detiene en el hombre malherido.
Lo que la parábola –creo yo– nos enseña no es aquello de que hay miradas que matan, sino que las “no-miradas”, “las miradas que no ven”, re-matan porque “ningunean” e invisibilizan.
Y tal vez no hay que ir muy lejos para constatar esto. Valga como ejemplo la descripción de su clase que hace un chaval de 13 años:
“En nuestra clase para mí que nos dividimos en tres categorías. Están los populares, los del medio y los que no existen (…) Los populares pueden hacer lo que quieran. Hagan lo que hagan todo se les acepta. Ser del medio es distinto. Si eres del medio, no puedes hablar con uno que no existe porque pasas a ser uno de ellos. Más bien tienes que burlarte un poco para que se note que eres diferente. Los populares sí pueden hablar con cualquiera, hasta con los que no existen, y no les pasa nada. Siguen siendo populares. Los que no existen, simplemente no existen, y adiós. Lo difícil es ser del medio”.
Así pues, mirar la realidad con ojos compasivos entraña esta pregunta: ¿Quiénes son los invisibles o los no existentes en nuestras vidas, en nuestros grupos y comunidades, en nuestras familias, en nuestros barrios y pandillas, en nuestra sociedad hoy?
La parábola de hijo pródigo (Lc 15, 11-32) también nos enseña algo sobre el mirar. Nos enseña que a veces nos tocará mirar como el Padre, asomados incansablemente a la ventana o a la puerta, esperando atisbar en el camino a aquel que se perdió o que decidió marcharse. La mirada compasiva es aquélla que “no pierde de vista” a los que se fueron o a los que se perdieron.
En esto del mirar, además, nuestros grupos y comunidades están llamados a ser espacios donde hacemos la experiencia de mirar y sentirnos mirados al modo de Jesús: mirados, especialmente, en las periferias de nuestra existencia, allí donde nos sentimos frágiles y carentes, vulnerables y heridos. Mirar al modo de Jesús es también un modo de mirar que ve –más allá del pecado– la mejor versión de sí mismo que cada uno está llamado a ser.
Unas entrañas compasivas: la misericordia que aproxima
Cuando nos dejamos tocar por el otro, cuando nos abrimos al sentir del otro, la experiencia no nos deja indiferentes: la compasión nos conmueve y nos aproxima.
En este sentido, sólo podemos hablar de compasión cuando no podemos ser neutrales ante el sufrimiento del otro, y cuando experimentamos a ese otro como un igual. Me parecen muy significativas en este sentido las palabras del Papa Francisco cuando al tratar el tema de la inclusión social de los pobres señala que “lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro <<considerándolo como uno consigo>>”(EG 199).
Un recuerdo personal en este sentido, que creo ilustra bien lo que quiero decir: cuando era universitaria en Granada, hice un voluntariado en el barrio del Almanjáyar, al norte de la ciudad de Granada. Tenía yo unos veinte años. En aquel lugar, en el que la población mayoritaria era gitana, me había fijado en un gitanillo, de unos cinco años. Llamaba la atención por la suciedad que lo cubría, por las marcas en sus brazos y sus piernas, por su pelo negro, en el que se adivinaban los piojos, y llamaba también la atención por la agresividad que desprendía. Era hosco y huraño. Difícilmente podíamos acercarnos a él. Uno de los días en que le observaba a distancia pasó cerca de él un perro, y su cuerpo se encogió con ese gesto típico de los pequeños cuando algo les da mucho miedo. En ese momento, algo se iluminó dentro de mí. Sólo pensé: “¡Es un niño… es sólo un niño!”. Puedo decir que mi visión cambió, aquél no era un “pobre”, no era un “gitano”, era un niño… un niño en situación de pobreza, un niño, como mi hermano pequeño, al que tantas veces le había visto el mismo gesto.
La compasión se hace gesto
Y para terminar con las intuiciones, no podemos olvidar que, en Jesús, el sentimiento compasivo va siempre acompañado de un gesto concreto de liberación, de salvación, de sanación. Si recordamos, de nuevo, la parábola del Buen Samaritano, llama la atención las acciones que éste despliega: se acerca, venda al herido, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a la posada, lo cuida y se compromete en que continúe siendo cuidado por el posadero…
En este punto no se trata ahora de dar “recetas”: lo que importa es captar la dinámica compasiva que imprime a nuestras vidas el seguimiento de Jesús, que es en definitiva a lo que estamos llamados y a lo que queremos invitar a otros en nuestra tarea pastoral. Pero sí me parece importante señalar y recordar que la fuerza poderosa de los signos del Reino, el poder transformador del Reino, se nos muestra muchas veces en la pequeñez de los gestos, en gestos que conllevan muerte y fracaso.
4. hacia una pastoral de la misericordia: algunas pistas concretas
Propongo ahora algunas pistas concretas. No son recetas ni pretenden serlo, quieren ser más bien “aterrizajes” de lo que las intuiciones anteriores pueden implicar en el concreto quehacer pastoral.
Una pastoral de la misericordia que acompaña los procesos de construcción personal.
Una pastoral de la misericordia tiene que ver con que los jóvenes nos sientan como compañeros en los procesos de búsqueda y construcción de la propia identidad. Unos procesos que hoy se alargan, no son lineales, se construyen dentro de sociedades plurales, y, en ocasiones, en contextos familiares de mucho desamparo.
A estos jóvenes que buscan no tanto verdades cuanto experimentar lo verdadero, no basta con decirles “Dios te ama y te acoge como eres”; es necesario que experimenten en sí mismos qué significa vivir ese amor y esa acogida.
Muchas veces la primera noticia que tienen los jóvenes de un Dios misericordioso somos nosotros mismos: nuestra manera de mirarles y de escucharles. Pero no se trata de hacerles dependientes de nuestra mirada, de ahí la importancia de ofrecerles experiencias que posibiliten el encuentro en profundidad con ellos mismos, espacios donde el joven aprenda a mirarse y a escucharse con honradez y lucidez, experiencias que le permitan nombrar sus posibilidades y también sus carencias, los éxitos y también los fracasos, las ilusiones y también la frustración. Experiencias que adentren en la aceptación de los límites y en el descubrimiento de las capacidades. Se trata de que el joven se experimenta como valioso por lo que es, y no por lo que tiene o por lo que sabe o por lo que consigue.
Un joven así está más capacitado para reconocer al Dios que le habita, que le ama incondicionalmente como es y que alienta sus mejores deseos.
En este proceso de adentramiento que proponemos a los jóvenes, además del autoconocimiento y la autoaceptación, hay también otros aprendizajes que hacer y que de hecho ofrecemos, como son la capacidad de escucha y de empatía. Es verdad que la capacidad empática se trabaja hoy desde muchos frentes, porque es una de esas habilidades profesionales que el mercado demanda. Aquí lo que la pastoral aporta se sitúa en el nivel de las motivaciones: queremos afinar nuestra capacidad de escucha y de empatía para mejor hacernos cargo del otro, de aquel de quien estoy llamado a hacerme prójimo.
Una pastoral de la misericordia que visibiliza y celebra el perdón recibido y otorgado.
Muy relacionado con lo anterior, creo que es importante también prestar atención a las experiencias de fragilidad, de límite y de pecado que afloran en el entramado de la vida cotidiana, para ofrecer desde ellas y a partir de ellas, experiencias concretas en las que la misericordia se vive como perdón: como perdón que damos y recibimos.
Experiencias que afloran en ese “¿Qué hago conmigo o qué hago con el otro?”, “¿me resigno, me peleo, le vuelvo la espalda a esta experiencia que me incomoda?”. El perdón es una alternativa nueva a estas tres posibilidades: el perdón no es resignarse, no es el empeño estéril porque los demás respondan a mis expectativas, no es olvidar sin más lo que ha pasado. El perdón es arriesgarse a vivir desde otra lógica, desde la lógica de la misericordia, desde la lógica del amor que posibilita y pide un nuevo comienzo.
Desde la experiencia del dar y recibir perdón, de nuevo, estamos más capacitados para reconocer que es Dios quien visita y sana aquello que nosotros no podemos sanar, que Dios es misericordia que borra de raíz el mal y nos permite empezar de nuevo porque el suyo es un perdón incondicional y gratuito.
Una pastoral de la misericordia que lee e interpreta la realidad desde los últimos
Es verdad que hoy la realidad es muy compleja. No es fácil, como en la parábola del Buen samaritano, señalar a los asaltantes y bandidos que dejaron al hombre tirado en el borde del camino. Pero basta un mínimo de sentido común para saber que “alguna razón tiene que haber” para que en nuestro mundo, lejano y cercano, la desigualdad, la exclusión y la pobreza sean hechos de dimensiones ineludibles. Hay discursos –bien estructurados– que nos hablan de que esto es “inevitable” y de este modo justifican lo que hay: nos hablan de la lógica de los mercados, de la dinámica de la globalización, de los flujos financieros… Discursos ante los que nos podemos sentir abrumados por la complejidad que entrañan. Pero, en cualquier caso, vale aquí como criterio aquello que dice el Papa: que los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar y no para alejarnos de ella (EG 194), y mucho menos –se puede añadir– para justificar la imposibilidad de que las cosas sean de otra manera.
Es verdad que no es fácil hoy analizar la realidad. Pero nuestra lectura de la realidad tiene que partir, al menos, de una manera de nombrar las cosas que no contribuya a “invisibilizar” a los que están al borde del camino (no es lo mismo, por ejemplo, hablar de “indocumentados”, de “sin papeles” que de personas –hermanos y hermanas– en busca de un futuro más digno; no es lo mismo hablar de pobres que de personas en situación de pobreza; no es lo mismo hablar de víctimas que de efectos colaterales…).
Es importante, por tanto, ayudar a los jóvenes a ser capaces de llevar a cabo una lectura creyente de la realidad que sea lúcida y crítica: una lectura que parte de la mirada a la realidad (VER), que ilumina lo que ve desde los criterios del evangelio (JUZGAR) y que, finalmente, se concreta en gestos del Reino (ACTUAR).
Una pastoral de la misericordia que invita a hacer experiencias de proximidad
Que estas experiencias se puedan dar a través de la participación en un voluntariado, en una colaboración con determinadas instituciones, en la dinamización de determinadas campañas, o en el entramado de las relaciones cotidianas donde con tanta frecuencia convivimos con situaciones de pobreza y de exclusión, será algo que cada grupo deberá discernir. Pero el horizonte es –como señalábamos antes– abrir espacios para tejer relaciones gratuitas, cruzar fronteras hacia el otro, y tener, en definitiva, experiencia del encuentro que aproxima. Y cuando decimos que hemos tenido una experiencia, siempre narramos algo que, de alguna manera nos ha transformado el corazón, bien porque nos ha hecho descubrir algo nuevo, bien porque ha puesto en crisis algo en nuestro modo de pensar y valorar, bien porque ha generado en nosotros deseos nuevos, etc. Cuando alguien habla de una experiencia va mucho más allá de una descripción objetiva del acontecimiento vivido. Cuando se vive una experiencia se pueden abrir preguntas, se pueden consolidar decisiones, se pueden abrir horizontes nuevos…
Por eso no se trata de invitar a los jóvenes con los que estamos a una especie de “turismo solidario” que intente activar la compasión. Para hacer esta propuesta a los jóvenes tienen que existir comunidades cristianas comprometidas con los pobres que inviten y convoquen a la experiencia de dejarse “tocar por el otro”; una experiencia a la que hay que iniciar, en la que hay que permanecer y que se debe acompañar.
Termino ya estas páginas con la invitación a que hagamos nuestra esta certeza del Papa Francisco: que cada vez que volvemos a la fuente, al núcleo del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión y palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En esta fuente y en este núcleo encontramos el anuncio de un Dios misericordioso que se hace don, un don que hemos recibido y que es el mayor regalo que podemos hacer a nuestra sociedad y a nuestro mundo.

Sylvia Cano es profesora de Teología de la Escuela Universitaria de Magisterio ESCUNI (Madrid) y también licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada en 1988. Licenciada en Estudios Eclesiásticos por la Universidad Pontifica de Salamanca en 1997. Obtuvo el Certificado de Aptitud Pedagógica en la Universidad de Granada. Es profesora en ESCUNI desde 2008. Imparte en el Grado de Primaria la asignatura “Fundamentos de Teología”; asimismo imparte docencia en el curso complementario para la obtención de la Declaración Eclesiástica de Competencia Académica. Ha sido durante años Profesora en el Centro de Estudios Superiores Cardenal Spínola –CEU, adscrito a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla, así como en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla.

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