Familia 500 revistas después – Javier Fariñas

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En 1964 el puente aéreo unía Madrid con París. Y así lo certificó la cigüeña que, en ese año, realizó 697.697 viajes entre nuestro país y la capital francesa trayendo en su pico a niños y niñas que sembraron de pañales de tela, mudas y desvelos nocturnos toda España. Porque entonces, las idas y venidas de la cigüeña, más allá de una frase hecha, era también un argumento habitual para explicar el arribo de un nuevo miembro de la familia.
Aquel curso fue, si la estadística no engaña, el más fructífero en cuanto a nacimientos en nuestro país en los últimos 50 años. En aquellas fechas, de auténtico milagro económico y en el que ya se apuntaban algunos cambios sociales que transformarían el rostro de nuestra sociedad, se arraiga el baby boom que vivió España y que se extendió hasta mediados de la década siguiente. Entonces, si hubieran estado vigentes los criterios actuales, la gran mayoría de los hogares hubiera ostentado el carné de familia numerosa, ya que la media de hijos era de tres por cada unidad familiar. Pero aquello cambió, y después de coronar el simbólico Alpe d´Huez de los casi 700.000 nacimientos, llegamos en 1998 a 365.193, prácticamente la mitad. De hecho, en 1990, se llegó a 1,36 hijos por mujer, la tasa más baja de Europa, junto a Italia.
En esa España de los 90, a medio camino entre lo que éramos en 1964 y lo que somos hoy, había muchos menos niños ansiosos de ser amamantados a media noche. Y en lo que a nosotros atañe, que debemos poner la mirada sobre la familia en este último medio siglo, es obvia una primera consecuencia apresurada: de las familias ruidosamente numerosas, hemos pasado a los hogares donde a duras penas se garantiza el relevo numérico. Conformamos familias con menos hijos, donde las responsabilidades y los roles apenas se pueden compartir entre parejas de hermanos, y donde los hijos únicos se han convertido en retrato habitual. Pero la familia española no sólo ha cambiado en esto en este tiempo.
La familia, en el cine
La sociedad de nuestro país en estos últimos cincuenta años ha experimentado tantos cambios como los que podríamos apreciar en dos de los títulos estrenados en los cines de entonces y de ahora. El 21 de septiembre de 1964 las salas de proyección proponían La tía Tula, una cinta de 109 minutos, dirigida por Miguel Picazo, protagonizada por Aurora Bautista, Carlos Estrada y José María Prada. Esta recreación de la obra de Unamuno, ambientada en una ciudad de provincias, nos presenta un modelo familiar compuesto por un padre viudo, sus dos hijos y la cuñada soltera, Tula de nombre, que vive con ellos y asume el rol de madre de unos hijos que no son suyos. Ella, guapa, inteligente y cercana a cumplir los 40, es el prototipo de la mujer soltera de la época, robusta en su fe y portadora de los valores tradicionales y propios de aquel momento. En ese contexto, ofrece a su cuñado la honrosa salida del matrimonio para evitar comentarios y susceptibilidades de una sociedad que no acierta a encajar aquella fórmula de convivencia. La obra de Picazo, como no podía ser de otro modo, fue calificada para mayores de 18 años.
Medio siglo más tarde, el 14 de marzo de 2014, Emilio Martínez Lázaro presenta 8 apellidos vascos, una comedia de hora y media de duración, con Clara Lago y Dani Rovira en el reparto, y que muestra las estratagemas de un jovencito andaluz para ligar con una joven vasca resentida por un matrimonio frustrado con su novio de toda la vida. Los valores que representaba Tula no aparecen ni en los protagonistas de una de las cintas más taquilleras de la historia del cine español, ni en sus padres, ni en sus amigos improvisados, en un puzle de relaciones cruzadas fuera de la estructura férrea que marcaba la sociedad de 50 años atrás. La obra, apta para todos los públicos, presenta un estándar de familia –o de aspiración a familia– antagónica respecto al que sirve de punto de partida en este marco histórico.
Si la pretensión fuera trasladar lo que percibimos en una y otra película a lo que se desarrolla calles afuera de las salas de cine, seríamos falsos, injustos e interesados. Pero sin embargo, esta analogía sí nos permite atisbar una transformación social muy importante que, evidentemente, ha tenido su reflejo en la familia. O, también, aunque no entraremos en ese debate, nos podemos plantear si la mutación que ha experimentado la institución familiar ha servido de fermento para los cambios sociales. A un lado y otro de la linde que separa sociedad y familia hay factores que han generado este cambio y que, ambas, han recorrido de la mano. Y, en buena medida, ha sido la juventud la que ha tenido que acomodarse rauda a transiciones que no tenían prólogo ni manual de uso. Del mismo modo que cuando surgió el movimiento del 15-M nos quedamos expectantes hasta ver la actitud que adoptaban esos cientos de ciudadanos acampados en la madrileña Puerta del Sol, aquellos que nacieron a finales de los 60, los 70 y los 80 han tenido que tirar de un carro que, en muchas ocasiones, tuvieron que aprender a manejar sobre la marcha.
La emigración, factor clave
Sin la posibilidad de ser exhaustivos, estos cincuenta años han permitido que las familias españolas dejaran de tener al hambre como compañero de habitación, por lo que los hijos que acogotaban los dormitorios de nuestras extendidas clases medias comprendieron lo que era el rugir del estómago a través del relato de sus padres y de sus abuelos. La dureza, sobre todo, de la posguerra, comenzó a quedar relativamente lejos. A ello ayudó, y mucho, el despegue económico que experimentó el país en esos tiempos, y que tuvo probablemente su época más luminosa en el ya lejano 1992, donde España se mostró radiante al mundo a través de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla. A ello ayudó también la migración masiva a las grandes ciudades, que comenzó a ser una realidad ya en la década los 60 del siglo pasado, con varias consecuencias en el tejido social y familiar. Los hogares rurales comenzaron, cada vez, a ser menores y a estar ocupados por personas más mayores; y la juventud empezó a ocupar cada vez espacios más destacados en las zonas urbanas. Este fenómeno afectó especialmente a zonas como Extremadura, Andalucía o las dos Castillas, que se movieron impulsivamente a Madrid, Cataluña o País Vasco, por citar solo los destinos más recurrentes.
Esta movilización también generó una nueva presencia en el mercado laboral, la de las mujeres jóvenes que de la mano de sus esposos e hijos llegaban al territorio comanche de las ciudades en busca de un Dorado que, muchas veces, tardó en aparecer. Aunque habría que analizar casi cada caso en particular, hay varias cuestiones que explican esa salida en masa de las mujeres a la rutina laboral: por una parte se trataba de dejar atrás esa obsesión de tiempos de la dictadura de encasillar a las mujeres en el hogar como pilar de la familia y con la obligación inquebrantable de atender al resto de miembros del núcleo familiar. El desarrollo personal en trabajos vinculados a la docencia, a la enfermería, al funcionariado –a los que se incorporaron las mujeres de forma significativa–, o a otras labores no menos relevantes, ayudó a generar un movimiento de autoafirmación de lo femenino, muchas de cuyas reivindicaciones no han terminado todavía de satisfacerse –aunque en otras se han logrado avances significativos, como veremos más adelante–. Los hijos de aquellas mujeres, especialmente los de aquellas que se trasladaron a la ciudad y salieron del hábitat exclusivo del hogar, aprendieron varias lecciones con ello: la mujer podía trabajar fuera de casa, podía ocupar otros roles en la sociedad y, de forma directa, a través de esa presencia, podía luchar por unos derechos que todavía no había adquirido o no estaban sólidamente cimentados.
Pero junto a la llegada de la mujer al mercado laboral –que sacó del foco familiar la figura eterna de la madre en el puesto de mando de la casa–, en estas cinco décadas se han fraguado nuevos modelos de familia o, al menos, nuevas realidades familiares desconocidas hasta entonces. A medida que ha ido avanzando el período histórico que recorremos aquí, hemos asistido a una merma del número de uniones (religiosas o civiles), pero también a un retraso en la edad de comenzar este proyecto común de vida. En 1979, por ejemplo, las mujeres se casaban con algo más de 23 años y los hombres, con 26. Dos décadas más tarde, ellas optaban al matrimonio con 28 y ellos, ya con 30. Y en cuanto a la ley, en 1967, se rompe una primera barrera, ya que con la Ley de Liberad Religiosa, se permite que las uniones matrimoniales puedan ser también civiles, algo imposible hasta la fecha. Pero también, han comenzado a transitar de la mano de la historia las parejas de hecho –sobre todo entre separados y divorciados–, con más incidencia en las grandes ciudades que en las áreas rurales; las familias monoparentales y las familias recompuestas, conformadas por parejas con hijos de uniones anteriores. Todo ello, sin olvidar el matrimonio entre personas del mismo sexo, que provocó uno de los grandes enfrentamientos que, a costa de la familia, han vivido las calles de nuestro país. Baste como ejemplo que recientemente TVE ha tenido que modificar las bases del programa ¿Quién manda aquí?, una de sus principales apuestas para este otoño, para permitir que los matrimonios homosexuales y las familias monoparentales puedan participar en él. Esta modificación se ha producido después de que más de 6.000 personas, a través de la plataforma Change.org, solicitaran la retirada de las normas del programa ya que consideraban que eran discriminatorias hacia las parejas del mismo sexo y las familias con un solo referente paterno o materno.
Los hijos crecen solos
Las familias emigradas a la gran ciudad, a la capital de provincia, o a los barrios periféricos de las principales urbes comenzaron a ver crecer a sus hijos en soledad. El padre y la madre enfrascados en la obtención de un salario, empleaban demasiadas horas para traer dinero a casa, y eso motivó que muchos jóvenes tuvieran que espabilarse en el arte de vivir. Se trataba, permítase la expresión, de un Erasmus a la española. No hacía falta cruzar los cielos europeos y cursar estudios en cualquier universidad de nuestro continente para adquirir los rudimentos formativos y vitales. Miles de jóvenes españoles tuvieron que asimilar también en las calles, aquellos cambios que estaban transformando nuestra sociedad para convertirla en otra cosa, completamente desconocida y ajena a los hogares en los que los adultos devoraron sus primeros años de vida. Esto fue una realidad, sobre todo, para los que migraron. Con los abuelos lejos y el resto de la familia repartida, los padres asumieron la crianza de los hijos en soledad [Paradójicamente, la crisis económica actual está provocando un nuevo reagrupamiento familiar, forzado por la expulsión al paro de infinidad de trabajadores, la extensión de los desahucios y la imposibilidad de mantener un nivel de vida que había costado años y mucho sudor alcanzar]. Y, también en soledad, tuvieron que completarla los más jóvenes. En muchos casos, las secuelas de ese autoaprendizaje que tuvieron que emprender muchos hijos, tuvieron el doloroso nombre de la cocaína y la heroína, que convirtieron miles de hogares españoles en escenarios de auténtica locura. El cáncer de aquella sociedad de los 80 se llamó droga, y provocó secuelas irreparables con demasiada frecuencia. Esa herida, hoy todavía latente, se hizo muy viva de manera especial en las barriadas donde la gente humilde quiso emprender una vida nueva.
Generación nini
Al igual que aquellos que saltan nuestras vallas de la frontera con África, o los que besan tierra tras atravesar el mar en sencillas pateras, los padres migraron y se obsesionaron con el ahorro para que a sus hijos no les faltara de nada. En una especie de conjura colectiva, los cabezas de familia se propusieron que sus hijos no carecieran de todo lo que a ellos les había faltado. Algún autor, con más sentido común que argumentación científica, ha dicho que aquellos padres obsesionados por dar lo mejor a sus hijos, fueron el fermento de los primeros chicos mimados y, posteriormente, de la generación nini, aquella que se caracterizó por no tener un mínimo interés ni por el estudio ni por el trabajo. Muchos padres que se gastaron por sus hijos, encontraron como respuesta de éstos la apatía y el desdén por la lucha por la vida.
La apertura de mentes que generaron en la juventud española aquellas ciudades de amplios horizontes, con congéneres de infinidad de procedencias, junto a una universidad que democratizó sus aulas, fue germen de una juventud mucho más abierta a determinados principios y realidades que sus padres, especialmente en cuestiones relativas a la moral, a la sexualidad y a la vida. Los métodos anticonceptivos comenzaron a usarse a discreción y con naturalidad. La píldora o los preservativos entraron con fluidez en el discurso juvenil y, de forma indirecta, también en el de las familias. Como también lo hizo el divorcio, el aborto o los cada vez más frecuentes hijos nacidos fuera del matrimonio, algo difícilmente comprensible en la fecha en la que arranca este relato. Pero también afectó a las creencias. De un país eminentemente católico, hemos pasado en este tiempo a una Iglesia que ve cómo la adhesión social merma y donde se le escucha menos y con menor atención. Un detalle, anecdótico pero elocuente, ha sido la manera en la que la juventud española ha dejado de ver la misa dominical como algo obligatorio. Sin establecer relación causa-efecto, sí podemos intuir que a partir de esa laxitud en el cumplimiento de la participación en la Eucaristía de los domingos, comenzó cierta desafección que ha generado una distancia considerable entre buena parte de la juventud y la Iglesia. Aquella imagen de la familia que acude junta a misa, aunque no extinta, es cada vez menos habitual. Hay quien señala que ese desapego arranca en el momento en el que la crisis eclesial tras el Concilio Vaticano II coincide con una época de gran desarrollo económico y un elocuente proceso de secularización.
La edad del mimetismo
Las imágenes fijas de las sociedades del año 64 y de 2014 presentan escenarios incomprensibles tanto en una dirección como en otra. Sin embargo, más allá de lo que las familias han tenido que ir resolviendo en este largo tránsito de 50 años, este itinerario ha sido también recorrido por un par de generaciones de jóvenes y niños que han aprendido de sus padres la manera de adaptarse a nuevas situaciones. Estas cinco décadas han sido una escuela para una sociedad nueva, que no se sustenta en unos principios casi monolíticos, ni tiene a un par de instituciones como pilar de la misma. Ahora el popurrí de creencias, tendencias políticas, medios de comunicación, opciones laborales y razas que conviven en nuestra sociedad pueden provocar en ocasiones cierta confusión. Sin embargo, los padres del 64, han hecho posible una generación de jóvenes mucho más rica, en un sentido amplio, que en la que ellos vivieron.
Este tránsito de cinco décadas ha conformado familias más nucleares, independientes y abiertas, en las que crecen jóvenes que en algunos campos han dado un paso al frente impensable entre la juventud del 64, como en la aceptación del aborto o la eutanasia, según se recoge en el último informe elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, presentado a principios de septiembre de 2014. No obstante, estos mismos jóvenes, en otros aspectos “se han hecho más ortodoxos, más formalmente correctos, más preocupados por el orden y la seguridad, más proactivos frente a lo comunitario y más implicados en lo común”, según se indicó en la presentación del documento. De alguna manera, la herencia del cambio social y familiar experimentado en estos 50 años ha generado jóvenes contrarios a los recortes en sanidad y educación, conscientes de ayudar a los desfavorecidos de la sociedad –llámense ancianos, niños o minusválidos–, y tan confiados en instituciones como las ONG o el sistema educativo, como desconfiados en bancos y partidos políticos. Y, entre lo que más les importa, la amistad, el éxito social y la familia. Tal y como dijo el director de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, Eugenio Megías, en la puesta de largo de este informe, “las redes de afecto de la familia y de los amigos ayudan mucho a que estén contentos con su vida”.
Antagónicas en algunos casos. Muy cercanas en otros. Las familias de ayer, de hoy y de mañana son –y serán– herederas del pasado y del presente, para lo bueno y también para lo malo. Este relato, que dentro de 50 años por cuestiones obvias deberá escribir otro, podría arrancar con la reseña de una película protagonizada por un señorito andaluz que pretendía ligar a toda costa con una vasca antipática y borde, y compararla con otra propuesta cinematográfica que, seguramente, dejará anticuadas nuestras tres dimensiones cinematográficas y familiares. Eso sí, siendo conscientes de que en la tradicional y formal tía Tula ya corrían los genes que, cincuenta años más tarde, conformaron un proyecto de familia en el que ya había, al menos, cinco o seis apellidos vascos.

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