Espiritualidad y transformación de la sociedad – Eloy Chávez

Soy un sacerdote escolapio que ama lo que hace: el trabajo con los niños y jóvenes, acompañarlos en sus procesos, compartir sus ideales, entusiasmo y acciones para transformar este mundo. Puedo decir con limitación que no he sido de los más dedicados al estudio de la espiritualidad, y me falta mucho por conocer sobre la vida de nuestro santo fundador, san José de Calasanz. Pero también lucho por construir una relación especial con Dios (y esto vale en algún sentido por una vida espiritual); Él me ha encontrado siempre a través de las necesidades de mis hermanos, comúnmente viene a mi mente y corazón las palabras de Jesús: cada vez que hicieron esto con uno de mis hermanos más pequeños, lo hicieron conmigo (Mt 25, 40b).
Dios me ha hablado a través de las necesidades de tantos niños y jóvenes, agradezco a todos ellos que me reflejan sus anhelos, luchas y carencias. No puedo comprender mi vida sin la íntima relación con Dios y las consecuentes acciones por construir el Reino aquí en la tierra.
Mi vocación nació, creció y se alimento en parte gracias a un fuerte reclamo a Dios: recuerdo un retiro vocacional con el P. Baltazar, quien nos llevó en el metro la raza del Distrito Federal a compartir un tiempo y unas tortas con niños que vivían en la calle; el encuentro con ellos me llevó a reclamar a Dios por sus sufrimientos y miserias, por su abandono ¿Porqué un Padre amoroso permite que sus hijos vivan en semejantes condiciones? Esta experiencia, el contacto con comunidades indígenas en Oaxaca, un retiro con mis compañeros de la preparatoria, donde compartimos nuestras carencias, nuestras historias llenas de heridas, fueron catalizadores de mi vocación. No podía mantenerme ajeno a sus necesidades, no podía dejar de escuchar la respuesta al reclamo que hacía a Dios: ¿Y tú que haces para que sea diferente?
Igual y estos párrafos introductorios me sirven para disculparme por lo que pueden estar esperando de un texto con un título como este, y la simple experiencia personal y testimonio de un religioso joven, de un sacerdote recién ordenado (apenas dos años), y de un hombre que siempre se encuentra en búsqueda de Dios. Sin más preámbulo compartiré parte de mi vida, desde un intento no muy forzado de releerla desde el marco de la espiritualidad y de la transformación de la sociedad, así como algunas ideas que continuamente dan vueltas en mi cabeza.
Tenía 18 años, terminaba la preparatoria en el Instituto Carlos Gracida de Oaxaca, colegio escolapio nuestro, y no sabía qué hacer con mi vida. ¿Qué es lo que un joven normal soñaba? Pues asistir a la universidad, graduarse y después comenzar a trabajar ganando un respetable sueldo –después de toda la vida de estudios, es lo mínimo que uno quisiera, obtener el trabajo de sus sueños al final de tantos años–; seguir preparándose con alguna maestría, tal vez un doctorado, formar una familia, educar a sus hijos, etc… y tenía todo lo necesario para ello: en la preparatoria fui jefe de grupo y parte de la selección de basquetbol; asistía constantemente de misiones y formaba parte del grupo de pastoral del colegio; trabajaba durante los veranos para solventar parte de mis gastos de estudio; salía con frecuencia a bailar; también me destaqué académicamente en la preparatoria pues obtuve el segundo mejor promedio de la generación, lo cual me valía para acceder a buenos planes de becas en las mejores universidades del país; y otras cosas más… estaba agradecido con Dios por tantas bendiciones y oportunidades que me brindaba. Me sentía a gusto con mis planes, y era ambicioso en los mismos, deseaba estudiar mecatrónica y especializarme en robótica…
Con todo no podía engañarme, pues varias preguntas rondaban mi cabeza, muy a menudo me decía ¿Eloi, eres feliz? ¿dónde podrás ser feliz? ¿dónde has sido feliz? ¿Dónde harás feliz a los demás?…
Durante la secundaria siempre tuve la inquietud de salir a misionar en alguna comunidad indígena en Oaxaca, la imagen de un joven que deja su casa, mochila al hombro y guitarra en mano me emocionaba (no sabía tocar la guitarra, por cierto); Dios me movía por los afectos. Al llegar a la preparatoria el grupo de pastoral del Carlos Gracida abrió la invitación para hacerlo, de los más de 400 alumnos que éramos en la sección, solamente cuatro nos dimos la oportunidad de salir a esta experiencia.
Muy de madrugada tomamos el transporte para la ciudad de Tlaxiaco, el plan era viajar en el único camión que salía cada semana para las comunidades que atenderíamos, pero al llegar el camión “guajolotero” estaba completamente lleno –le llaman así porque la gente de las comunidades suele transportar hasta guajolotes o pavos– entre los costales de diferentes productos y gente parada en los pasillos no cabía ni un alma. Nuestra única esperanza se reducía a conseguir un aventón con alguna camioneta que pudiera transportarnos.
Después de dos horas de estar caminando y preguntando, logramos contactar a un conductor que pasaría por aquellas comunidades. Sin pensarlo dos veces y alegres por la posibilidad de llegar ese mismo día subimos nuestras cosas, grandes maletas llenas con materiales para las catequesis con niños y jóvenes, material para la semana santa y nuestros objetos personales (no podía faltar el sleeping bag colgado de la mochila de campista), y claro, faltó la guitarra que no tenía, y que no tocaba.
No fuimos los únicos pasajeros en la camioneta, tuvimos que acomodarnos entre los borregos que transportaba y algunos costales con papas y otras verduras. Más y más personas comenzaron a subirse e intentar acomodarse, y después de un rato emprendimos el camino hacia la comunidad.
Los cuatro alumnos misioneros y Mauricio, el responsable de pastoral, todos de pie, al lado de los borregos, gozábamos del paisaje, de los campos y bosques de pinos y encinos. La madre naturaleza se encargó de acompañar nuestro camino, se le ocurrió regalarnos una leve llovizna, que después se convirtió en tremenda tormenta. El conductor paró, bajó del carro y compadecido de nosotros, decidió echarnos encima una lona que nos protegiera un poco de esas inclemencias del tiempo. Y ahí seguíamos los cinco, cansados, mal comidos, mojados, con olor a borrego (y a borrego mojado que es peor), a oscuras, en el mareante zigzagueo de los caminos de terracería, pensando –como buenos jóvenes– ¿Qué estábamos haciendo ahí?, cuando muchos de nuestros amigos se divertían en las playas de Oaxaca, probablemente bronceándose o nadando en las frescas aguas de Huatulco y Puerto Escondido. Pero nosotros ¡no!, guiados por un celo apostólico (aunque a la edad de quince años era más el espíritu de aventura; Dios se vale de sus medios) nos comprendíamos como misioneros, empapados y muertos de frío, pero misioneros al fin. Debo confesarles que siendo bastante honesto, en ese momento prefería más la compañía los amigos en la playa, que los borregos bajo la lluvia.
Terminando este camino tormentoso, llegamos por fin al caer la tarde a la comunidad que nos esperaba, bajamos nuestras cosas, nos instalamos en la semidestruida sacristía de una capilla hecha de tablas de pino y láminas; nos invitaron a comer un caldo de frijolitos (más caldo que frijol) y tortillas hechas a mano. Por fin habíamos llegado, y podíamos comer algo caliente.
Al día siguiente tocamos las campanas y esperamos a los niños que llegaron por montones para conocer a los misioneros, fue entonces que comprendí la razón por la cual estaba ahí, todo este preámbulo para explicarles que me sentía feliz jugando con aquellos niños de ropas tan sencillas y sucias, sonrisas sinceras y miradas vivas. Compartimos con ellos las catequesis.
Conforme pasaron los días todo cobraba un nuevo sentido en mi vida, el contacto con la necesidad de la gente, con sus miserias y angustias, con sus alegrías simples de gente de campo, con los mayores de edad que ni los entendíamos ni nos entendían –solo hablaban Mixteco–, con la sonrisa de los niños de caras sucias y ropa deshilachada… en este ambiente, poco a poco surgía en mi interior un deseo enorme de quedarme y compartir con ellos mi vida, pensé en dejar todo y permanecer ahí. Lo comenté con Mauricio y con los otros misioneros, con sabiduría un amigo misionero me preguntó ¿y qué sabes hacer? ¿en qué puedes ayudarlos? ¿para qué te vas a quedar?… en realidad no sabía hacer nada que fuera útil para esas comunidades, pero a mí me bastaba la posibilidad simple de poder quedarme a ayudarles en el campo, en la escuelita rural, aprender en la marcha, aprender de ellos… mis amigos me convencieron de que así como estaba no podía realmente hacer ningún cambio, de que debía prepararme lo mejor posible para regresar en otro momento con algo que pudiera ofrecerles para mejorar su realidad.
Este fue un gran motivante en mi vida, toparme de bruces con la necesidad del otro, con la necesidad de estos niños de la calle, de mis compañeros de colegio y de estos campesinos que me enseñaron que la mejor forma que tenía de ayudarles era preparándome, dando lo mejor de mí y aprovechando las oportunidades de formación que Dios a través de mis padres me estaba dando. Creo que por esta gente, niños y jóvenes, me decidí a prepararme del mejor modo posible y dedicar mi vida entera al servicio de Dios al estilo de Calasanz.
Comprendo ahora que desaprovechar la oportunidad de preparase es un pecado, pecado de omisión, no utilizar adecuadamente los medios que Dios pone a nuestro alcance, dejar de aprender lo que el día de mañana debería ayudar a mi hermano a salir adelante. La educación hunde sus principios en la corresponsabilidad y la solidaridad con la esperanza de construir un futuro mejor para los demás.
La transformación de la realidad requiere más que la buena voluntad, requiere de un espíritu formado en las letras; para ser cooperador de la Verdad y arrancar la esclavitud de la ignorancia debía trabajar primero con mi propia esclavitud, con mi propia ignorancia, y sigo trabajando en ello –nunca dejare de ser un ignorante, pero sí puedo ser menos ignorante que ayer–.
La gente del campo es muy práctica, esto lo he aprendido a lo largo de estos años. Y cada vez me convenzo más que la educación formal está perdiendo este importante sentido, día con día es más técnica e intelectual alejada de la realidad inmediata. Calasanz, como buen educador y pedagogo y en vistas a la reforma de la sociedad pensó en métodos sencillos de enseñanzaaprendizaje basados en lo práctico, en la manera más simple de dotar a los niños pobres de herramientas que les ayudaran a salir adelante y conseguir un buen empleo, herramientas que les permitieran un futuro más digno y feliz. ¿Para qué queremos educar?, la educación verdadera no tendría porqué comprenderse solo como una carrera de títulos y reconocimientos, muchos de estos solo enfocados en aumentar el ego; la educación debe fundamentarse en lo práctico, incluso la teoría es para ello, para ponerse en práctica, y más aún, en una práctica que transforme las realidades sociales, con miras a instituir el Reino de justicia y paz.
El Espíritu Santo que habita en nosotros y que clama por un mundo más justo, me mueve a intentar transformar la realidad de mi hermano… el que dice “Yo amo a Dios”, y odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien ve? (1 Jn 4, 20). Una auténtica espiritualidad cristiana está inmersa en el mundo para transformarlo, la experiencia del amor transforma la realidad. Siguiendo la parábola del buen samaritano, el amor no se debe reducir solo al puro sentimiento de compasión, sino que debe abrirse a las acciones que sea necesario realizar para liberar al hermano de su situación de esclavitud, el buen samaritano cuidó del hombre que fue asaltado, es como el amor del buen pastor que sale en busca de la oveja perdida, y cuando la encuentra la echa en sus hombros, unge sus heridas y cuida de ella hasta que se reestablezca. Acciones que transforman la vida del herido, a diferencia de la actitud de quienes se siguen de largo; aquí una pregunta ¿cómo transformar el amor que recibo de Dios en acciones que unjan la herida del que necesita de ayuda?… es mi responsabilidad que el mundo cambie, de nadie más… El mundo está a oscuras no tanto por el mal que hacen los malos, como por el bien que dejan de hacer los buenos, Martin Luther King.
Calasanz ante la situación de opresión en que vivían los niños, por la esclavitud de la ignorancia, se deja tocar por Dios y manifiesta su amor transformando la realidad de ellos, dotándolos de los conocimientos y habilidades necesarias para que puedan valerse por sí mismos y salir adelante en una sociedad que los tenía relegados a los barrios bajos, sin derecho a una vida digna, sin derecho a una adecuada formación.
La educación cristiana, por tanto, no es un fin en sí misma, sino el medio para transformar la sociedad. No estamos educando para saber más, o para simplemente estar más preparados; la preparación que recibimos y compartimos tiene el objetivo de transformar la realidad de mi prójimo, esas son las vendas y los aceites con que cubrimos las heridas de la ignorancia, y sus secuelas de miseria y pobreza espiritual y material.
A propósito de este tema, durante el año 2012 preparamos con ayuda de una asociación civil, Ambulante Más Allá, un documental sobre la realidad de la educación preparatoria en un bachillerato técnico inserto en una comunidad rural que pertenece a la misión que tenemos en Campeche, México, y que fácilmente se puede traspolar a los planes educativos en muchos contextos mundiales. Una escuela inmersa en un ambiente rural cuyos planes y programas de estudio no corresponden con la realidad, ni responden efectivamente a las necesidades de esta.
La impertinencia de sus planes de estudio afecta a los jóvenes “preparándolos” para una realidad que no existe, sin campo laboral, y posibilidades muy remotas de aplicar la cantidad de conocimientos que están adquiriendo. Muchos jóvenes viven en constante preparación y formación sobre temas que no son aplicables en su realidad. Al respecto Székely (2010) del Colegio de México en un estudio importante sobre la educación dentro del marco del centenario de la Revolución y del bicentenario de la independencia de México señaló que la primera causa de deserción escolar no es económica, sino es un problema de pertenencia; en otras palabras, gran parte del problema de deserción escolar no es propiamente por problemas de carácter económico, sino que sus principales factores están en la percepción que los jóvenes tienen de que la escuela no les sirve o no está adecuada a sus intereses y necesidades.
Siguiendo con el documental, que lleva por título De tres… uno, aborda la realidad de tres jóvenes: Evelia, quien trabaja en una papelería para sacar adelante a su familia; Andrés, quien se vio obligado a abandonar sus estudios por la necesidad de trabajar; y Tony, que lucha por seguir estudiando y preparándose para ser agrónomo y trabajar las tierras de su familia. Ellos tienen dos cosas en común, sus padres trabajan con mucho esfuerzo el campo, y parte de sus vidas gira en torno al CECYT, un bachillerato terminal cuyas carreras técnicas no corresponden con la realidad rural de sus comunidades. Evelia, pese a ser una buena estudiante y graduarse como técnica en programación, no tiene más opción que emplearse en una papelería; Andrés quiere seguir estudiando para Laboratorista Químico, pero su padre se opone, pues no ve que sus estudios puedan servirle para el trabajo en el campo; y Tony no tiene más opción que estudiar Producción Industrial, como lo más cercano a la carrera de Agronomía que quiere estudiar en la universidad.
El documental plantea la incompatibilidad entre el perfil de las carreras técnicas que eligieron y la realidad que viven los jóvenes en un ambiente rural, así como las frustraciones que se generan cuando la vida no te brinda las oportunidades que necesitas para crecer como persona. Y peor aún, cuando estas frustraciones son el producto de un sistema educativo que me “preparó” para una realidad que no existe, inserto en un nulo campo laboral, y tristemente regresamos a nuestros hogares con un título que no ejercemos. ¿Cuántos profesionistas taxistas encontramos por las calles?
La educación cristiana, desde el marco de la transformación de la realidad, debe formar a hombres y mujeres de fe con un fuerte deseo de cambio. La fe auténtica tiene obras y frutos de amor. Un educador cristiano auténtico sabe que su acción educativa, desde la mirada de Dios, es la oportunidad de construir el Reino de Dios –Reino de justicia, amor y paz– transformando la realidad de sus alumnos, e invitando a estos a ser actores de esta misma transformación.
La relación entre la fe y las obras ilustra y fundamenta la relación entre espiritualidad y transformación de la sociedad. Recordando la afirmación de Santiago
Hermanos, ¿qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe, pero no la demuestra con su manera de actuar? ¿Será esa fe la que lo salvará? Si a un hermano o a una hermana les falta la ropa y el pan de cada día, y uno de ustedes les dice: “Que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre”, sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: si no se demuestra por la manera de actuar, está completamente muerta (Stgo 2, 14-17).
La fe da lo necesario para el cuerpo, una fe viva da lo necesario para transformar la realidad de mi hermano, de mi prójimo. Una auténtica espiritualidad, que surge de la caridad cristiana tiene frutos de misericordia. Estamos hablando de una espiritualidad que transforma la realidad, que sale de una relación intimista con Dios, al encuentro de la realidad del hermano y el mismo deseoacción de acompañarlo para transformar su vida. Este espíritu de fe que sale de sí mismo, ve reflejado en el otro la necesidad de crecer, pues en la medida que mi hermano vive auténticamente libre, en un contexto digno, puede ser también feliz, y como consecuencia encuentro también mi propia felicidad, hay más alegría en dar que en recibir (Hch 20, 35).
Yo soy el otro, y la libertad del otro construye la mía. No puedo ser verdaderamente libre, mientras mi hermano siga esclavo. Sin entrar en mucho detalle sobre la perícopa de Santiago antes citada, la fe definitivamente desemboca en obras de caridad, en obras de servicio, y estas obras suman en transformación de la sociedad. Una espiritualidad auténtica ve en las obras de la educación el resultado de una fe bien cimentada, es más, la fe alcanza su perfección por estas obras.
Creemos firmemente que la transformación de la sociedad depende de una adecuada educación, aquí la famosa frase que San José de Calasanz plasmó en las el número 2 de sus constituciones y que permanece intacta en el proemio de las actuales que rigen la vida de la Orden:
Concilio Ecuménicos, Santos Padres, filósofos de recto criterio afirman unánimes que la reforma de la Sociedad Cristiana radica en la diligente práctica de esta misión. Pues si desde la infancia el niño es imbuido diligentemente en la piedad y en las letras, puede preverse, con fundamento, un feliz transcurso de toda su vida.
Procurar educar en Espíritu y Letras a los más pequeños, con miras a romper las esclavitudes de la ignorancia, repercute en la transformación de la sociedad, por la transformación de un ser humano. Persigo la transformación de toda la humanidad, vía la transformación de una sola vida, de un solo niño o joven que sea capaz de concebirse de manera distinta.
En una ocasión escuché este cuento. Había un joven que cada mañana recogía las estrellas del mar que por millares estaban varadas en la arena, condenadas a muerte con la salida del sol; una a una las lanzaba al mar para que vivieran; un adulto al verlo le preguntó qué hacía, a lo que el joven respondió: estoy salvando a las estrellas de mar, el adulto le trató de explicar lo inútil de su trabajo, que eran miles y miles de estrellas las que morían a diario, y que su acción no haría ninguna diferencia, que era insignificante. El joven solo tomó la siguiente estrella de la arena y la arrojó al mar, al tiempo que se decía en voz baja para ella ha sido una gran diferencia.
En el memorial que dirigió Calasanz al cardenal Tonti, documento en el que define la naturaleza, importancia y finalidad de las Escuelas Pías. Nuestro Santo fundador afirma que la Obra de los Pobres de la madre de Dios tiene un ministerio insustituible que consiste en la buena educación de los muchachos en cuanto que de ella depende todo el resto del buen o mal vivir del hombre futuro (No. 5). ¿Acaso procurar el buen vivir del hombre futuro no es precisamente, en términos de nuestro estudio, el deseo de construir con los alumnos y para la sociedad, hombres de bien en miras a transformar esta misma sociedad?
Más adelante, en el número 15 del memorial, Calasanz insiste en que la reforma de las corrompidas costumbres, en otras palabras la transformación de la sociedad, depende de la formación de los más pequeños, de la educación que se les brinde, misma que es muy de agradecer por parte de los hombres, que lo aplauden unánimes y lo desean en su patria, presagiando acaso el bien de la reforma universal de las corrompidas costumbres, que es en consecuencia del diligente cultivo de esas plantas tiernas y fáciles de enderezar que son los muchachos, antes de que se endurezcan y se hagan difíciles, por no decir imposibles, de orientar.
Hacia el final de la obra (No. 26), sigue planteando la importancia de aprobar nuestra obra por su ministerio específico de la educación, del que depende en pocas palabras la reforma de toda la cristiandad:
Si la Santa Iglesia ha concedido esta gracia a tantos Institutos de ministerio general y común, ¿por qué no a uno específico y peculiar? […] ¿por qué, y con mayor razón, no se concederá a quien desde los primeros años ayuda a bien vivir, de donde depende el buen morir, la paz y sosiego de los pueblos, el buen gobierno de las ciudades y de los príncipes, la obediencia y fidelidad de los súbditos, la propagación de la fe, la conversión y preservación de las herejías […] y, finalmente, la reforma de toda la cristiandad, empleándose en ello hombres de vida apostólica, muy pobres y muy sencillos.
Desde el marco de la Espiritualidad Calasancia, el fruto de los hombres y mujeres de fe, de vida apostólica, muy pobres y sencillos, desemboca en obras de transformación de la sociedad por medio de la educación.
György Sántha (1956) hacia las conclusiones de sus sobre la obra pedagógica del santo, afirmó:
Calasanz no solo fundó la primera escuela popular elemental y media, dando además a Europa y a todo el mundo cristiano la primera Orden educadora, sino que en la gratuita educación e instrucción de todos, especialmente de los más pobres, fue también el primero en encontrar la única solución eficaz de no pocos problemas sociales emergentes con mayor fuerza y vehemencia en todas parte en aquella aurora de la época moderna.
Realmente, él vio de forma admirable que el perfecto orden social solamente será restablecido cuando a cada hombre, por pobre que sea, se le asegure, mediante una educación e instrucción gratuita, su inviolable derecho a saber y cuando a cada hombre le sean debida y laudablemente comunicados los principios morales del vivir cristiano.
Agradezco sin más esta oportunidad que me han brindado, conforme pasa el tiempo y tengo que regresar a la fuente de mi propia historia, de mi propia vida, concibo mi historia personal más que como un ente estático, inmóvil, como un torbellino dinámico. La historia no está hecha como nos han dicho, tal vez esté escrita, pero siempre hay oportunidad de relecturas más enriquecedoras a la luz de la experiencia presente, y los anhelos de una esperanza futura.
Deseo con el corazón que este sencillo compartir pueda despertar más interrogantes. Pues la realidad social actual plantea grandes preguntas que claman honestas respuestas de vida; y una auténtica espiritualidad cristiana y escolapia encontrará en la realidad el sentido de una íntima, pero no intimista, relación con Dios que nos lleve a romper con nuestras propias cadenas de ignorancia, y de este amor con Dios y conmigo mismo romper las cadenas de mi hermano. Solo así transformaremos la sociedad.

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