ENCA FERNÁNDEZ, ILUSTRADORA PARA LA ESPERANZA – Juan Carlos de la Riva

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Juan Carlos de la Riva

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Presentamos en esta página uno de los trabajos de Enca Fernández, que ha dedicado su vida a acompañar a niños y niñas como educadora, sembrando en tantas personas semillas de esperanza en nuestro colegio escolapio de Cartuja, en Granada. 

Sus ilustraciones nos ayudan, además, año tras año, a poner rostro a nuestros lemas, a llenar de metáforas la vida. Y así, en este año jubilar de la esperanza, Enca nos ha propuesto esta imagen como símbolo de ese andar con la mirada anclada en Dios y los pies en la tierra. 

Os lo regalamos para que ilustre también todo el trabajo que hacéis en Pastoral Juvenil, esperanza para la Iglesia y para el mundo. ¡Gracias, Enca!

A modo de explicación del cartel, unas líneas que nos han servido para contar y dar razón de nuestra esperanza. 

Cuando los poetas hablan del futuro, dibujan sueños y anhelos profundos, expectativas, sorpresas que esperamos, caminos por andar. Nos hablan de lo bello del viaje, de frecuentar el futuro para iluminar el presente, de la nostalgia de lo que aún no ha sucedido. Y hablan también de unas gentes que llevan el mejor mañana en la mirada, que caminan pacientes, constantes, que llevan una canción en los labios, una cantimplora de confianza, y una linterna de fe. Su corazón viaja a menudo a ese día en que la paz ganará a la guerra, la bondad no será cuestionada, la belleza deslumbrará y la verdad será desvelada.

Cómo se distancian de los agoreros de calamidades, de los coleccionistas de datos negativos, de los escépticos que critican a los esforzados alumbradores de nueva vida. Los llaman ilusos, fantasiosos, soñadores, como si su motor fuera simplemente un optimismo infantil, la ingenua ilusión de que todo va a salir bien. No saben que su corazón arde de esperanza. No de optimismo, no. De esperanza. Está bien mirar el futuro con ánimo positivo, pero andar en esperanza es más que eso.

Quien anda en esperanza cuenta las estrellas del cielo y guarda en su corazón las promesas de su Dios o de su Amor. Así lo hacía Abraham con su familia.

Quien anda en esperanza atraviesa desiertos, abre mares, encuentra fuentes, y leyes de vida, y tierras en las que convivir. Así andaba Moisés con su pueblo.

Quien anda en esperanza se concede derecho a sufrir, pero no a sucumbir al sufrimiento. No tuerce el paso en la niebla, ni la guerra le priva de su propia paz. Así fueron Esther, Ruth, Déborah, Judith…

Quien anda en esperanza alarga su mirada y se llena de paciencia para esperar que el temporal amaine, y de sabiduría para leer en el color y la forma de las nubes. Así los profetas anunciaron lo nuevo.

Quien anda en esperanza tiene en su mano una cuerda que les une a la otra orilla de lo bueno, la ribera de la vida, la patria de los abrazos. Así recordaban la esperanza los primeros cristianos, como una cuerda y un ancla.

Quien anda en esperanza vive un continuo embarazo que deja nacer y crecer la vida con su ritmo y su tiempo, que prepara los dolores, que empuja el alumbramiento, que cuida todo lo que crece. Así decía san Pablo que la creación entera gime con dolores de parto.

Quien anda en esperanza también tiene fe: en sí mismos, en Dios, convicciones sólidas. Y, por supuesto, caridad: tiempo y sonrisas para los demás, momentos para compartir y desvivirse. Pero es la esperanza lo que más destaca y asombra en él o ella, la virtud más pequeña, la más frágil, la hermana menor que arrastra a las otras dos virtudes camino arriba.

Quien anda en esperanza sabe que el futuro no es incierto, que el futuro es de Dios. Nuestro Dios es el Dios del tiempo. Nada es para Él pronto ni tarde. Para Él, siempre es ahora la Vida y la Justicia, el Amor y el Perdón. Y desde allí pronuncia nuestros nombres y nos lanza la cuerda que nos guía para que andemos hacia Él en Esperanza.