El último puesto – Iñaki Otano

Iñaki Otano

Entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo:

“Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: ‘Cédele el puesto a este’. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.”.

Y dijo al que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”. (Lc 14,1. 7-14)

          En tiempo de Jesús, la gente que se consideraba importante se reunía en banquetes solemnes para discutir  sobre cuestiones serias, a veces cuestiones religiosas. Era también una ocasión para hacerse notar y acaparar los puestos mejores. Así, con el pretexto de encuentros profundos, cultivaban la propia vanidad. Trataban de ser reconocidos y admirados.

          Jesús quiere abrirles los ojos y hacerles ver que la dignidad de una persona no reside en los honores que recibe sino en el servicio que ofrece: todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. O sea, no busques ser aplaudido sino hacer el bien, a veces silenciosamente.

          Eso a menudo choca con nuestra vanidad innata. Pero, como en toda orientación de vida que da Jesús, aquí nos ayuda a nuestra verdadera humanidad. Así, pensemos lo mucho que sufrimos porque alguien no nos ha tenido en cuenta, porque nos han olvidado, porque parece que no se aprecia todo lo que hemos hecho… Probablemente nos ahorraríamos muchos sufrimientos internos y muchos conflictos externos si fuésemos capaces de superar nuestra dependencia de la estima visible de los demás.

          Pero ¿es posible vivir tan desprendidos que seamos indiferentes a los halagos o a las manifestaciones de estima? ¿Es posible crecer equilibradamente sin recibir nunca una palabra de ánimo, de estímulo?

          Eso no es posible. Para amar de veras necesitamos la experiencia de ser amados. Para afrontar la vida con ánimo necesitamos que nos animen.

          Hay niños y jóvenes que solo reciben reproches, que sus educadores nunca reconocen en ellos algo positivo. Así corren el riesgo de ser eternamente insatisfechos. Mendigan durante toda la vida este aprecio indispensable, y su carencia hace que lo busquen obsesivamente como preocupación fundamental. Podrá darse mejor a los otros quien esté libre de esta obsesión porque ya sabe que es amado.

          No hay que dejarse llevar por una falsa humildad o negar lo que hay de bueno en nosotros por un complejo de inferioridad. Pero se debe reconocer con naturalidad que eso es don de Dios. O sea, no es para conservarlo egoístamente sino para ponerlo al servicio de los demás.