Frutos, palabras que alimentan – Elena Pérez Hoyos

Tania no tiene edad y sus curvas de mujer si alguna vez las tuvo se han transformado en una delgadez extrema por culpa de la enfermedad y seguramente por no comer como Dios manda durante años no es guapa pero tampoco es desagradable y a veces se pintarrajea la cara para sentirse mejor y cuando le digo qué elegante vienes sonríe hasta que se acuerda de que se le han caído dos piezas de la dentadura postiza y entonces se tapa la boca rápidamente y me cuenta lo del hospital que le encontraron dormida en la sala de espera y le ingresaron porque creían que tenía tuberculosis pero sólo era neumonía la tercera que pasa en unos meses y estuvo una semana inconsciente hasta que le despertó su propio olor a mierda no la habían limpiado porque parecía que se moría pero ella se negaba a morir como un perro sola y con su genio de gallega se levantaba de la cama y comía como podía con los brazos llenos de tubos y la mascarilla cerca porque se ahogaba luego salió un poco más fuerte pero un poco más asustada y vio que le habían robado todo en el albergue desde los zapatos hasta la ropa interior y como el lunes no había firmado este mes no cobra el paro pobre Tania duerme en un piso de acogida y vive de prestado me ha pedido ropa vieja que no use y que vaya a tirar porque ella se la pondría a gusto en estos días de lluvia y me dice que le gustan las películas romanticonas donde no salga sangre y leer a Pablo Neruda y al cabo de un rato se calla y sus ojillos casi verdes se entristecen y reflexiona en voz alta que debe dejar de quejarse porque hay gente que sufre más que ella que es una afortunada y que tiene muchas ganas de salir adelante en esta vida maravillosa.