HABLAR SENCILLO, REZAR CON LA MIRADA – Silvia Martínez Cano

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​El icono es una pintura religiosa propia del mundo cristiano que surge en los primeros siglos del cristianismo. Es una técnica que utiliza el arte para la experiencia religiosa, es decir, el artista crea una obra religiosa que sirve para la contemplación y para orar. Todo él, es un conjunto de símbolos que apuntan al misterio de Dios con nosotros. Se trata de una lectura visual, un orar con la mirada y con las emociones, con el cuerpo entero que se pone a disposición de Dios frente al icono.

El icono se puso de moda de nuevo a finales del siglo XX. Recuperando esta idea primigenia de que el icono sirve para rezar, se ha ido utilizando en muchas expresiones artísticas que permiten explicar cómo una imagen puede tener el mismo valor que una oración vocal o escrita si uno la contempla correctamente. Su capacidad de comunicación es enorme si uno sabe leer los elementos iconográficos que alberga: una mano colocada de tal modo, una posición del cuerpo, un esquema del rostro… Se puede rezar con un dibujo, con una mancha de color, con una serie de objetos dibujados de determinada manera. Constituye un código de lectura. Al igual que las oraciones tienen versos y rimas, un dibujo de una línea que construye una mano en posición de bendición, nos habla de un Cristo que nos bendice con su presencia. De unas manchas de color que se armonizan en una cara austera, de mirada directa y sincera, podemos desarrollar una meditación sobre la condición divina y humana de Jesús, y el misterio del amor que encierra este acontecimiento salvífico para nosotros.

Hay muchos artistas que hacen iconos, pero nadie como Claudio Pastro (1948-2016). Pastro fue capaz de retomar la técnica del icono y simplificarla en un diseño moderno y propio de nuestro tiempo. Este artista brasileño dedicó toda su vida al arte religioso, aunque es especialmente conocido por su última obra, la remodelación del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida en 2016, poco antes de su muerte.

Pastro, que empezó en los años ochenta a hacer diseños para lugares religiosos, tocó todas las artes (pinturas, esculturas, vidrieras, azulejos, altares, cruces, arquitectura religiosa interior, incluso objetos sagrados) siempre desde un estilo austero, lineal, de colores suaves y paleta reducida, que daban el protagonismo principal al icono y los significados de este.

Usó siempre materiales y elementos brasileños (ladrillos de adobe, flores y plantas como el maracuyá o la tamalla), simplificando al máximo, pues el arte viene del pueblo, de las casas humildes de la gente. Eran combinados con motivos bíblicos, especialmente centrados en lo cristológico. Jesús es fuente de vida, lugar de origen y centro de la creación, que transforma la vida que se extiende alrededor de Él. Sus figuras icónicas son bidimensionales pero Pastro conseguía, con sus manchas de color, un dimensionado tridimensional que apunta al acto místico del encuentro con Dios. Así, concilia las que, él cree, son las dimensiones básicas del cristianismo: el misterio revelado en el símbolo, la actitud de humildad de la persona y la comunidad que lo recibe y la crítica al poder que nos invita a una austeridad colectiva frente al egoísmo particular.

Para Claudio Pastro el arte es como el agua, «imprescindible» para el ser humano. El misterio de Dios tiene un lenguaje propio, unos símbolos que nos hablan de manera especial, situándonos en un espacio que nos transforma y transforma la realidad. Así lo quiso expresar en Aparecida, con un extenso programa bíblico, con escenas de la vida de la Virgen, de las santas mujeres del Evangelio y unos murales con la Historia de la Salvación que, combinados con lo cotidiano de la vida, se configuran como una verdadera oración.

Usar este lenguaje nos configura como cristianos y cristianas. Es necesario transmitirlo y compartirlo, crear un lenguaje común, sencillo, comprensible, pero abierto a lo personal, a la experiencia de la comunidad y a la esperanza del futuro de la creación. Claudio Pastro recoge esta intuición y utiliza su estilo tan personal para universalizar ese lenguaje, que todos y todas lo entiendan, hasta los más pobres de las favelas. El lenguaje simbólico nos hace más creativos, más dispuestos a dejarnos impresionar por la belleza de Dios, más capaces de transformar nuestro entorno. Y así, hacer realidad el reinado del Padre en compañía de Jesús.

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