ENSEÑAR A RESPIRAR LA UTOPÍA – Antonino Rodríguez Fínez

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«Para que caminásemos con más confianza en esa fe hacia la verdad, la misma Verdad, Dios, el Hijo de Dios, tomando al hombre sin anular a Dios, fundó y estableció esa misma fe, a fin de que hubiese camino para el hombre hacia Dios mediante el hombre Dios. Pues este es el Mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús: Mediador por ser hombre y por esto también Camino».

Agustín de Hipona

«El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización»

Papa Francisco, Evangelii Gaudium

 

Antonino Rodríguez Fínez, educador y padre de familia, hizo hace unos pocos años un gran regalo a los jóvenes: su libro Teología para Mario. Se trata de una propuesta para usar el lenguaje y la experiencia del enamoramiento, del amor, de la amistad, como el mejor ejemplo para hablar de la fe cristiana. La fe, para Antonio, es una experiencia de enamoramiento, y queda explicada de modo juvenil y actual a lo largo de 14 capítulos, relativizando e incluso ignorando lo secundario y yendo a lo fundamental de un Jesús que se propone al joven como su gran tesoro.

A Antonino recurrimos de nuevo para que nos ayude en nuestro interés para este número de RPJ:

Según he ido desarrollando mi itinerario personal he experimentado la necesidad de la claridad y de la sencillez. Estos cimientos dan solidez a la vida y eliminan la retórica estéril. Así lo testificaron las mujeres y los hombres de Dios en el pasado; en la actual cultura del descrédito y de la confusión, así lo siguen reafirmando quienes consideramos auténtica y asombrosamente humanos. Más concretamente, aquellas/os que muestran el perfil de la verdadera identidad cristiana.

Por eso Jesús invita a fijarnos en los lirios del campo (Lc 12,27). Llega a la gente con ejemplos y relatos tomados de la vida cotidiana que apenas necesitan explicación: «El que quiera oír que oiga» (Mc 4,23); es suficiente para la mente despierta junto al corazón latiente. Y siempre lo consigue la razón cordial que enseña a vivir.

He tenido el privilegio de nacer en una zona rural. La naturaleza y el esfuerzo humano han sido compañeros de camino. El raso del cielo y la austeridad de la tierra los espejos de la verdad. Y el horizonte despejado despertando la esperanza.

Cultivar el campo te convierte en jardinero de la vida. Con el paso del tiempo, la experiencia de la paternidad te introduce en el ámbito de lo sublime; la docencia en el mayor de los retos y en estímulo para nuevas metas. Con las entrañas conmovidas he descubierto el Amor incondicional y la vida en plenitud que pueblan los sueños más profundos del corazón joven.

El calor y el color de Dios han desarrollado, ensanchado, liberado y armonizado mi existencia y me parecía interesante comunicarlo, fundamentalmente, a mi hijo Mario y a mi mujer Carmen. El ansia de juventud que brota de mis entrañas y el impulso apasionado por la vida solo tiene explicación desde la experiencia de presencia y acompañamiento de Jesús de Nazaret.

Sintonizo plenamente con las palabras del papa Francisco a los jóvenes en la JMJ de Cracovia: «En los años que llevo como obispo he aprendido algo, que quiero decir ahora: no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. Esto es bello. ¿De dónde viene esta belleza? Cuando Jesús toca el corazón de un joven, de una joven, este es capaz de actos verdaderamente grandiosos».

Un Dios sostenible, el de los sueños juveniles, necesita erradicar viejos paradigmas teológicos y pastorales sustentados en el miedo, la seguridad y el cumplimiento: «mejor una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades» (Evangelii gaudium, 49).

¡Cuántos ríos de tinta se han vertido en páginas sin enjundia para hablar de quien se definió así mismo con un sencillo: «Soy el que soy» (Ex 3,14)! Lenguajes hieráticos, formulaciones legalistas, esquemas dualistas y estructuras arcaicas han clausurado al Dios de la vida que llena el presente, reduciéndolo al estado clerical y al futuro desconocido.

El itinerario de la educación en la fe tiene que enseñar a respirar la utopía del Reino que inauguró Jesús de Nazaret. Es fácil de entender que el documento preparatorio del Sínodo de los obispos de 2018 (Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional) se ocupe de los problemas de los jóvenes y busque adecuar su lenguaje y el uso de las nuevas tecnologías para acercarse a ellos porque «escuchando sus aspiraciones podemos entrever el mundo del mañana que se aproxima y las vías que la Iglesia está llamada a recorrer». Esta fe encarnada valora el alto potencial simbólico y de sentido que poseen los jóvenes y da oportunidad a la sensibilidad y a la verdad.

Por eso es, de nuevo, el papa Francisco quien se dirige a los jóvenes en la presentación del documento del citado Sínodo: «Durante la apertura de la última Jornada Mundial de la Juventud, les pregunté varias veces: “Las cosas, ¿se pueden cambiar?”. Y ustedes exclamaron juntos a gran voz “¡Sí!”. Esa es una respuesta que nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia. ¡Escuchen ese grito que viene de lo más íntimo!».

En esa intimidad se experimenta la vida como el gran don que genera confianza y articula el sueño de una humanidad mejor y de una Iglesia joven. Y quien sueña habita la trascendencia. Esta experiencia no molesta a nadie, asombra a todos y seduce a muchos.

En mi modesta opinión, el futuro de la Iglesia pasa por una pastoral juvenil que conjugue claridad, sencillez, gratuidad, comunidad, compromiso, contemplación y celebración.

Y no olvidemos nunca que:

Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen
Dios.

León Felipe

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