Iñaki Otano
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?”. Él contestó: “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: ‘Yo soy’ o bien ‘el momento está cerca’; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis miedo. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida”.
Luego les dijo: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. (Luc 21, 5-19)
El célebre psiquiatra Viktor Frankl (1905-1997), que vivió la durísima experiencia de un campo de concentración nazi, explica cómo en las situaciones humanas más duras, hay algo que permite al ser humano superarlas, y es el hecho de tener un sentido para la propia existencia.
Basado en su experiencia del campo de concentración y de psiquiatra, afirma que la desgracia no lleva necesariamente al hundimiento psíquico, que incluso puede ser la ocasión de encontrar un sentido que se había perdido.
Hay personas aparentemente irrelevantes pero con coraje para decir un sí admirable a la vida. Por el contrario, vemos el vacío de muchas personas en la cumbre del éxito. Es decir, el éxito no lo es todo en la vida y la desgracia tampoco.
Todas las desgracias y catástrofes que aparecen en el evangelio de hoy han sido experimentadas a lo largo de la historia y hoy algunos las experimentan de modo especial: destrucciones, guerras, revoluciones, levantamientos de pueblo contra pueblo, de hombres contra hombres, terremotos, sequías, epidemias, violencias, persecuciones, juicios vergonzosos, atentados contra la libertad para poseer el poder y la fuerza, traiciones de personas en las que se confiaba, odios y humillaciones por ser seguidor de Jesús… El Evangelio no ha inventado nada de la realidad humana.
La tentación es quedarse en una especie de catastrofismo como si el evangelio se hubiese parado ahí. En vez de catastrofismo y lamento continuo, se nos pide dar testimonio de nuestra fe y de nuestra esperanza en medio de tantas dificultades y amenazas. Nuestra esperanza nunca será defraudada: ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Ningún esfuerzo por una humanidad mejor se pierde.







