Entrevista ficticia a Santa Teresa de Jesús – Soledad Cañizo

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Entrevista ficticia a Santa Teresa de Jesús

Entrevistadora: Buenos días, Santa Teresa.

Santa Teresa: ¡Ave María Purísima!

E: No, mujer, no hace falta que se santigüe. Esto solo es una entrevista, ¿se acuerda verdad?

ST: Ah, sí, sí. Perdón. Es que no tengo mucho hábito…

E: Claro, claro, pero cuénteme: ¿qué tal se encuentra?, ¿cómo le ha sentado la eternidad?

ST: Pues estupendamente, la verdad. ¡Esto es el paraíso… literalmente! El aire puro que se respira por aquí es mano de santo para todo tipo de problemas corporales y espirituales.

E: Pero usted ya no tendrá problemas corporales, ¿no?

ST: Bueno, alguno que otro me he quedado, de recuerdo. ¡Al final hasta se echan de menos! Como yo digo: “En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo.”

E: ¡No me diga! ¿Con todo lo que sufrió usted a lo largo de su vida?

ST: No exageremos, tampoco fue para tanto…

E: ¿Qué no fue para tanto? ¡Pero si debe de ser usted la persona más diagnosticada de toda la historia! Fíjese en la lista: tuberculosis, paludismo, infarto de miocardio, epilepsia, depresión mayor, trastorno bipolar, histeria, cuadro alucinatorio, catatonía, síndrome de conversión, fatiga crónica, fibromialgia…

ST: Jesús, ¡qué barbaridad! Al menos no tuve Coronavirus.

E: Eso es verdad. Aunque, por si le interesa, parece ser que sus males también tuvieron origen animal… Fue el consumo de leche de cabra lo que le provocó la enfermedad infecciosa que padeció usted a los 23 años que le dejó al borde de la muerte y que fue el causante de todos sus padecimientos posteriores.

ST: Vaya… No tenía ni idea ¡Eso sí que es mala leche!

E: Pero bueno, Santa Teresa, ¡no sabía que tuviera usted tanto sentido del humor!

ST: ¿Cómo no iba a tenerlo? El humor es un signo de salud humana y espiritual.

E: Amén. Siempre fue usted muy original. De hecho, hay incluso quienes la consideran una revolucionaria en toda regla, ¿qué opina al respecto?

ST: Pues que ya pueden decir misa, pero yo creo que más que revolucionaria, fui reformista. Siempre lo dije bien claro: “El amor de Dios no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras.” Creo firmemente que es importante actuar para cambiar el mundo antes de que el mundo lo cambie a uno, aunque, también te digo, sí que me gusta eso de “en toda regla”: Todo siempre con orden, mesura y medida. Si me ordené monja, reformé la Orden del Carmelo y fundé tantos conventos fue para poner las cosas en su sitio, no para revolucionar ni desordenar el gallinero.

E: También dicen que se enfrentó usted a las estructuras eclesiásticas de su tiempo, y que tuvo varios rifirrafes con la Inquisición. ¿Es eso cierto?

ST:¿Yo? ¿Enfrentarme a la Iglesia? ¡Dios me libre! Lo único que intenté siempre fue ser la mejor cristiana que me fue posible. Los santos padres, confesores y miembros de la inquisición hicieron lo que consideraron necesario para que no cayera en la herejía ni en las garras del maligno. ¡A Dios Gracias!  Por supuesto, siempre todo por mi bien… Y respecto a la Inquisición, en realidad, fueron muy amables: solo censuraron unos cuantos años mis escritos y hasta me corrigieron algunas partes. ¡Ni siquiera me amenazaron con la hoguera!

E: Pero sí tuvo usted problemas para implantar en la Orden sus metodologías innovadoras de oración, ¿no es verdad?

ST: Veamos… sí me opuse a la idiotez aquella de que no pudiéramos rezar en castellano. Entonces se consideraba peligroso, sobre todo, para las mujeres que, en teoría, éramos más débiles mentalmente que los hombres y, por tanto, hubo un tiempo en que solo nos estaba permitido repetir como papagayos oraciones en latín cuyo significado no entendíamos. Pero vaya, tampoco es que descubriera América: ¿qué mejor lugar para encontrar y dialogar con Dios que dentro de uno mismo? Muchos otros, empezando por nuestro señor Jesucristo, contemplaban la oración como lo hice yo: “un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor en las penas como en las alegrías.”

E: Y con respecto a la consideración de la mujer en su época, ¿Cree que, como muchos afirman, fue una de las primeras feministas de la historia?

ST: Uy, joven. No me seas anacrónica. Es verdad que en mi época ser monja y tener una celda propia era la única forma de no estar bajo el mandato de tu marido y, sí, también es verdad que me escapé de casa para meterme en un convento sin el consentimiento de mi padre… pero vaya, que mi libertad siempre fue y será la de ser esclava en Cristo Jesús, y no sé si eso se puede considerar muy feminista…

E: Bueno, es que siempre se dice que fue usted una adelantada a su tiempo. En su época no estaba bien visto que las mujeres tuvieran conocimientos o cultura, ni que leyeran, ni mucho menos que escribieran.

ST: Ya… pero la estupidez humana es el denominador de todos tiempos. No sabes hasta qué punto…Durante muchos años se pensó que todo lo que yo escribía lo hacía por inspiración divina, sin que yo hubiera cogido nunca un libro en mi vida. ¡Menudo disparate!

E: Hablando de lectura… ¿Cuál es su libro favorito de todos los tiempos?

ST: Aparte de mis lecturas pías, El Quijote, sin duda. Yo también tenía cierta propensión a las novelas de caballerías y tuve algún que otro episodio quijotesco en mi niñez…

E: Sí, sí… Sus famosos intentos de escaparse de casa junto a su hermano para convertirse en mártir con solo siete añitos.

ST: Exacto. Siempre he sido un poco cabeza loca, y con una arraigada tendencia al quijotismo…

E: Bueno, pues eso sería todo. Muchísimas gracias por su tiempo y por su gran esfuerzo en adaptar su lenguaje al de la época.

ST: De nada, maja. Siempre me ha gustado expresarme tal y como hablan las gentes de ‘a pie’. Aquí quedo a vuestro servicio, que como yo digo: quien no vive para servir, no sirve para vivir.

 

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