Frans van der Lugt sj, 5 años después de su muerte – Josep Périch

Dos balas. Dos. Directas a mi cabeza. Hoy es el 7 de abril de 2014. Alguien acaba de golpear la puerta de nuestra casa en Homs. Abro la puerta, pero no lo conozco. El hambre obnubila mi vista. Mareado, le acerco mi mano. Una chispa de esperanza se despierta en mí. ¿Traerá comida? ¿Quién es? ¿De dónde ha salido?

Bang. Dispara. Todo ocurre tan rápido. No hay tiempo para mirarlo. Entonces dispara otra vez.

Todavía no me lo puedo creer.

¿Nunca más podré sufrir con toda esta buena gente que vive a mi alrededor?

¿Nunca más podré ofrecerles consuelo y esperanza?

¿Nunca más tendré una voz para animarles? ¿Nunca más oídos para escucharlos?

Mi nombre es Frans van de Lugt. En Siria me llaman Abouna Francis. Padre Francisco. Soy un jesuita holandés. He vivido en Siria durante casi cincuenta años.

Hasta que me mataron.

Vivía en la casa de los jesuitas en el corazón de Homs. La guerra destruyó y destrozó nuestro barrio. Los soldados bloquearon todas las vías de acceso. Muchos de nosotros nos moríamos literalmente de hambre.

Hasta mi último suspiro esperé el fin del odio, de la lucha y del dolor.

Sin embargo, he visto algo hermoso en medio de toda esta miseria: un regalo. Nosotros, los que nos quedamos allí, llegamos a ser hermanas y hermanos.

Recuerdo una misa de un domingo de Ramos. A nuestro alrededor caían bombas; nuestra iglesia estaba en ruinas. Pero nos juntamos para rezar. Pedí al imán que leyera un texto del Corán. Lo hizo con mucho entusiasmo. Después la gente comulgó. Yo distribuía la comunión. Cuando la esposa del imán se me acercó se desvanecieron de repente las pocas intransigencias dogmáticas que todavía quedaban en mí.

A pesar del hambre y de la violencia no he pensado nunca en abandonar nuestro barrio atacado. Ni siquiera cuando se evacuó a tanta gente. Nuestro barrio mide apenas un kilómetro cuadrado. Sin embargo, aquí conviven en paz musulmanes y cristianos de distinta procedencia. Yo identifico Siria con el modo de convivencia que hemos conseguido. Y de esto no podía desertar.

Hace unos días preparé la Pascua. Imagínate, ¡aquí hubiéramos celebrado la Pascua! ¡La celebración del paso de la muerte a la vida! De la muerte a la vida. Habría querido decirle a la gente que la vida nace de un abismo tenebroso y que aquellos que viven en las tinieblas verán una luz brillante… También en Homs hay esperanza.

Y ahora esto…

La muerte. Muerto.

Como si todo hubiera terminado.

No obstante, la historia sigue.

Sí, la historia sigue.

Tal vez te preguntas porque digo esto, en medio de tanta miseria. ¿Es que no me doy cuenta de que la Muerte está bailando en mi cuerpo?

Te lo contaré. Tiene que ver con un Hombre cuya vida también terminó de modo violento. Él intuyó que le esperaban mucho sufrimiento y la muerte. Y tuvo miedo. Se angustió. A pesar de todo, siguió su camino. Visitó a la gente, los liberó. Siguió amando, amando y amando.

Toda mi vida he querido ser como este Jesús de Nazaret. Todo empezó cuando tenía dieciocho años. Entonces salía con una chica a la que quería mucho. Pero no podía seguir con ella. Sencillamente porque había otro deseo en mí. No quería estar sólo para ella, sino para todo el mundo. Quería tener libres mis manos y vacíos mis brazos. Para llenarlos de toda la gente que pudiera encontrar.

Toda la gente: cristianos, musulmanes, gente sin fe…

Igual que Jesús, que supo vivir simplemente con las manos vacías. Por esta razón me hice sacerdote.

Cuando digo que la historia sigue, es porque creo en el amor de Dios. Es el amor el que sigue su historia. Nadie debería desesperar.

Pero en fin, la historia sigue sin mí. Esa idea es nueva para mí y me suena raro.

Por eso, tal vez pueda pedirte algo. Por favor, no te enfades con aquel que me mató. Esto sólo provoca más dolor y más odio.

Pero siéntete triste por la distancia que había entre el hombre de la pistola y yo. Estoy triste porque no tuve tiempo de escuchar el dolor que llevaba en el fondo de su corazón. Ese dolor tenía que ser enorme. Tan enorme que fue capaz de matar a alguien.

Y ahora, ¿quién se encargará de sanar sus heridas?

Ya no puedo hacerlo. Otros sí. Tú sí.

Porque ¡el amor sigue!

Simplemente sigue.

Text: Rick Timmermans

Impresionante testimonio del Jesuita Frans van der Lugt en un video realizado por los jesuitas de Flandes y Holanda, para ser visto y trabajado durante la Semana Santa. 

Frans van der Lugt sj, 5 años después de su muerte