EL JESÚS ACOMPAÑANTE DE LA BIBLIA – Marta García Hernández, HNSC

¿Qué crees que haría Jesús si viniese hoy a este mundo?

Se trata de una pregunta complicada y, a la vez, tentadora para responder ya que es fácil proyectarse en ella. Si Dios “asomase su nariz” por entre las grietas de nuestra historia o, haciendo zapping, encendiese el televisor del mundo encontraría infinidad de programas. Pienso que sería capaz de ver el óbolo de la viuda en medio de tanta parafernalia religiosa (Mc 12,41-44). Estoy también segura que, aun rodeado de una gran muchedumbre, tendría la sensibilidad suficiente para darse cuenta de que alguien le ha rozado el manto y, confiando ciegamente, busca su ayuda (Mc 5,25-30). Creo incluso que vería a los “samaritanos” que más allá de sus creencias o religión no se andan por las nubes teorizando sobre “quién es mi prójimo” sino que se “hacen prójimos” de los caídos en el camino y, recogiéndolos, los llevan a puerto seguro (Lc 10,29-37).

 

Pero imagino que, igualmente, vería otros paisajes menos bonitos: grandes desigualdades entre los pueblos; guerras que asolan y diezman a miles de personas y que están generando movimientos migratorios de gente que, a la desesperada, se lanza al mar o se aventura a cruzar fronteras con sus casas a cuestas, huyendo de la muerte y la barbarie; asesinatos gratuitos sea por terrorismo, por violencia de género, por venganza o por ajuste de cuentas; también vería la pobre madre tierra envejecida y sobreexplotada por nuestro frenético ritmo de vida.

¿Qué haría ante esta visión tan sobrecogedora como dantesca? Pues supongo que se lanzaría al cuello de los que luchan por la paz y son buena gente y les diría muy orgulloso: hijos míos. Pienso que llenaría de abrazos y besos a los más débiles y los cargaría en sus hombros. O tal vez se arremangaría, como hizo en otros tiempos, y se pondría a limpiar heridas, a recoger desheredados, a comer con los pecadores… Más complejo me resulta imaginar cómo reaccionaría ante tanta barbarie. Pues lo más fácil es proyectarle lo que nosotros haríamos. Un adiós, me vuelvo al cielo. O llevarse las manos a la cabeza y preguntar al Padre: ¿qué hemos hecho mal? Algo no funciona. O tal vez ponerse la capa de superman y acabar con todo el mal del mundo.

Esta misma pregunta se la hicieron una vez al Cardenal Martini en un libro titulado Coloquios nocturnos en Jerusalén y respondió: para cambiar el mundo, lo primero que haría Jesús es llamar a los jóvenes, porque esto es lo que hizo. La respuesta tiene mucha miga y, realmente, no es la inmediata. Pues cuando te formulan esta pregunta, lo primero que te viene a la cabeza es que Dios quitaría el mal. Y el ¿cómo? según el modelo superhéroe que se enfrenta a este mundo solo y con sus “súper-poderes” y que, al puro estilo de hada madrina, va transformando las cosas feas en bonitas, interviniendo de una manera prodigiosa en la realidad. Se cae un niño por la ventana y superman se pone su capa y lo recoge. Un terrorista empuña un arma y, cuando está a punto de apretar el gatillo, le cae una tela de araña y queda inmovilizado.

Tal vez, esta es nuestra idea de potencia, de cómo se cambia el mundo, e incluso nuestra forma de comprender cómo Dios debería usar su “poder” para construir un mundo mejor. Sin embargo, se trata de nuestras proyecciones, seguramente legítimas, pero también un poco de “película” y, sobre todo, sin ninguna implicación personal. Dios no cambia la historia sin nosotros. Por eso nos llama. Y especialmente llama a los jóvenes porque son los que, con ese deseo de “comerse el mundo”, se movilizan por grandes ideales y meten ganas y ahínco hasta conseguirlo.

Hay una canción de Brotes de Olivo –El aleluya de la tierra– que, al escucharla, se te clava una pregunta: ¿quién?

¿Quién quiere resucitar a este mundo que se muere?, ¿Quién cantará el aleluya, de esa nueva luz que viene? ¿Quién cuando mire la tierra, y las tragedias observe, sentirá en su corazón, el dolor de quien se muere? ¿Quién es capaz de salvar, a este mundo decadente, y mantiene la esperanza de los muchos que la pierden? ¿Quién bajará desde la cruz, a tanto Cristo sufriente mientras los hombres miramos impasivos, indolentes? ¿Quién gritará desde el silencio, de un ser que su Dios retiene, porque se hace palabra, que sin hablar se la entiende? ¿Quién se torna en Aleluya, porque traduce la muerte, como el trigo que se pudre, y de uno cientos viene?

No sé si Brotes se inspiraría en el profeta Isaías, pero hay un texto sorprendente en este libro. El profeta se “cuela” en el cielo y ve cómo Dios está reunido con su “gabinete asesor” preguntando: ¿A quién enviaré? ¿quién irá por mí? (Is 6,1-9). La situación en Israel es complicada y Dios está preocupado y no sabe qué hacer. Podría bajar Él mismo en persona. O enviar un rayo y acabar con los que causan problemas. Tal vez, hubiera podido mandar una nave espacial, cualquier artilugio o fenómeno natural que les hubiera asustado. Sin embargo, Dios confía en las personas. Actúa de otra manera. Pues bien Isaías, que está ahí, medio escondido, se siente interpelado por ese quién y responde: Envíame a mí.

Lo que dice Martini es una constante en la Biblia, pues Dios suele actuar así, buscando jóvenes un poco locos o “frikis”, pero auténticos. Así se califica a veces a los que van contracorriente. En resumidas cuentas, gente que tiene tatuado en su piel el dolor de otros. Porque desde el minuto uno, el Dios de la Escritura trabaja en “misión compartida”. De hecho, la primera página de la Biblia lo pinta así: Dios crea al ser humano y luego planta un huerto para dárselo (Gen 2,7-8). Esta será su vocación, la misma que la de Dios. Le confía la tierra y le confía también a las personas. Cuidarlas será su misión-vocación.

El evangelista Mateo escribe una parábola que desarrolla un poco más esta misma idea. Pues indica que en la llamada a trabajar la tierra “no importa la hora” (Mt 20,1-16). De hecho, en este texto se narra cómo un patrón sale a diferentes horas para contratar jornaleros y, al final del día, a todos les da un talento. Los que habían comenzado pronto –a eso de las seis de la mañana– se enfadan porque reciben lo mismo que los que se han incorporado a las cuatro de la tarde. Ahora bien, aunque el subrayado de la parábola se centre en este asunto, hay quizás una cuestión que pasa desapercibida.

Y es que, si realmente este buen hombre necesitaba mano de obra, lo más normal es que hubiera contratado a todos por la mañana. Contratar a alguien por la tarde y pagarle lo mismo es una mala inversión, pues no resulta rentable. La parábola indica que Dios se mueve no tanto por sus intereses como por los nuestros. Él no quiere que haya “parados”. Con Él las cifras del INEM mejorarían. Por eso nos llama a todos en diferentes momentos, pues cada uno tiene el suyo. No quiere que estemos ociosos, lo importante no es cuándo sino que trabajemos con Él.

Hay otros episodios memorables en la Biblia. Apunto dos más. El primero es el de Abraham. Si leéis los primeros once capítulos de Génesis, al pecado de Adán y Eva (Gn 3) le sucede un fratricidio (Gn 4) –Caín mata a Abel–, y de ahí se pasan a cosas mayores. De hecho, la situación antes del diluvio es deplorable (Gn 6-9) y tras este no concluye, pues todavía construirán la torre de Babel (Gn 11). En el fondo lo que nos quiere decir Génesis es que el mal es una realidad en crecimiento, la violencia se ha instaurado en la tierra. Algo que no nos es desconocido hoy.

Pues bien, ¿qué hace Dios? ¿Cómo cambia la historia? Llama a Abraham (Gn 12,1). Esto es, Dios cambia la historia con uno que dice que sí. Con uno que cree lo que aparentemente es una locura: una promesa. En cierto modo, el NT también se abre así: con una mujer que dice que sí a la locura de Dios, María. Dios cambia las cosas a su manera, con gente pequeña, insignificante, pero convencida y, por eso, con gente que no se arredra ante las dificultades de la vida y es capaz de soñar.

Otro episodio cercano al de Abraham también muestra esta misma idea. Nos encontramos hacia el 1500 aC. Israel está en Egipto y ha llegado un faraón que les oprime. Dios observa conmovido lo que está sucediendo. El capítulo 2 de Éxodo termina así: oyó Dios sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció… (Ex 2, 25). El texto es una incógnita porque no se dice qué es lo que conoció. Pero más sorprendente es lo que sigue: la vocación de Moisés.

Anteriormente se nos había contado quién es este Moisés: uno al que le pasa algo parecido a Dios. Ya que sale y ve cómo un egipcio maltrata a un hebreo y, a partir de ahí, su vida cambia. Ciertamente él mata al egipcio y, por eso, tiene que huir. Sin embargo, ahora Dios le llama a liberar a su pueblo de otra manera: sin usar violencia. Moisés es uno que ha experimentado los mismos sentimientos de Dios ante el sufrimiento de los otros. Tiene tatuado el dolor en su piel y, cuando el dolor del hermano se tatúa en tu piel, comienza la profecía…

¿Qué actitudes descubres en la Biblia para hablar de un Dios acompañante?

La pregunta es compleja, en el sentido que es como si te preguntan: ¿cómo es tu padre o tu padre? O mejor, ¿cómo te demuestran que te quieren? Al intentar condensar esa experiencia te viene un bombardeo de momentos y facetas difíciles de discriminar y de escoger: imágenes, situaciones, gestos sin palabras, miradas, sentimientos contradictorios, relecturas de un mismo hecho. Por ejemplo, el enfado que te pillaste porque no te permitieron hacer una cosa, o no te quisieron dar lo que pedías que, años después, recuerdas con agradecimiento porque te ha ayudado en la vida y ahora entiendes su sentido.

En cierto modo, toda la Biblia es la historia de un sentirse acompañado por Dios que Israel nos narra en primera persona. La Escritura es eso, el relato de cómo ellos sintieron a Dios cercano en el momento y en las vicisitudes que les tocó vivir. Ahora bien, esta experiencia no es de “encefalograma plano”, cuenta con muchas aristas, facetas, está plagada de momentos inolvidables y de otros que te gustaría olvidar porque quedan un poco mal en el currículum: rebeldías, incomprensiones, malas caras, enfados, etc. Se trata de una experiencia poliédrica, que tiene muchas caras como la vida misma y, por eso, siempre nos podemos encontrar en alguna de ellas. Por eso, no aspiramos a agotarlas. Pero sí os animo a leer la Biblia desde esta clave y sintonizando con la experiencia de los que la escribieron que seguramente no es muy distante a la nuestra. De entre los muchos rasgos de Dios como acompañante destacaría cuatro.

Pokemon go

El primer rasgo lo he bautizado “Pokemon Go”, pues los ojos de Dios cuentan con una aplicación que es capaz de detectar elementos particulares que para otros permanecen invisibles y que Él “caza” al vuelo en los lugares más recónditos de nuestra existencia.

Israel muchas veces lo expresa así: somos el más pequeño de todos los pueblos. María también sintió que Dios se fijaba en su pequeñez. Pablo invita a los Corintios a mirarse y preguntarse: ¡Mirad hermanos quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Dios más bien ha escogido lo necio del mundo para confundir a lo fuerte (1Cor 1,26-27). Es decir, la experiencia que registra la Biblia es: “¿qué verá Dios en nosotros?” Que es otra forma de indicar la experiencia de gratuidad. Esto es, no tenemos nada de especial y, sin embargo, Dios se ha fijado en nosotros, ha descubierto algo y esta forma de mirarnos nos ha redimensionado.

De hecho, en este año de la misericordia ha resonado esa frase muy bíblica que es sinónimo de tener misericordia: “hallar gracia a tus ojos”. Lo que recoge esta expresión es la experiencia de la madre cuando mira a su hijo: imposible verlo feo. A un hijo se le perdona todo, se le comprende todo, aunque se le regañe. Pues bien, los hombres y mujeres bíblicos se sintieron mirados así por Dios. Vivieron acompañados por esta forma de mirar materno-paterna y bajo esta mirada crecieron. Ciertamente, solo una mirada así te hace madurar. Pues descubre y desata todo el potencial que hay en ti.

Isaías pone en boca de Dios unas palabras intensas que expresan esta experiencia: eres precioso a mis ojos y yo te amo (Is 43,3-4). Dios ve lo que otros no ven. Como canta María es un Dios que mira lo pequeño y hace cosas grandes (Lc 1,46). Dios actúa a lo grande. Su mirada nos hace sentirnos así: grandes, valiosos, queridos. Por eso, para acompañar previo a hablar es fundamental la forma de mirar. Pues como dice Thomas Edison al final de un pequeño vídeo que os recomiendo ver[1]: he sido lo que ha querido que fuera esta gran mujer. Dejémonos soñar por Dios. Y tengamos confianza de que Él ve infinitamente mejor.

No es un Dios florero. Pero tampoco un papá mega-protector

Cuando Moisés se tiene que presentar al faraón el “pobre hombre” enseguida encuentra obstáculos. Primero le dice a Dios que no sabe hablar y que va a hacer soberanamente el ridículo pues ante el faraón seguro que se le traba la lengua. Dios enseguida se lo soluciona y le dice que le acompañará Aarón. Entonces Moisés acomete el segundo asalto: si tuviera un signo… Al menos así el faraón se creería que Dios está de su lado y será un argumento un poco más convincente para que deje salir a Israel. Y ni corto ni perezoso, Dios le dice: yo estoy contigo. Seguramente que pensamos: ¡Menudo signo! Pues bien, no solo aquí sino que el AT y el mismo Jesús para sacar del miedo dice lo mismo: yo estaré con vosotros.

A veces ese “yo estoy contigo” lo tenemos como una respuesta estereotipada, equivalente a “te acompaño en el dolor”. Una fórmula que al fin y al cabo no cambia nada pero que queda bien. Esa forma de acompañar sería equivalente a la de un Dios florero. Ya que si no te quita los problemas, en el fondo está de adorno. Sin embargo, esta no es más que nuestra proyección de cómo queremos que nos acompañen o, mejor, de para qué queremos que nos acompañen. Y es que nosotros en cuestión de minutos pasamos del “Dios florero” al “Dios guerrero”. Esto es, un Dios que nos quite de un plumazo las dificultades, que espante a nuestros enemigos y ahuyente los problemas que nos asustan. En la Escritura Dios nunca actúa así pero siempre acompaña la dificultad.

En este sentido, me parece muy importante indicar que Dios asume la impotencia para acompañar. Es decir, que Dios nos acompaña sin “ningún poder”, totalmente indefenso. No solivianta nuestra naturaleza, no nos quita las dificultades pero está a nuestro lado para afrontarlas. No nos da soluciones ni recetas de cocina, ni nos carga fardos pesados haciéndonos sentir mal por nuestro miedo, nuestra rebeldía o nuestras quejas continuas muchas veces legítimas: las sufre con nosotros con la misma impotencia, pero está a nuestro lado. Él nunca nos deja solos.

Generalmente nosotros nos sentimos mal cuando alguien nos pide ayuda y no podemos hacer nada por él. De hecho, en muchas ocasiones no está a nuestro alcance acabar con sus problemas. Alguien nos cuenta que tiene un cáncer y nos quedamos sin palabras. A nosotros nos resulta complicado vivir esa dimensión de impotencia. Pues solemos poner el énfasis en el “poder” o en el “hacer”, más que en el “estar”. Nos cuesta simplemente acompañar sin intervenir y, aunque en algunos momentos sea oportuno, en la mayor parte de las veces no es posible o tal vez no se debe. La canción de Brotes de Olivo, Pequeño y pobre, señala muy bien esta manera de ser y de actuar de Dios:

Salvar al hombre quieres sin tener poder, acampas en la tierra sin ningún poder. Tu fuerza de ser Dios te la anulas siendo niño, te quitas poder, pierdes tu poder. Aquellos a quien llamas, lo haces sin poder, les invitas a ser pobres sin ningún poder, les dices que tan solo siendo niños servirán, pobres de poder, niños sin poder. Mi Dios, necesito saber por qué tu pobreza salva al hombre, y el misterio de la cruz nos abre un nuevo horizonte. Hazme entender mi Señor, por qué tu ser sobre todo nombre ha renunciado al poder y opta ser pequeño y pobre.

Dejarse acompañar es aceptar que un Dios que tiene todo el poder, sin embargo, actúa para salvarnos sin él. Porque su única potencia es la del amor, la del servicio y la indefensión. Su poder de convicción reside en ceñirse una toalla y ponerse a lavar los pies como un esclavo. Dios acompaña y convence a “golpe de toalla” y esto implica despojarse del manto que le confiere autoridad e incluso dignidad.

La forma de proceder de este Dios nos ayuda a entender “lo que necesitamos saber” sobre el acompañamiento y sobre el modo de acompañar de un Dios que se hizo fundamentalmente Enmanuel, Dios con nosotros. Pues bien, necesitamos saber que su pobreza salvó al hombre y que el misterio de la cruz nos abrió un nuevo horizonte. Haznos entender señor por qué tu ser sobre todo nombre ha renunciado al poder y opta ser pequeño y pobre.

A veces experimentamos que frustra

La relación con nuestros padres o con personas que de verdad nos quieren a veces contiene algo de “frustrante”. También en la experiencia de acompañamiento puede venir la sensación de “frustración” ¿En qué sentido? Por ejemplo, cuando tu madre por haber suspendido te dice: ahora no vas a salir, y tú no lo entiendes. O algo todavía más complejo. Te casas y ese día os decís que os amaréis en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza y, de repente, aquel proyecto de vida que soñabais juntos se trunca: a uno le echan del trabajo, o no podéis tener hijos o llega un cáncer o nace un hijo con una minusvalía. Pero hay cosas todavía más simples y cotidianas que merman la convivencia: él ronca y ella grita mucho cuando habla. Es la experiencia frustrante de la propia vocación. Cuando se empieza a vislumbrar el lado más oscuro de esta o que no todo es camino de rosas. La “crisis” aquí es todavía más honda porque es causada por lo que amas y por lo que libremente has elegido. Pero vayamos por partes.

La Biblia registra no solo cómo Dios en estos momentos está presente, sino que a veces es hasta el causante de los mismos. Hay un texto del profeta Oseas que expresa muy bien la primera idea (Os 2,4-25). Israel es representado como una mujer infiel a la que Dios cierra todos los caminos para que no se vaya tras sus amantes. Se trata de un Dios cabezota que no nos deja, que insiste e insiste, que en tantas ocasiones nos echa un pulso y nosotros erre que erre. Un Dios que es capaz de desmontar una y otra vez nuestras estrategias, que sabe latín porque se las sabe todas (todos nuestros caminos le son familiares; Sal 139,3).

A veces por desmontarlas nosotros sentimos que lo está haciendo mal y nos enfadamos. Toda la historia de Israel por el desierto no fue otra cosa que la historia de un acompañar a un grupo de “cabezotas” que se empeñaban en hacer las cosas a su manera cuando lo más fácil hubiera sido confiar y cuando tenían motivos para ello porque habían hecho la experiencia de ser liberados. Pero esto no solo pasó en el desierto. Fue una constante de toda la historia de Israel. Dios se parece a esa madre que tiene que ayudar a un hijo a superar la anorexia, las adicciones o cualquier otro tipo de realidades que nos nublan y que nos hacen sentir que, precisamente, quién nos ayuda nos está cerrando el camino, nos está haciendo comer, nos quita aquello sin lo cual creemos que no podemos vivir.

Acompañar tiene algo de frustrante y dejarse acompañar también. Por eso, solo se puede dar cuando la confianza es más fuerte que el sentimiento de “frustración”, cuando el amor es más grande que el miedo a que el otro nos engañe y no quiera nuestro bien. Para permitir que alguien te “haga daño” tienes que tener mucha confianza en que estás en buenas manos. Es como dejarse operar por un cirujano. Si te dejas abrir en canal es porque piensas que te va a curar.

Los discípulos, al igual que Israel, tampoco entendían mucho. Y Jesús incansablemente, una y otra vez, se lo intentaba explicar. A veces leyendo el relato evangélico llegas a pensar: ¡qué pesados! ¡qué torpes para entender! ¡qué cerriles! De hecho, cuando Jesús anunció que iba a morir, Pedro se le plantó delante y le dijo que no podía ser así. Y es que era como ver frustrado su sueño. Habían dejado todo por Él y resultaba inconcebible que la aventura terminara en el más absoluto fracaso. Morir crucificado era ser considerado un delincuente.

A Jeremías le pasó parecido. Al principio muy bien con su vocación, pero luego se la quería quitar de encima (Jr 20,9-11). Jeremías que había nacido con ADN de profeta (Jr 1,4), cuando tiene que predicar se ríen de él, no le hacen caso. Entonces experimenta la parte oscura, el lado frustrante de ser profeta y lucha contra la Palabra con todas sus fuerzas, porque le hace sufrir. De hecho, si no tuviera que anunciar la Palabra todos sus problemas se terminarían.

Y es que si somos realistas aquello que más nos hace felices, aquello que da sentido a nuestra vida es aquello por lo que merecerá la pena morir, desgastarse. Por eso, la vocación que es promesa de vida esconde también la muerte. Aquello que te hace vivir es aquello por lo que merece la pena morir. Vida y muerte en la vocación se viven entrelazadas. Pues bien, Dios no nos deja cuando se vive el lado menos gratificante de la vocación y se quiere abandonar. Así lo hizo con Job, Jeremías y los discípulos. Dios acompañó sus crisis. Nunca les dejó solos. Aunque huyeran muertos de miedo, después de resucitar fue a buscarles. No les abandonó. El pecado no anula la vocación. Dios acompaña siempre un nuevo inicio.

[1].- https://www.youtube.com/watch?v=ghWhPf73GtY (Thomas Edison – el hijo de Nancy)

 

Un Dios que no estresa

Esta forma de acompañar, aunque es testaruda, no genera estrés. Al menos así lo vivió Israel. Dios no es un Dios que ande contando nuestros pecados, soltándonos lecciones de moral y recordándonos lo malos que somos. Esa forma pasional de actuar en la Biblia demuestra que está dentro de nuestro relato, que no permanece fuera como un espectador. Que si se enfada es porque le duele. Es más, la rebelión de Israel nace de la confianza, de poder estar con el otro en zapatillas, de poderte manifestar cómo eres, de poder soltar incluso por tu boca que tienes deseos de venganza, de mostrarte en desacuerdo, de decir barbaridades en medio del dolor, como dijo Job, de estar rebelde con Dios, de luchar si es preciso.

Con Jesús la gente se sentía escuchada, comprendida incluso sabiendo que lo estaban haciendo mal, que eran pecadores. Cuando se sentaba a comer con ellos, Jesús no les echaba un discurso o les acribillaba con preguntas. Sencillamente comía con ellos y con eso les decía todo (Mt 9,10-13). Pues comer con alguien en aquel tiempo era como compartir la vida, compartir un momento muy profundo. Tampoco a la pobre mujer que querían lapidar le dijo nada, comprendió que la prostitución muchas veces es forzada e invitó a aquellos que la juzgaban a entonar su “mea culpa” (Jn 8,1-11). Aquel publicano que bajó justificado tras la oración, no lo fue porque prometiera devolver lo que había robado, pues él mismo era consciente de que ni podía, sino porque abrió su miseria a Dios, se abrió a su misericordia (Lc 18,9-14).

Jesús, el Dios de la Biblia no es un Dios exigente que estresa, que pide acciones antes de darte el abrazo de su perdón. Su forma de acompañar al otro no es inquietante, agobiante o interesada. Solo busca que el hombre viva. Por eso, su forma de estar al lado, te hace descansar. El salmo 23 que es el salmo del Pastor explica muy bien la experiencia de ser acompañado. Primero, indica que con este pastor “no falta nada”. Segundo, que uno se puede “acurrucar”, que es un verbo que se utiliza en la Biblia para los animales. De hecho, los animales enseguida perciben el peligro y se ponen alerta. Acurrucarse es señal de total seguridad, con él no va a pasar nada. Tercero, dice el Salmo que Dios guía “por el camino justo”, en el sentido, de camino adecuado para nosotros. Esto es, no los caminos de su conveniencia, o aquellos más rápidos para él arriesgándose a que nos despeñemos. Sino los caminos necesarios para nuestros procesos. Y esto tanto si nos guía “a verdes praderas”, como si “pasamos por noches oscuras”.

Pues bien, cuando se pasan por valles que evocan la muerte, dice el orante que no teme y da una razón: porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me consuelan. Si nos hacemos una composición de lugar: estamos en medio de la noche, cuando no se ve nada y los animales se ponen nerviosos. Por otra parte, se habla de vara y cayado. El primero es un palo corto que sirve para “tocar” a las ovejas y el segundo un palo largo que se utiliza para apoyarse. Pues bien, el texto nos indica que en el momento de profunda oscuridad, cuando no se puede ver al pastor, todavía se percibe el “toque” de su vara y se escucha el sonido de su cayado. Por eso, las ovejas saben que “está” y por eso no se temen. Esto les consuela.

Esta experiencia del Salmo me recuerda a una experiencia personal. Justo a la semana de morir mi madre, mi hermana que estaba embarazada dio a luz a su tercer hijo. Coincidió que además ella estaba opositando y entre su marido, mi padre y yo intentamos ayudarle con los tres niños para que, en la medida de lo posible, estudiara. La semana antes de la oposición, mi padre y yo pensamos que nos podíamos quedar por la noche a Eloy, que no llegaba a dos meses, para que pudiera dormir y así ir tranquila al examen. Así que, yo al menos que soy religiosa, tuve que hacer un curso express de ser mamá. Ella me explicó que cada dos horas había que dar de comer al niño y que a eso de las tres de la noche, en la segunda toma que ya no iba admitir que lo volviera a meter al cuco porque probablemente sentía más frío y lo que quería era calor humano. Efectivamente al primer intento de devolverlo a su cunita se ponía a llorar desconsoladamente. Así que lo tenía que meter conmigo.

Como podéis imaginar yo no podía pegar ojo, pensando que podía moverme y aplastarlo. Así que dormía en el canto de la cama. Pero cuando pasaban unas horas, notaba como algo me tocaba las costillas y cada vez con más frecuencia y más cerca. Era su piececillo que me buscaba y que se alargaba para notar si estaba allí. Para mi es una imagen que contiene mucha ternura y muchas veces pienso que así hacemos nosotros con Dios y también Dios con nosotros. Creo que la experiencia que registra el Salmo 23 es muy parecida a esta.

Jesús acompañaba a sus discípulos, pero ¿se dejó acompañar?

Creo que esta pregunta es fundamental, porque a veces nos gusta más eso de acompañar que de dejarse acompañar. Si a un israelita le preguntásemos que: ¿te pide el Señor tu Dios? Seguramente respondería: que camines humildemente con tu Dios (Dt 10,12-13). Esto es, Dios no pide que hagamos algo grande, o muchos sacrificios, o que le construyamos una casa, o que solucionemos los problemas del mundo sino que le acompañemos.

O como dice Marcos para explicar la llamada a los discípulos: les llamó para que estuviesen con él y para enviarles a predicar (Mc 3,14). Esto es, “para que estuviesen con él”. De hecho, a diferencia del proceder normal, Jesús llama y escoge a sus discípulos y no al revés. Y les llama para enviarles pero también para que previamente le acompañen. Para compartir con ellos el viaje de su vida, la aventura de vivir y morir por el Reino. Es un Dios no solo que se deja acompañar sino que pide compañía. No es un Dios solitario.

Pero, además de rodearse de sus discípulos, es significativo a quién se acercó Dios. El elenco de compañías no es de lo mejorcito de la sociedad de aquel momento: enfermos, marginados, publicanos, prostitutas, pecadores en general. Gente que no contaba para nada y, por ello, despreciada, arrinconada, mal mirada: la “escoria” de la sociedad. No fue Dios con muy buenas compañías. Jesús se dejó acompañar por todos ellos y con su presencia les dio un poco de dignidad, la que otros les habían arrancado. Les ofreció calor humano, palabras de esperanza. Jesús no palió el hambre en el mundo, tampoco eliminó el dolor, no organizó una guerrilla, tampoco mítines políticos. Pasó haciendo el bien y estuvo con ellos en momentos trascendentales de sus vidas como son lo momentos dolorosos.

Pero yo diría que todavía más. Dejó que sus vidas tocarán su existencia. Hay un episodio muy elocuente: el de la cananea (Mt 15,21-28). Aquella mujer tuvo la osadía de replicar a Jesús. De hecho, le pide que cure a su hija y Él le responde que ha venido a las ovejas de Israel. Ella entonces ni corta ni perezosa le replica que también los “perrillos recogen la migas que caen de las mesas de sus amos”. Y Jesús accede a la petición.

Es como si esta mujer le hubiera “descubierto” un aspecto más de su misión. Jesús se deja interpelar por el dolor de otros. Sus vidas no le son indiferentes y, por eso, dejándose afectar, hace el proceso que experimentamos todos los seres humanos: el de responderse quiénes somos y qué sentido tiene nuestra vida. Jesús también fue descubriendo quién era y para qué había venido a este mundo dejándose acompañar por otros, dejándose interrogar por sus necesidades.

Pero hay un momento que a mí personalmente me impresiona y es Getsemaní. Este Dios Enmanuel, paradójicamente pide allí a los discípulos que se queden con él (Mt 26,37). Hay que tener mucha confianza para dejar que el otro te vea “hecho polvo”, con miedo, asustado y viviendo la angustia de querer que pase este momento. Hubiera sido más fácil presentarse de cara al público como el héroe valentón que no se asusta con nada y que afronta la muerte sin problemas. Ciertamente un Dios que te pide compañía en un momento así, que se deja ver así, es un Dios digno de confianza.

Cuando estás en el lecho de muerte o luchando contra un cáncer, solo los más allegados son testigos de este momento. Testigos que participan con mucha impotencia. Pero que te dan lo mejor que pueden hacer por ti en un momento tan personal: acompañarte, estar ahí, no dejarte solo. Hay que tener mucha confianza con alguien para dejarle presenciar tu propio duelo, la angustia de saber que vas hacia la muerte. Dios no teme, es más pide al hombre, que esté ahí.

El Papa Francisco dice que todo discípulo misionero acompaña a otros discípulos misioneros. ¿Cómo y dónde acompañaban los primeros cristianos?

También esta pregunta, es compleja y no puedo responderla de manera exhaustiva. Simplemente voy a subrayar dos o tres rasgos. Como todos sabéis los evangelios se escribieron teniendo presente a una determinada comunidad. Por eso, a veces las diferencias que se encuentran entre Marcos, Mateo y Lucas, radican en que ellos tienen en mente unas comunidades concretas. Lo que quiero decir es que ya en los evangelios podemos encontrar rasgos de esas comunidades por el subrayado que hace cada evangelista.

Especialmente en Mateo se aprecia esta cuestión. De hecho, él organiza su evangelio en cinco grandes discursos y hay uno, que se encuentra en el capítulo 18, que ha sido bautizado como el “discurso eclesial”. Pues bien, en este capítulo desarrolla muy bien el tema de cómo debería ser la vida interna de la comunidad. Y Mateo subraya dos grandes pilares: la solidaridad con los pequeños y el perdón.

Por tanto, si preguntamos al capítulo 18 de Mateo: ¿cómo se debe acompañar? La primera respuesta es: abajándose, haciéndose pequeño, no desde la prepotencia, ni la altivez sino haciéndose como un niño. En un segundo texto continúa trabajando sobre la idea y dice que no hay que escandalizar a estos pequeños que es otro modo de indicar que los creyentes deben ser fieles, no abandonar la fe. Es decir, ser testimonio de lo que predican para no extraviar a los débiles. Y, por último, presenta la parábola de la oveja perdida. Es decir, hay que salir en busca de los que se han extraviado. Es más advierte: ¡cuidado con mostrar menosprecio por los pequeños porque no es la voluntad de Dios que se pierdan!

En el segundo bloque de este capítulo la línea fuerte es el perdón. Acompañar y dejarse acompañar requiere alta dosis de reconciliación. En un primer momento se trabaja sobre la idea de qué hacer o cómo acompañar a alguien que lo ha hecho mal y se ha separado. Esto culmina en el texto donde a Pedro se le dice que hay que perdonar sin límites. El perdón forma parte del acompañamiento y nos asemeja a Dios que no se cansa, que lo intenta una y otra vez. Perdón que no es hacer la vista gorda. Perdón que debe nacer de la experiencia de ser perdonado.

Si en vez de Mateo, nos pasamos a Lucas, en el libro de los Hechos describe en dos momentos cómo debería ser la comunidad ideal: acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones (Hch 2,42). Esto es, se acompañaban en esa importante dimensión que es celebrar y profundizar la fe en común. Tomar fuerzas, animarse. El texto sigue y dice: todos vivían unidos y tenían todo en común, vendían sus posesiones y bienes y repartían entre todos, según la necesidad de cada uno (Hch 2,44-45). Se ayudaban espiritualmente pero también materialmente. Se ayudaban a vivir. No existía esa esquizofrenia entre lo espiritual y lo material. De hecho, se tiene constancia de que los cristianos organizaron verdaderas redes de caridad, ayudándose entre comunidades. En otro texto dice que tenían uno solo corazón y una sola alma (Hch 4,32). Algo importante para caminar: compartir un proyecto de vida, ayudarse a vivirlo. Saber que otros están en lo mismo, comparten tus ideales. Reman a tu lado.

También en el Evangelio de Lucas hay una imagen muy potente de lo que es acompañar: se trata de la parábola del Samaritano (Lc 10,29-37). Acompañar es no dar rodeos, complicarse la existencia, cargar con el que está herido, asistirle, curarle, apoyarle, protegerle, crear las condiciones necesarias para que viva.

Por último otros textos que pueden ayudar son las cartas de Pablo. De hecho, en ella muchas veces se indica cómo deberían ser las relaciones en las comunidades, en otras ocasiones se denuncian gestos y formas que anulan al otro, etc. Pero como no podemos acometer todo, quisiera solamente subrayar un dato. Pablo evangeliza y acompaña mientras trabaja. De hecho, una característica del anuncio paulino es el ponerse a trabajar cuando llega a una ciudad.

En cierto modo, resulta normal, pues de algo tenía que vivir, y además su oficio de tejedor de tiendas le posibilitaba llevar sus instrumentos de un lado para otro. Quizás sea una estrategia misionera, ya que los gremios estaban localizados generalmente a las afueras de las ciudades, y mientras trabajaban podían hablar. Pero además parece que esta forma de hacer es por coherencia al evangelio. De hecho, en la carta a los Corintios Pablo dice que por trabajar renuncia al derecho que le confiere el apostolado –que es ser sustentado por la comunidad– para no ser obstáculo al Evangelio. Y luego añade siendo libre de todos me he hecho esclavo de todos para ganar a los que más pueda, me he hecho débil con los débiles (1Cor 9,19.22). No se trata de una frase bonita. Su condición de trabajador manual, le hace socialmente un esclavo. Y esta forma de proceder mantiene una coherencia interna con lo que anuncia: un Jesucristo y este crucificado.

En Corintio le habían propuesto que abandonara el trabajo, ya que dentro de la comunidad había gente de gran status social que podía sufragar su mantenimiento. Sin embargo, Pablo considera que para acompañar bien hay que vivir coherentemente con lo que se anuncia. Me parece interesante rescatar el trabajo como plataforma y lugar del acompañamiento. Pues como dice Gaudium et Spes, la iglesia se hace compañera de todos los seres humanos y quiere caminar con ellos. Acompañarlos en sus alegrías y angustias, porque estas también son las alegrías y angustias de la Iglesia. Se trata de una Iglesia samaritana, siempre en salida, haciéndose prójima, a-projimándose.