ESPAÑA 500 revistas después – Enric Ferrer Schp

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Entre 1958 y 2014 el arco cronológico e histórico es de tal amplitud y calado, que no admite una síntesis apresurada sin dejar fuera del relato elementos importantes y sin posibilidad de introducir los matices que lo iluminan. La historia no es otra cosa que matizar, encuadrar, interpretar la tosquedad de los hechos, los datos inmediatos de la trama humana.

Entre la continuidad y el cambio conviene poner de relieve todo aquello que, por ser cotidiano, pasa un tanto desapercibido, pero sin cuyo concurso sería imposible ofrecer una mínima aproximación al devenir histórico. El trigo y la cizaña seguirán creciendo juntos, como mezcla inseparable entre lo superfluo y lo permanente.
Aunque con trazos más gruesos, quizá sea útil acercarse a la sociología para obtener una foto del cambio que ha experimentado la sociedad española en el último medio siglo. Más de un sociólogo se ha preguntado si más allá de sus catedrales y sus paisajes, queda algo de aquella sociedad semirrural y arcaizante de los años 50 del siglo XX. Sea como sea, el recorrido desde la segunda mitad del pasado siglo al ya crecido siglo XXI, depara suficientes sorpresas y novedades como para ajustar una y otra vez la foto fija de esa época. Por eso conviene acercarse a las corrientes aparentemente superficiales de la música popular y de una novela aupada por la publicidad del premio, para aislar indicios de cambio, importantes por lo que anunciaban y por la amplitud de su público.
Con la música a otra parte
La omnipresente radio difundía una conspiración de música castiza, no tanto aflamencada, cuanto por la copla española y selectos retazos de viejas zarzuelas. La música tenía letra, cuerpo, con mensajes claros como aquel de que “Tres cosas hay en la vida: / salud, dinero y amor, / y el que tenga estas tres cosas / que le dé gracias a Dios”, con su guiño religioso propio de la época. Sin embargo, desde tanta altura casi espiritual, Pepe Blanco recordaba a sus oyentes que el ideal de la felicidad tenía dos ingredientes básicos: el cocidito madrileño y el amor de una mujer, sin hacer demasiado hincapié en el orden de los elementos.
No todo, sin embargo, era producto español. De Iberoamérica, antes de ser “latina”, venía de Méjico la música alegre y también dramática de los “corridos”, con la compañía de algún que otro tango o la pegadiza melodía del cubano Antonio Machín, con la suave reivindicación racial de los “angelitos negros”.
La nueva política económica desde 1958 acabó con la autarquía. Se pretendía liberalizar la economía y abrir nuevos espacios comerciales. Y la música hizo de precursora de tanta novedad económica: la canción francesa, italiana y los norteamericanos, cada vez más presentes por el cine y las bases militares, dieron paso a Cole Porter, a Nat King Cole, a Ray Anthony y sus coros… Comenzaba a declinar el casticismo, de tal manera que, un día, casi sin solución de continuidad, irrumpió la nueva música anglosajona de la mano de los Beatles, como una explosión de alegría y sensibilidad juvenil. Y muy pronto los incombustibles Rolling Stones, con su rabia y fuerza. Y así hasta hoy.
Un cambio que anunciaba una transformación social de gran calado, aumentada por la forzosa y millonaria emigración de jóvenes en busca de trabajo en la Europa del milagro alemán y la avalancha turística de europeos en busca de sol y playa, de un exotismo ya superado en las sociedades industrializadas. Juanito Valderrama y Manolo Escobar pusieron letra y música a ambas peregrinaciones, mejor posiblemente que las posteriores tesis universitarias.
La sacudida musical de los chicos de Liverpool y sus múltiples seguidores, iba a ser tan grande que afectaría a casi todos los géneros y a las mismas letras como expresión de los problemas humanos y sociales: Bob Dylan, Joan Baez, Peter Seeger, con su mensaje de protesta juvenil, pacifismo, de humanismo. La canción protesta comenzó a extenderse por España, como un preludio de la toma de conciencia social y política: Paco Ibáñez, Raimon, Llach, Labordeta… Incluso apareció una seria recuperación de la música popular, en trance de desaparecer ante el éxodo rural, con la obra de Joaquín Díaz y otros muchos.
El predominio anglosajón en la música se vio reforzado por el cine y la naciente televisión. No siempre se traducían las letras de los nuevos grupos musicales, pero el “yesterday” o el “no nos moverán” ya se habían hecho carne propia de los jóvenes que iban a vivir los más grandes cambios de la España contemporánea.
Un curso de revelaciones (1959-1960)
En 1961 un jovencísimo y desconocido autor, José Antonio Payno, se alzaba con el premio Nadal de novela, con su obra El curso. La publicación de la novela, no sin cierto escándalo, provocó opiniones encontradas, no tanto por su limitado valor literario, sino por el tipo de juventud retratada en sus páginas.
Unos veinte años después de terminada la guerra civil, una generación nueva irrumpía en el estancado espíritu de la pretendida restauración de unos valores cada vez más ajenos a la sociedad europea occidental. La sencillez del argumento –relatar el curso universitario de un grupo de amigos en el Madrid de 1959-1960– daba la impresión de que la novela tenía el carácter de una encuesta sociológica en la que se reflejaban nuevas formas de vida, valores en transición y amplias aspiraciones sobre la propia existencia y su futuro.
El tránsito de la adolescencia a la primera juventud, la necesidad de afrontar “ser-en-el-mundo”, dentro de ciertos resabios existencialistas, partía del descubrimiento de la corporeidad masculina y femenina, de la atracción sexual, las consabidas dudas de si el matrimonio era una alternativa válida o no. En todo caso siempre estaba presente la doble barrera de la moral y del comportamiento público, garantizado por la policía. Más allá del descubrimiento de la atracción sexual, se planteaba la “guerra de los sexos”. Ya apuntaba un cierto feminismo: “¡Nos hemos rebelado! Hoy las mujeres trabajamos más que los hombres. En casa y fuera. Y tenemos derecho a ser libres”.
Iban apareciendo algunas inquietudes intelectuales, incluso con intentos de formar tertulias y grupos de estudio por estar disconformes con “la juventud actual intelectualmente pachucha”, y también por desear una formación más amplia que superara la fuerte especialización de los estudios universitarios. Entre sus intereses intelectuales ya descollaba la ciencia (de moda por el lanzamiento de los primeros satélites), la relación individuo-sociedad, el sentido de la existencia, etc. pero todo ello con un enfoque abstracto, sin referencia a la realidad, con vagas alusiones a autores como Camus, Sartre, Descartes, santo Tomás, Platón, Herodoto, Orwell, Russell, Malaparte, formando una extraña mezcla. Todavía no apuntaba la seducción del marxismo, que se convertiría en el horizonte intelectual de los años 60 y 70.
Alguno de los personajes de la novela aspira a vivir existencialmente al límite, buscando el yo auténtico y huyendo de ser como los demás, con su programa centrado en el “Mercedes último modelo, Nat King Cole y las gambas al ajillo”.
La obra de Payno, entre otros aspectos interesantes, ofrecía ciertos atisbos de secularización de actitudes y mentes, en contraste con una época marcada por una fuerte presencia de lo religioso. Con una actitud displicente se criticaba la educación de los colegios de monjas; la muerte era un asunto estrictamente humano, con algo de fatalismo estoico; el pasado, por ejemplo los músicos españoles del XVI, eran calificados de fanáticos religiosos. En definitiva, ni Dios ni la Iglesia merecían la más insignificante alusión.
Una aproximación a las estructuras de acogida como son la sociedad, la familia, el grupo y la educación, proporcionan datos interesantes para rastrear el inicio de los cambios que, muy pronto, se iban a generalizar en la sociedad española. En este sentido la sociedad viene representada por la clase social media y alta de los personajes de la novela, excepto en algún caso. Se trataba, por tanto, de los principales beneficiarios del régimen franquista. El intelectual del grupo los describía así: “Me parece que la mayoría de la gente que estoy tratando es tonta. No hace más que hablar de discos, automóviles y películas”. En la familia ya existe algún caso de padres separados, con problemas de drogadicción. El cabeza de familia, el padre, sigue siendo autoritario y definidor del futuro de los hijos. Las hijas se sinceran más con sus madres, pero con evidentes muestras de estar enfrentadas generacionalmente.
El pensamiento político parte, en general, de una percepción clasista de la sociedad. Por otra parte, el intelectual del grupo, en las reflexiones de su diario, muestra su desprecio por los hijos de papá que perpetuarán su posición de dominio en la sociedad y serán los dirigentes del mañana. En sus charlas de café hablan, por ejemplo, de la revolución castrista, aunque dejando bien claro, para la mayoría, que lo mejor es mantener la propiedad privada. En realidad sólo “se entretenían”, ya que sus temas eran de la lejana política internacional, nunca de la nacional.
El tiempo de ocio lo llenaban con “guateques”, cine, bares, mucho tabaco y alcohol. Las vacaciones las pasaban en la sierra o en sus casas de campo. Los viajes al extranjero no aparecen nunca. Algunos de ellos hicieron el camino de Santiago, pero sin mostrar ninguna referencia religiosa.
La novela, con su planteamiento cíclico, se detendrá en el umbral de un nuevo curso. El grupo acabará desintegrándose, como las ilusiones sobre el futuro. El poder seguirá en manos de los de siempre, dejando una sensación de vacío y frustración, quizá como una parábola de la vida gris de aquella época.

Las claves del cambio
La autarquía económica hizo crisis en 1958 y la realidad se impuso. Se arbitró una nueva política económica, pero antes se quiso, ese mismo año, poner un cimiento inalterable de carácter ideológico con la proclamación de los Principios del Movimiento Nacional. Comenzaba así una divergencia entre la economía y la política. Un plan de estabilización económica, en 1959, inauguró la receta salvadora del “desarrollismo”. El Régimen sería ahora legitimado por sus logros económicos, no por los sueños imperiales de la victoria. Liberalizada la economía, devaluada la moneda, abiertas las puertas a la inversión extranjera, el crecimiento fue galopante y sostenido durante años, con la garantía de una masa obrera dócil, en general. Pero la disfunción entre el desarrollo económico y el inmovilismo político –asentado en la Ley Orgánica del Estado, de 1966– propició huelgas protagonizadas por obreros y estudiantes. Iba apareciendo un nuevo sindicalismo, ajeno al oficial, y núcleos de oposición política, sobre todo en los territorios de vieja raigambre nacionalista. Asomaba ya la terrible faz del terrorismo, principalmente etarra. Una ley de Prensa, en 1966, suavizó algo el cerco informativo. La distancia entre la España oficial y la España real se iba agrandando. El tardofranquismo iba dando sus últimos pasos, de tal manera que el asesinato de Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, en diciembre de 1973, precipitó el fin del régimen, ya irremediable con la muerte del general Franco (1975). Comenzaba así la transición a la democracia, impulsada por el rey Juan Carlos I, que culminaría con la aprobación de la Constitución de 1978. El proyecto democrático no era otro que conseguir la homologación del sistema político, económico y social con el existente en los países de la Europa occidental.
Estos hechos, sucintamente evocados, cubrían una transformación muy profunda de la sociedad. En sólo veinte años, la vieja sociedad del XIX proyectada hasta más allá del primer tercio del siglo XX, quedaba casi barrida por unos nuevos valores, de tal manera que, en muchos aspectos, se volvía a enlazar con las cuestiones planteadas durante la II República.
Mientras tanto, la población española experimentaba un intenso éxodo rural, de tal manera que en 1975 el 75% de los españoles residía ya en ciudades de más de 10.000 habitantes. En la década de los años 60, tres millones y medio de habitantes cambiaron de residencia. Junto a estos movimientos interiores, se produjo una fuerte emigración a los países industriales europeos, de tal manera que en 1968 un millón y medio de españoles residían en Europa. La economía mejoraba con el envío de divisas y el alto porcentajes de empleados en España. Junto con las divisas iban llegando formas diversas de entender la vida, nuevas costumbres y mentalidades bien distintas de las tradicionales. ¿Cuál fue el precio de estos cambios? Desde una perspectiva social se observó la incidencia creciente del desarraigo social, la ubicación en la periferia de las grandes ciudades, sin apenas servicios básicos, en contraste con la ostentación de los centros urbanos y residenciales, donde una rampante clase media ya rozaba el 25% de la población activa.
Casi insensiblemente, sin embargo, se iba desarrollando la revolución social de mayor alcance del siglo XX en las sociedades occidentales: la emancipación de la mujer, con sus implicaciones familiares. La mujer transferida al medio urbano o al extranjero conocía unas libertades impensables en su contexto rural. En esta ruptura con el pasado radica una de las claves principales de las profundas transformaciones morales y religiosas de la sociedad española.
Otro de los factores del cambio fue el turismo. En 1975 se llegó a los treinta millones de visitantes. La transformación de las costas españolas, sobre todo mediterráneas, alcanzó casi la fuerza de un cataclismo: urbanización, alteración del medio natural, expansión económica, llevaron aparejados cambios de gran calado en los hábitos y comportamientos de los españoles.
El crecimiento de la población produjo una espectacular demanda educativa que la Ley General de Educación (1970) trató de encauzar, aunque sin los necesarios recursos económicos. La nueva ordenación educativa favoreció la incorporación de la mujer y el aumento de universitarios, en general hijos de la clase media, que conocieron y, a veces, mimetizaron los movimientos juveniles internacionales: pacifismo, pautas sexuales más libres, ruptura con las tradiciones, la nueva música, la moda no convencional… Era la rebelión de los hijos del espectacular crecimiento económico de la posguerra mundial.
En la universidad, junto al magma de la revolución juvenil, creció la difusión del marxismo. El análisis marxista de la economía y de toda la realidad cultural y social produjo una conmoción intelectual que pretendía sustituir la visión tradicional de raíz católica, de alguna manera asumida por la doctrina oficial del régimen, por una cosmovisión cultural que abarcara todos los fenómenos humanos y sociales, desde una radical inmanencia. Si a esto se añade la influencia francesa a través del existencialismo y el estructuralismo, es comprensible que el pensamiento tradicional fuera rápidamente denostado.
Para el catolicismo el nuevo paradigma cultural significó una rectificación de siglos de la habitual alianza con el poder, con la monarquía. La Iglesia iba a entrar en una particular transición para reubicarse en un contexto social cada vez más secularizado. El ordenamiento jurídico de la Iglesia en España se regía por el Concordato de 1953, con su defensa de la confesionalidad católica del Estado. A pesar de loables intentos, la actualización bíblica y teológica era todavía escasa, sobre todo en comparación con las grandes aportaciones alemanas y francesas. Iniciado el Concilio Vaticano II (1962), uno de los temas de mayor incidencia social y política fue la declaración sobre la libertad religiosa. Se agudizaba así el distanciamiento institucional eclesial del régimen franquista. Las tensiones internas fueron especialmente fuertes y afloraron las tópicas denominaciones de integristas y progresistas.
Concluido el Concilio (1965), su aplicación suscitó diversos grados de adhesión, pero la liturgia renovada, la integración de los religiosos y los laicos en la vida y pastoral diocesana, la invitación a vivir la fe como adhesión personal a Cristo en el conjunto de la comunidad cristiana, la actitud de entrega y servicio a los más necesitados, entre otros más aspectos, fueron dando paso a una forma de vida más coherente, evidentemente minoritaria y en contraste con bastantes manifestaciones de la religiosidad popular.
A pesar de tantas dificultades, la Iglesia fue evolucionando con bastante rapidez: el distanciamiento con el régimen culminó en 1973 con el documento de los obispos sobre la Iglesia y la Comunidad política; sin carácter institucional hubo casos de colaboración con la oposición sindical y política; se intensificó una mayor implicación social con los movimientos especializados de Acción Católica, aunque padecieran incomprensiones y crisis; los responsables de la Iglesia se negaron a la formación de partidos políticos cristianos, al estilo de la Democracia Cristiana italiana; obispos y sacerdotes dialogaron y lograron importantes líneas de pensamiento y acción en una Asamblea Conjunta (1971); tampoco se descuidó el diálogo fe-cultura… Pero al mismo tiempo avanzó la secularización de mentes y costumbres, con fuertes rebrotes de laicismo y anticlericalismo, con aires, a veces, de ajuste de cuentas.
La llegada de una nueva generación produjo un cambio decisivo en la orientación religiosa de la sociedad española. Si en 1970 se declaraban católicos un 95% de los españoles, en el período 1976-1978 el porcentaje de católicos practicantes pasaba del 87 al 59%, mientras el número de ateos e indiferentes alcanzaba el 20%. La interacción de varias causas lo puede explicar de alguna manera: desaparición de la coerción política y social en materia de religiosidad; el avance de la secularización; el desarraigo religioso y moral de las poblaciones transferidas a las ciudades; la percepción de la tradición como una rémora frente al progreso; la marginación de la Iglesia por parte de los poderes políticos y los medios de comunicación, etc.
En la compleja etapa de la transición democrática, la Iglesia siguió teniendo una presencia activa en la sociedad a través de sus instituciones pastorales, educativas y asistenciales. Esa continuidad jugó un papel decisivo de estabilización y de confianza en el futuro. La secular impregnación cristiana de la cultura ambiental –a través de fiestas, tradiciones y costumbres– siguió siendo muy intensa, aunque algunas de ellas fueran manipuladas y descontextualizadas de su carácter religioso.
La Constitución de 1978, en su artículo 16, exponía la cuestión religiosa en términos de aconfesionalidad y de colaboración con la Iglesia Católica y las otras confesiones. Esta resolución superaba un ya largo conflicto y abría nuevas perspectivas de libertad y de diálogo. En definitiva, el período 1958-1978 ha significado el primer gran paso en la transformación de la sociedad española y su homologación con los países del entorno europeo, aunque con unas características propias como son el cambio tardío y la rapidez en su transformación.
El obligado intermedio de 1978 a 1996
Cuando en 1982 el Partido Socialista ganó las elecciones, se iniciaba un período de aplicación de la Constitución y de desarrollo de todo lo que suponía el nuevo Estado social y democrático. Años de verdadera refundación, con la atención puesta en los grandes temas decantados por la historia contemporánea española: la descentralización autonómica, la reforma del Ejército, la cuestión religiosa, el encaje con Europa y la comunidad internacional.
La Iglesia, perdida una parte significativa de su relevancia social, ha seguido, sin embargo, con un trato especial fruto de los Acuerdos Iglesia-Estado (1977). Con un talante distinto, pero con firmeza, se opuso al giro laicista del gobierno en asuntos de especial importancia moral y religiosa (divorcio, interrupción del embarazo, educación, etc.). La presencia de católicos en buena parte de los partidos políticos, dificultó una respuesta más coherente y eficaz. Por otra parte, un sector amplio de la sociedad acogió con bastante normalidad, entre otros grandes temas, los acabados de citar.
El país se reubicó en el ámbito internacional con la adhesión a la OTAN (1982) y el ingreso en la Comunidad Económica Europea (1985), la actual Unión Europea. Estas adhesiones significaron el final de una larga etapa de aislacionismo y de escasa presencia en los asuntos internacionales.
La economía, sin embargo, vivió altibajos considerables. La transición democrática se vio afectada por una grave crisis económica, que se intentó paliar con bastante acierto con los Pactos de la Moncloa (1977) entre las fuerzas políticas, sindicales y empresariales. La prevista adhesión a la CEE obligó a una dura reconversión industrial y a grandes ajustes en el sector agrario y pesquero. En los años anteriores y posteriores a la entrada en la CEE había tres millones de parados y ocho millones vivían por debajo del umbral de la pobreza. Como país de desarrollo intermedio tenía una renta per cápita de unos 6.000 dólares, ampliamente superada por la media comunitaria.
Una expansión económica excesivamente breve (1985-1991) permitió el acercamiento al nivel europeo. Este auge momentáneo facilitó la celebración de eventos como los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, ambos en 1992. Con la llegada de cuantiosos fondos de ayuda europea, se acometieron las grandes obras de infraestructura viaria en carreteras y ferrocarriles. Al mismo tiempo, por la mejoría económica, se dio un gran avance en la configuración del Estado de Bienestar: pensiones, sanidad, educación.
La imagen de España era radicalmente distinta del país atrasado de unos pocos años antes, ahora destino turístico de rango internacional, dotado de todos los elementos propios de la vida moderna, con un sector primario de menor peso ante el secundario o industrial y el de servicios. Con un sistema educativo en desarrollo y un creciente aumento de los estudios universitarios, cada vez con mayor presencia femenina, el país comenzaba a destacar por sus profesionales y por la investigación científica.
La cara amable del desarrollo contrastaba con la corrupción en algunos sectores de la política y las finanzas, la centralidad de la construcción en la economía, el aumento de la delincuencia, la marginación social, el avance del consumo de alcohol y drogas en los jóvenes, sin olvidar la persistencia del terrorismo, no sólo etarra, con gran número de víctimas, dieron la imagen de un país excesivamente permisivo y todavía crispado por la violencia.
La estructura social se hizo cada vez más compleja, con contradicciones evidentes como el aumento del individualismo, marcado por el ansia de dinero, compatible con el recurso al paternalismo del Estado. De ahí también la falta de una potente y exigente sociedad civil organizada en asociaciones de carácter voluntario, en contradicción también con un resurgir de asociaciones de tipo religioso y asistencial (Cáritas, Manos Unidas), numerosas Organizaciones No Gubernamentales de carácter solidario y asociaciones ecologistas. Las agrupaciones de proximidad (festivas, deportivas, de barrio) siguieron teniendo un destacado papel.
La cultura popular, ya muy erosionada por influencia de los medios de comunicación, ha ido incorporando, por mimetismo o por promoción comercial, fiestas y tradiciones de otros países y tradiciones. Elementos de origen religioso han sido reinterpretados en un contexto secular como factores de identificación colectiva o de fomento del turismo. El deporte, como espectáculo de masas, ha adquirido una presencia de primer rango en los medios de comunicación. El ocio se ha ido privatizando (TV, internet), incluso por la facilidad de desplazamientos, aunque algunas fiestas locales sigan teniendo un cierto poder de convocatoria, como una reminiscencia del grupo originario o pueblo, ahora diluido en las sociedades urbanas, donde el anonimato y el individualismo marcan la existencia cotidiana.
Normalidad del ciclo político y anormalidad económica
El ciclo socialista parecía agotado en el contexto de la crisis de 1991-1994. Con total normalidad democrática, el Partido Popular ganó las elecciones de 1996 y 2004 y abrió una nueva etapa política. Estos años fueron de gran importancia: economía en expansión, privatización de las grandes empresas públicas, convergencia con la Unión Europea para la unión monetaria y aparición del euro (2002), auge de la construcción, disminución importante del paro, aumento de la renta per cápita más allá de los 22.000 euros, respuesta firme a ETA, a pesar de seguir produciéndose atentados, incorporación de inmigrantes en el sistema productivo, suspensión del servicio militar obligatorio, etc. En política internacional se optó por el acercamiento a Estados Unidos, de tal manera que se llegó a participar en la guerra de Irak (2003), muy contestada por los ciudadanos. El terrible atentado islamista de Madrid (11 de marzo de 2004) fue una de las consecuencias del citado intervencionismo en Irak.
A los tres días del atentado, regresaban al gobierno los socialistas (2004-2011). En los primeros años de su gestión continuó el ciclo expansivo de la economía, con un protagonismo excesivo de la construcción. Los dirigentes políticos pertenecían a una etapa posterior a la transición democrática. Se quiso avanzar, sin apenas consenso, en cuestiones que afectaban a las derechos de los ciudadanos (el llamado matrimonio homosexual), a la educación (asignatura Educación para la ciudadanía), revisión de los Estatutos de autonomía, retirada de las tropas destacadas en Irak, intentos de dialogar con ETA, cambio de signo en la política internacional (Alianza de Civilizaciones), etc. El país ofrecía una imagen permisiva, con ampliación de derechos cívicos, un aire laicista, pero sin cambios importantes en la estructura económica. Y llegó la crisis. Desde 2008 el crecimiento económico retrocedió rápidamente y el paro aumentó de forma vertiginosa hasta alcanzar casi cinco millones de desocupados (2011). El surgimiento de una amplia protesta, sobre todo juvenil o de los “indignados”, alrededor del Movimiento 15-M, escenificó el dramatismo de la situación, con la colaboración de las redes sociales.
Las elecciones de 2011 dieron el triunfo al Partido Popular por mayoría absoluta. Bajo la tutela de la Unión Europea se procedió a la reordenación de la economía de acuerdo con los postulados neoliberales de adelgazar el Estado, reconducir algunos derechos cívicos, las autonomías, la educación, la sanidad, las pensiones, etc. El consenso ciudadano en torno al Estado de Bienestar comenzó a resquebrajarse. Mientras, poco a poco, la macroeconomía iba equilibrándose, la vida cotidiana presentaba unos indicadores muy problemáticos: aumento del índice de pobreza –incluso infantil–, del riesgo de exclusión social, de la desigualdad social, del trabajo precario, etc. Los efectos de la crisis se han dejado sentir en la descomposición de la clase media, la caída del consumo, la pérdida de habitantes y la emigración de españoles, mientras ha ido retrocediendo el número de inmigrantes.
Una Iglesia en permanente encrucijada
El perfil de la Iglesia en España, como no podía ser de otra manera, presenta una gran complejidad. En el período iniciado en 1996, la confrontación con los diversos gobiernos, a cuenta de cuestiones fundamentales como las referentes a la vida, la educación, la familia, etc. nunca han significado una ruptura sin paliativos. En cambio el alejamiento entre el pensamiento laico y el religioso parecía un hecho irreversible, a veces acompañado de un cierto anticlericalismo burgués que seguía viendo en la Iglesia como una enemiga del progreso. La casi total ausencia del tema religioso en la novela coetánea venía a confirmar este distanciamiento. En contraste, se ha producido un notable pluralismo religioso, sobre todo por la masiva llegada de inmigrantes. El cristianismo ortodoxo, procedente de los patriarcados del centro y este de Europa, ha crecido de forma importante, junto con los ya más arraigados evangélicos y anglicanos. Entre los grupos cristianos se han asentado numerosas denominaciones, en general adscritas a las dos grandes corrientes de baptistas y pentecostales. La presencia del Islam también es ya muy notoria. Las religiones milenaristas, principalmente del tronco adventista, son muy conocidas por su proselitismo. Una presencia tan grande y variada de diversas adscripciones religiosas no ha producido apenas un diálogo interreligioso, excepto en los casos de ecumenismo consolidado (ortodoxos, reformados).
La Iglesia se ha ido configurando como una institución muy organizada, promotora de multitud de servicios de carácter asistencial, educativo, cultural, etc. La atención a la población con más riesgos por la crisis ha sido valorada por el conjunto de la sociedad, al igual que su labor internacional a través de los misioneros y voluntarios. Sin embargo, la percepción que la sociedad tiene sobre los responsables de la iglesia no es positiva. Las encuestas al respecto dejan constancia del rechazo de la Iglesia como referente moral, social y espiritual, por parte de amplios sectores de la población española. Esta percepción fragmentaria de la Iglesia, como fruto de la modernidad y de la secularización, manifiesta la dificultad de unir en un todo lo asistencial y lo espiritual. Queda en la oscuridad que lo uno y lo otro son inseparables desde una opción de fe en Jesús, como esencia del cristianismo.
La evolución estadística de los últimos veinte años muestra una deriva clara de desenganche eclesial e incluso de atonía religiosa. A la altura de 2013, en una encuesta del CIS, se declaraban católicos el 72,4% de los españoles, mientras el 13,3% manifestaba que participaba casi siempre en la eucaristía de domingos y festivos. Al mismo tiempo, un 40,9% decía ser practicante en diverso nivel. El porcentaje de no creyentes y ateos se cifraba en un 15,2 y un 8,6, respectivamente. La contextualización de estos datos debe tener presente que las generaciones más adaptadas a la indiferencia son las de los jóvenes (18-29 años) y los adultos (30-40 años). Estos últimos son los que nacieron y se formaron en la etapa del cambio religioso a partir de 1976, actitud que de alguna manera trasmitieron a sus hijos. Es evidente que, en términos cuantitativos, el persistente anticlericalismo español ha bajado, en buena parte por su deriva hacia la indiferencia.
En cuanto a la calidad de los contenidos de la fe de los que se declaran católicos, las encuestas especializadas confirman una deficiente formación religiosa, tanto en los aspectos doctrinales como en la expresión personal y comunitaria de la misma fe.
La generación mejor formada se va a la vendimia
Con sospechosa unanimidad se viene hablando de que la juventud actual es la mejor formada de la historia reciente española. Evidentemente es la generación de la época de la expansión económica, la que ha tenido la oportunidad de alcanzar estudios superiores, aprender idiomas, sobre todo el inglés, ser nativa en tecnologías informáticas y viajar sin pasaporte y con la misma moneda por los países europeos más importantes. Sigue, sin embargo, el problema de los que ni estudian ni trabajan. Como todo grupo humano engloba una múltiple realidad, de tal manera que junto a un potente voluntariado social, aparece entre sus pliegues un distanciamiento del compromiso político, religioso, sindical, cultural, que puedan significar compromisos personales permanentes. Lastrada por una educación poco crítica, su respuesta a la crisis económica, con todo su fondo ético, reviste formas diversas de protesta: desde la indignación ocasional, sin verdadera trabazón política e intelectual, hasta las manifestaciones más primitivas expresadas en el consumo masivo de alcohol y drogas, casi siempre en el marco de lo que se han dado en llamar “botellón”, que no es otra cosa que la irrupción del grupo, de la tribu coyuntural, por encima del individuo.
Ritos colectivos, como los grandes conciertos al aire libre, por la potencia de cohesión emocional del grupo; los eventos deportivos por su transferencia simbólica; el fervor por la naturaleza, más allá de la ecología científica, por su identificación cósmica, apuntan hacia nuevas formas de vaga religiosidad.
El grupo de amigos, ampliado por las redes sociales, está llegando a ser el referente más decisivo en la configuración ética del individuo, de tal manera que, en bastantes casos, obliga a un cierto ocultamiento de las propias convicciones religiosas, de tal manera que ya es un lugar común sostener, como afirman varios sociólogos, que la mayoría de los jóvenes ya no pueden ser considerados católicos de hecho. Una afirmación de esta contundencia puede y debe ser matizada, pero es ya indudable que la ruptura de la trasmisión de la fe es uno de los problemas más importantes de la comunidad cristiana. La familia que era la trasmisora de la fe en primera instancia, está afrontando diversas y bien conocidas crisis, mientras los hijos, que la siguen valorando, le demandan el papel de refugio frente a la falta de trabajo que, en el segmento joven, ya llega al 55%. La incertidumbre ante el futuro está volviendo a plantear soluciones como la emigración. La vuelta de jóvenes españoles a la vendimia francesa, aunque anecdótica, es un indicador que retrotrae a los años 60 del pasado siglo. Saber que van a vivir peor que sus padres no es un destino esperanzador. Alentar nuevas formas de vida en un contexto de progreso sostenible, sí que puede dar un nuevo impulso a los jóvenes que ahora deben asumir retos que parecían superados hace treinta o veinte años.
A modo de conclusión
El arco temporal que se ha intentado recorrer, correspondiente a los últimos sesenta años, ha decantado algunas constantes que, de forma rápida, conviene resumir. Se ha producido la homologación tardía, pero rápida, con los países del entorno europeo. La secularización, aunque ya intuida muchos años atrás, ha transformado profundamente el tradicional paisaje religioso español. El potente anticlericalismo, asociado a la modernización de la cultura y la sociedad desde el siglo XIX, ha dado paso una indiferencia religiosa de gran extensión. La familia sigue siendo un referente básico para muchos jóvenes, a menudo vista como la última posibilidad de resistir en un contexto adverso. La crisis económica ha desvelado crisis de mayor calado, desde una educación deficiente a una ruptura de la trasmisión de la fe. Aunque sin llegar a un gran nivel de conciencia política y social, la crisis ha comenzado a difundir otra forma de vivir, más solidaria, más abierta a las verdaderas necesidades de una sociedad en rápida transformación.

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