Escuchar, asombrar – Ana Guerrero

Ana Guerrero

ana.guerrero1974@gmail.com

 

Para poder dialogar hay que poder escuchar, o mejor dicho hay que querer escuchar.

Escuchar significa prestar atención a lo que se percibe sonoramente, por lo que implica una intención clara, una voluntad por parte de quien lo hace. Y, ¿por qué habría de interesarse la persona en escuchar algo o a alguien, si sin hacer ningún esfuerzo se puede oír lo mismo?

Tal vez la respuesta sea que, al dar ese paso, pasar de oír a escuchar, puedes descubrir algo nuevo, disfrutar de algo, asombrarte…

Por ejemplo, yo puedo oír la música que está sonando en la radio, mientras realizo otras tareas, teniéndola tan solo de fondo, sin prestarle atención especial. Pero si me dedico tan solo a esa música, si llevo mi atención, mi escucha a esa pieza sonora, tal vez descubra algún instrumento que antes no identifiqué, o alguna parte de su letra me llame la atención, me haga sonreír, recordar algo…

Otro ejemplo. He quedado con una amiga para pasear y charlar. Puede que simplemente oiga sus palabras, mientras en mi cabeza resuenan las mías: esto ya me lo sé, es lo de siempre… O podría ser que esta vez pusiera mi voluntad en escucharla, y en esa escucha descubra qué hay detrás de sus palabras, cómo está viviendo lo que me está contando, cómo se siente, qué necesita o qué me ofrece…

Sin duda, escuchar es mucho más enriquecedor, y también atrevido. Y, sin embargo, es poco frecuente que lo hagamos. ¿Por qué? Quizás porque vamos perdiendo nuestra capacidad de asombro, de abrirnos a la sorpresa, de creer que hay mucho por descubrir, de percibir grandes novedades en las cosas más sencillas. Y así puede que estemos condenando a vivir a nuestras generaciones más jóvenes, mutilando el deseo y necesidad humana de creer, de tener fe. Fe en el cambio, fe en el misterio de lo que no se controla, fe en nuestro propio misterio y, aún más, fe en Dios.

Porque parece que esta fe es contraria al avance científico tan importante para el ser humano. Parece que caminan en oposición constante, pero no. Ambas, ciencia y fe, si las dejamos, pueden caminar de la mano, precisamente unidas por una capacidad común, la capacidad de asombrarse. El avance científico, sin duda, no cesa porque no cesa el asombro ante cada descubrimiento. La apertura y el crecimiento en la fe se dan porque nos abrimos al misterio de la vida, y nos asombran grandes y pequeñas cosas, que no podemos explicar, razonar, controlar.

Si tuviéramos la suficiente valentía, si quisiéramos crecer cada día en esa capacidad de asombro, aumentaría nuestro deseo de escuchar, que no oír, para enriquecernos con los misteriosos regalos de la vida: lo que dice mi amiga, lo que me dice esa música, lo que explica la ciencia, o lo que me abre a la fe.

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