Evangelizar en las redes sociales Una misión pendiente que no puede esperar – José Fernando Juan

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El fenómeno de las redes sociales lo envuelve todo. Nos hemos familiarizado rápidamente con sus posibilidades y han pasado al lenguaje, y al pensamiento común, muchas de sus aportaciones: relación, comunicación, información, creación… Internet ha dado pasos para construirse como un gran espacio en el que se interactúa constantemente, y no cabe mirar hacia otro lado.

Cabe recordar, al principio de este artículo, la diferencia entre evangelización y pastoral. Si bien la segunda trata y persigue cuidar y acompañar la fe de los que ya han sido iniciados, profundizando en su experiencia de vida y acrecentándola, la evangelización nos habla de la necesidad de salir a las fronteras, hacia aquellos que desconocen (o creen que conocen) la riqueza de la vida cristiana. Esto pone de manifiesto algo singularmente importante en la sociedad secular y nos enfrenta decididamente a la indiferencia galopante que parece atenazar la cultura occidental. Requiere de nuevas formas y lenguajes, de mucho diálogo, de propuestas capaces de atraer y convocar, de atrevimiento y paciencia. Situarse ante la cuestión general de los jóvenes de otro modo significa cercar excesivamente la viña, nuestro lugar de misión.

A lo largo del artículo trataré de exponer, con la mayor claridad posible, algunos puntos que considero decisivos al unir estos tres grandes ámbitos: evangelización, jóvenes y redes sociales. Considero el orden esencial. Y, dados los tiempos que corren, el último punto pronto se mostrará caduco. Hemos ganado conciencia de que la adaptación al contexto cultural demanda un continuo dinamismo y aprendizaje. Las redes sociales hoy no será posible abordarlas de igual modo el curso próximo.

 

Evangelización digital

Existen iniciativas loables y muy significativas, se ponen en marcha proyectos de diversa índole, se intentan adaptar materiales y propuestas a la realidad local y al contexto sociocultural. Cabe destacar que hay numerosas personas pensando y trabajando, en no pocas ocasiones haciendo auténticos sacrificios personales. Con tanta riqueza, ¿qué es lo que se puede añadir?

  • Tiempo de gestación de un proyecto. Aceptemos, sin paliativos, que los grandes proyectos necesitan tiempos, reflexión, diálogo. Las personas implicadas deben ser escuchadas, recibir la capacidad de implicarse desde sus inicios, de modo que el resultado final sea suyo. Concretando, en un proyecto digital es necesario, por tanto, saber qué queremos hacer para dar respuesta a los tiempos que corren y prepararse bien para ello. Hablaré en la última parte de lo que esto supone en las redes sociales.
  • Equipo consolidado que trabaje. La cultura digital es eminentemente colectiva, genera comunidades de aprendizaje e intercambio, distribuye responsabilidades, reparte tareas, se nutre de la interacción. No se trata simplemente de una suma, sino de proyectar en distintos ámbitos una línea común. Pero no acertamos a comprender que es un auténtico trabajo, que no se trata sin más de lanzar unos cuantos mensajes que lleguen a los más cercanos. Se trata verdaderamente de un servicio esencial en nuestros tiempos, que vive de la gratuidad de muchos.
  • Evaluación constante y mejora. Igualmente propio de la cultura digital es recoger información del éxito (medido en alcances, en respuestas, en difusión) de los propios contenidos. Para esto existen herramientas presentes en todas las redes que nos ayudarán a entender mejor lo que está sucediendo. En nuestra evaluación entra, claramente, la necesidad de medir con acierto el objetivo que nos hemos planteado.

Jóvenes digitalizados

La descripción que escuchamos de los jóvenes, a la que estamos abonados mediáticamente, no pocas veces es interesada. ¿O es que los medios son parciales en todo, menos en esto? Nos presentan a una juventud anodina y a la vez se empañan nuestros ojos para verlos con profundidad. Muchas de las cosas que decimos conocer de ellos terminan por poner muros y distanciarlos aún más. Según estos medios están absortos digitalmente, como meros consumidores delante de las pantallas, adictos al smartphone que los adultos le ponemos en las manos, todo el rato perdiendo el tiempo y distraídos de lo importante. Cuando hablamos de ellos, muchas veces no quieren escucharnos. ¡Y con razón!

Otra cuestión es escuchar a los jóvenes mismos. No lo que se dice de los jóvenes, sino a los jóvenes de carne y hueso que tenemos delante. Así de sencillo: sentarse y dialogar. Y en esta tarea las redes sociales ofrecen una panorámica amplia y destacada, que conviene enfocar bien. En las redes sociales los chavales proyectan todas sus inquietudes, de un modo u otro, incluso sin saberlo, sin conciencia de sus pretensiones, sin descubrirse del todo ante sus propios intereses desnudos. Como cada joven de toda generación desde el inicio, un joven busca conocer el mundo, conocerse y saber quién es, y ser amado. Y todo esto hoy se hace a través de las redes sociales.

En este sentido son muy curiosos dos grandes fenómenos, que hoy abarcan a personas de cualquier edad: mirarse a sí mismos a través de los selfies, de los cuales solo algunos se comparten en la red y otros muchos son desechados; y la respuesta que esperan cuando entablan interacción, sea el campo que sea. A los de los selfies les llamamos ególatras, cuando es una expresión de lo más natural del mundo. De hecho continúan haciendo aquello en lo que encuentran refuerzo por parte de aquellos que son importantes para ellos. ¿Algún adulto, o toda la adolescencia en masa que tiende a reforzarse a sí misma? ¿Qué reciben en sus búsquedas?

Respecto a lo segundo, los jóvenes hoy quieren interacción. Pero no de cualquier modo. La buscan deseándola, sin embargo conviene entrar con tiento y no ser aplastantes. Se aburren y piden que alguien les hable. Son innumerables los chavales que diariamente escriben en la red que se encuentran solos, que reflejan las emociones del instante que viven, que piden que alguien les diga algo. Tienen una dificultad y preguntan a sus cercanos, a Google, a YouTube. Precisamente por este orden. La interacción para ellos demuestra en qué medida se es importante para otros y en calidad de qué se está en la red. ¿Somos espectadores, receptores, pasivos ante sus movimientos interiores y deseos? Quizá no de forma directa, pero conocerlo y darlo a entender resulta muy valioso para ellos.

Un paso imprescindible es estar «enamorado» de los jóvenes, ser un entusiasta de ellos mismos. Propongo como algo concreto ser capaz de escribir diez cosas importantes y valiosas de esta generación. Cultivar esa mirada que no provoque distancia, que sea empática, que se adentre en el corazón y la belleza de aquellos que Dios ha traído al mundo con una misión. ¿O esto solo vale para los adultos? ¿O vivimos en un mundo tan malo que los ha empeorado hasta el extremo de no hallar en ellos nada bueno? Quien no pueda arriesgar en este campo, tampoco vale para la evangelización de los jóvenes en redes sociales. Porque si compartimos espacio con ellos en el mundo digital no puede realizarse acercamiento desde la condena y el juicio imprudente, ni desde la crítica constante y machacona. ¡Con lazos humanos, te atraje!

Cómo son las redes sociales en las que están y qué hacen

De forma general, empecemos por decir que los jóvenes tienden a interactuar con sus semejantes, también en las redes sociales. Se ha hecho un esfuerzo enorme para cultivar los peligros en los que puede derivar, y tanta prevención ha terminado en que ellos se han enrocado en sus propios espacios. Las cuentas se han hecho más privadas y aparecen los candados. Las redes sociales en las que están, como veremos, quedan muy circunscritas a sus relaciones más cercanas.

Nota importante: el análisis que leerás a continuación se limita a la realidad española, y quizá no sea igual en todas las regiones. Los usos y costumbres de los más próximos, casi en masa, hace que sean particularizadas por zonas.

  • Facebook. La red social de los adultos ha quedado, para los más jóvenes, en una herramienta para estar al día de las cosas de la familia extensa. Su uso es muy marginal, la interacción es muy baja. Sus intereses están lejos de lo que puede ofrecerle y la perciben con mucha complejidad. Se limitan a compartir esporádicamente algo, en el mejor de los casos, y a pocos comentarios.
  • Twitter. Tampoco aquí encuentran lo que buscan y quieren. Aunque tengan perfiles, y los universitarios la usen más para temas de interés sociales y públicos, en el caso de los más jóvenes diríamos que les resulta muy indiferente a grandes rasgos. Se relaciona con contenidos, con mensajes muy rápidos y de temas muy amplios. De hecho, siguen a marcas y personas que cumplen con sus intereses. Eso sí, también se vuelcan en ella cuando ocurre algo de gran impacto social o participan en la difusión de otros contenidos.
  • Instagram. Entramos con esta red en lo verdaderamente interesante para ellos. Su característica principal, que fue lo que segmentó decisivamente la población en cuanto a usos digitales, fue colocar la imagen como lo principal. En un momento en el que los teléfonos inteligentes desarrollaban sus cámaras, Instagram se hizo un hueco enorme entre los más jóvenes. Se trata de situar lo visual por encima de la palabra escrita, de modo que viró absolutamente lo que se buscaba y lo que se recibía. El muro de esta red social da muestra de ello. Se lee poco, se comparte mucho la vida cotidiana, se selecciona la imagen, se espera el premio de la popularidad. Desde hace unos meses, Instagram además añade Stories como copia de Snapchat. De este modo ofrece dos usos diversos: la parte permanente de la vida, muy cribada y elegida; y la nueva parte, que por ser más cotidiana y rápida, es más espontánea y refleja el día a día, y donde definitivamente van alcanzando relevancia los pequeños vídeos. Se potencia mucho en esta red social la interacción privada, a espaldas de los demás, la conversación sobre lo que se ve y va sucediendo. También Instagram ha copiado el vídeo en directo de Periscope, que crece últimamente aunque no se sabe si terminará por consolidarse.
  • Snapchat. Aquí están los más jóvenes. Se trata de un paso más en las redes sociales hacia la intimación de la cultura digital. Imágenes y vídeos en los que la imagen personal es crucial y constante, que refleja el día a día de cualquier adolescente. Las fotos se pueden editar, especialmente usando filtros. Se incorpora el vídeo al chat privado, convirtiéndolo en una videollamada. La principal característica de Snapchat es el desconocimiento de las relaciones compartidas. Si en cualquier otra red social las personas que te siguen y a las que siguen es más o menos pública, en la red del fantasma esta información permanece oculta. De esta manera no se puede buscar a nadie, ni aumentar la propia comunidad con personas cercanas. O conoces su nickname o su teléfono, o nada; imposible entrar en su mundo. Dicho de otro modo, esta red social se circunscribe a los más próximos, y compartir este espacio con un joven refleja una enorme aceptación por su parte.
  • YouTube. Otro salto más, respecto al uso de las redes sociales, se da con YouTube. Este ingente repositorio de vídeos ha recobrado preeminencia en los últimos años. Los jóvenes se muestran aquí como consumidores constantes de vídeos realizados por los grandes youtubers, saltando de uno a otro continuamente. Por un lado, el auge de los gamers (jugadores), por otro la relevancia de determinados jóvenes con sus grabaciones en principio caseras pero progresivamente muy editadas y trabajadas. Escuchan música, contemplan cómo otros juegan a sus videojuegos preferidos mientras comentan, sin pudor ni límite alguno, sus partidas, se suscriben a canales de éxito en los que se comentan sus preocupaciones diarias y adolescentes con una contundencia pasmosa, o en los que se entremezcla humor y vida sin llegar a distinguir dónde empieza la realidad y termina la ficción. La cuestión es que, siendo un fenómeno no de masas del que los jóvenes participan por inercia, resulta muy difícil alcanzar grandes cotas de audiencia entre los más jóvenes.

Campos abiertos para la evangelización digital

Pensando en el campo de la evangelización digital, es decir, de la proximidad con aquellos que se consideran más lejanos, creo que es muy importante clarificar qué espacios quedan abiertos. Siguiendo los usos que los jóvenes hacen de las redes sociales, veo abiertas brechas importantes en las que es probable que alguien haya pensado trabajar como misionero digital.

  • Búsquedas en internet. Realizar búsquedas en internet no tiene edad. Forma parte de esas contribuciones esenciales que se han consolidado inter-generacionalmente. Lo que debería preocuparnos es a qué contenidos se dirigen los más jóvenes, qué recibirán y cómo. Es muy interesante saber en qué andan los jóvenes, digitalmente hablando. Porque también nos ayudará a tomar conciencia de la distancia que hay, con mucha frecuencia, entre nuestras apuestas evangelizadoras y sus intereses más personales. ¿Cómo acercarlos? ¡Aquí está el reto, pero campo hay para rato! Pienso también en búsquedas que los jóvenes hacen académicamente. Miles de jóvenes en España necesitan contenidos digitales para estudiar, hacer sus trabajos y, por tanto, leen propuestas y cosmovisiones, en ocasiones alejadas del humanismo cristiano cuando no de todo humanismo.
  • Relaciones más cercanas. Compartir redes sociales con los más jóvenes supone un privilegio que nosotros deberíamos contemplar con la admiración y prudencia reverente de Moisés descalzo ante la zarza ardiente. Supone un elevado grado de aceptación personal y de valoración, que no siempre se da aunque se trabaje y se persiga. De hecho, suele suceder como misterio imprevisto e inesperado, que nos visita y exige responsabilidad. Todo aquel misionero digital que comparta redes con estos chavales debe tener presente siempre que su imagen es, en muchos casos, lo más cercano que tendrán de la Iglesia, y que mostrarse con espontaneidad y naturalidad es esencial. No les valen los postureos de los adultos, a ellos los quieren adultos pero con humor. Aquí, en este trato cercano, hay un campo esencial para la proximidad evangélica, para recibir y dar una palabra. Como he dicho antes, muchas redes sociales han girado hacia lo íntimo, de modo que el joven expone su vida y espera algún tipo de comentario, de respuesta. Sin cansar, pero haciéndose presente, valorando, reconociendo su belleza y grandeza. Como he dicho antes, muestran sus emociones más próximas casi sin filtro y ahí, cuando abren su corazón, una sencilla palabra provoca una proximidad enorme. Los adultos que compartimos con ellos espacios digitales somos referencia destacada. ¡Cuidado con cómo nos mostramos, qué decimos!
  • Activismo digital. Como he dicho antes, son sensibles a determinados acontecimientos y «olas digitales», participan activamente de campañas con las que se encuentran vinculados. Pero a la vez, dada su juventud, también se informan y reciben una cosmovisión, una antropología. No es una cuestión menor, porque aprenden cantidad de cosas «en bloque». Quizá encontrar respuesta en grupos cristianos, que se muevan por el Evangelio para defender y derrocar determinadas injusticias, les haga dar pasos posteriores y encontrarse con la inmensa riqueza del Evangelio.
  • Vidas personales, testimonios vitales. La Iglesia tiene una riqueza personal espectacular, llamativa, alucinante, provocadora. La vida triunfa en la red, cuando el lenguaje es espontáneo, cuando no hay otras intenciones. Cuando hoy la Iglesia siente que «el testimonio» no es suficiente en la evangelización quizá sea porque o bien no hay auténtico testimonio, o bien sea postureo que quiere mostrar lo que en el fondo no hay. Todo esto se detecta. Pero que no nos lleve a decir que no hay vida en la Iglesia atractiva, como para que se muestre al mundo entero. Advierto que gran parte del «enganchón» que provocan los youtubers está precisamente aquí, en su naturalidad y en la claridad con la que hablan. El papa Francisco ha dado una lección a todo el universo cristiano, aunque no haya sido el primero, de lo que sucede cuando se habla un lenguaje capaz de ser comprendido por todos. Podrá ser o no aceptado, pero llega, es accesible, transmite y comunica con hondura.

Diez cuestiones esenciales sobre evangelización digital

Hablo ahora de diseñar una buena estrategia de comunicación evangelizadora en redes sociales. Insisto en la necesidad de plantear de manera diferenciada lo que es un proyecto pastoral, de lo que es en esencia un proyecto evangelizador. En este último, la intención de acercar el Evangelio a quienes no lo conocen, o incluso lo rechazan, marcará y definirá prácticamente todo.

  1. El producto. En principio, lo tenemos claro. Aquí está el peligro, en cierto modo, para la evangelización digital respecto a nuestro propio contenido. No evangeliza, sin más, una imagen preciosa de Jesús, que a nosotros particularmente nos provoca una gran devoción. Ni tampoco una frase del Evangelio lanzada al ciberespacio. O un vídeo con una catequesis maravillosa sobre la Trinidad. El producto debe estar en consonancia con aquello que directamente se busca en la red.
  2. El Destinatario del proyecto. Con mayúsculas, con su dignidad. A quién queremos, dicho de otras maneras, acercar el evangelio. Porque no será lo mismo aproximarse a un grupo de adolescentes que a un grupo universitario, a quienes están con unas preocupaciones o con otras. Hay que escuchar cómo son los jóvenes, conocer sus inquietudes profundas y más inmediatas. Con demasiada frecuencia hacemos una crítica ligera sobre la superficialidad de los adolescentes en las redes sociales y, sin pararnos a conocer con hondura, repetimos acríticamente comentarios o eslóganes. Por ejemplo, hay que saber que un selfie significa la búsqueda de sí mismos, vinculada a la pertenencia y aceptación en un grupo. O que escuchar determinados vídeos es, en gran medida, motivo de integración o desintegración
  3. Qué canal, con qué lenguaje. Para llegar a los más jóvenes, escribir poco. Lo suyo no es leer artículos y ensayos largos. Quizá alguna frase. Pero sobre todo visualidad, imagen y vídeo. Si alguien se decide, que sea por esto último a ser posible. Porque hacen falta vídeos que lleguen a los más jóvenes.
  4. Cuál es la comunidad de referencia, el equipo. En dos sentidos. El primero por crear un equipo sólido y comprometido, que tenga tiempo para llevar a cabo el proyecto. Con la presencia de jóvenes, a ser posible con los más jóvenes; imprescindible. La evangelización no es una tarea solitaria, tampoco en la red. Para distribuir responsabilidades y repartir tareas. Que sepa estar en contacto. Que se forme, que mejore, que no se dé fácilmente por satisfecho. El segundo sentido, una comunidad más amplia que le pueda dar difusión, que haga llegar a más gente el contenido y la propuesta, y le ofrezca relevancia en su entorno. En quién se apoya, quién lo nutre, de dónde nace. Decir comunidad en internet es decir impacto, consistencia.
  5. Estar presente, tener presencia. La comprensión de las redes sociales como canales de difusión debe cambiar. Si estudiamos con atención los vídeos de sus youtubers más famosos lo que encontramos es una intención clara de conexión con quien escucha. Incluso en este canal, que supuestamente reduce mucho el campo de relación, se produce una presencia significativa. Quien lo escucha encuentra algo que es para él, se habla con una persona. Estar presente en la vida de los demás es muy relevante.
  6. Perfil del misionero en red. Sin caer en la trampa de los máximos deseables, sí diría que el perfil debe ser maduro en su fe y eclesialmente, y también competente digitalmente, con capacidad para acercarse a los más jóvenes. No vale cualquier cuestión. Es más, diría que algunas iniciativas, que pueden complacer a los más fervorosos cristianos, no sirven o incluso espantan a quienes encuentran distancias con la Iglesia, la religión o con Dios mismo. Por ejemplo, si buscamos en Facebook «católico», y sirva de evaluación: ¿cuántos jóvenes se pueden sentir atraídos? Si ponemos en Google «Virgen María» ¿a quién creemos que va dirigido el resultado de la búsqueda? El perfil del misionero en red sobre todo es relevante porque será quien interactúe con los jóvenes, quien les haga propuestas. Insisto, no vale cualquier cosa. Algunas veces me planteo qué sucede en la Iglesia que busca acercarse a los jóvenes y termina alejándolos un paso más. ¿Será esto responsabilidad de las personas que están en esta primera línea, dando testimonio?
  7. Evaluar los resultados. Toda plataforma social ofrece sus propias mediciones, porque las estadísticas se han convertido en una herramienta de uso cotidiano. Si un joven no obtiene suficientes likes en Instagram, retira su imagen, y casi de forma natural prueba en otra hora o corrige su acción digital. De esto, hay que aprender. Una acción evangelizadora debe tener impacto para el colectivo al que queremos enfocar, hasta convertirse en referente. Evaluar resultados resulta esencial. Si queremos hablar a alumnos sobre la importancia de su educación, si queremos motivarlos para algo, si buscamos hacer pensar o comunicar un mensaje, esto debe tener un impacto. No general, porque podemos engañarnos y pensar que tenemos buen resultado por tener muchos RT, por ejemplo, y que sean de nuestra propia comunidad. El objetivo de esta evaluación es medir el alcance sobre la población concreta. Dicho de otro modo, si nuestro objetivo evangelizador es entrar en diálogo con los jóvenes, ¿cuántos jóvenes toman la iniciativa de hablar con nosotros o cuántos responden satisfactoriamente a nuestros mensajes? Si nuestro objetivo es sensibilizar, con una causa común, ¿cuántos jóvenes se han sentido atraídos por nuestra propuesta y participan activamente del proyecto? Los tipos de medición son múltiples: seguidores, impactos, interacción, suscriptores… Cada canal tiene los suyos, conviene manejarlos con destreza y estar pendiente de ellos. Sin obsesión, pero con realismo. Evaluar estos resultados para adecuar las acciones, para ajustarlas.
  8. No encerrarse en lo digital. Creo que un engaño de lo digital sería cerrarse sobre sí mismo, vincular a una cuenta o canal sin mayor proximidad. En @iMision20 se acuñó el término «desvirtualización», con acierto, para hablar de la necesidad del salto a lo presencial, al encuentro directo y personal, sin pantallas. La evangelización como proyecto digital debería también tender a esto y situarlo en su horizonte. Cómo aproximar al joven a una realidad eclesial en la que pueda encontrar una comunidad acogedora, con una experiencia que le lleve a dar un paso más, que le interrogue y donde pueda encontrarse con el Señor.

Algunas propuestas concretas

Ojalá las cosas dichas hasta el momento hayan servido a alguien y despierten inquietudes para lanzarse, con prudencia y respeto, a la evangelización digital. «La mies es mucha, los obreros pocos». Pero parece que el artículo queda cojo sin concretar lo antes expuesto en unas cuantas acciones que puedan iluminar a quienes busquen cuestiones concretas.

  1. Perfil dialogante en red. Empezando por lo aparentemente más sencillo, diría que un buen perfil es aquel cuyo objetivo en la red es dialogar, ni más ni menos, con los más jóvenes. Que está dispuesto a dejarse preguntar por ellos y a hacer preguntas a su vez, que no teme interactuar discretamente en las periferias. Dicho sea de paso, el diálogo con una persona, por ejemplo en Twitter, es visible al resto de la comunidad. ¡Ojalá estos acercamientos sean significativos!
  2. El que tiene la palabra sugerente. Al hilo del día a día, de lo más cotidiano, como si fuera un ejercicio en ocasiones de examen de uno mismo. Un mensaje cercano, que dé en el clavo de algún aspecto, de esos muchos que sabemos que tocan la vida de los jóvenes y les inquietan. Sabemos que siguen cuentas cuya única finalidad es esta, lanzar mensajes. Triunfa el humor, lo positivo, lo incisivo. Frente a lo que son remilgos y al final no dicen nada. Remarco la necesidad del lenguaje claro.
  3. Buscadores de belleza. Quizá llegamos tarde, pero las imágenes con mensajes concretos dicen mucho. Una buena imagen, no cualquiera, de las que llaman la atención y son potentes. Esas que sabemos que existen y que cuesta encontrar. Acompañadas de un mensaje breve. Estas cuentas eran en otro tiempo muy seguidas, pero ha bajado su uso entre los más jóvenes. Además el alcance en redes sociales como Instagram es muy costoso, porque no tiene mayor difusión que entre la propia comunidad.
  4. Los que dan respuesta a las búsquedas. Generar contenidos que sabemos que son llamativos para ellos, en los que tarde o temprano se encontrarán. Que conectan con sus opiniones sobre la realidad, quizá para darles la vuelta y devolverles una pregunta aún mayor sobre su vida, su camino, sus motivaciones, su dignidad, su vocación, el sentido de la vida y del mundo, el origen del mal y del sufrimiento. Todo esto son búsquedas diarias para ellos. ¿Por qué no hablar de la felicidad, con la crudeza que los youtubers muestran, sin moralinas, sin saltos en falso, sin despistes y preocupados por sus vidas?
  5. Vídeos en directo, de lo más corrientes. Cuando apareció Periscope en el universo de Twitter, no pocos se lanzaron a abrir canal en el que esperaban interacción mientras hacían cosas de lo más corriente. Hoy la oportunidad para esta acción está en Instagram Stories. Un canal abierto al mundo de los jóvenes que nos puedan seguir y que llame la atención a otros. Una oportunidad para acercar mundos, entablar conversación y utilizar sus formas. ¡Sorprendería! Cortos, al hilo de la vida misma, que muestren cotidianidad con humor y realismo, que señalen y propongan un modo de estar abierto, dinámico, comprometido. Siempre pienso que, si no lo hacemos nosotros, otros lo harán por nosotros.
  6. Abordar los temas complejos. Para expertos, para gente bien preparada. Recuerdo unos pequeños vídeos, hechos por jóvenes y para jóvenes, sobre temas eclesialmente «candentes». Se hicieron con motivo de la JMJ de Madrid con mucho gusto. Siguen siendo actuales. Seguramente sirven de recurso e inspiración para otros. A mi modo de ver introduciría hoy dos novedades en ellos: algo de diálogo espontáneo, que muestre pluralidad enérgica, y haría una serie sin entrar en la cuestión de fe de primeras. Que sirva de acercamiento, que pueda encontrar algo más después con un tono más personal.
  7. Crear canales de cotidianeidad. Vuelvo con los vídeos, porque lo percibo como necesidad pensando en los más jóvenes, que serán los que crezcan vinculados al contenido multimedia. ¡Un canal de vida cotidiana, con preguntas que partan de lo más absurdo hasta lo más profundo! ¿Por qué discuto con mis padres? ¿Por qué no me entiendo a mí mismo? ¿Por qué tengo miedo? ¿Por qué confiar en los demás? ¿Algún día cumpliré mis sueños? ¿Cómo saber si tengo amigos verdaderos? ¿Es importante la imagen personal? ¿Cómo aprender a decir que no? ¿Cómo ser aceptado por los demás? ¡Será por temas y preguntas! Yo diría que todos estos vídeos, de carácter personal, se deberían grabar después de un cierto estudio y tendría que ser un proyecto comunitario, en el que seamos capaces de salir de nosotros mismos y nuestros inherentes prejuicios, para dar auténtica respuesta a los jóvenes. Insisto en que su colaboración en estos proyectos es decisiva, nuclear.
  8. Muchos jóvenes leen mucho. ¿Seríamos capaces de crear canales similares a los booktubers? Sabemos que en las lecturas curten sus emociones y pensamientos. No son cualquier cuestión, no son inicuas. Sería interesantísimo que alguien se lanzase a hacer esto releyendo cristianamente algunos libros de actualidad, proponiendo profundizar en lo que los libros ofrecen, en cómo ven el amor o las relaciones sociales, en cómo tratan los sentimientos de quien es dejado al margen o se siente mal consigo mismo. Son temas omnipresentes en la literatura juvenil. ¿Y algo similar con otros campos de la cultura, como el cine, la música, las series…?

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