DE LA SUPERFICIE SEREMOS SALVADOS, EN LO PROFUNDO GUSTAMOS LA SALVACIÓN – Óscar Alonso Peno

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Óscar Alonso Peno

oscar.alonso@colegiosfec.com

El pasado verano, en una novela entretenida, el título de uno de sus capítulos rezaba «la felicidad de la superficialidad». Y lejos de lo que la escritora escribía bajo ese título, esa frase me hizo pensar y me llevó a una reflexión mucho más extensa y profunda. Y es que en el mundo en el que vivimos, por doquier podemos decir que lo superficial, exterior, lo somero, lo externo, lo aparente, lo visible, es lo que se vende y lo que compramos de mil modos y en mil situaciones. Y al hacerlo no estamos cometiendo ninguna falta grave, ni caemos en ningún pecado capital, ni tan siquiera nos sentimos mal (ni debemos hacerlo).

Y es que viendo a no pocos hombres y mujeres que copan la actualidad y saturan las redes con sus simplezas, conjeturas, frases salvadoras, imágenes ficticias de mundos inexistentes, invenciones de todo tipo, recetas de felicidad fácil, engaños y tontunas de todo tipo sobre cualquier cosa, uno se da cuenta de que muchos de ellos, lejos de ser infelices, parecen muy felices, muy realizados, muy plenos. La superficialidad y la felicidad no son, en muchos de ellos, incompatibles, sino precisamente necesarias para vivir y ser feliz.

Pero claro, la superficie permite maquillarlo casi todo, en ella no hay raíces, ni principios inamovibles, ni promesas de para siempre, ni compromisos vitales, ni nada que hable de autenticidad y de coherencia. En la superficie casi todo es apariencia, imagen, fachada, envoltura y simulación. En la superficie no hay asideros, todo se mueve a gran velocidad. No interesa que en la superficie algo permanezca excepto las marcas y lo que ellas significan. Todo va bien hasta el día que llega un revés, una crisis, una mala noticia, un fracaso personal o profesional, una relación que se rompe, una enfermedad, una pérdida… es entonces cuando la persona, acostumbrada a que le marquen el paso, le indiquen (a veces sin tener conciencia de ello) lo que ha de hacer y ser, lo que ha de comprar y consumir, lo que ha de decir y a quién debe votar, lo que ha de creer y lo que ha de denostar, lo que ha de pensar y a dónde debe viajar para ser la persona más feliz del mundo, descubre que no tiene dónde agarrarse, no tiene nada que le sujete o a lo que sujetarse, no hay nada que pueda comprar para mantenerle con los pies en el suelo, para darle estabilidad, para no acabar arrastrado por lo que llega.

Y es que en la superficie hay felicidad, de muy pocos quilates, de una calidad sospechosa, muy acompañada de brilli brilli, de salir mucho, de no parar, de viajar a lugares donde nadie ha ido nunca (después de haberlos visto porque «nadie» ha ido allí nunca), de un cuidado personal extremo y casi enfermizo… pero hay felicidad. Lo que pasa es que esta felicidad es tan fina, tan desprovista de razones verdaderas y de fundamentos vitales, que a la mínima queda lastimada por nuestra propia condición humana que es temporal, finita, que se rompe con facilidad y que está habitada por un corazón que necesita razones profundas para vivir plenamente.

Visitando las redes sociales y diferentes plataformas digitales uno no puede menos que darse cuenta de que necesitamos otros algoritmos que nos devuelvan a algo más grande y más bello que solo habita en el interior, que ni se vende ni se compra, que no aparece en el currículum vitae de nadie, que fundamenta la vida entera y que ahí es donde las raíces de lo auténtico se hacen fuertes y nos mantienen erguidos, íntegros y resilientes. Ahí es donde uno puede agarrarse cuando vienen mal dadas, arrecian las tormentas o hay que tomar decisiones vitales que, quizás, lo cambien todo.

La superficialidad es el caldo de cultivo de muchos de los achaques de este mundo nuestro que, sin haber hecho las tareas básicas y las paces con las hambrunas, las injusticias, los derechos fundamentales de todos, la libertad, la dignidad, etc., ya anda investigando cómo expandirnos hacia el universo, cómo aumentar los años de vida, cómo no envejecer (o al menos cómo hacer para que no se note demasiado) y cómo vivir para siempre. Hace apenas una semana se producía el apagón que nos dejó a todos sin luz, sin internet, sin gasolineras, sin ascensores, sin metro, sin redes sociales, sin semáforos, sin comunicación… y pudimos descubrir o redescubrir que cuando ocurren estas cosas nos vemos incapacitados ¡para tanto! Me pareció precioso ver a los vecinos dialogar en las plazuelas que están entre los portales, a los padres y madres jugando con sus hijos en los parques, a mucha gente leyendo y a no pocos rezando sin prisas ni ataduras.

Lo superficial forma parte de nuestra vida, somos exterior e interior. Pero si no cuidamos lo interior, la cáscara es siempre cáscara y lo verdadero nunca se llega a conocer y a experimentar de manera profunda y consistente. Lo superficial es sinónimo de lo exterior, de lo somero, de lo aparente, de lo visible, de lo insustancial, de lo trivial, de lo frívolo, de lo vacío, de lo liviano, de lo vano, de lo baladí, de lo banal, de lo caprichoso, de lo hueco y de lo epidérmico. Y, pensándolo bien, no queremos vivir así. Entre otras cosas porque la esperanza a la que somos llamados en este año jubilar es sencillamente imposible de advertir en la superficie de la vida. A lo sumo descubrimos esperas de muchos tipos, pero no esperanzas que no defraudan.

La esperanza habita en lo profundo

Con permiso de su autor, Luis Guitarra, escribo a continuación la letra de En lo profundo, uno de sus temas más bonitos y que más me ayudan en la oración y el recogimiento (https://www.youtube.com/watch?v=_kPlskzdpew):

En lo profundo no hay nada que no sea sorprendente.
Y, sin embargo, bajamos tan a poco, y pocas veces.

Acomodamos, el pulso a la presión de la rutina.
Nos distanciamos del fondo y del origen de los días…
… y no bajamos, y no bajamos, y no bajamos.

Nos olvidamos del sentido de la Vida,
del propio barro, del primer atardecer…
Y amontonamos un sinfín de tonterías,
buscando en lo que creer.

En lo profundo no hay nadie que no sea diferente,
pero a menudo mostramos solo aquello que no duele.

Desdibujados detrás de multitud de vanidades…
Tristes, sin sueños, ajenos al Amor… superficiales.
…y no bajamos, y no bajamos, y no bajamos.

En lo profundo no hay nada que no sea sorprendente…

Creo que se puede decir de muchos modos, pero la letra de esta canción es una fotografía perfecta de lo que vivimos todos. En ese profundo en el que no hay nada que no sea sorprendente y en el que no hay nadie que no sea diferente, en ese profundo vital de cada uno habita la esperanza a la que se nos convoca.

No se trata de esperar que nos toque la lotería, no se trata de que no llueva el día de la graduación, no se trata de que aprobemos el examen, no se trata de que se alineen los astros para que la chica o el chico que nos gusta descubra que estamos ahí… no se trata de esas esperas (todas ellas lógicas y bien cotidianas), se trata de una esperanza en la que somos salvados y en la que gustaremos la salvación.

Nuestra pastoral juvenil está llamada a trabajar con los más jóvenes esa esperanza que en este tiempo de Pascua lo llena todo, lo sana todo, lo reconfigura todo. Sin esperanza nuestra fe y nuestra caridad pierden profundidad y corremos el peligro de acabar siendo creyentes superficiales y de practicar una caridad aparente pero que no nos transforma internamente.

Nuestra pastoral juvenil, además de buenas planificaciones, de materiales de buena calidad y contextualizados a los tiempos que vivimos, además de experiencias fuertes, además de ahondar en la sinodalidad, en la dimensión vocacional de la persona, en lo celebrativo, en la misión compartida y en la importancia de la vida comunitaria, debe ser una apuesta decidida, atrevida y eclesial de experiencias perdurables de fe, entre las que se encuentra el trabajo de la propia interioridad y la oración, como medios fundamentales que nos hacen echar raíces sobre la piedra angular que es Cristo y que fortalecen esos asideros de los que hablábamos y nos mantienen en pie, siempre en camino, descubriendo la misión que el Señor tiene preparada para cada uno de nosotros, en un mundo copado de superficialidades igual de atractivas que de estériles. Interioridad y oración, personal y comunitaria, como prácticas que nos ayudan y acompañan en ese descubrir qué esperanza nos habita, qué esperanza no defrauda, qué esperanza es para nosotros como un ancla que nos mantiene seguros.

Porque tenemos claro que de la superficie seremos salvados y en lo profundo, allí donde reside el Espíritu de Dios, ese Espíritu que nos habita y nos susurra, gustamos la salvación que nos aguarda. Una pastoral juvenil fundamentada en estas opciones anticipa grupos y comunidades en los que lo urgente no se confunde con lo importante, en los que el hacer no termina con el ser, en los que en el centro está la persona y esa persona crece en todas sus dimensiones teniendo al Señor Jesús como modelo y referente, confesando que Él «vale mucho más que todo oro, que Él es el aire que respiramos, nuestra razón, lo primero, lo mejor que nos ha pasado».