EL PERDÓN DE DIOS NOS CAPACITA PARA PERDONAR RPJ 557 Descarga aquí el PDF
Xabier Askasibar
x.askasibar@maristakbilbao.com
Son muchos los relatos evangélicos en los que Jesús, con sus dichos y sus hechos, nos muestra el sentido del perdón: «Hay que perdonar hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22); «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34); «Cuando Jesús vio la fe que tenían, le dijo al enfermo: amigo, tus pecados quedan perdonados» (Lc 5, 20); «No juzguéis a nadie y Dios no os juzgará a vosotros. No condenéis a nadie y Dios no os condenará. Perdonad y Dios os perdonará» (Lc 6,37); «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8,11)…
Pero si tuviera que elegir un relato que para mí muestra mejor que ninguno el sentido del perdón ese es el de la llamada parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), que en realidad podría llamarse del padre bueno. Esta parábola está en el capítulo 15 de Lucas, inmediatamente después de la parábola de la oveja perdida y de la de la moneda perdida, conformando lo que se han llamado las parábolas de la misericordia.
El sentido del mensaje y de la vida de Jesús solo se entienden desde su experiencia de Dios. En Jesús, el perdón no es una mera actitud ética, sino que surge de su experiencia de sentirse perdonado. Por tanto, con su mensaje y su vida Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios. El Dios de Jesús es, sobre todo, Abba, padre y madre, amor, misericordia, compasión, perdón. No el ser poderoso que espera de nosotros vasallaje. Ni el juez que analiza con meticulosidad nuestras acciones. Porque el amor, la misericordia, el perdón de Dios, son gratuitos, no hay que ganárselos. En realidad, Jesús no vino a perdonar, sino a anunciar que estamos perdonados, que Dios nos ama sin condiciones. Esa es la propia experiencia de Jesús de sentirse hijo amado. No hay que ganarse el amor ni el perdón de Dios. Dios no nos ama por lo que somos, sino que nos ama para que seamos. Es decir, sentirnos amados y perdonados de forma gratuita e incondicional por Dios, nos capacita para amar y para perdonar, nos permite ser. Nuestro corazón solo puede perdonar si ha experimentado el perdón.
Dios no nos ama por lo que somos, sino que nos ama para que seamos
La máxima expresión de misericordia es el perdón. Y comprender el perdón de Dios es difícil porque lo intentamos comprender desde nuestra manera de perdonar. En nuestro caso, el perdón es la reacción a alguien que nos ofende, que nos hace daño. Pero el perdón de Dios es anterior a nuestro pecado, es la expresión de un amor que no acaba cuando fallamos, como a menudo pasa entre las personas.
Hay algo que los creyentes no deberíamos olvidar nunca. Por muy perdidos que nos encontremos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida, porque siempre contamos con el amor y el perdón de Dios. Cuando nos encontramos perdidos, una cosa es segura: Dios nos está buscando. Esta es la buena noticia de Jesús.
Y es muy importante destacar otra diferencia entre el perdón desde la experiencia de Jesús y de la nuestra. La primera mirada de Jesús no es hacia el pecado del ser humano, sino a su sufrimiento. Lo primero que le brota a Jesús no es juzgar a las personas, como ocurría con la religión de su tiempo, y todavía hoy a veces en nuestra propia Iglesia, sino que es compadecerse de ellas, amarlas, decirles que están perdonadas, devolverles su dignidad. No quiere decir que a Jesús cualquier actitud le parece bien o le da lo mismo. Pero anteponiendo la misericordia al juicio, Jesús consigue la verdadera conversión de las personas, la conversión auténtica que brota de quien se siente querido, aceptado, perdonado, de quien experimenta un Dios que le da una nueva oportunidad cada mañana.
Para poder experimentar la alegría del perdón de Dios es necesario sentir la necesidad de ser perdonados
Pero para poder experimentar la alegría del perdón de Dios es necesario sentir la necesidad de ser perdonados. Si nos sentimos oveja perdida, moneda perdida, hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo, entonces podremos experimentar la alegría de la misericordia y el perdón de Dios, podremos celebrar una fiesta porque Dios nos ama gratuitamente, sin condiciones.
En la parábola los sentimientos que tiene este padre protagonista de la historia —respeto, generosidad, paciencia, esperanza, ternura, alegría desbordante por la recuperación del hijo, capacidad infinita de perdón, etc.— son la mejor imagen de los sentimientos de Dios.
Dios es así. Ama sin condiciones. Su perdón es una rehabilitación total, un darle o devolverle a la persona su dignidad; y quiere que compartamos su alegría por la recuperación o encuentro de cualquier «hermano nuestro».
Porque Dios es paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como a hijos e hijas, en su casa, porque jamás deja, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor. Cada mañana otea el horizonte para ver si volvemos. Cada mañana nos da la oportunidad de empezar de cero. Y su corazón está en fiesta por cada hijo que regresa. Para Él no hay alegría más grande.
Cada mañana nos da la oportunidad de empezar de cero.
Pero si nos sentimos como el hijo mayor de la parábola, que siente que todo lo hace bien, que no necesita perdón, entonces no experimentaremos la alegría del perdón, no dejaremos a Dios entrar en nuestro corazón. Y la pregunta es: ¿con cuál de los dos me identifico, con el hijo mayor o con el pequeño?
La misericordia, la compasión, el perdón son una herencia decisiva que ha dejado Jesús a la humanidad. Es una nueva manera de mirar a las personas, una nueva forma de mirar a la historia creyendo en el ser humano, en sus posibilidades de cambio, de bondad, de ser.







