EL CUADERNO ESPIRITUAL: PROPUESTA PASTORAL PARA EL ACOMPAÑAMIENTO Y LA ELECCIÓN – Jorge Enríquez Muñoz

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  1. Introducción

Hablar de «cuaderno» en la era de las redes sociales, de la inmediatez, de los artículos hechos para ser consumidos y tirados, suena, como poco, a obsoleto. El peligro de la educación en general, y del trabajo pastoral en particular, es proponer actividades para el entretenimiento, «para engancharles». Educar en la interioridad, plantear preguntas en torno al porqué hacemos las cosas que hacemos, y llegar a plantear el sentido último de nuestra vida, la vocación, es lo que pretende el trabajo con el cuaderno espiritual.

Antes de desarrollar la forma en la que puede trabajarse este tipo de cuaderno, conviene realizar alguna puntualización. He comenzado utilizando la expresión cuaderno espiritual, cuando en muchos casos se emplean otras como: cuaderno de vida, diario, cuaderno de bitácora, etc. El lenguaje no es neutro, el nombre que ponemos a las actividades que realizamos debería marcar el horizonte hacia el que queremos caminar. En la secuencia, convivencias–retiro–ejercicios espirituales, por ejemplo, hay una gradación de lo que queremos con cada una de ellas, cada actividad es valiosa por sí misma. Sin embargo, creo que, partiendo de la realidad en la que nos encontremos y del grupo de chicas y chicos al que queramos atender, deberíamos aspirar como meta el planteamiento de la pregunta: ¿Qué quiere Dios para mí? ¿A qué me llama?

  1. Propuesta de trabajo

El cuaderno que propongo tiene dos partes para ser empleadas en dos momentos diferentes. Por un lado, una serie de hojas con textos y preguntas que ayuden a reflexionar sobre un tema en concreto. Por otro, unas hojas en blanco, para trabajar con ellas en actividades pastorales de varios días (retiros, experiencias de verano, peregrinaciones, etc.).

2.1. El cuaderno pautado

Es una propuesta para realizar una vez a la semana, en clase, o en el grupo pastoral si este se reúne de forma regular. En principio podría hacerse con una duración de entre 15 y 20 minutos. Dentro de este espacio de tiempo hay que reservar un momento para hacer silencio. Una vez conseguido ese silencio, se les invita a que lean la hoja que tienen delante y que, cuando quieran, vayan respondiendo a las preguntas. Las preguntas son invitaciones para la reflexión, no es necesario hacerlas todas, ni en orden, ni es necesario que la respuesta sea escrita, también puede realizarse algún dibujo. Es bueno, antes de terminar, dejar un par de minutos para que expresen cómo se sienten. En estas edades, salvo que estén en grupos donde la confianza sea grande, no responderán a preguntas personales, pero sí lo harán a invitaciones como: una palabra que defina cómo te sientes, una pregunta que te ha llamado la atención.

2.2. El cuaderno en blanco

La propuesta puede ser tan sencilla como invitar a que escriban aquello que han aprendido en una actividad determinada y cómo se sienten. Sin embargo, ayuda más realizar una propuesta estructurada en torno al llamado examen ignaciano propuesto por san Ignacio de Loyola en el n.º 43 de los Ejercicios Espirituales con un lenguaje adaptado.

Comenzaremos con una invitación al silencio, silencio exterior e interior, para, a continuación, recorrer los puntos del examen (nótese que el orden aquí es fundamental). Dar gracias, pedir luz para ver el paso de Dios por mi vida, pedir perdón y, con su ayuda, ver qué debo cambiar. Una opción es irles guiando pregunta a pregunta, la otra, es que ellos dispongan de las preguntas ya desde el principio.

  1. Conclusión

Como en otras muchas cosas, hacer algo sin un para qué, tiene sentido, pero cobra una luz especial si, además de «examinar» la vida, ofrecemos la posibilidad de darle un sentido. El acompañamiento nos permite ayudar a los jóvenes a leer y releer su vida desde la perspectiva de la fe. Dios nos habla, también a los jóvenes de nuestra sociedad. Como en la narración de los discípulos de Emaús (Lc 24,13–35), estamos llamados a compartir camino con ellos, escucharlos, confrontarlos para que puedan entender la llamada del Señor y, si quieren, responderla.

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