Haced discípulos en la frontera – Carles Such

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A. Jóvenes, fe e Iglesia: Interrogantes en la pastoral con jóvenes hoy

La reflexión que voy a compartir con vosotros tiene tres partes y una conclusión que bien podría ser una cuarta parte. Así las partes son: 1. Jóvenes. 2. Fe. 3. Iglesia. Y una conclusión en la que haré desembocar las tres realidades tratadas anteriormente en la Pastoral con Jóvenes.

1. Jóvenes
Muchos diagnósticos, pocas prescripciones.

1.1 Sobre los estudios
Imagino que habéis escuchado diferentes informes (FSM, Injuve, Fundación BBVA, FAD, CIS…) donde continuamente están vomitando datos sobre cómo son los jóvenes, qué valores tienen, cuáles son sus inconsistencias y qué les mueve o les deja indiferentes. Podríamos de hecho dedicar toda una monografía a valorar (no ya describir cada uno de los estudios que sería trabajo para varios tomos), sólo valorar cada uno de los Informes, y sacaríamos unos cuantos aspectos que nos ilustrarían la mente pero nos dejarían en el mismo lugar que estamos. La sociología describe, pero no mueve. Lo que nos pone en movimiento es la reacción a los datos. Y quizá nos hemos conformado mucho con los estudios sin sacar conclusiones operativas, sin reaccionar. Los estudios sociológicos y estadísticos son necesarios, pero pueden llegar a paralizar la acción. Actualmente tenemos muchos diagnósticos y apenas prescripciones. ¿Qué pasaría si durante años diagnosticáramos una enfermedad a un grupo de personas, profundizando cada vez más y puntualizando con meticulosidad, pero dejáramos pasar el tiempo sin abrir la posibilidad a algún tratamiento y por tanto sin prospectiva de curación? Eso es lo que ha pasado en algunos ambientes eclesiales (y civiles). Disculpadme la imagen, pero hemos esnifado tanto dato que ya no vemos la realidad como es sino desde nuestro estado de ‘colocados por los datos’. Nos hemos acostumbrado a ver los jóvenes como nos dicen y no como son.

Comparto esta cita y me permito copiarla entera aunque sea algo extensa, pero me parece muy luminosa y nos abre los ojos a parte de la realidad descrita más anteriormente:

El buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen el talento de ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Éstos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes. Otros adolecen del defecto contrario: ven bien, pero poco; el objeto no se les ofrece sino por un lado; si éste desaparece, ya no ven nada. Éstos se inclinan a ser sentenciosos y aferrados en sus temas. Se parecen a los que no han salido nunca de su país: fuera del horizonte a que están acostumbrados, se imaginan que no hay más mundo.
Un entendimiento claro, capaz y exacto, abarca el objeto entero; lo mira por todos sus lados, en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de estos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, precisión y exactitud. En cada palabra encontráis una idea, y esta idea veis que corresponde a la realidad de las cosas. Os ilustran, os convencen, os dejan plenamente satisfecho; decís con entero asentimiento: «Sí, es verdad, tiene razón». Para seguirlos en sus discursos no necesitáis esforzaros; parece que andáis por un camino llano, y que el que habla sólo se ocupa de haceros notar, con oportunidad, los objetos que encontráis a vuestro paso. Si explican una materia difícil y abstrusa, también os ahorran mucho tiempo y fatiga. El sendero es tenebroso porque está en las entrañas de la tierra; pero os precede un guía muy práctico, llevando en la mano una antorcha que resplandece con vivísima luz.

A partir de ahora que cada cual se sitúe ante los estudios, reflexiones, monografías y posibilidades que charlatanes, sentenciosos o preclaros escritores o conferenciantes ofrecemos a nuestros interlocutores.

1.2 Sobre los jóvenes
“Dificultad para adoptar compromisos duraderos, el individualismo, la dependencia de la familia de origen, la sacralización del fin de semana, mayor consciencia de sus derechos que de sus responsabilidades, deserción social y política, alergia a las instituciones, desconfiados, escépticos, frustrados, indiferentes, individualistas y se les conoce como ‘generación botellón’…” Y un largo etcétera. También las encuestas y estudios destacan algunos aspectos positivos: capacidad de adaptación, el rechazo del enchufismo, la lealtad, la honradez básica, la conciencia ecológica y la valoración positiva de los Derechos humanos. Sea como sea, todas coinciden en situar en uno de los últimos puestos (22%) a la religión entre las cosas que los jóvenes consideran importantes sólo superados por abajo por partidos políticos y sindicatos.

Pero más que hacer una lectura de todos los datos, (que sería impensable por el tiempo y tampoco nos ‘movería’ mucho más), voy a destacar algunos aspectos que nos ayudan a reflexionar sobre la pastoral y la evangelización de los jóvenes hoy. Y lo hago desde una perspectiva esperanzadora, realizando una relectura de los datos y de los resultados que nos ofrecen. De manera sucinta os comparto:

El joven, siempre es un signo de esperanza, aunque sea sólo por tener biológicamente toda la vida por delante. Mirarlo como sujeto de actitudes que contrastan con nuestras visiones, a verlo como un signo de esperanza, transforma el acercamiento a los mismos. Dime cómo miras a los jóvenes e intuiré qué tipo de pastoral estás proponiendo. En este sentido, hemos de recuperar la capacidad de una mirada más de Dios, misericordiosa, que suscita el crecimiento, la posibilidad, la confianza…
El joven, básicamente, ejerce de filtrador, como los mejillones, las navajas o las ostras, es decir, acaban reteniendo lo que el ambiente les ofrece. En ese sentido son un icono evidente de los valores y antivalores que viven sus contemporáneos, pero que ellos no han elegido. La mayoría de las críticas que realizamos a las nuevas generaciones no son más que frutos maduros de una sociedad sembrada y cultivada por los adultos. Pero hemos de estar atentos, pues junto a estos frutos, van a aparecer ‘perlas’ que siempre suscita el Espíritu en todo tiempo.
El joven de hoy es una persona preparada, pero no para lo que nosotros queremos, sino para aquello para lo que se les ha formado: consumir, interactuar, poner en juego sus emociones, disfrutar el momento, sentirlo todo como propio y ver el mundo como un objeto del cual me valgo; para manejarse perfectamente con la tecnología, relacionarse virtualmente, apetecer el descubrimiento de su mundo por propia experiencia… Pero no para la resiliencia, o el esfuerzo sin recompensa, ni los grandes relatos… Si hemos educado jugando no podemos exigir esfuerzo; si hemos borrado las propuestas de acercamiento al Misterio, no podemos demandar trascendencia y ‘religación’; si no hemos puesto límites, no podemos pedir un marco ético y moral…
El joven ante todo persigue experiencias, y que éstas le den noticias de libertad, sensación de vivir, aunque sean mentira. Es la sensación de… y no tanto la verdad o la veracidad de las experiencias lo que cuenta. Es un acercamiento a la libertad desde su realidad más externa, porque no tiene recursos para horadar y profundizar en su interior. De alguna manera demanda vivir desde lo que es, confundiendo lo que es con lo que experimenta de sí, ¿y la riqueza interior que desconoce?, ¿y la belleza de una conciencia que apenas tintinea en lo profundo de su ser? No se ama lo que no se conoce y no se conoce lo que no se descubre por uno mismo.
El joven hoy es un ser religioso, aunque de una religión intranscendente. Pero necesita ‘religarse’, conectar con algo que le desborda y está más allá de sí: el bienestar es dios, el consumo su templo y el cuerpo su libro sagrado (dice Lipovetski en Felicidad paradójica: ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo). No es novedad escuchar que, mientras las formas institucionales religiosas tradicionales van decreciendo (y esto ya es matizable –quizá nos valga para España–) van apareciendo nuevas formas espirituales que suscitan cada vez más adeptos. No es del todo un problema religioso, cuanto un problema formal.
Y el último aspecto es que el joven de hoy vive como gran valor la autenticidad. Sinceridad, coherencia, son valores que busca y que le atraen (aunque no logre vivir), por eso también recela de ‘verdades absolutas’. Es una realidad que busca y que le genera confianza, ante una sociedad aparente que va dejando grietas éticas en todos sus campos, el joven siente una atracción visceral por lo que puede vislumbrar como auténtico, genuino, capaz de ser creído. En la experiencia vital de muchos de nuestros jóvenes no está la increencia o la indiferencia radical o ilustrada, sino que es una increencia e indiferencia motivada por el descrédito de la experiencia social que viven: políticos corruptos y mentirosos; personas de Iglesia que no dan testimonio de lo que dicen o incluso desdicen (curas que abusan o se quedan con dinero); acuerdos internacionales (de paz, contra la pobreza, de desarrollo…) que se supeditan al capital y conveniencia de los ricos; medios de comunicación manipuladores, sensacionalistas y profetas de calamidades… Ante un panorama así, o consientes o te opones pagando como tributo la falta de confianza total y la indiferencia en los valores finales.
Ante esta somera presentación, se me suscitan varias cuestiones o interrogantes que deberíamos plantearnos antes de ‘hacer pastoral’ con jóvenes: ¿Cómo miramos a los jóvenes?, ¿cuánto hay en mi mirada de prejuicio y cuánto de constatación veraz?, ¿podemos decir que los conocemos realmente?, ¿qué valores y posibilidades atisbamos en ellos?, ¿qué experiencia vital he compartido y acompañado con algún joven?, ¿qué autenticidad ven en mí?, ¿mis palabras y mis acciones (las de mi institución) son dignas de confianza?

2. Fe
La pretensión no es hacer un tratado de teología de las virtudes, ni siquiera unas consideraciones teológico-espirituales, cuanto ubicar la realidad de la fe como un aspecto plausible en nuestro día a día, como una dimensión humana, antropológica de todo ser humano. Pero, ¿cómo vive el joven de hoy esta posibilidad, esta dimensión connatural?

Necesariamente hemos de ubicar el término en nuestra vida. Me gustaría disponer de un escáner cerebral que transformara las imágenes que se forman en nuestras cabezas cuando se pronuncia la palabra ‘fe’. Y seguramente parte de esas imágenes aparecerían como algo que se adquiere y que permite creer en algo o alguien.

Hablar hoy de la fe, no me lleva a un sistema de creencias o a unas verdades que he de adquirir o asimilar porque sí, cuanto al reconocimiento mucha más vital y básico de la existencia, de quién soy yo y quién es el que vive a mi lado, y de esta experiencia, brota necesariamente preguntarme por Dios. Antropológicamente, quien no cree, no confía, no se fía, no puede crecer ni seguir viviendo. Y esta actitud vital, depende en gran manera, del propio conocimiento, de la disposición del propio corazón a acogerse como es y de acoger al otro como un ser íntimamente en comunión y a la vez radicalmente distinto. De alguna manera estoy afirmando que el joven de hoy no cree porque no se conoce ni conoce aquél que comparte su vida con él; no cree porque no ha descubierto el misterio que hay en él ni el prójimo. Y sin el acceso a su propio misterio, no puede acceder al Misterio de Dios. De ahí que el gran problema y desafío de la evangelización hoy no sea tanta su metodología y el hombre postmoderno cuanto la ausencia, el ocultamiento de Dios. Como expresa Martín Velasco: Hoy todos parecen de acuerdo en reconocer que el fracaso de la evangelización tiene su causa más importante en el hecho de que la crisis religiosa se ha convertido en crisis de Dios y que ésta afecta seriamente a la misma Iglesia. Ante esta situación todo hace pensar que cualquier programa de evangelización debe tener como condición ineludible la evangelización de las propias iglesias, y que esa evangelización depende de la revitalización de la fe de las comunidades cristianas…

Así pues, podríamos detenernos, como hacen otros muchos, en analizar cuáles son las creencias de los jóvenes, quiénes son los que creen o qué proceso han vivido y transitado para poder tener la experiencia de la fe. Podríamos. Pero prefiero centrar este segundo apartado de la fe en nosotros. Si acabamos de decir que los jóvenes, en gran medida, sólo hacen que reflejar los valores y experiencias imperantes del contexto que habitan, ¿qué posibilidades de autoconocimiento tienen a su alcance?, ¿qué experiencias que proporcionamos les ponen en contacto con el misterio que les habita?, ¿cuál es nuestra fe?, ¿cuál es nuestra experiencia de creer?, ¿cómo y en qué creemos los que creemos?

Estas preguntas nos las tenemos que hacer si queremos recomenzar con buenos fundamentos. Tras las respuestas nos encontramos con un ‘dios’ que deberemos discernir si el Dios de Jesucristo u otro. Hoy el problema de la fe no es de los que no la tienen o no tienen acceso a ella (aunque siempre nos tendremos que abandonar al misterio de la gracia y la voluntad divina ante este don); el verdadero y dramático problema es la experiencia de fe de los que dicen tenerla y vivirla y así la testimonian. Dicho de otra manera más impactante, debería preocuparnos más la imagen de Dios que sostiene y alimenta la fe de los creyentes que el propio ateísmo/indiferencia.

Así pues, en un mundo y más concretamente el de los jóvenes, que más que ser contrario es indiferente, ahondemos en posibles causas de esta alergia a la fe católica (pues la hay a otras muchas creencias y credos).

Siguiendo el análisis que hace Luis González Carvajal y ante la pregunta ¿por qué rechazan nuestros contemporáneos a Dios?, el autor se da estas posibles respuestas:
Se rechaza a Dios cuando se le ve ‘como esa mirada infinita ante la cual nosotros somos seres sin secreto’. El Gran Hermano.
Se rechaza a Dios cuando una educación deficiente hace creer que la religión está contra la felicidad. ‘Todo lo bueno engorda o es pecado’.
Se rechaza a Dios cuando se descubre que es una realidad ajena a la vida. ‘El alejamiento de lo religioso y transcendente de lo cotidiano’.
Se rechaza a Dios cuando se le hace responsable del mal del mundo y del dolor de los inocentes. ‘Para algunas personas Dios sólo aparece en su vida cuando surge como pregunta ¿por qué permite que se muera ese inocente, o mi madre o mi abuelo?’
Se rechaza a Dios, simplemente porque la fe no está de moda en la Europa actual. Y en esto recogemos los frutos de una historia que dura 16 siglos (desde Constantino y Teodosio). Es como el momento adolescente (la muerte de los padres y los valores que encarnan) de la historia occidental europea.

Con todo, los creyentes necesitamos escuchar a los ateos, porque sus críticas se refieren muchas veces a deficiencias de nuestra evangelización, y necesitamos tomar conciencia de ellas. Ya lo explicitó el Vaticano II en la GS (19-21). Y tendríamos que decir lo mismo de los jóvenes. Necesitamos escuchar más a los jóvenes para acoger sus dudas, vislumbrar sus creencias y reconocer la presencia de Dios en ellos.

Y junto a este panorama ateo presente en nuestras universidades y ambientes juveniles, sumamos el fenómeno contagioso (como una gripe virulenta) de la indiferencia religiosa. Siguiendo de nuevo a González Carvajal también él señala cuatro causas fundamentales:
La secularización, como un proceso necesario (autonomía de lo profano respecto a la religión), que genera en muchos ambientes el secularismo por oposición. Éste es un dato de que el proceso de secularización no se está dando con naturalidad: que surgen las posturas fundamentalistas religiosas como defensa a ultranza y en contraposición, los ateos antirreligiosos (como ser del Madrid, no necesariamente conlleva ser antibarcelonista). No hemos sabido resituarnos, y mientras unos se extreman, una gran mayoría simplemente pasa. (Pero cuanto más se radicalice un extremo más crecerá el otro –vasos comunicantes–).
El activismo. Esta sociedad cambiante y vertiginosa no permite la contemplación y el silencio. Sólo la experiencia que comienzan a tener muchos de auténtico vértigo les hace resituarse y preguntar a dónde van, tras años de vagar corriendo sin preguntarse por qué corren. Interesa mantener el ritmo para que no haya planteamientos. Dice González Carvajal al respecto con cierta sorna: Así es el hombre moderno: tiene tanta prisa que ha empezado a caminar sin pensar previamente adónde ir. Atajo funesto, sin duda, porque si no sabemos a dónde queremos ir, acabaremos llegando a otro sitio (lo dicen los hermanos Marx).
El pluralismo religioso que en un momento dado es una postura tan humana y civilizada, se ha convertido para muchos en un apoyo a su indiferencia: ¿cuál es la religión verdadera? Todas son iguales. Ninguna sirve, todas son productos de consumo más. (Y en esto la Escuela Católica tendrá que hacer su examen de conciencia).
La indiferencia misma resulta contagiosa, como la violencia o el histerismo. Un ambiente indiferente es más corrosivo para el creyente que los ataques frontales o la persecución.
Y con todo, seguimos creyendo en cosas. En una frase profética de Chesterton hace ya décadas: Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas.

Por eso, el gran interrogante en el ámbito de la fe es ¿en qué creemos los creyentes cristianos?, ¿cuál es nuestra imagen de Dios?, ¿qué experiencia vital sostiene mi fe?
Y cito para concluir este apartado de la fe a J.A. Pagola con una afirmación que deberíamos llevar a la oración personal y reflexionar en nuestros grupos de catequistas y acompañantes:

“Alguien les tiene que decir que ese Dios al que tanto temen no existe. Cualquier anuncio, predicación o catequesis sobre Dios que lleve al miedo, la desesperanza o el agobio es falso. Todo lo que impida acoger a Dios como gracia, liberación, perdón, alegría y fuerza para creer como seres humanos no lleva dentro la Buena Noticia de Dios proclamada por Jesús”. Ciertamente, dejo muchos interrogantes, pero es también lo que pretendo.

3. Iglesia
También ante este tercer ámbito de nuestra reflexión podríamos dedicar varias monografías. Pero encuadramos el tema de la Iglesia en el contexto de los jóvenes. Me gustaría que partiésemos de una constatación: La Iglesia que ve, escucha y siente un joven es la que le sirven los medios de comunicación. Incluso esta percepción de la Iglesia llega a empañar la posible experiencia positiva de Iglesia que han tenido muchos jóvenes (especialmente en la infancia y en los centros educativos). De hecho, sólo un 12% de los jóvenes reconoce tener experiencias negativas con la Iglesia.

Así, nuestros jóvenes, saben de la Iglesia desde la información que les proporciona la pantallita de su smartphone. Lo que se diga ahí, eso sabrán. Por eso se hace urgente hacernos presentes como Iglesia en esos ámbitos. Y no necesariamente con hastags cristianos, sino con el propio testimonio, comentarios, afirmaciones, subrayados… presencia.
Partimos de una realidad obvia, los jóvenes apenas dan crédito a las instituciones, y la Iglesia para ellos es una gran institución, además cargada de historias mayoritariamente negativas. Aquéllos que incluso se denominan y se califican a sí mismos como cristianos, no les provoca ningún rubor explicitar ante su párroco o su catequista, ‘yo creo en Dios pero no en la Iglesia’ o ‘yo soy cristiano pero paso de eso de la Iglesia’.

Y ante esta realidad, podemos situarnos de diversos modos:
Ser exclusivistas, garantizar la eclesialidad de la fe y trabajar para convencer a los pocos jóvenes que tenemos lo importante que es vivir en la Iglesia… Buscar la pureza de la experiencia cristiana. Y se nos llena la boca diciendo: este joven es del grupo de la Parroquia y es el que canta en las Eucaristías… Los que no creen en la Iglesia y nos son incómodos que no nos hagan perder el tiempo…
O ser exigentes, o todo o nada. Y nos ponemos puristas y argumentamos que ser cristiano no es hacer una religión a la carta. Y tras propuestas exigentes y para iniciados, acabamos con dos, pero fieles y seguros.
Podemos simplemente acomodarnos, con tal que crean en Jesús, sean algo diferentes y vengan de vez en cuando al grupo… Y vamos convirtiéndonos en una empresa de servicios religiosos a domicilio: “Iglesia católica, dígame. ¿Con misa o sin misa?, ¿con sacerdote divertido o tradicional?, ¿liturgia romana, barroca o circense?”
Pero podemos exigir, orientar, anunciar y a la vez, ser propositivos. Más que entrar en muchas más disquisiciones, ¿qué Iglesia presenta hoy el Papa Francisco?
Lo que me nace es decir, la del Vaticano II. Donde la frontera no la marca la propia Iglesia sino las situaciones humanas en las que vivimos. Hemos de quebrar la primera frontera que es el término municipal parroquial o escolar, que en muchas ocasiones se reduce a un metro más allá de la entrada. Pero veamos sintéticamente lo que la misma Iglesia dice en la voz de su Pastor, del Papa.

(Introduzco una advertencia; lo que sigue a continuación es un ‘copio y pego’ de la “Evangelii gaudium”, haciendo mis propios subrayados, pero he tomado la opción de encadenarlos sin más para que quede en evidencia el dibujo de Iglesia que nos presenta. Pido disculpas a los escritores puristas).

Francisco en la EG deja claro que lo que quiere con la exhortación es “indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” [EG 1].
En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que «Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19) y que «es Dios quien hace crecer» (1 Co 3, 7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo [EG12].
La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio… La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción» [EG 14].
Capítulo primero. La transformación misionera de la Iglesia. Una Iglesia en salida [EG 20-24].
La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo [EG 24].
El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener «olor a Evangelio» [EG 39].
46. La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.
47. La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes… A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.
prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos [EG 49].
Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios [EG 89].
Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios [EG 97].
V. Una madre de corazón abierto
Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femenino [EG 285].
Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo [EG 288].

Pues estas son algunas de las claves para evidenciar una Iglesia que está maniatada por la demagogia de unos, las caricaturas de otros, y el dramático anti-testimonio (o testimonio falso) de muchos cristianos.

La Iglesia que pueda acoger a los jóvenes no es una Iglesia que pone carteles o acompaña a los hijos de los convencidos, sino la que sale, se arriesga, y hasta puede accidentarse por estar en terrenos difíciles, complicados y peligrosos.

Por eso surgen nuevos interrogantes: ¿Qué ven en mí, en nosotros como imagen de Iglesia? ¿En qué ámbitos nos movemos, frecuentamos y nos instalamos? ¿Cuándo fue la última vez que sentí peligrar mi fe en un contexto adverso? ¿Cuántas veces me he equivocado o he sido ‘herido’ por transitar caminos pastorales diferentes?

4. Concluyendo: Interrogantes para la Pastoral con Jóvenes
Tres términos, distinta evolución. Ése es también el drama que vivimos, la distancia que se da entre los tres ámbitos: por un lado unos jóvenes que no incluyen, de partida, el tema de la fe como algo propio aunque alguno lo sienta como posibilidad; la fe que es una experiencia secuestrada por la historia precedente en los acontecimientos y en las generaciones anteriores; y la Iglesia cuya punta de iceberg no suscita ni atracción ni confianza.

Por eso, mi propuesta, ante este panorama y ante la dirección que parece estar tomando la Iglesia, es robustecer, enriquecer y visibilizar el sujeto evangelizador, esto es, cuidar y alimentar a los que están y trabajar por la creación y visibilización de comunidades cristianas confesantes y testigos en los diferentes ámbitos sociales. Y trabajar como el sembrador, partiendo de lo que hay, para crear un futuro diferente. Esto conlleva cambios estructurales, reorganización de contenidos, redes de evangelización, criterios que responden a una Iglesia en salida y no apoltronada y segura de sí misma…

Y acabo con dos citas:
Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1Co. 2, 3-5)
La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia» y «la causa misionera debe ser la primera». ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia [EG 15].
Tras plantearnos estos interrogantes, pasemos a la parte más propositiva y, por ello, más subjetiva y susceptible de mayores críticas. Yo hago mi propuesta y que cada cual se sitúe como quiera.

b. Evangelizar a los jóvenes hoy: “Haced discípulos en la frontera“

Lo único que provoca la nostalgia del pasado son espejismos. Unos previos.

El fundamento, la raíz, el criterio primordial y definitivo, la propuesta infalible de la nueva evangelización es estar enamorado de Jesucristo. Sólo la experiencia del amor de Dios concretado en Jesucristo y acogida y disfrutada por un creyente, es la clave genuina de la nueva evangelización. Todo lo demás es accesorio. Es más, todo lo demás sin este presupuesto, es ‘como campana que tañe’ (1Cor 13), ruido y paja. Todo lo demás, con este a priori del amor a Jesucristo, tiene su por qué, su lugar y su evidente operatividad y eficacia. Es la experiencia del amor de Jesucristo vivo, resucitado, la que transforma toda realidad y a cada una de las personas.

Me valgo de nuevo de J.A. Pagola: Sin el Espíritu del Resucitado, la evangelización se va convirtiendo en propaganda religiosa, la catequesis en adoctrinamiento, la celebración en rito vacío, la acción caritativa en servicio social. Sin el Espíritu del Resucitado, la libertad se asfixia, la comunión se resquebraja, los carismas se extinguen, el pueblo y la jerarquía se distancian. Sin el Espíritu del Resucitado se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, entre doctrina y práctica evangélica. Sin el Espíritu, la esperanza es sustituida por el temor, la audacia por la cobardía y la vida cristiana cae en la mediocridad.

Y es esta experiencia la que se nos pide vivir y transmitir a los jóvenes. Por citar otro argumento de autoridad, parafraseo al gran teólogo del siglo XX, Karl Rahner: El cristiano del siglo XXI o estará enamorado, o no será cristiano.

Por otro lado, el Anuncio evangélico es para todos, pero está llamado a vivirse en minorías. El número, la masa, los eventos masivos no son, la mayor parte de las veces, criterio de veracidad evangélica. Es más, si nos centramos en nuestro iniciador, Jesucristo, habrá vidas entregadas a la evangelización cuyo final será la soledad más radical. El camino de la fe es un camino kenótico, de abajamiento, no por ascesis impuesta sino por la propia dinámica de la fe. En cada cristiano se vuelve a revivir el “si algo de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto” del evangelio de Juan. Recordemos que muchos son los llamados y pocos los escogidos. Y en este Misterio, somos espectadores, o como mucho figurantes o actores de reparto, nunca los protagonistas. Un signo de la nueva evangelización en Europa es el de la “debilidad evangélica” que se manifiesta en la gratuidad de la propuesta cristiana, más allá de resultados, números y porcentajes. El rebaño de la Iglesia crecerá en la medida que se salga a buscar ovejas perdidas y las pongamos sobre los hombros: Hoy la Iglesia está llamada a curar, acompañar, sanar, de una manera absolutamente gratuita todo acceso a la fe sin que ni siquiera se insinúe la sospecha de que lo hace para que el destinatario de su acción se haga cristiano y discípulo.

Por último, hemos de quebrar la parcelación de la experiencia cristiana. El evangelio es una propuesta de máximos (por eso es para pocos), que implica la vida entera en todas sus dimensiones: “el que no está conmigo está contra mí y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt. 12, 30); “ve vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, luego ven y sígueme” (Mt. 19, 21); “el que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno de mí” (Lc. 9, 62); “buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mt. 6, 33); “sin mí no podéis hacer nada” (Jn. 15, 5)… Toda propuesta evangelizadora que fragmente la realidad (por un lado oración, otra es la acción social, otra la promoción humana, otra la dimensión política, otra el tiempo libre, otra la celebración…) desvirtúa la propuesta cristiana y el Evangelio. El Reino de Dios no es una realidad de viernes tarde o de seis a ocho o cuando uno es niño. Pero tampoco hemos de asustar. No podemos ‘engañar’ a la gente… “Hacernos todo a todos para ganar a unos pocos” (cf. 1Co. 9, 22-23), pero sin disimulos.

Dicho esto, voy a seguir una exposición de más a menos, de manera que abordaré lo más concretamente que pueda, los aspectos más ‘grandes’ o generales de la evangelización para ir caminando a procesos y experiencias más puntuales y precisos. Aviso que, aunque reconozco lecturas y me siento deudor de varios autores (Martín Velasco, González Carvajal, J.A. Pagola, J. Gevaert, E. Biemmi, X. Morlans, W. Kasper, Francisco…) algunas de estas propuestas son apuestas personales, por tanto, situadlas en un ámbito más propositivo y relativo que lo que haya podido expresar apoyado en argumentos de autoridad.

1. El sujeto evangelizador: la Comunidad cristiana

La pregunta acerca de la transmisión de la fe, que no es una empresa individualista y solitaria, sino más bien un evento comunitario, eclesial, no debe orientar las respuestas en el sentido de la búsqueda de estrategias comunicativas eficaces y ni siquiera debe centrar la atención analíticamente en los destinatarios, por ejemplo los jóvenes, sino que debe ser formulada como una pregunta que se refiere al sujeto encargado de esta operación espiritual. Debe transformarse en una pregunta de la Iglesia sobre sí misma. Esto permite encuadrar el problema de manera no extrínseca, sino correctamente, porque cuestiona a toda la Iglesia en su ser y en su vivir. Tal vez así se pueda comprender también que el problema de la infecundidad de la evangelización hoy, de la catequesis en los tiempos modernos, es un problema eclesiológico, que se refiere a la capacidad o a la incapacidad de la Iglesia de configurarse como real comunidad, como verdadera fraternidad, como un cuerpo y no como una máquina o una empresa.
Lineamenta ‘La nueva evangelización para la transmisión de la fe, n. 2

Este texto está parafraseando a otros anteriores que podemos encontrar en la Envagelii nuntiandi, el Directorio general para la catequesis o, más actualmente, la Evangelii gaudium.

Por aquí hay que empezar toda la propuesta evangelizadora, incluso antes que el Anuncio. Sin un sustento, un suelo desde donde vivir y actuar, no tiene sentido la evangelización, pues sería hacer castillos en el aire.

Imaginemos: programo, busco recursos, preparo a personas, concreto estrategias, cuido con esmero las propuestas, escojo las imágenes y los mensajes, rezo, adoro y anuncio. Viene alguien, le pongo delante de la Eucaristía, rezamos… ¿y qué? ¿Cuál es la propuesta que le ofrezco? ¿Una experiencia puntual y parcial de Dios? “Ahora vive tu ser cristiano de rodillas cada viernes ante el Santísimo”.

Voy a ser extremo y exagerado: Si no tenemos un núcleo comunitario vivo, permanente y visible por pequeño que sea, sería mejor no salir a la calle a decirle nada a nadie, pues estamos quemando y derrochando tiempo, energía y posibilidades de escucha… “echando perlas a los cerdos”. Y recuerdo que en la primera comunidad cristiana, sólo se da el Anuncio, tras la evidencia comunitaria de Pentecostés y sólo esa evidencia comunitaria lo mantiene y lo extiende, mientras viven hacia dentro, generando un núcleo nuevo tras la resurrección. O somos enviados y mantenidos por una comunidad o no hay Iglesia y ésta no crece. Sólo hay que seguir el itinerario que siguió Jesús de Nazaret para llevar adelante su misión. Y también ÉL nos da una clave de vida comunitaria, no somos comunidad sólo para “ser”, sino “para la misión”. Hemos de apostar por comunidades que “son para la misión”, pues corremos el riesgo de crear nidos afectivos y seguros que no viven sin identidad misionera.

Visto lo anterior, lo que intento proponer es que nos desgastemos un tiempo en fortalecer los núcleos comunitarios. Que no nos lancemos sin más a las calles atrayendo a una experiencia que es cierta y verdadera pero que no sostiene la realidad que van a encontrarse. Mientras no podamos decir tras un ‘ven y verás’ (primer anuncio) un ‘mira y quédate’ (comunidad cristiana), creo que estamos utilizando experiencias de fogueo que tarde o temprano nos dejarán en evidencia.

Pero sigamos ahondando.

2. Transmisión de la fe: el primerO y el segundo anuncio vs pastoral con jóvenes

Me gustaría partir de un ‘icono bíblico’ de primer anuncio. Se trata del libro de los Hechos de los Apóstoles (13, 16-43) y cuyo protagonista es Pablo, que a diferencia de los anuncios de Pedro, éste tiene un cuidado especial por el auditorio y por el momento en que habla, dicho de otra manera, Pablo se cuida de realizar una adaptación, una ‘predicación acomodada’ (lo que muchos siglos después afirmará el Concilio Vaticano II que es ‘la ley de toda evangelización’: GS 44). Tiene de particular que se da en su primer viaje y que, por tanto, va improvisando según se va encontrando con las personas. Un buen ejemplo de evangelización.

En este texto Pablo se encuentra en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, entonces Anatolia y actualmente Turquía. Esquematizaré para no extenderme.
(vv. 16-25) Partir de una historia compartida. Lo primero que hace Pablo es hacerse uno con ellos. No viene a traer algo ajeno, que suena raro, sino que forma parte de la propia historia de las personas que escuchan. Un recorrido largo, pero quizá necesario, para encarnar su anuncio a la realidad.
(vv. 17-31) Noticia de Salvación. Explicita que no es una filosofía, ni un conjunto de valores o un discurso de buenas intenciones, ni tan siquiera un planteamiento de cómo ser feliz, sino la presentación de una nueva esperanza, de la liberación del mal, como sentido, esperanza, futuro… y no “del alma” sino de toda la persona, de toda sociedad. Como leía hace poco a un monje del Monasterio de Silos, “necesitamos en la vida algo más que una explicación razonable; necesitamos que alguien nos dé esa explicación”. Y ese sujeto que da “la explicación razonable” en este caso, Pablo, no es alguien adiestrado para ello, sino convertido en ello. El proceso personal de experiencia de salvación de la persona que anuncia es casi tan importante como el propio anuncio de la salvación.
(vv. 32-41) Anuncio de Jesucristo. Es quizá lo más evidente de todo este nuevo planteamiento de la urgencia del Primer Anuncio. Pero el que habla de Jesucristo, se ha encontrado con él y ha visto cambiar su vida fruto de ese encuentro. Como nos han dicho los papas posteriores al Vaticano II, este mundo en el que vivimos, no necesita tanto maestros cuanto testigos.
(vv. 42-43) Desde la experiencia de Jesucristo nace el seguimiento y el cambio de vida que concretarán en la vida comunitaria o, al menos, el deseo de ir más allá y de encontrar una manera y un lugar donde poder explicitar y ampliar lo sentido y vivido. Ciertamente, desde los albores del cristianismo, esto se concreta en comunidades cristianas.
Me valgo de este texto de los Hechos de los Apóstoles, para afirmar que el Primer Anuncio ha de seguir el esquema propuesta por el Vaticano II en el Decreto Ad Gentes, en el Capítulo II nos va mostrando el itinerario de la ‘obra misionera’: 1º) El testimonio cristiano. 2º) La predicación del Evangelio y la reunión del Pueblo de Dios. 3º) Formación de la Comunidad cristiana.

Tal y como aparece, el Anuncio queda envuelto entre el testimonio (que antecede a la palabra –y más hoy–) y la formación de la Comunidad cristiana. Sin prever este trípode en el que se apoya la evangelización, lanzarnos a predicar sin más puede que, cuanto menos, sea arriesgado, inútil y desgaste más aún nuestras fuerzas. Sobrevalorar, por contraste, haciendo valer la ley del péndulo, el Anuncio explícito, sería volver a caer en una parcialización de la evangelización. Y creo que esto, al menos en las propuestas que se están haciendo de pastoral con jóvenes, se está comenzando a dar.

Sin duda, el Primer Anuncio hoy es una riqueza con la que nos hemos encontrado en los últimos años, y ha supuesto un desenmascarar una espiritualidad y pastoral que nos estaba ahogando en nombre de la discreción de “la presencia sin forzar a nadie” o la prevalencia de la acción sobre la palabra: Lo mismo que el fundamentalismo provoca como reacción el ateísmo, el anonimato de los cristianos, en nombre de la humildad y de la primacía de los actos sobre las palabras, provoca como reacción el agnosticismo. La sensibilidad a sentir la necesidad de expresar nuestra fe y nuestra experiencia y compartirla sin vergüenza con otros, está siendo de gran valor para la Iglesia, también en el mundo de los jóvenes. Pero requiere completarse con otras necesidades para no quedar en una propuesta puntual y acabar muriendo en el intento. Enzo Biemmi, que ya tiene un recorrido de esta experiencia en Italia advierte del riesgo: Las experiencias piloto de primer anuncio, comúnmente llamadas “evangelización de calle”, son útiles para la comunidad cristiana: la mantienen despierta y la invitan a salir de sus propios límites. Pero la lógica de estas formas de evangelización y las modalidades de su propuesta no pueden convertirse en el modelo de nuestras parroquias.

Así pues, se hace necesario situar junto al Primer Anuncio, el testimonio y la comunidad cristiana junto a otros aspectos que demanda nuestra sociedad hoy y que paso a citar someramente.
Uno de los aspectos con las que se tendría que implementar el Primer Anuncio es la formación de los que lo realizan, de manera que se vean mínimamente capacitados para dialogar con nuestro mundo y el hombre contemporáneo, aquel mismo al que se están dirigiendo con el kerigma. Hemos de cultivar, con la experiencia interior de Dios, la sabiduría salomónica: la capacidad para escuchar a cada hombre y poder ser un interlocutor de sus expectativas, dudas e inquietudes (como Salomón con la reina de Saba). El Diálogo Fe-Cultura, Fe-Ciencia es una asignatura pendiente del Primer Anuncio, pero es una oportunidad a desarrollar y posibilitar en nuestros procesos pastorales universitarios (o con jóvenes en esa edad).

El Segundo aspecto tendría que ver con el itinerario de Iniciación cristiana. El Primer Anuncio no debe ser una “actuación de emergencia” como si se tratase de la unidad de urgencias de la Iglesia, sino que debe transversalizar todas las acciones pastorales destacando el carácter misionero de todas las propuestas y procesos de infancia, adolescencia, juventud y adultez. El empeño ha de ponerse en desarrollar una pastoral más explícita y confesante, desde que una familia lleva a su hijo a bautizar, hasta que se despide a un ser querido en su funeral. Y de una manera especial, en los procesos de Iniciación (Bautismo-Confirmación-Eucaristía), pero partiendo de la realidad de las personas (alejadas, con experiencias previas, en situaciones ‘especiales’…)

En este sentido, el Primer Anuncio no debería sustituir a la pastoral, sino complementarse con ella, pues mientras éste expresa y manifiesta la intensidad de la propuesta, la otra asegura el proceso y la hace crecer.

El Primer Anuncio, siendo necesario, no puede ocupar el lugar de la Pastoral con Jóvenes, sería un reduccionismo como se hizo en otro tiempo al reducir pastoral a sacramentalización.

La Pastoral es un proceso orgánico, es decir, engloba todas las etapas por las que un joven vive su experiencia de Dios, desde la convocatoria hasta su inserción en una comunidad cristiana adulta (por llamarla de alguna manera). No nos hace bien, absolutizar experiencias en detrimento de un proceso pastoral global. Y vivimos tentados de asemejar, incluso identificar, la nueva pastoral con experiencias significativas: Proyecto Adorar, Centinelas de la mañana; Cursos Alfa… entre otras nuevas iniciativas enriquecedoras. Hemos de recordarnos que una pastoral orgánica debe comprender:
Invitación desde el testimonio
Anuncio-Convocatoria
Itinerarios
Interioridad-oración
Sacramentos
Maduración en la fe/Momento evolutivo
Compromiso cristiano
Formación de la persona: relaciones, familia, realidad,…
Experiencias significativas y “pasos” de nivel
Inserción eclesial

Y todo esto, tal como nos propone el Papa Francisco en la EG y venimos defendiendo desde hace años en España (cf. Fórum de Pastoral con Jóvenes 2008) con un claro protagonismo de los jóvenes. O dejamos que los jóvenes tomen responsabilidades o seguirán siendo jóvenes-adolescentes toda su vida. El arte no está en darles las llaves y que hagan lo que puedan, ni en utilizarlos como mano de obra barata, o como fiel clientela en el mejor de los casos; el arte está en compaginar la experiencia de los que ya llevamos tiempo e incluso de los mayores (y la sabiduría que puedan aportar) con la novedad, el vigor y la mirada actual de los jóvenes –como expresaba el mismo Papa en Rio de Janeiro en la JMJ 2013-. Es un camino por estrenar en el que todos debemos aprender. Y para ello, hemos de arriesgarnos a dejarlos equivocarse. Toda generación tiene el derecho fundamental de cometer sus propios errores en el loable intento de mejorar su realidad. Como expresa de una manera lúcida José Luis Moral:
…Es desde el contacto directo con los jóvenes, con el bagaje de sus esperanzas y frustraciones, anhelos y contradicciones… desde donde se ha de (re)pensar la misma Escritura (junto a la Tradición) y cómo anunciarles la salvación, el ‘evangelio’ o las buenas noticias de parte de Dios… la cuestión no reside tanto en saber qué decir a otros para convencerlos, sino sobre todo ‘qué debemos escuchar nosotros’ (A. Fossion). Quizá por ahí atisbemos que toca recomenzar, es decir, atisbemos a leer el estado actual de la fe como un ‘momento seminal de muerte’ que empuja hacia el (re)inicio de una vida distinta …Hará falta, pues, ir más allá del ‘hablar de’ hacia el ‘hablar con’ los jóvenes y, lo que es más importante, encarar la situación de la fe y de la religión para pensarlas desde y para ellos.

Podríamos decir con la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI como una de las claves para esta pastoral: “No hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior…” (18) Y estos ‘hombres nuevos’ son los jóvenes que tenemos en nuestros procesos y realidades.

Aun a riesgo de perder a una generación, vale la pena emplear las fuerzas que tenemos en preparar desde la experiencia y la formación pastoral, un grupo de jóvenes que puedan sostener la Pastoral con Jóvenes que viene, al mismo tiempo que robustecer las comunidades cristianas (como ya hemos aludido más arriba).

Y termino este apartado con otra cita para los indecisos y remisos al cambio: “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos… tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos… ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?”.

3. Iniciación cristiana
Del Diccionario de Pastoral y Evangelización: “La iniciación cristiana es la inserción de una persona en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en la Iglesia por medio de la fe y de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía… la persona iniciada cristianamente es una nueva criatura, cuyos comportamientos y relaciones con Dios, con los demás, consigo mismo y con el mundo han de permitir identificarla como discípula de Cristo”.

¿Podemos afirmar mínimamente esto de la actual Iniciación cristiana en nuestras parroquias, centros educativos y movimientos?

La actual Iniciación cristiana está caduca y obsoleta. (¿Cómo están las parroquias?, ¿cómo andan los procesos escolares de preparación a la Primera Comunión o a la Confirmación?… ¿Qué cristianos genera la actual Iniciación cristiana?) Sin querer molestar a nadie, me atrevería a decir que, la actual Iniciación cristiana de niños y jóvenes hemos de dejar que ocupe su espacio en los manuales de historia de la catequesis. Ése es su lugar.

Este el parecer de países donde nos llevan 15 o 20 años de delantera en su reflexión sobre la pastoral y la catequesis como es Italia:
Durante treinta años nos hemos empeñado en renovar la catequesis, dejando intacto, sin embargo, el dispositivo de la iniciación cristiana y el modelo de la parroquia en la que ella se sitúa.

Mons. Adriano Caprioli a los obispos italianos: se impone un replanteamiento si se quiere que nuestras parroquias mantengan la capacidad de ofrecer a todos la posibilidad de acceder a la fe… no es de retocar o mejorar el modelo, sino de replantearlo con fidelidad y sabia creatividad.

Realidad que aquí en España han venido alertando desde hace décadas algunos autores a los que cuales se les ha condenado al ostracismo.

Como no tiene sentido, una crítica sin su propuesta, aquí os presento brevemente la mía: (que me resulta imposible argumentar en el espacio de esta reflexión):
Primera Etapa (0-8 años) Invitación a la vida cristiana: Bautismo
Segunda Etapa (8-12 años) Invitación a vivir como bautizados: Confirmación
Tercera Etapa (12-17 años) Invitación a optar por Jesucristo: Eucaristía
Cuarta Etapa (18-23) (23-26) Invitación a la vida comunitaria: Comunidad cristiana

Me gustaría aclarar que no se trata de un itinerario sacramental, sino de iniciación. Los nombres de los sacramentos son los referentes de fondo, el marco en donde se desarrolla la acción pastoral y catequética, de hecho, el lugar exacto de la recepción del sacramento debe venir marcado por el propio proceso de los que lo viven y no por consideraciones teóricas externas a la vida que se desarrolla en los mismos procesos.

4. Las fronteras
El Papa Francisco ha acuñado un término que comienza a calar en el imaginario cristiano: las periferias. Al hablar de ellas suele aludir a las fronteras geográficas y existenciales. Claramente hace alusión a los lugares pobres o difíciles de la Tierra. No me da tiempo a expandirme pues siento que estoy sobrepasando el espacio que me han cedido, pero me gustaría decir algo sobre las fronteras a modo de sumario:

La primera: la puerta de la parroquia y del colegio. Hay que sacar los tablones de anuncios a las marquesinas de bus, a los portales, a las esquinas donde se hace el botellón… Nuestra primera periferia es ir más allá del propio territorio donde nos sentimos seguros.

La segunda: la puerta de las familias. Colegios y Parroquias deben aspirar a cambiar el paradigma: “yo convoco, vienen y nos relacionamos”, por “soy convocado por esta familia y me hago presente en su casa”. Y si nos tiran a patadas, daremos gracias por ser rechazados en nombre de Jesucristo. Hemos de caminar hacia afuera. Hemos de ser convocantes en éxodo, no en captación y repliegue.

La tercera: es doble: la puerta de la casa de los pobres, pero también la puerta de mi casa para dejar pasar a los pobres. Y se tiene que ver. Muchas de las comunidades religiosas, locales parroquiales y casas curales, sedes de movimientos… huelen a cerrado y acumulan pelusas de acomodamiento. Estamos encantados de nuestro aroma a orden y limpieza mientras estamos dentro encerrados, mientras los que pasan cerca huelen nuestro sudor a propia satisfacción y autorreferencialidad. Y en ocasiones somos los que tenemos el voto de pobreza… Y esta frontera engloba a todo un mundo subsistente a nuestro lado: enfermos, toxicomanías, familias rotas, violencia, desahuciados…

La cuarta: las redes sociales. Son una periferia enorme, por su amplitud y por la gran cantidad de situaciones con las que nos podemos encontrar. Hemos de saber ubicarnos como creyentes y con el testimonio de nuestras prácticas en la red suscitar preguntas, atracción. Es un lugar de presencia, de testimonio, de anuncio, de creatividad… Un auténtico y nuevo aerópago de nuestro tiempo.

La quinta: El espacio universitario. Y para este espacio se requieren mártires, testigos. Y no estoy jugando con las personas. Hoy y en breve de una manera más evidente, estar como cristianos en el ámbito universitario conllevará verdadera persecución, y se puede vivir perseguido, es más, se puede vivir bienaventurado… Pero para esto hace falta un proceso previo que afiance la experiencia en el Dios de Jesucristo y disponga de recursos a un joven que no debe defenderse para afirmarse, sino que ser capaz de proponer alternativas y un discurso razonable.

La sexta: El mundo laboral. O quizá debería decir el ámbito de los que no pueden acceder al mundo laboral, el paro, el trabajo precario, la falta de oportunidades… ¡Cómo no habitar este espacio que se ha convertido en la primera preocupación de los españoles! Que no nos pase con en otros momentos históricos, que la vida ofrece nuevos torrentes donde navegar (y la gente se está ahogando) y los cristianos andemos bogando en barquitas del estanque bendiciendo por el buen tiempo y la creación.

La séptima: La puerta de la globalización económica, cultural,… Vivimos en este mundo, y aunque no es posible cambiarlo hoy, sí podemos vivir en otro horizonte, soñar otro mundo. Imagino que a Jesús se le rieron en la cara al escuchar las bienaventuranzas, pero la construcción e implantación del Reino es como grano de mostaza, como levadura en la masa… La globalización insolidaria e injusta no es un espacio habitable para un cristiano, sino el lugar desde donde trabajar por otra realidad posible. Si esto no lo ven y lo pelean los jóvenes, iniciamos un desahucio intelectual, moral y vital. Una sociedad no puede permitirse el silencio y la claudicación de sus generaciones jóvenes.

La octava: diversas fronteras ‘temáticas’ que deberíamos habitar: la sexualidad, los medios de comunicación, el mundo de la educación, la política… y que ciertamente, exceden esta reflexión.

5. Sin conclusión (…)

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