Fratelli Tutti, ni solos ni enfrentados, hermanos – Chema Pérez-Soba

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José María Pérez-Soba

chemaperezsoba@gmail.com

  1. Un hermoso título para una verdad urgente

El título de la nueva encíclica del papa Francisco me resulta emocionante. Me emociona que el hilo conductor de sus encíclicas sea san Francisco de Asís, un santo que, pese a vivir en plena Edad Media, sigue llegando directamente a los corazones de muchas personas. Su vida, su conmovedor ejemplo de conversión, su opción sencilla y radical por la pobreza, su ejemplo de amor a la naturaleza y a los pobres en una única y misma dinámica evangélica, está en sintonía con las preocupaciones de nuestra época. Un hombre medieval, enraizado en Dios, sigue siendo fuente de inspiración universal. Cuando Jorge Bergoglio eligió su nombre pontifical anunció cuál iba a ser su referente para su ministerio: ser papa de otra forma, más sencilla; proponer una Iglesia a reformar (como le dijo a Francisco el crucifijo en San Damiano); proponer una Iglesia en salida, abierta, desde la convicción de ser «todos hermanos».

«Todos hermanos» es la síntesis de la propuesta de Jesús, del Reino de Dios que anunció e hizo presente

Y a través de Francisco, el papa señala en su magisterio al centro mismo de la vida cristiana. «Todos hermanos» es la síntesis de la propuesta de Jesús, del Reino de Dios que anunció e hizo presente: Dios reina ya y todos estamos llamados a la reconciliación universal, a ser lo que estamos llamados a ser como seres creados a imagen de Dios: hermanos y hermanas, miembros de la misma y única familia universal. Es el sueño de Isaías 25 al que estamos llamados: toda la humanidad reconciliada en el banquete final, donde toda lágrima quedará enjugada.

1.1. Una encíclica de inspiración abierta

De hecho, algunos detalles de este documento le dan un tono propio dentro del magisterio pontificio, un tono en consonancia con la misma dinámica del pontificado de Francisco. El papa afirma que se ha inspirado no solo en la tradición eclesial, sino que, hermanos todos, ha escuchado la llamada del Espíritu en otras tradiciones eclesiales y religiosas. Con una sencillez que no es habitual en un documento de esta importancia, señala como impulso para la encíclica su encuentro con el imán Ahmad al-Tayyeb en Abu Dabi. De hecho, recoge las conclusiones de ese encuentro como propias como colofón final de la encíclica. Y recuerda que no es una cuestión aislada: la encíclica Laudato Si estuvo animada por el encuentro con el patriarca ortodoxo Bartolomé, y en el final de Fratelli cita como inspiración a hermanos protestantes como Desmond Tutu o Luther King o a no cristianos como Gandhi (FT 285).

Este reconocimiento de la importancia de personas de otras tradiciones religiosas, que es la clave del último capítulo («Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo»), recorre el camino iniciado por Juan Pablo II en la profética Jornada mundial de oración de 1986: «Podemos ver en ello —en este encuentro interreligioso— una prefiguración de lo que Dios quiere que sea el camino de la historia de la humanidad: una ruta fraterna a través de la cual marchamos, acompañándonos los unos a los otros, hacia la meta trascendente que él nos ha señalado».

Así, con toda naturalidad, el papa coloca a la Iglesia en camino fraterno con las demás religiones, lo que es enormemente significativo. No se sitúa por encima, aunque sea para mirarlas con benevolencia, sino que se siente en camino junto a ellas.

Así, con toda naturalidad, el papa coloca a la Iglesia en camino fraterno con las demás religiones

Estos detalles muestran una forma de hacer concreta, un estilo que es el motor de la propuesta de acción que es la encíclica: hay que ponerse en marcha y con determinado estilo. Somos diálogo a la escucha del Espíritu, que nos habla en las demás culturas y religiones. No vale cualquier forma de actuación, sino que nuestra misma forma de estar en el mundo es ya evangelización.

No es esta una encíclica de despacho, redactada desde fuentes magisteriales asépticas, sino que brota de la experiencia de una Iglesia en salida, abierta a los diferentes, que se «mancha» saliendo al encuentro del mundo real. Por eso no extraña encontrar otros detalles en la misma línea. Así, el documento hace referencia a los escritos de diferentes conferencias episcopales. Al hacerlo, el papa asume como suyo este magisterio local, haciendo verdad su apuesta por una Iglesia sinodal, subsidiaria, donde no todo debe venir de arriba, donde no estamos obsesionados por mirar al centro, sino que nos acompañamos juntos en la vida eclesial. Este estilo abierto de encíclica llega al punto de incorporar una cita a la cultura popular, una samba brasileña, de Vinícius de Moraes: «la vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida». Abierta al mundo, abierta a la vida, es una encíclica que marca una forma de ser pontífice y de ser Iglesia.

1.2. Una lectura creyente de la realidad

El mismo esquema del documento es interesante porque asume el método latinoamericano de revisión de vida y de análisis pastoral: ver el mundo (las sombras de un mundo cerrado), juzgarlo desde el Evangelio (un extraño en el camino: la parábola del buen samaritano) y proponer todo un modelo de acción (siguientes capítulos: pensar y gestar un mundo abierto; un corazón abierto al mundo entero, la mejor política, diálogo y amistad social, caminos de reencuentro y las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo).

De esta manera recoge el impulso del Vaticano II y hace una lectura clarividente de la modernidad, en el que se oyen los ecos del famoso discurso inaugural del Concilio, cuando Juan XXII dijo, frente a los miembros de la Iglesia que siempre señala el mal que nos rodea, que «nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres, pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquella lo dispone para mayor bien de la Iglesia».

Por ello, la aproximación que hace el papa Francisco a la modernidad no solo señala sus riesgos, como en toda época, sino también sus luces. De hecho, apuesta con rotundidad por ella, entendiendo que lo constitutivo de la modernidad no es la secularización, entendida como el fin de la religión, sino la emergencia del individuo y de su libertad de entre las paredes férreas del grupo social. Mientras en las anteriores sociedades el grupo social se mantenía unido desde una institución que te decía cuáles tenían que ser tus dioses, tus costumbres, tu forma de comprender el mundo, que tenía el monopolio de ofertas de lecturas del mundo… ahora ya no. Tú debes descubrir tu propio camino, desde tu libertad y tu responsabilidad, entre las múltiples ofertas que te ofrecen. Nuestra identidad moderna es, por tanto, la pluralidad constitutiva en las formas de leer y comprender el mundo.

Lo constitutivo de la es la emergencia del individuo y de su libertad

Esto implica muchas cosas, pero el papa señala una básica: la evidencia de que la clave de unión de nuestra sociedad hoy no son determinadas prácticas culturales o religiosas, una identidad impuesta, sino la certeza de la dignidad innegociable de la persona y los derechos inalienables que de ello nace. Esta es nuestra identidad, esto es lo que nos une como sociedad y esa es la verdadera entraña cristiana de Occidente, en comunión con muchas otras religiones, culturas y filosofías.

  1. Una denuncia profética: el riesgo del relativismo y de las nuevas intransigencias. La cultura del enfrentamiento.

Desde esta lectura, Francisco redacta un texto de entraña profética: denuncia los ídolos que provocan muerte y, frente a ellos, anuncia el deseo de Dios de fraternidad. Estos ídolos se pueden resumir en dos grandes tentaciones sociales.

  • El individualismo que conlleva el relativismo escéptico y la cultura del descarte

Francisco denuncia esta tentación, siempre señalada por el magisterio, de una manera en cierta manera novedosa. No entra en la discusión metafísica sobre la verdad, sino que la historiza. Insiste en que el riesgo real del relativismo no son los derechos o no de la verdad, sino que, si todas las lecturas valen igual, si ya no hay auténticos puntos de referencia, es el poderoso el que tiene el control de la producción de mensajes. En medio de fake news o «hechos alternativos», en medio de la pelea a muerte por vender un relato, se olvida y se silencia la verdad que nos une a todos como un único pueblo: la conciencia de la dignidad humana. Y al perder de vista esta verdad básica, los que sufren son los pobres. Este relativismo inducido por determinados poderes tiene dos consecuencias muy serias.

Por un lado, el escepticismo que nace de esta relativización mediática de la verdad nos puede hacer retirarnos a posiciones individualistas, desengañadas. Si nada es verdad, si todo es confusión, no se puede hacer nada por cambiar la realidad. La lucha por los derechos de todos pierde fuerza, sepultada en lo que la filósofa Marina Garcés llamaba la «condición póstuma» de nuestra cultura. Ya no hay nada que esperar, ya no hay energías para luchar, solo queda el ocaso. Esta renuncia tiene consecuencias: el abandono de los excluidos y el silenciamiento de sus derechos. «¿No podría suceder quizás que los derechos humanos fundamentales, hoy considerados infranqueables, sean negados por los poderosos de turno, luego de haber logrado el “consenso” de una población adormecida y amedrentada?» (FT 209).

Anestesiar el desengaño con el consumo no puede ser la solución. Las cosas no pueden llenar el vacío existencial y el consumo disparatado solo lleva a la destrucción del planeta y de nosotros mismos. Por ello, es imprescindible mantener la esperanza:

«Si no logramos recuperar la pasión compartida por una comunidad de pertenencia y de solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes, la ilusión global que nos engaña se caerá ruinosamente y dejará a muchos a merced de la náusea y el vacío. Además, no se debería ignorar ingenuamente que “la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca”» (FT 36).

Junto a la esperanza el papa nos invita a mantener viva nuestra capacidad de indignación

Junto a la esperanza y nacida de ella, el papa nos invita a mantener viva nuestra capacidad de indignación. Frente al olvido y exclusión de las personas, hermanas nuestras en Dios, la fuerza del Espíritu de Vida nos mueve y nos saca de la tentación de renuncia y de huida, para renovarnos en el compromiso con la verdad de nuestros hermanos caídos a la vera del camino. Es cierto, como señalaban otros pontífices: debemos preocuparnos por la pérdida de la identidad de nuestras sociedades. Y esa identidad, en la que nos encontramos todos unidos, no es otra que la convicción inquebrantable de la dignidad humana de todos y cada uno de nosotros. Y esa dignidad implica indignación.

«No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede “a un costado de la vida”. Esto nos debe indignar, hasta hacernos bajar de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano. Eso es dignidad» (FT 68).

Porque otro de los frutos del desengaño individualista es la «cultura del descarte». El refugio individualista tiene la tentación de olvidar la utopía y centrarse en el funcionalismo. Es importante lo que funciona, lo que signifique el mayor crecimiento, el éxito cuantificable. Lo demás es secundario, no tiene influencia en la realidad. Esta actitud tiene sus consecuencias: deja fuera de foco, descartados, a todos aquello que no se consideran útiles: los ancianos, los parados, los no nacidos, partes enteras del planeta que no son rentables… Incluso lacras que pensábamos superadas, como el racismo, pueden renacer, como dice Francisco, como «un virus mutante», enmascaradas en el miedo al inmigrante.

Tomar en serio la fraternidad tiene consecuencias lógicas, nacidas de la compasión

No se puede seguir el camino, ensimismado, escéptico, funcionalista, sin ojos para ver al margen y pararse a cuidar al caído. Tomar en serio la fraternidad tiene consecuencias lógicas, nacidas de la compasión. Una de ellas, en la línea de lo ya señalado por los padres de la Iglesia (con términos muy duros) y por Pablo VI y Juan Pablo II es la afirmación con toda claridad, de que «la propiedad privada es un derecho natural secundario y derivado del destino universal de los bienes creados» (FT 120). Queda dicho. El individualismo no es la solución a la crisis.

  • La nueva intransigencia, los muros y la cultura de la violencia:

El otro peligro que señala el papa lo hemos visto recientemente en las noticias, ocupando todas las portadas y le sitúa en línea con pensadores actuales, como Zygmunt Bauman o Ulrich Beck. En efecto, Bauman, enormemente popular por señalar los riesgos de una «sociedad líquida», dedicó la última obra de su vida a la otra cara de la moneda: las que él llamaba «retrotopías». Estas son el sueño de que la salvación está en un pasado mítico, idealizado, y que debemos abandonar nuestra sociedad abierta para volver a los antiguos esquemas del pasado, al monopolio del sentido social, al fin de la pluralidad, para salir adelante.

El papa denuncia que este riesgo no es solo una cuestión de grupos políticos concretos (que también) sino que nace de una «cultura» que apuesta por lo agresivo, por las trincheras, por el enfrentamiento social. Incluso llega a hablar de una «tercera guerra mundial en etapas» (FT 25). Esta cultura se expresa de múltiples formas:

La más sencilla y cotidiana es la cultura del insulto que se instala en las redes sociales y que impregna a una parte importante y activa de la sociedad. La existencia del «trol», de personas que se dedican a la provocación y al conflicto, es un ejemplo de cómo el anonimato relativo de las redes es su caldo de cultivo. De hecho, la importancia del espectáculo entre nosotros, que casi nos define, como decía Debord, potencia estos comportamientos. Lo que llama la atención no es la verdad, sino la violencia o las mentiras, cuanto más grandes, mejor. Lo importante es llamar la atención en medio de la masa de información y poder ser visible.

De ahí nace una forma de hacer política que ya no se centra en los debates de ideas ni en los discursos, sino en eslóganes impactantes, en tuits insultantes y, en el fondo, en el enfrentamiento político como espectáculo. Lo importante es que se hable de mí, así consigo rédito electoral y una base firme de seguidores a los que enardecer. Y para ello necesito una serie de enemigos con los que batirme. El bien común, la búsqueda de consensos razonables para todo el pueblo, pasan a segundo plano.

«Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores, y de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la prepotencia del más fuerte» (FT 15).

Los medios de comunicación social, las plataformas sociales creadas para unir pueden acabar siendo cotos cerrados, donde la información tóxica, los prejuicios y el odio al diferente se retroalimenten. Pueden «favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, obstaculizando la confrontación entre las diferencias. Estos circuitos cerrados facilitan la difusión de informaciones y noticias falsas, fomentando prejuicios y odios» (FT 45). Es decir, en lugar de unir, pueden separar.

Esta apuesta por la confrontación tiene un precio muy alto y evidente. Solo un ejemplo actual: algunos analistas políticos norteamericanos, como Robert Talisse, avisan de la fractura de Estados Unidos en dos bandos. Cada grupo ha ido creando sus propias subculturas, sin fisuras. Ya hemos visto recientemente las consecuencias. Al final, «dar el espectáculo» puede acabar con la farsa convertida, casi sin querer, en terrible realidad. Leer la sociedad como el campo de una «guerra cultural» sin cuartel puede acabar derivando en una guerra armada de verdad, como una auténtica profecía autocumplida.

Nuestra comunidad eclesial, inserta en medio del mundo, no está al margen de todo esto

Y nuestra comunidad eclesial, inserta en medio del mundo, no está al margen de todo esto. Rod Dreher es el autor de un best seller en los Estados Unidos, La opción benedictina, en el que compara nuestra época con el fin del Imperio romano. Según su lectura de la realidad, vivimos rodeados de paganismo y amenazados por ello, debemos retirarnos dentro de nuestras fronteras (nuestros colegios, nuestra prensa, nuestro ocio…). Debemos vivir, como lo antiguos monjes, al margen de la sociedad, dominada por el mal, y evitar el contagio. Y, como dice él mismo, tened en cuenta que «no hay ningún enclave seguro». Frente a este tipo de propuestas, el papa clama por saltar los muros y crear puentes. No podemos ceder a «la tentación de hacer una cultura de muros, de levantar muros, muros en el corazón, muros en la tierra para evitar este encuentro con otras culturas, con otras personas. Y cualquiera que levante un muro, quien construya un muro, terminará siendo un esclavo dentro de los muros que ha construido, sin horizontes. Porque le falta esta alteridad» (FT 27).

Todo ello, alienta el riesgo de lo que Amin Maalouf llamaba a principio de nuestro siglo, «identidades asesinas», identidades que necesitan, para sentirse seguras, la negación del otro. Este tipo de identidades nacen y se nutren de esta cultura del conflicto, en una espiral que puede llevar, lento pero seguro, a la violencia verbal y física. En una sociedad del riesgo (Beck), estas soluciones a la sensación de crisis, que se asientan en la nostalgia del pasado, sentido como más sencillo, pueden ser la apuesta de futuro de no pocos de nosotros. Solo un detalle más: para algunos analistas las democracias liberales están en retroceso en los últimos años frente a los «regímenes híbridos», que mantienen una democracia formal, pero políticas agresivas de imposición cultural desde el Estado que rozan el control social.

Francisco defiende la pluralidad y la libertad, nacidas de tomar importancia del diferente

Frente a ello, Francisco defiende la pluralidad y la libertad, nacidas de tomar importancia del diferente. Si en otras épocas la Iglesia no supo leer los signos de los tiempos y se resistió a la llegada de la sociedad plural (como el Syllabus de Pío IX), en este caso el papa se erige como un defensor claro y decidido de la libertad y la dignidad humanas y, por tanto, de las sociedad abiertas y plurales. Tras denunciar la cultura del desencanto individualista y la cultura de los muros y la violencia, anuncia la necesidad de apostar por otra forma de relación: «entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo» (FT 199).

  1. La apuesta por otra cultura: somos en relación, la amistad social y el diálogo

Frente a todo ello, el papa Francisco insiste constantemente en que somos en relación. Desde una lectura personalista del ser humano, basada en el filósofo Ricouer, el papa no se cansa de hacernos caer en la cuenta de que estamos conectados. No existimos solos, lo que nos pasa les pasa a los demás. En línea con la clave de Laudato Si, su propuesta de la ecología integral señala que el problema del medio ambiente y el de la injusticia es el mismo y único problema. Y que darle la espalda no lo resuelve. Al final las consecuencias nos tocan a todos. No es momento de pequeños parches, sino de una cultura del trabajo en red, comunitario. Es el momento de sabernos unidos en lo esencial, de extender otro tipo de cultura en la que nos sintamos lo que somos, un único pueblo, la humanidad, unido a la creación.

Es el momento de sabernos unidos en lo esencial

La pandemia ha mostrado los límites de las soluciones neoliberales, centradas en el individuo y la competencia: «la fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado». Las salidas no son simplemente una cuestión de acciones aisladas, sino de cambiar la forma de pensarnos, de vivirnos. No es factible una política «hacia los pobres, pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos» (FT 168). El proyecto es más amplio que respuestas puntuales y pasa por la conciencia de ser humanidad. Y esto implica la capacidad de diálogo.

3.1. El diálogo como camino y forma de ser

En efecto, para él es fundamental, como decía en Evangelli Gaudium, dejar claro que «la unidad prevalece sobre el conflicto, lo cual habla del modo como asumimos los conflictos sin quedarnos atrapados ni divididos; nos avisa de nuestra capacidad de ser agentes de reconciliación y de perdón, como forma privilegiada de desarrollar la cultura del encuentro» (EG 233).

El diálogo es nuestra forma de vida

Esta es nuestra forma de ser en la pluralidad. No es el rechazo frontal de la modernidad ni el individualismo desengañado o el relativismo líquido. Es el diálogo. Pablo VI dedicó su primera encíclica, Ecclesiam Suam, mientras aún se celebraba el concilio, justo a este tema. Según la encíclica, la Iglesia debe profundizar en su propia autoconciencia y preguntarse, desde ahí, qué relaciones debe mantener con el mundo. Y la respuesta es clara: el diálogo con todo lo humano. Francisco recoge el documento firmado en Abu Dabi para, junto a los demás firmantes, declarar que «asumimos la cultura del diálogo como camino, la colaboración como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio» (FT 285).

Por eso, el diálogo no se nos plantea como cristianos como una opción moral entre otras, ni mucho menos como una estrategia adecuada para los nuevos tiempos. Es nuestra forma de vida. Juan Pablo II lo definía así en Redemptoris Missio 55: «El diálogo no nace de una táctica o de un interés, sino que es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias: es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu, que “sopla donde quiere” (…) El diálogo se funda en la esperanza y la caridad, y dará frutos en el Espíritu». Como señala Francisco, en nosotros nace de nuestra mismo ser religioso/humano: dónde está tu hermano. Esa es la pregunta clave del relato el Génesis: tú eres el guardián de tu hermano. Si lo olvidas, si lo conviertes en un objeto más, si le das la espalda, la muerte entra en escena.

El diálogo no es, pues, una estrategia para situarse en un mundo nuevo, tolerante, una obligación que aceptar porque ya no podemos ser como antes (aunque lo añoremos). Es mucho más. En términos de Raimon Panikkar nuestro diálogo es un diálogo intrarreligioso, es decir, que es parte de nuestra misma condición religiosa. Somos dialogales porque somos cristianos y nuestra vida religiosa incluye el saber a la escucha del Espíritu. Eso nos evita la «condición póstuma» a la que hacemos referencia, paralizante, que te mete en casa, que solo da espacio a los poderosos y deja al margen a los excluidos. Francisco cree que en el diálogo, en el encuentro con el diferente, está la fuerza para renovar la esperanza.

A lo que el Espíritu nos llama es a apreciar la pluralidad

A lo que el Espíritu nos llama es a apreciar la pluralidad, a sentirnos a gusto con ella, incluso en medio del conflicto que conlleva, y a ser en ella puentes, a ser diálogo. No solo a ejercer el diálogo sino a «ser». De ahí la invitación del papa a la amabilidad: «el cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los puentes». Somos diálogo porque nos sabemos hermanos en camino. Desde esta base firme se elevan los puentes.

Por eso no nos contentamos con un intercambio de monólogos que nos dejen igual a ambas partes. No queremos convertir al otro sin más, sino convertirnos al Dios de Jesucristo escuchando la acción del Espíritu en el otro diferente.

Y esto no es en absoluto relativismo, sino la afirmación de unos valores universales, revelados por Dios y que la humanidad, imagen suya, es capaz de descubrir en sí misma en el diálogo y que, por tanto, no son negociables. Y el fundamento de todos ellos es la inviolable dignidad humana.

Estamos llamados a tomar conciencia de la única condición humana

Por ello, estamos llamados a tomar conciencia de la única condición humana, de nuestro ser en relación integral con toda la humanidad y con la naturaleza (la ecología integral de Laudato Si), que se concreta en los mismos derechos efectivos para todos y en una ciudadanía global incluyente. Y en construir la nueva mentalidad que sostiene esa Verdad incuestionable, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

3.2. En una Iglesia renovada

Todo esto implica una conversión de la misma Iglesia. El papa ha insistido muchas veces en la necesidad de reforma eclesial para estar a la altura de las necesidades de nuestro tiempo. Incluso ha hecho suya una frase que ha sido importante en la tradición protestante: Ecclesia semper reformanda (la Iglesia siempre debe ser reformada) y sus miembros deben estar en constante proceso de conversión. Y esta conversión, que el papa subraya que debe ser «conversión pastoral», tiene dos implicaciones, dos claves básicas, hacia fuera y hacia dentro.

  • Ser una Iglesia en salida (EG 20-24)

No podemos quedarnos tranquilos, aislados del mundo. Debemos estar en medio del mundo, porque el amor a nuestros hermanos nos mueve, nos saca de nuestros espacios de seguridad y nos hace afrontar el desafío de crear juntos un mundo nuevo:

«Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37)» (EG 49).

  • Ser una Iglesia sinodal

Esta es la otra gran clave del papa. No es posible esta conversión pastoral, este desafío de ayudar a crear una ecología integral, este mundo abierto, basado en corazones universales, si nosotros mismos no vivimos una comunidad eclesial abierta, basada en la fraternidad real de los hijos e hijas de Dios. Como señala Francisco y recoge la Comisión Teológica Internacional es su documento sobre La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia:

«Caminar juntos —enseña el Papa Francisco— es el camino constitutivo de la Iglesia; la figura que nos permite interpretar la realidad con los ojos y el corazón de Dios; la condición para seguir al Señor Jesús y ser siervos de la vida en este tiempo herido. Respiración y paso sinodal revelan lo que somos y el dinamismo de comunión que anima nuestras decisiones. Solo en este horizonte podemos renovar realmente nuestra pastoral y adecuarla a la misión de la Iglesia en el mundo de hoy; solo así podemos afrontar la complejidad de este tiempo, agradecidos por el recorrido realizado y decididos a continuarlo con parresía».

Y esto implica poner medios concretos, repensar juntos nuestras estructuras eclesiales, nuestros procesos pastorales, de manera que estemos ayudando a que la Iglesia dé el siguiente paso hacia la plenitud del Reino.

Repensar juntos nuestras estructuras eclesiales, nuestros procesos pastorales

  1. Concluyendo

La encíclica recoge los planteamientos básicos del pensamiento de Francisco y los convierte en un plan de acción. Nuestras propuestas pastorales pueden encontrar en sus páginas una referencia para repensarse:

  • Hacia dentro, repensando nuestras comunidades y nuestros procesos pastorales desde las dos claves básicas de la conversión pastoral: ser Iglesia en salida e Iglesia sinodal.
  • Hacia fuera, tomando conciencia de nuestra interdependencia con el otro, con la humanidad y con el planeta; optando por la ecología integral como proyecto viable que integra justicia y cuidado de la creación; ayudando a generar una cultura de la amistad social, aprendiendo a tender puentes frente a las fracturas del único pueblo de la humanidad; derribando muros y parando en el camino para acoger a todos los descartados por el sistema funcionalista e individualista liberal; viviendo a la vez la amabilidad y la indignación ante los derechos ignorados de nuestros hermanos y hermanas… viviendo, en suma, la verdad del Evangelio.

Es posible que el tono y las formas de la encíclica hayan resultado chocantes a algunas personas en la Iglesia, que hubieran esperado un tono más magisterial, más solemne. Pero su fuerza es innegable. Y su llamada a salir al mundo exterior tiene su eco. Recuerdo con emoción uno de los pasajes finales de la obra póstuma de Bauman, a quien ya hemos citado, que dedica a prevenirnos de las retrotopías que quieren disolver, apoyadas en el miedo, la identidad de la modernidad para volver a un pasado totalitario:

«La respuesta más convincente a este interrogante capital, a esta cuestión de vida o muerte para la humanidad la encontré en un discurso del papa Francisco y esa respuesta es “capacidad para dialogar”: “Si hay una palabra que tenemos que repetir hasta cansarnos es esta: diálogo. Estamos invitados a una cultura del diálogo, tratando por todos los medios de crear instancias para que este sea posible”»[1].

Si la encíclica empieza con un loco de Dios como Francisco que, desde la más absoluta libertad y humildad se convirtió en un referente universal, acaba citando a otro loco, a otro que lo dejó todo para convertirse en nada, a otra persona ajena a lo funcional, a otro enamorado de Dios: Charles de Foucauld, el hermano universal, mártir de la violencia en lo más profundo del desierto.

La propuesta de acción del papa puede parecer utópica, ingenua. Pero es que el camino de la Iglesia es la utopía del Reino. Y es posible la conversión, como demuestran la vida de estos dos santos. Es posible desnudarse de lo superfluo y caminar hacia lo central, es posible emprender el camino hacia otra forma de vida. Esta es la fuerza de Dios: es posible seguir vertebrando una alianza de personas de buena voluntad para proponer una cultura evangélica frente a la agresividad, la intransigencia y el desencanto de estos tiempos de modernidad tardía, hipermodernidad o como los queramos llamar. Hermanos todos, estamos llamados a vivir de forma samaritana para poder responder a la llamada del Espíritu entre nosotros hoy.

Hermanos todos, estamos llamados a vivir de forma samaritana para poder responder a la llamada del Espíritu entre nosotros hoy

 

 

[1] Z. Bauman, Retrotopía, Barcelona, 2017, páginas 158-159.

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