ENTRE ALGODONES – CRISOL

ENTRE ALGODONES

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Los recientes acontecimientos han alimentado sentimientos de miedo e incertidumbre. El impacto de la pandemia COVID 19 no se limita solamente a las afectaciones en la salud física sino en la salud emocional. Esto se ha acrecentado por las explosiones sociales en países como Colombia y la cruel guerra de Rusia contra Ucrania.

El miedo inducido ha sido una herramienta de dominación y manipulación en la historia de la humanidad. En diferentes encuestas la necesidad de seguridad está entre las prioridades para la gente ante las amenazas reales o imaginarias. Pero, hoy más que nunca contamos con unas garantías y un sistema de bienestar frente a situaciones que afectan la supervivencia como las fuerzas de la naturaleza, las enfermedades y las agresiones de otras personas. Sin embargo, el pánico aumenta. ¿Por qué?

Parece que vivimos una dinámica en las sociedades del “niño mimado” criado entre algodones, al amparo de cualquier molestia buscando el mayor confort y comodidad trayendo como consecuencia ciudadanos llenos de miedos e intolerantes a la fragilidad, la frustración y todo aquello que los mueva de sus “seguridades”.

Como agente de pastoral y padre de familia me preocupa que les estemos heredando a las nuevas generaciones temores del pasado sin saber comunicarles alegría, esperanza en el futuro y el coraje que requiere asumir los riesgos que supone vivir. La dimensión del riesgo está presente  en toda decisión importante y el miedo a fracasar se convierte en una amenaza de ser cristianos como discípulos misioneros que ponen su confianza en el Señor Jesús como una motivación de fondo para caminar.

El mensaje cristiano encuentra en el miedo un enemigo fundamental  porque paraliza y levanta un muro contra el poder del amor y la fe en Dios. Erosiona la capacidad de gozar la vida, de arriesgarse, sacar adelante proyectos de transformación y estar agradecidos por lo que somos y tenemos. Como mecanismo de dominación económica y política, la herramienta del terror es el “votante” que elige a los líderes que venden el miedo y ofrecen la seguridad como el gran programa de gobierno. Y el consumismo es una forma popular de hacer el quite a la ansiedad y el temor.  Pero a costa de qué?  Sacrificando la libertad, la tranquilidad, la participación, el poder de decisión e incluso amenazando la vida.

Jesús llama la atención de forma enérgica a sus discípulos acerca de su falta de fe y dejarse paralizar por el miedo. En el episodio de la tormenta y la barca Jesús calma la tempestad y les recrimina a los discípulos  ¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?

Y en la parábola de los talentos le dice el servidor a su amo: “tuve miedo y fui a esconder tu talento en la tierra”. Servidor malo y perezoso les responde el Señor”.  Jesús experimenta un miedo profundo cuando se acerca la hora de su pasión en la cruz pero encuentra la fuerza en la oración y su confianza plena en Dios. Así como la encontraron tantos hermanos y hermanas seguidores del Señor en momentos de crisis e incluso martirio.

Aunque vivamos en un mundo de incertidumbre y cambios vertiginosos no hay que asustarse creyendo que no contamos con los recursos para adaptarnos y florecer.  Una cosa es estar en modo alerta que es el lado positivo del miedo y otra muy distinta es estar en modo de alarma. Estar atentos nos ayuda a ver más allá de lo que hay en la superficie de las situaciones límite y responder con sabiduría y agilidad. Entrar en modo de alarma nos paraliza y no nos permite ver ni lo que tenemos delante de los ojos.

Necesitamos una pastoral de la esperanza que deje atrás las acciones que tienden a sobreproteger y crear relaciones paternalistas. Hoy se necesita acompañar el duelo, el miedo y la frustración frente a las situaciones ayudando a las personas y los jóvenes a desarrollar su carácter para hacerle frente a las adversidades con alegría, valentía y resiliencia.

 

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