EL TRIUNFO DE LA ESPERANZA Descarga aquí el artículo en PDF
Antonio Garrido
antonio.g@laudatosimovement.org
Todo el mundo lo invoca
y todo el mundo lo implora,
pero el fantasma desaparece
con la aurora
para renacer en el corazón.
¡Y cada noche nace
y cada día muere!
Tres son las adivinanzas que realiza la gélida princesa Turandot en la ópera del mismo nombre; si son resueltas se obtiene la libertad y el triunfo, si se fracasa; una condena segura a muerte. La esperanza es la respuesta al primero de estos acertijos, descrito con una sutileza y detalle que solo puede realizarse a través del arte.
Albergada en lo más profundo de nuestro corazón, la esperanza simboliza ese pequeño destello de luz en mitad de la oscuridad, que nos augura un mejor porvenir y nos invita a seguir adelante, pues somos conscientes de que las cosas pueden cambiar.
Como se señala en el Catecismo (p.1818) la esperanza es el anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo ser humano, que inspira las actividades de los hombres; para ordenarlas al Reino de los cielos, protege del desaliento, sostiene en todo desfallecimiento, nos llena de dicha, preservando del egoísmo y llevándonos a la caridad.
Es cierto que la situación actual anima a todo lo contrario; la desesperanza. Los titulares y eventos que ocurren a nuestro alrededor otorgan una nota de desaliento y oscurantismo contra lo que parece difícil sobreponerse. Y, si además hacemos una referencia al cuidado de nuestra casa común, normalmente van conectadas a alguna cifra o noticia alarmante, que avocan a visiones apocalípticas poco halagüeñas, pero no debemos olvidar que… ¡basta un hombre bueno para que haya esperanza!
Por eso debemos hacer un cierto ejercicio de retrospección, que nos sirva como fuente de inspiración para poder seguir hacia adelante. Precisamente desde la encíclica Laudato Si se nos invita a reconocer que siempre hay una salida, que siempre podemos reorientar el rumbo, que siempre podemos hacer algo para resolver los problemas. Porque no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, puede también superarse, volver a elegir el bien y regenerarse (LS 205).
No podemos olvidar cuál fue el germen de este texto magisterial, que precisamente era una llamada a todos los políticos que iban a participar en la Cumbre del Clima de París en el año 2015. Un encuentro internacional sin precedentes y que parecía marcar un punto de no retorno. Por ese motivo la voz moral y espiritual del papa resonó ante aquel encuentro, para que redoblaran las fuerzas por alcanzar grandes acuerdos que favorecieran nuestra casa común. Diez frenéticos años han pasado desde su publicación, pero su vigencia sigue latente. Un empeño personal del pontífice durante todos sus años como obispo de Roma, que vio renovado con la exhotartación apostólica Laudate Deum (2024) alentando al refuerzo de medidas urgentes ante la inoperancia de los acuerdos adoptados, que parecen no oír este clamor de la tierra y grito de los más pobres.
Una de las claves de la encíclica, la conversión ecológica, una llamada que realiza el papa Francisco, para que seamos capaces de abrir nuestro corazón, una conversión personal, para entender la Creación como una parte fundamental de la obra de un Padre Creador, que nos encomienda el cuidado del planeta y de todas sus criaturas. Por ello, debemos tener la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida (LS 202).
El papa León XIV ha continuado exhortándonos a todos a continuar este camino; una muestra de ello fue la celebración el pasado 1 de octubre en Castel Gandolfo de la Conferencia Raising Hope, organizada para conmemorar el décimo aniversario de la promulgación de la encíclica Laudato Si´. En este acto el pontífice nos señalaba que, movidos por nuestra fe, somos portadores de esperanza al reconocer la presencia de Dios en la historia, siguiendo la figura de san Francisco de Asís, viviendo con sencillez y armonía con Dios, con los demás, con la naturaleza y consigo mismo. Haciendo inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia hacia los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior.
Durante el evento, el papa León tuvo la oportunidad de bendecir un bloque de un glaciar desprendido en Groenlandia debido al calentamiento del Ártico. Fue transportado hasta la Ciudad Eterna, para ubicarlo en el escenario, donde se fue derritiendo lentamente. Esta agua fue entregada a distintas comunidades, para que fuera entregada a distintas comunidades alrededor del mundo, para el sacramento del Bautismo.
Este simbólico gesto debe recordarnos a cada uno de nosotros que tenemos que cultivar estos cuatro ámbitos como una fuente de esperanza continua de la que brota nuestra fe; comprometiéndonos con ellas podemos aumentar la esperanza, poniendo en práctica el enfoque interdisciplinario de Laudato Si´ y la llamada a la unidad y a la colaboración que de él se deriva.
Una propuesta que ha sido reiterada en el último mensaje con motivo del Tiempo de la Creación, del 1 de septiembre al 4 de octubre, que ha tenido como título Semillas de paz y esperanza, escogido por el papa Francisco y que ha sido desarrollado por León XIV, siguiendo la línea del año Jubilar, como «peregrinos de la esperanza».
El obispo de Roma hace un urgente llamamiento a todos, es hora de pasar de las palabras a los hechos. Viviendo la vocación de ser protectores de la obra de Dios como una parte esencial de una existencia virtuosa, no como algo opcional ni un aspecto secundario de la experiencia cristiana. Trabajando con dedicación y ternura se pueden hacer germinar muchas semillas de justicia, contribuyendo así a la paz y a la esperanza. A veces, señala León XIV, se necesitan años para que el árbol dé sus primeros frutos, años que involucran a todo un ecosistema en la continuidad, la fidelidad, la colaboración y el amor, sobre todo si este amor se convierte en espejo del Amor oblativo de Dios.







