Evangelizar en tiempo de la red – Antonio Spadaro

Etiquetas:

La Red es un ambiente y una experiencia
Pero, ¿qué es Internet? En realidad, y a pesar de lo que pueda parecer, Internet no tiene nada que ver con las conducciones de agua o de gas. No es algo técnico, no es un conjunto de cables, hilos, módem y ordenador. Sería un error confundir la “realidad” y la “experiencia” de Internet con la infraestructura tecnológica que la hace posible. Sería, por poner un ejemplo, como reducir el hogar doméstico (home) al edificio en que vive la familia (house). Internet es, ante todo, una experiencia. Mientras lo consideremos sólo en su dimensión instrumental, no se entenderá nada ni de la Red ni de su significado. La Red “es una experiencia”, es decir una experiencia que hacen posible los cables, tal como las paredes domésticas hacen posible la experiencia del “sentirse en casa”. Internet es, por lo tanto, un espacio de experiencia que se está convirtiendo en una parte integrante, en forma fluida, de la vida cotidiana; es un nuevo contexto existencial.
La Red, en realidad, no existe. Nos dejamos impresionar por la tecnología pero mientras sigamos pendientes de la parte mecánica, no comprenderemos su significado antropológico. “El ambiente digital no es un mundo paralelo o puramente virtual, sino que es parte de la realidad cotidiana de muchas personas, especialmente de los más jóvenes”, –afirmó Benedicto XVI. Desde aquí, conviene advertir que la mediación tecnológica no es en absoluto mera alienación. Por otro lado, no podemos olvidar que nuestra relación es siempre mediata.
Por lo tanto, hay que caer en la cuenta de que el ambiente digital no es virtual y que la Red no es un instrumento de evangelización sino un ambiente.
Para que nuestras relaciones sean auténticas, no basta el contacto físico. Con frecuencia vivimos unas relaciones físicas y falsas. En nuestro mundo contemporáneo, si tenemos necesidad de apagar el móvil para redescubrir nuestras relaciones, eso no quiere decir que seamos unos seres equilibrados, sino que no sabemos vivir los retos de nuestro tiempo.
Benedicto XVI ha puntualizado: “El desarrollo de las redes sociales es muy ambicioso: las personas pretenden no sólo construir relaciones y encontrar amistad, obtener respuestas para sus preguntas, divertirse, sino también sentirse estimulados intelectualmente y compartir competencias y conocimientos. De esta forma, los network se van convirtiendo en parte del tejido mismo de la sociedad ya que unen a las personas sobre la base de estas necesidades fundamentales. Las redes sociales están por lo tanto alimentadas por unas aspiraciones que tienen sus raíces en el corazón del hombre”.
Nosotros, en cambio, con frecuencia estamos formando tipos esquizofrénicos porque creemos que les convencemos a los jóvenes de que es falso lo que viven en las redes (y, por lo tanto, pueden hacer lo que quieren): de este modo, los desresponsabilizamos.
La Red es un tejido que estructura las experiencias humanas, no es un instrumento. Así pues, las tecnologías de la comunicación están creando un ambiente digital en el cual el hombre aprende a informarse, a conocer el mundo, a estrechar y mantener en vida las relaciones, participando en la definición de un modo de habitar en el mundo y de organizarlo, guiando e inspirando los comportamientos individuales, familiares y sociales. La Gaudium et spes había ya anticipado un concreto impacto de las tecnologías en el “modus cogitandi” del hombre (n. 5). Y por su parte Juan Pablo II en la carta apostólica “El rápido desarrollo” señalaba como territorio de impacto de los procesos mediáticos “la formación de la personalidad y de la conciencia, la interpretación y la estructuración de los vínculos afectivos, la articulación de las fases educativas y formativas, la elaboración y la difusión de fenómenos culturales, el desarrollo de la vida social, política y económica” (El rápido desarrollo”, n. 2).

El significado espiritual de la tecnología digital
Cabe decir que la tecnología digital posee un significado espiritual. Las máquinas están adquiriendo cada vez más un valor que alcanza las más altas dimensiones del hombre: pensar, expresarse, comunicar, entender el mundo. De esta forma, el cristiano está obligado a comprender la naturaleza profunda, la vocación misma de las tecnologías digitales en relación con la vida del espíritu. Ciertamente, la técnica es ambigua porque la libertad del hombre puede elegir también el mal, pero precisamente esta posibilidad demuestra su naturaleza vinculada a la vida espiritual.
En cierta ocasión, el papa Pablo VI utilizó palabras que, en mi opinión, poseen una belleza desconcertante. Resumiéndolas un poco, os propongo estas palabras suyas: “La ciencia y la técnica nos hacen entrever nuevos misterios: el cerebro mecánico acude aquí en ayuda del cerebro espiritual”. Y continuaba el Pontífice: “El esfuerzo por introducir en instrumentos mecánicos el reflejo de funciones espirituales, se transforma en un servicio que llega a lo sagrado”. El esfuerzo del hombre consiste, por lo tanto, en introducir el reflejo de unas funciones espirituales en unos “instrumentos mecánicos”. Ésta podría ser la definición que llamaríamos “teológica” de la tecnología, su “vocación”. Gracias a la tecnología, la materia puede ofrecerle al espíritu un sublime obsequio. De esta forma, Pablo VI ve elevarse desde el “homo tecnologicus” un gemido de aspiración a un grado superior de espiritualidad. El hombre tecnológico es, por lo tanto, el mismo hombre espiritual.
La tecnología se convierte en uno de los recursos normales que tiene el hombre a su disposición para expresar su verdadera espiritualidad. Más aún, si se utilizan bien, ha escrito Benedicto XVI en su 45º Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, las nuevas tecnologías “pueden ayudar a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que constituyen la aspiración más profunda del ser humano”.
Más aún, este valor humano forma parte de nuestra experiencia porque actualmente nosotros, en cierto modo estamos ya en la Red: parte de nuestra vida se encuentra ya ahí. Nos hemos dado cuenta de que existimos también en la Red. Una parte de nuestra vida es digital. Por consiguiente, una parte también de nuestra vida de fe es digital, vive en el ambiente digital.
Recuerdo que un alumno mío africano, en la Pontificia Universidad Gregoriana, me dijo una vez: “Me gusta mi ordenador porque dentro de mi ordenador están todas las relaciones de mis amigos”. Mientras se siga repitiendo que hay que salir de las relaciones en Red para vivir relaciones reales se confirmará la esquizofrenia de una generación que vive el ambiente digital como un ambiente puramente lúdico en el que entra en juego un segundo ser, una doble identidad que vive de banalidades efímeras, come en una burbuja carente de realismo físico, de contacto real con el mundo y con los otros.

La fe en el ambiente digital
Precisamente en este valor espiritual del ambiente se funda la posibilidad del anuncio de la fe en este ambiente. En un tiempo en que la tecnología tiende a convertirse en el tejido estructural de muchas experiencias humanas como las relaciones y el conocimiento, se impone la pregunta: La Red, ¿puede ser una dimensión en la que viva el evangelio? Más aún: si la tecnología, y en particular la revolución digital tiene un impacto en el modo de pensar la realidad, ¿no acabará por involucrar también la fe de alguna manera?, ¿no tendrá un impacto en el modo de pensar la fe?
A continuación desearía exponer brevemente los cuatro retos más importantes que tenemos para vivir la fe en el ambiente digital.

Capacidad de buscar y encontrar a Dios
Tengamos en cuenta que anteriormente el hombre se sentía fuertemente atraído por el mundo religioso como una fuente que aportaba un significado fundamental. Al igual que la aguja de una brújula, era consciente de sentirse atraído radicalmente hacia una dirección precisa, única y natural: el norte.
Más tarde, especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial, el hombre empezó a usar el radar que va en busca de su objetivo. Y así también el hombre ha empezado a caminar en busca de Dios.
Y, ¿qué decir hoy?, ¿sirve todavía esa imagen? La imagen que hoy se nos ofrece con más frecuencia es la del hombre que se siente perdido si su teléfono móvil no tiene cobertura o si su aparato tecnológico (ordenador, tablet o Smartphone) no tiene acceso a alguna forma de conexión de red. Si antes era el radar el que iba en busca de una señal, hoy somos nosotros los que buscamos un canal de acceso a través del cual puedan circular los datos. Es el sistema push el que con su lógica nos ha llevado a una situación extrema. Más que ir en busca de señales, hoy el hombre se ha acostumbrado a intentar estar siempre en la posibilidad de recibirlos pero sin ir a buscarlos necesariamente.
Y así, primero con la brújula y luego con el radar, el hombre se ha ido transformando en un decoder (descodificador); es decir, en un sistema de acceso y de descodificación de preguntas serias, frente a las múltiples respuestas que le llegan sin que él vaya en su busca.
Vivimos bajo un bombardeo de imágenes, sufrimos una sobreinformación, la llamada information overload. El problema ya no está tanto en localizar el mensaje que interesa sino en decodificarlo; es decir, en ser capaz de reconocerlo como importante para mí y significativo según las múltiples respuestas que me llegan.
Hoy día lo importante ya no es dar respuestas. Todos dan respuestas. “The teacher doesn’t need to give any answers because answers are everywhere”, decía Sugata Mitra, profesora de Educational Technology en la Newscastle University. Hoy día, lo importante es reconocer las preguntas importantes, las fundamentales. Y así lograr que en nuestra vida quede abierta la vía a través de la cual Dios nos pueda aún hablar.
El anuncio cristiano corre hoy el riesgo de presentar un mensaje junto a los otros, una respuesta más entre tantas otras. Más que presentar el evangelio como el libro que contiene todas las respuestas, tendríamos que aprender a presentarlo como el libro que contiene todas las preguntas idóneas.
Por consiguiente, la gran palabra que hoy tenemos que descubrir es una vieja noción del vocabulario cristiano: el discernimiento. El discernimiento espiritual significa reconocer entre las muchas respuestas que hoy recibimos, cuáles son las preguntas importantes, las verdaderas y profundas. Es una tarea compleja que exige una gran preparación y una gran sensibilidad espiritual.

1. El derrumbe de las programaciones.
Hoy está cambiando también la modalidad del disfrute de los contenidos. Estamos asistiendo al derrumbe de las programaciones. Hasta hace algún tiempo la MTV (Music Television) era considerada entre los jóvenes como una emisora de “culto”. Ahora está sufriendo una crisis, o tal vez una transformación de lo que era –es decir, emisora de una notable cantidad de videos musicales– en una emisora de reality show y de series televisivas destinadas sobre todo al target de adolescentes y jóvenes adultos.
En realidad, actualmente los jóvenes descargan la música de Internet y no hay motivos para que vayan a buscarla en la televisión. Si quieren ver algo concreto, hoy los jóvenes lo buscan y lo encuentran cuando lo necesitan, en cualquier momento. De esta forma, la televisión con frecuencia se convierte en otra cosa. La tienen encendida mientras hacen otra cosa: mientras se habla, se juega, se lee.
La televisión es un ruido de fondo. El rumor del mundo. Se le deja que hable, pero pocas veces encuentra sitio hoy en las habitaciones de los muchachos. Además, hoy día, el ver supone una selección y la posibilidad del comentario y la interacción. Tal posibilidad la ofrece un social network como YouTube.
Igualmente, la fe parece participar de esta lógica que es un modo de gestionar la complejidad. Los palimpsestos (todos ellos y no sólo los televisivos) van siendo sustituidos por las búsquedas personales y por los contenidos siempre accesibles en la Red. El Catecismo era una forma de presentar, de manera ordenada, coherente, dosificada los contenidos de la fe. Hoy, cuando los palimpsestos están en crisis, esta forma de presentar la fe está en crisis.
Con todo esto, ¿cuáles son los retos que se le plantean a la fe y su comunicación?, ¿cómo lograr que la Iglesia no resulte un container que se mantiene encendido como un televisor que “habla” sin comunicar?
Una posible respuesta a esta pregunta la encontramos en un pasaje de Mons. Claudio Maria Celli Presidente del Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales en su intervención en el Sínodo de Obispos sobre la Nueva Evangelización. “Estamos aprendiendo a superar el modelo del púlpito y de la asamblea que escucha por respeto a nuestra posición. Tenemos que expresarnos a nosotros mismos con la intención de implicar y convencer a los otros quienes a su vez comparten nuestras ideas con sus amigos, followers y partners del diálogo”. Por lo tanto, la vida de la Iglesia está llamada a asumir una forma cada vez más comunicativa y participativa.

2. Capacidad para testimoniar la fe
En realidad, la verdadera novedad del ambiente digital está en su naturaleza de “social network”, es decir, el hecho que permite suscitar no sólo las relaciones entre nosotros dos, sino también mis relaciones y tus relaciones. Es decir, en la Red no sólo aparecen las personas y los contenidos, sino que brotan las relaciones.
Por lo tanto, comunicar ya no equivale a transmitir sino a compartir. Ya no cabe pensar ni comprender la sociedad digital sólo a través de los contenidos. Por supuesto, ya no cuentan las cosas sino las “personas”. Cuentan sobre todo las relaciones; el intercambio de contenidos que tiene lugar dentro de las relaciones entre personas. En la Red es radical la base o dimensión relacional del conocimiento.
El papa Francico, con su estilo comunicativo que, no por casualidad cuenta con un fuerte feedback entre los media, parece moverse en esta dirección. Por ejemplo, el papa Francisco más que “comunicar” crea eventos comunicativos de los que participan activamente quienes reciben sus mensajes.
De ahí la importancia de la categoría y la praxis del testimonio. Es un aspecto decisivo. Hoy el hombre de la Red se fía de las opiniones que aparecen como testimonio. Pensamos en las librerías digitales o en los archivos musicales. Pero los ejemplos se podrían multiplicar: en todo caso, se trata siempre de aquellos user generated content que han triunfado y destacan en los social network. Por consiguiente, el testimonio hay que contemplarlo dentro de la lógica de las redes participativas como un “contenido creado por el usuario”.
La lógica de las redes sociales nos está ayudando a comprender mejor que el contenido participado está siempre vinculado a la persona que lo ofrece. En estas redes no hay ninguna información “neutral”; el hombre se compromete siempre directamente en lo que comunica.
En este sentido, el cristiano que vive sumergido en las redes sociales está llamado a una autenticidad de vida muy exigente¸ que pone a prueba directamente el valor de su capacidad de comunicación. Con razón ha escrito Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada de las Comunicaciones del 2011 “cuando las personas se intercambian informaciones, participan ya de una condivisión de sí mismas, de su visión del mundo, de sus esperanzas, de sus ideales”.
En su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones del año 2014, el papa Francisco ha definido el poder de los “media” como “proximidad”. Es preciso observar bien cómo el significado mismo de “próximo” evoluciona precisamente a causa de la Red que elimina las barreras del espacio y del tiempo.
Y, ¿cómo aparece el ser “próximo” en el nuevo ambiente creado por las tecnologías digitales? El papa Francisco, hablando a los comunicadores, eligió la parábola del buen samaritano, como imagen de referencia del comunicador. El concepto de comunicación que él utiliza es básico no para el mensaje, ni mucho menos para las técnicas, sino para las personas que comunican. Comunicar, significa, por lo tanto, compartir un mensaje dentro de redes de aproximación, quiere decir contactar con la otra persona siendo conscientes del contacto.
En realidad, evangelizar no significa en absoluto hacer “propaganda” del Evangelio. La Iglesia en la Red está llamada, por lo tanto, no a una transmisión de contenidos religiosos, sino a una “condivisión” del Evangelio. Está llamada a compartir la Buena Noticia.
Para el papa Francisco esta condivisión es muy amplia. Ha escrito categóricamente: “Internet puede ofrecer mayores posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos, y esto es bueno, es un don de Dios.” Da la impresión de que el Papa ve en la Red el signo de un don y de una llamada a la humanidad a vivir unida, relacionada. Gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación, adquiere nuevo vigor “el reto de descubrir y transmitir la mística del vivir juntos, de mezclarnos, de abrazarnos, de apoyarnos, de participar en esta marea un poco caótica que puede transformarse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación” (Evangelii Gaudium, n. 87)

3. La capacidad de interiorización
La vida espiritual del hombre contemporáneo está ciertamente influida por el mundo en el que las personas descubren y viven las dinámicas de la Red, que son interactivas y penetrantes. El hombre que cuenta con cierta experiencia de Internet aparece más dispuesto a la interacción que a la interiorización.
Ahora bien, interioridad es sinónimo de profundidad, mientras que “interactividad” es con frecuencia sinónimo de superficialidad. ¿Estaremos condenados a la superficialidad? El desafío tiene una fuerza indudable.
Sustancialmente podemos constatar que el hombre de hoy, acostumbrado a la interactividad, interioriza las experiencias si es que se siente capaz de tejer con ellas una relación viva y no puramente pasiva, receptiva. El hombre de hoy considera válidas las experiencias en las que se le pide participar, involucrarse.
Hoy la profundidad se conjuga con una inmersión en una verdadera y auténtica “realidad virtual”. En la web, entendida como lugar antropológico, no hay profundidades por explorar, sino “nudos” para la navegación y una intensa conexión entre ellos. Lo que aparece como superficial es sólo el modo de proceder, quizá inesperado e imprevisto, de un “nudo” con otro. La espiritualidad del hombre contemporáneo es muy sensible a estas experiencias… La superficie en lugar de la profundidad, la velocidad en lugar de la reflexión, las secuencias en lugar del análisis, el surf en vez de la profundización, la comunicación en vez de la expresión, el multitasking en vez de la especialización.
Por consiguiente, ¿cuál será la espiritualidad de esas personas cuyo “modus cogitandi” está en fase de evolución, acostumbradas a habitar en un ambiente digital? Un remedio para evitar esta pérdida consiste en no oponer demasiado fácilmente profundidad e interacción, superficialidad e interiorización.
Ciertamente, la Red no carece de ambigüedades y utopías. En todo caso, la sociedad cimentada en las redes de conexión comienza a proponerse unos desafíos muy significativos tanto en la pastoral como en la comprensión misma de la fe cristiana, comenzando por su lenguaje expresivo. Los retos son exigentes. Y nuestra tarea no lo es menos.

Descarga aquí el artículo en PDF

RPJ nº 499 – Evangelizar en el tiempo de la red – Antonio Spadaro

Atualmente, Internet es ya una realidad que forma parte de la vida cotidiana. Si bien hasta hace algún tiempo asociábamos la Red a algo muy “frío” o técnico, que exigía conocimientos específicos; hoy es un lugar al que acudimos para entrar en contacto con los amigos que viven lejos, para las noticias, para comprar un libro o hacer la reserva de un viaje, para un intercambio de intereses e ideas. Y esto incluso cuando estamos en movimiento gracias a lo que antes llamábamos teléfonos móviles y que actualmente son auténticos ordenadores de bolsillo

 

Te interesará también…

Newsletter

Recibirás un correo con los artículos más interesantes cada mes.
Sin compromiso y gratuito, cuando quieras puedes borrar la suscripción.

últimos artículos

MÁS LEJOS, SIEMPRE MÁS LEJOS – Pablo Santamaría

MÁS LEJOS, SIEMPRE MÁS LEJOS – Pablo Santamaría

Los jóvenes, «cuando se entusiasman por una vida comunitaria, son capaces de grandes sacrificios por los demás y por la comunidad»[1]. Sin duda que la desembocadura de los jóvenes en la comunidad eclesial no tiene que ser el final de su anhelo de navegar y de seguir...