El Dios de los incompetentes – Fran Beunza

La palabra competencia deriva del latín “competere” que significa entre otras cosas “aspirar”, “ir al encuentro de”. La competencia es la cualidad del que lucha por conseguir un premio. Hoy, en el norte del mundo, ser competente no es una aspiración, es una obligación. Es una exigencia que culturalmente vivimos en occidente.  Rendir siempre, cada vez más, cada vez mejor…Vivimos creyendo en el Dios de los competentes. Incluso este virus se cuela entre nosotros, los propios agentes de pastoral, que cual prometeos que aspiramos al cada vez más.

La cuaresma, él acudir al desierto con Jesús, es una buenísima oportunidad para parar, para rendir solo ante El Dios de Jesús. Que es justo el Dios de los incompetentes. Si, has leído bien el Dios de los incompetentes.

Es un Dios que nos descentra de nuestra competencia, de nuestra supuestamente valiosa aspiración, nos recuerda vulnerables, frágiles, incapaces de rendir ante su profundo amor. Es el Dios de los leprosos, las prostitutas, de los pobres, de los que no servían en su época. Es tiempo de ponerse en la piel de todos aquellos que son incompetentes ante nuestros ojos y por lo tanto queridos por Dios. E incluso a la vez o antes del paso anterior, mirar con amor nuestras incompetencias, rezar por ellas, llegar a abrazarlas. ¿No son acaso lo más querido por Dios? ¿No son punto de encuentro?

Quizás un signo de los tiempos sea, no rendir tanto y celebrar más. No cumplir tanto y cantar más. No tanta actividad programada y más ratos largos, de saber ESTAR con los demás, con mayúscula, presencia absoluta con y por otros. Saber estar, no a mil cosas, si no con cada persona como si fuese lo único en el mundo.  Y si no a ver quién se explica este texto cargado de insurrección contra esta cultura del rendimiento imperante:

Por eso, con el reino de los cielos sucede lo que con el dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. Después de contratar a los obreros por un denario al día, los envió a su viña. Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a la viña, y os daré lo que sea justo». Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo. Salió por fin a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: «¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?». Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». El les dijo: «Id también vosotros a la viña». Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: «Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros». Vinieron los de media tarde y cobraron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían más; pero también ellos cobraron un denario cada uno. Al recibirlo, se quejaban del dueño, diciendo:

«Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor».

Pero él respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti, ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?». Así los últimos serán primeros, y los primeros, últimos. (Mt 20, 1-16)